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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

 Expertos

José Miguel Palacios


Coronel. Infantería

Hacia la guerra incruenta


 Artículo cedido por la  Revista:


La guerra ha sido siempre una actividad cruenta. Según la interpretación tradicional, la defensa de los intereses del Estado podía, en determinadas circunstancias, requerir la suspensión por un tiempo limitado de la validez de las reglas habituales del juego (algunos de los diez mandamientos, por ejemplo) y autorizar el recurso institucional a la violencia, una violencia que provocaba destrucción y muerte. Esa era, precisamente, una de las características esenciales de la guerra clásica: su carácter cruento.

En nuestro mundo contemporáneo no han desaparecido las amenazas, pero se han transformado sustancialmente. Las nuevas amenazas no suponen ya un riesgo mortal para los Estados occidentales, así que, como recuerda Carlos Frías (Frías, 2014: 8) «en el caso de la mayoría de los miembros europeos de la OTAN y/o la Unión Europea, las operaciones exteriores en curso y recientes (Irak en 1991 y 2003, BiH, Kósovo, Afganistán, Líbano, Chad, Libia, Malí…) son evidentemente «conflictos de elección»: su participación en estos conflictos siempre ha sido opcional, en todos los casos ha sido una decisión política, no una situación inevitable e impuesta y su impacto para la seguridad nacional de la mayoría de los Estados europeos implicados (cuando lo ha habido) ha sido y es limitado, indirecto y/o diferido en el tiempo». Y para que en estos conflictos opcionales exista una relación racional entre beneficio e inversión / coste, para que la guerra sea de verdad la continuación de la política por otros medios, para que se empleen unos medios racionalmente necesarios y suficientes es importante que el daño que se ocasione sea limitado.

Por este motivo, actualmente, al menos en los tiempos posmodernos de los que hablaba Robert Cooper (Cooper, 2000: 24), es muy difícil conseguir que las opiniones públicas consideren justificado el sacrificio de vidas humanas para la consecución de objetivos políticos, al ser estos estrictamente limitados y el uso de la fuerza militar tan solo una herramienta más y una posibilidad. Así que, como han observado Javier Jordán y José Luis Calvo, «las opiniones públicas toleran muy mal las bajas propias, quizá todavía peor las bajas civiles no combatientes, e incluso exigen que las bajas del enemigo no sean excesivas» (Jordán y Calvo, 2005: 196-197), de ahí el reciente énfasis en el uso de armamento no letal (Alexander).

En 1999 la campaña de Kósovo se saldó sin muertos en la coalición atacante. Sí los hubo por parte yugoslava, tanto militares como civiles, pero parece claro que la OTAN hizo lo posible por evitarlos o, al menos, por limitar su número. En este sentido, una de las innovaciones técnicas introducidas en aquel conflicto fue el uso de las llamadas «bombas de grafito», que buscaban dañar gravemente la actividad económica, en particular, mediante el corte del suministro eléctrico pero sin ocasionar ninguna víctima directa. En los años setenta y ochenta se pensaba en las bombas de neutrones, que mataban sin destruir. En menos de 20 años se había pasado a una lógica completamente distinta: se trataba ahora de neutralizar, de desarmar, pero sin llegar a matar. Como en un combate de esgrima deportiva.

El objetivo de este artículo es examinar si esta tendencia puede acentuarse, si podemos llegar a concebir conflictos bélicos en los que no se produzca ningún derramamiento de sangre. Eventualmente, si esto nos conduciría a replantearnos el propio concepto de guerra y a discutir si las Fuerzas Armadas, unas Fuerzas Armadas reformadas, son el instrumento idóneo o uno de ellos para combatir y vencer en este nuevo tipo de conflicto.

 Lea aquí el documento completo (página 4)

Suplemento Temático: Los nuevos retos del Director de Seguridad

 


Fuente: Revista Ejército Nº 918
Fecha: 2017

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