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Expertos Profesionales


Juan Antonio Cortés


Catedrático de Composición Arquitectónica
Universidad de Valladolid

Cosquillas en el cielo


Los rascacielos, el viejo sueño de babel, siguen siendo un modelo válido y ecológico para el s. XXI Los rascacielos no son una anomalía en la arquitectura, pese a retar en muchos casos las propias leyes físicas. Estas torres son una de las grandes aportaciones de la historia de la construcción a la falta de espacio de las ciudades, y PAra siza son una solución más ecológica que las urbanizaciones. La desaparición del edificio Windsor de Madrid ha supuesto una pérdida arquitectónica importante y un justificado motivo de preocupación de la ciudadanía por la seguridad en los edificios altos. La torre está –estaba– situada en el madrileño centro Azca, que ocupa la supermanzana central del ensanche norte de la Castellana. Tal como se ha informado en los medios de comunicación, se trataba del octavo edificio más alto de Madrid, de veintinueve plantas, además de los sótanos para aparcamiento e instalaciones. Fue proyectado en 1974 por un equipo de arquitectos encabezado por Genaro Alas y Pedro Casariego y, bajo la dirección de obra del mismo equipo, se finalizó en 1979. Era uno de los edificios más destacados de Azca y estaba compuesto por una torre de oficinas elevada sobre un basamento más extendido horizontalmente y destinado a albergar locales comerciales y de espectáculos. Además de esta organización en dos cuerpos, que recuerda la de la famosa Lever House neoyorkina de principio de la década de 1950, las otras dos características más notables del edificio eran su estructura de hormigón armado –cuando escribo estas líneas parece haber resistido las altas temperaturas a que ha estado sometida durante el incendio, incluso superiores a 1.000º– y el cerra- miento de vidrio. La estructura consta de un núcleo central –que, además de cumplir su función sustentante, aloja las comunicaciones verticales, los conductos de instalaciones y los aseos– y de sólo dos filas de pilares que dejan casi diáfanas las plantas y favorecen su correcta distribución. Tanto en la planta donde arranca la torre por encima del basamento como en una planta intermedia de instalaciones, las vigas de hormigón tienen la altura de toda una planta –3,40 metros–, con lo que sirven para soportar el peso de los cerramientos de vidrio de los pisos situados sobre ellas. Estos cerramientos se caracterizaban por su elegante modulación uniforme de cuadrados y por tener un tono cálido y una cualidad reflectante, que les hacía reflejar las distintas luces del cielo de Madrid e integrarse así con él. En el mismo complejo Azca existen otros dos buenos ejemplos de la producción de estos arquitectos, los edificios Trieste I y II, y la torre del BBVA, del arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oíza, una de las obras más importantes de la arquitectura moderna madrileña. Las imágenes de la destrucción del edificio Windsor, devorado por las llamas, pueden hacernos recordar que el anhelo de despegarse de la tierra y alcanzar el cielo es un sueño casi tan viejo como la humanidad. Pero era un sueño que acababa en pesadilla. El descomunal atrevimiento llevaba asociado el castigo divino. El intento de levantar una torre que, según el Génesis, llevaron a cabo los descendientes de Noé para llegar hasta el cielo y librarse así de otro posible diluvio acabó en la confusión de lenguas, la ruina de la torre y la dispersión de sus constructores por toda la tierra. Otro mito, el de Ícaro huyendo del Laberinto junto a su padre Dédalo, arquitecto del mismo y constructor de unas alas de plumas unidas con cera que permitieron el vuelo, acabó aún más fatalmente. La pretensión de Ícaro de acercarse al Sol causó el derretimiento de la cera y, con ello, su caída y muerte en el mar. A finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte, el hombre, amparado por el desarrollo de la técnica, pudo hacer realidad estos dos mitos. El rascacielos –el edificio que desafía la altura– y el avión –el aparato que desafía la gravedad– son la prueba de ello. El choque diabólico del avión contra el rascacielos generó la enorme tragedia del 11-S. Una simple chispa como la que puede haber causado el incendio del edificio Windsor –unida a unos fallos mecánicos o humanos en el sistema de protección contra incendios hasta ahora no explicados y en principio inexplicables-–ha causado su destrucción, aunque afortunadamente sin pérdidas humanas. Chicago, 1880 El origen histórico del rascacielos se puede situar en la ciudad de Chicago en la década de 1880, donde surgió como respuesta a una cuestión pragmática, la del máximo aprovechamiento de los solares del Loop, el centro comercial y de negocios de la ciudad. Aunque llegó a construirse algún edificio en altura con muros de carga de ladrillo, uno de los factores que impulsó la proliferación de estos edificios, que dieron lugar a la denominada «Escuela de Chicago», fue la generalización de la estructura de vigas y pilares de acero, que ocupaban mucho menos espacio que los muros de carga y permitían que el edificio tuviera más superficie útil y que ésta estuviera mejor iluminada, al poderse abrir grandes huecos en las fachadas. El otro factor que hizo posible estos edificios en altura fue, como es de suponer, la fabricación industrial del ascensor. Junto a este origen basado en razones de orden práctico, hay que señalar que a este lado del Atlántico el edifico en altura surgió con un sentido idealista –como idea más que como hecho, según dijo el gran crítico de arquitectura Colin Rowe–, vinculado a los