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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

 Expertos

Miguel Sánchez de Toca Alameda


Teniente coronel. Infantería

El mecanismo de la batalla


Artículo cedido por la  Revista:


INTRODUCCIÓN

Al atardecer de la jornada de Ceriñola, cuando Gonzalo Fernández de Córdoba ordenó al grueso de su infantería avanzar contra la caballería atascada en la zanja supo que, aun quedando tajo, el mecanismo había funcionado. El empuje y el fuego de los españoles sobre la caballería francesa que se revolvía y el subsiguiente envolvimiento y la persecución que se desencadenaron llevaron al caos al campo francés, del que solo sobrevivieron los que escaparon. Vueltas las grupas, los franceses ofrecieron la espalda y la batalla se convirtió en una matanza indiscriminada.

Los planes difícilmente resisten su ejecución, pero en la medida en que han previsto una sucesión de acontecimientos ayudan a que el jefe tome decisiones durante la batalla. Podríamos llamarlo «mecanismo de batalla» o «mecanismo de derrota» y es la concatenación de acciones con la que se pretende llevar al enemigo a una situación de inferioridad relativa1. Este mecanismo es como el argumento de una novela o el guion cinematográfico en el que tienen que ir encajando las partes y que culmina cuando se aplica la potencia de combate en el lugar y momento elegido.

LOS PREPARATIVOS DE LA BATALLA DE AUSTERLITZ

Cabe suponer que el resultado de Austerlitz se debe a un buen mecanismo de derrota porque cuesta creer que la sucesión de acciones que allí acontecieron fuese tan solo una racha de buena suerte o un conjunto de chiripas, en vez de acertadas decisiones sucesivas. Aunque Napoleón no dejó manifiestamente por escrito cuál fue su plan, salvo por las órdenes escritas antes y durante la batalla, se puede sospechar el mecanismo que planeó para derrotar al enemigo.

La tercera coalición contra Napoleón estaba decidida a acabar con los ejércitos franceses y recuperar el orden europeo anterior a 1792. Austria y Rusia entraron en campaña para batir primero al rey bávaro aliado de los franceses y, a continuación, comprometer a la Grande Armée que estaba desplegada a lo largo de las costas del canal de la Mancha. Austria levantó dos ejércitos, uno en Italia al mando del archiduque Carlos, con 90.000 soldados, y otro en la alta Alemania al mando del archiduque Fernando, con 70.000 soldados, al que se unirían los ejércitos rusos. Estos, por su parte, aportarían varios ejércitos, el primero de los cuales lo mandaba Kutusov, con 35.000 soldados.

Enterado de los preparativos de los aliados, Napoleón trasladó en un mes desde la orilla del canal de la Mancha hasta el Danubio la Grande Armée de 120.000 hombres organizada en siete cuerpos de ejército de infantería y uno de caballería, y los movió como solía, escalonando los cuerpos de ejército por vías paralelas. La caballería marchó bastante más al sur del grueso, por Baviera, y cubrió el avance francés ocultándolo a las fuerzas del archiduque Fernando. Napoleón entonces envió al norte de Italia otro cuerpo de ejército para impedir que el archiduque Carlos saliera de Italia. A mediados de noviembre, y pese a haber derrotado a las fuerzas del archiduque Fernando en Ulm, la situación estratégica no era buena para Napoleón: el grueso francés estaba en Viena y contra él venían desde Moravia un ejército austro-ruso de 86.000 hombres y el reconstituido ejército austríaco del archiduque Fernando con otros 20.000. Tras ellos y más lejos llegaba desde Hungría el otro ejército del archiduque Carlos y en Polonia marchaban al encuentro otros ejércitos rusos. Finalmente, más al norte latía la amenaza de que Prusia interviniera al lado de los aliados. Las condiciones eran desfavorables, pero aún podían ser más adversas si los enemigos se reunían para derrotarle. Da la impresión de que Napoleón decidió pasar a la ofensiva y batir al enemigo en ese momento antes de que creciese.

Resuelto como estaba a dar la batalla, Napoleón adelantó tres cuerpos de ejército (I, IV y V), la Guardia Imperial y el cuerpo de caballería del mariscal Murat hacia el encuentro del grueso aliado al norte de Viena. Dejó al mariscal Davout con el III Cuerpo en Viena para taponar el posible regreso de Hungría de las fuerzas del archiduque Carlos y le dio instrucciones para incorporarse a la batalla cuando se lo ordenase. Por último, confió a las fuerzas de su aliado, el rey bávaro, que impidiesen todo movimiento que tratase de cortar su retirada hacia Viena si las cosas no salían bien.

 Lea aquí el documento completo ( página 18 )

Suplemento Temático: Los nuevos retos del Director de Seguridad

 


Fuente: Revista Ejército Nº 918
Fecha: 2017

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