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La difícil tarea de recoger los platos rotos de Katrina


Cuando el huracán Andrew asoló el sur de Florida en 1992, causando el mayor desastre natural de la historia de Estados Unidos, con daños materiales valorados en más de 30.000 millones de dólares (unos 24.000 millones de euros).Después de la tormenta, la industria de seguros de vida y de la propiedad del Estado cayó en picado. Varias pequeñas aseguradoras entraron en quiebra y las grandes compañías comenzaron a cancelar miles de pólizas en Florida.  Los reguladores del Estado intervinieron, declarando una moratoria en las cancelaciones y creando un fondo del Estado para cubrir a los dueños de viviendas sin seguro.  Pero a pesar del intento, los reguladores no consiguieron ni ralentizar ni parar las cancelaciones y el fondo estatal tuvo que hacerse cargo de los cientos de miles de pólizas durante los años siguientes. El sector asegurador del Estado continúa sintiendo los efectos de la tormenta una década más tarde.

El daño económico del huracán Katrina parece ser incluso mayor y muchos especialistas ya lo califican como el desastre natural más costoso de la historia de Estados Unidos. De hecho, algunas estimaciones calculan las pérdidas en torno a los cien mil millones de dólares. La industria petrolera ha sufrido serios daños: algunas plataformas han sido destruidas y algunas refinerías se encuentran fuera de servicio.  La industria aseguradora también sufrirá durante los próximos meses, cuando las empresas y los propietarios de viviendas soliciten los pagos por sus pérdidas. Y, regionalmente, por supuesto, el daño es catastrófico.  Gran parte de Nueva Orleans permanece inundada y no está muy claro si la industria turística, de la que depende la ciudad y su gente, volverá a ser viable.  El barrio francés se ha salvado, pero muchos de los dueños y empleados de sus restaurantes, bares y hoteles han emigrado a lugares lejanos, como Houston y Dallas.

“El impacto económico de Katrina será, con toda probabilidad, enorme y duradero”, comenta el profesor de Finanzas de Wharton, Jeremy Siegel .  “El gasto de cada persona de esa zona del país va a verse mermado hasta que sepan donde van a vivir. Durante los próximos meses, millones de personas no realizarán ninguna compra”, explica. Además, el impacto de la subida de los precios de la gasolina redundará en los costes de los hogares y de las empresas.  “Ya estábamos al límite de nuestra capacidad para refinar crudo, así que esta catástrofe no podría haber sucedido en un momento peor para el mercado del petróleo”. 

“Pero a diferencia de Andrew, Katrina podría no afectar a gran parte de los aseguradores privados”, dice Howard Kunreuther , profesor de Gestión de Operaciones y de Información de Wharton y experto en seguros. Los informes de la primera semana tras el desastre sugieren que el desbordamiento del lago Pontchartrain, después de que los diques se rompieran, causó gran parte de la destrucción de Nueva Orleans.  El seguro privado no cubre pérdidas por inundación, aunque sí lo hace el programa federal de seguro por inundación.  “Si una propiedad fue dañada por el agua, la industria no tendrá que pagar nada”, añade. 

Sin embargo, no resulta fácil de determinar quién debe hacerse cargo de los estragos causados por el impacto de un huracán sobre el mercado inmobiliario. “A menudo, un edificio se inunda pero, además, pierde parte de su tejado a causa del viento”, explica Kunreuther.  Esa ambigüedad puede causar disputas entre el sector privado y el Gobierno y entre los propietarios de viviendas y sus aseguradoras.  “Habrá muchos pleitos”, predice el profesor de Wharton. “Si resulta que el seguro de inundación no cubre una casa entera, ¿la compañía de seguros tomará la responsabilidad? La ironía de todo esto es que una casa mal construida, que perdió su tejado, tiene mayores probabilidades de conseguir esa cobertura que una bien construidas que no perdió su tejado”, explica.

“Las pérdidas causadas por las inundaciones suelen ser tan grandes que pueden llegar a sobrepasar la capacidad de pago del programa asegurador por inundación del Estado”, sugiere Kunreuther.  Si eso sucede, los legisladores federales tendrán que disponer más fondos. Además de hacer frente a estos pagos, los aseguradores privados podrían verse aún afectados por Katrina. Muchas firmas, pequeñas y grandes, de Nueva Orleans y de la costa del Golfo de México podrían estar cerradas durante meses. 

Mercado inmobiliario propenso a huracanes

“A más largo plazo, el huracán Katrina podría provocar que los seguros de propiedad y de vida reexaminen la distribución geográfica de sus pólizas y eleven los precios”, dice Kunreuther.  Aunque no tengan que desembolsar grandes sumas por esta tormenta, les recordará que los riesgos que tienen que afrontar son cada vez mayores. “Que la población de Estados Unidos siga mudándose hacia el Cinturón del sol (el sudeste de Estados Unidos hasta California) significa que la gente se traslada hacia zonas de riesgo”, argumenta.

Tomemos como ejemplo Florida, el lugar donde el mercado inmobiliario es el más susceptible del mundo a los huracanes.  Su población creció más de un tercio entre 1990 y 2004. El grueso de ese crecimiento se ha dado en sus casi 1,93 millones de kilómetros de costa.  Los puertos como Charleston, en Carolina del Sur, y Wilmington, en Carolina del Norte, también han crecido de manera espectacular durante ese periodo. 