ideales de claridad constructiva, ligereza y transparencia propias de las vanguardias europeas. Los proyectos no construidos de rascacielos de cristal para Berlín de Mies van der Rohe, de 1921 y 1922, son el ejemplo más sobresaliente de estos ideales. Al trasladarse a América –precisamente a Chicago– a finales de los años treinta, Mies llevó consigo su idea de rascacielos de cristal y, en las décadas siguientes, la puso en práctica en numerosos edificios, caracterizados por su cerramiento de «muro cortina» o fachada ligera toda ella de cristal. El pragmatismo americano y el idealismo europeo se hermanaron así en un tipo de edificio que, realizado por Mies o por alguno de sus innumerables seguidores, se convirtió en emblema de modernidad para compañías comerciales y edificios institucionales, primero en los EE.UU. y luego en otros muchos lugares. Volviendo al idealismo de las vanguardias europeas, recordemos que algunos artistas rusos fueron los que mejor revivieron esos mitos primigenios anclados en la mente humana desde tiempos remotos. En lo que respecta al de la torre que alcanza el cielo, Vladimir Tatlin concibió en 1919 la «Torre monumento a la Tercera Internacional». Más allá de su simbolismo político, su objetivo era, al igual que el de la torre bíblica, poner en relación la tierra con el cielo. Otro gran artista ruso, El Lissitzky, diseñó entre 1924 y 1926 el Estribanubes o Rascacielos horizontal, un proyecto con vocación realista que se situaría elevado sobre el suelo –apoyado en los núcleos de ascensores– en los cruces de las avenidas radiales de Moscú con un anillo interior de bulevares. Kazimir Malevich, el creador del Suprematismo y uno de los padres del arte abstracto, quiso dar el salto del plano al espacio, de la pintura a la arquitectura y, en sus modelos de escayola conocidos como «arquitectones», trató de dar forma a esos mitos primigenios. Curiosamente, sus arquitectones verticales recuerdan a los rascacielos escalonados –en respuesta a las ordenanzas edificatorias– de Nueva York. Y Malevich realizó también en 1926 una propuesta ideal de un rascacielos suprematista para Manhattan, para la que compuso un fotomontaje con la imagen de un arquitectón superpuesta a una fotografía de un fragmento de la ciudad. Como puede verse, la «ciudad de los rascacielos» por antonomasia había pasado a ser Nueva York y a ella dirigieron igualmente su mirada otros grandes artistas y arquitectos de vanguardia europeos. Es el caso de Le Corbusier, que, en un viaje realizado en 1935, quedó fascinado por la metrópolis norteamericana pero no se dejó amilanar por la abrumadora presencia de los rascacielos y, ante la obligada pregunta de los periodistas: «¿Qué opina usted de Nueva York?», respondió: «Los rascacielos son demasiado pequeños». El impulso de la altura Esta declaración del maestro suizo-francés resultó profética. El superar el récord de altura ha sido una de las metas perseguidas por la arquitectura de los rascacielos. Ya Frank Lloyd Wright, el otro gran maestro de la arquitectura moderna junto con Mies van der Rohe y Le Corbusier, concibió en 1956 el «Rascacielos de una milla de altura». La carrera por levantar la torre más alta se circunscribió primero al ámbito americano y, como sabemos, se ha extendido en las últimas décadas a todo el mundo, particularmente al sudeste asiático. ¿Tiene explicación esta carrera, en apariencia tan irracional? Esa explicación hay que buscarla de nuevo en dos razones. Una es ese impulso por «alcanzar el cielo», el impulso idealista sin el que no se habrían construido algunos de los edificios de los que puede sentirse más orgulloso el ser humano, como las catedrales góticas, y que tiene su manifestación moderna en el rascacielos, con ejemplos de un subyugante atractivo (¿quién no disfruta con la contemplación del «skyline» de Manhattan, independientemente de la ideología subyacente al mismo?). Otra es una razón en definitiva comercial, una razón pragmática, aunque distinta de la que originó los edificios en altura. Si a finales del siglo diecinueve los edificios de la Escuela de Chicago buscaban un aprovechamiento más rentable del solar y de la superficie de trabajo de las plantas, pronto el interés principal se centró en la imagen del edificio como distintivo emblemático del poder económico de la sociedad capitalista en general y de sus empresas industriales o comerciales en particular. Este hecho ha marcado poderosamente la forma externa de los rascacielos. Podemos señalar algunas fases destacadas. Después de los primeros edificios en altura, resueltos con una envoltura neogótica o neorrenacentista, estilos como el Art Deco permitieron en los años treinta destacar de manera suntuosa el «lobby» de entrada y el remate superior, el elemento más visible desde cualquier punto (recuérdese, por ejemplo, el edificio Chrysler de Nueva York). Las torres de cristal a partir de los años cincuenta pusieron el énfasis en la perfección del muro cortina y, en algunos casos, en la riqueza material de sus carpinterías (de bronce, en vez de acero o aluminio, en el edificio Seagram, también en Nueva York, de Mies van der Rohe). En los años setenta y primeros ochenta el denominado postmodernismo destacó de nuevo los «lobbies» y las coronaciones, generalmente en estilo clasicista, y la llamada deconstrucción trató a continuación de llevar al rascacielos la dislocación y las distorsiones propias de su arquitectura, algo para lo que el volumen esbelto y en principio compacto del rascacielos es especialmente poco adecuado.


Suplemento Temático: Centros Comerciales


Fuente: La Razón
Fecha: 17/02/05

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