A diferencia del efecto sobre las aseguradoras privadas, Katrina no ha tenido piedad con la industria del petróleo y del gas, que se concentra precisamente a lo largo de la costa del Golfo de México, donde la tormenta descargó con toda su fuerza. Según el departamento de Energía, Katrina acabó con el 90% de la producción petrolera del Golfo y ha parado u obstaculizado seriamente el trabajo de las refinerías, reduciendo la producción nacional de gasolina un 10%. 

“Antes de Katrina, el refino de Estados Unidos era muy ajustado”, explica Siegel.  “Desde la tormenta, el presidente anunció que se había abierto las reservas estratégicas de petróleo.  El problema de estas reservas es que se trata de crudo y no de productos refinados. La única manera de conseguir productos refinados es intercambiarlos con otros países, lo que lleva su tiempo, ya que hay que enviarlo en barcos petroleros”, añade.

Si suben los precios de la gasolina y de otros productos refinados, también lo harán los costes del sector del transporte. “Todos los medios de transporte -coches, autobuses, camiones, aviones y trenes-  se verán afectados y tendrán que subir sus precios para poder afrontar los mayores costes”, dice Siegel.  Este golpe sobre el precio del combustible desconcierta a muchos economistas, que no son capaces de predecir el efecto que tendrá en el desarrollo económico de Estados Unidos”, añade. “Estimo que el producto interior bruto (PIB) podría descender en 1 ó 2 puntos en la segunda mitad del año. ¿Nos llevará hacia una recesión? No creo que esto ocurra al menos que el impacto psicológico haga mella en la gente, tal y como ocurrió durante la crisis energética de los años 70”, opina. 

“Una señal positiva es que los inversores de bonos han respondido tranquilamente al huracán Katrina y a las noticias económicas que le acompañan”, señala Siegel.  “Aunque los precios del petróleo y del gas están subiendo, los tipos de interés no.  Parece que el mercado de bonos considera el incremento de los precios como algo temporal. Además, el mercado espera que la Reserva Federal congele los aumentos de los tipos de interés en su reunión del 20 de septiembre”. 

¿Qué pasará con el futuro económico de Nueva Orleáns, hogar de una de las culturas urbanas más retratadas de América, como el  vudú, y su particular gastronomía, como el gumbo y el po'boys? “Nueva Orleans se reconstruirá y será tan vibrante como lo fue en el pasado”, predice Siegel. “El barrio francés, la atracción para los turistas, ha salido relativamente bien parado. Aunque será necesario gastar miles de millones para reparar los diques. Si hubieran estado en las condiciones adecuadas, probablemente habrían aguantado”. 

Witold Rybczynski , profesor especializado en el mercado inmobiliario de Wharton, coincide con esta opinión. “Las ciudades suelen recuperarse. En una ciudad, la inversión en infraestructura es tan grande que siempre parece ser mayor que los daños causados por un desastre natural. Las ciudades tienen su propio ciclo de vida, por eso sobreviven ante cualquier catástrofe”, añade Rybczynski.  “Aunque puedan crecer de forma rápida, como por ejemplo Las Vegas, su declive suele ser lento. Las ciudades tienen vida en sí mismas, por eso, cuando empieza el declive llega muy lento”. 

La voluntad de reconstruir

“Un ejemplo clásico del impulso humano para preservar ciudades es el de Varsovia, después de la II Guerra Mundial”, señala Rybczynski.  “La ciudad fue prácticamente destruida. Básicamente, los alemanes la arrasaron. Pero no había ninguna duda de que la ciudad se reconstruiría. Pienso que lo mismo ocurrirá en Nueva Orleans”, opina. 

Todd Sinai , también profesor especializado en el mercado inmobiliario de Wharton, cita el ejemplo de las colinas de Oakland, en California, donde un incendio hizo arder cerca de 3.000 hogares en 1991. Allí, como en Nueva Orleans existían áreas más propensas a la destrucción. “En parte, las casas se quemaron porque los caminos eran demasiado estrechos y ventosos, y los coches de bomberos tuvieron dificultades para llegar hasta el fuego”, dice. “Los postes y los cables eléctricos cayeron, bloqueando los caminos. Pero lo que la comunidad hizo fue volver a ponerlo todo tal y como estaba antes del incendio. Aunque, ni mejoraron las calles, ni enterraron los postes, aunque algunas barrios acabaron pagando para que, al final, se enterraran”. 

“Pero, incluso si Nueva Orleans termina pareciéndose a como era antes del paso de  Katrina, la tormenta todavía podría golpear la economía local”, dice Rybczynski.  La ciudad podría perder parte de su población y podría encontrarse con dificultades para reactivar su industria turística.  Las imágenes de las calles inundadas y los cuerpos flotando no ayudan a atraer a los visitantes. Y, probablemente, Nueva Orleans no funcionará con normalidad en febrero, cuando tiene lugar su mayor acontecimiento anual: el martes de Carnaval, conocido como Mardi Gras. “No estamos hablando de cualquier ciudad. Nueva Orleáns es una ciudad con una identidad única en Estados Unidos. Su producto es su sabor; su cultura, su arquitectura, la experiencia de caminar por el barrio francés, algo que puede ser difícil de reconstruir”, señala Georgette Poindexter , profesor también especializado en el mercado inmobiliario de Wharton. 

¿Qué deben hacer entonces los líderes locales y nacionales para reconstruir Nueva Orleans y para asegurar la futura salud de su economía? “Los aspectos claves tienen que ver con qué es la reconstrucción: un centro de negocios es diferente de un barrio, y un barrio de clase media es diferente de uno pobre. Por eso requerirán soluciones distintas”, añade Rybczynski.  “Uno de los asuntos más importantes es intentar conseguir que el turismo vuelva rápidamente. Hay que centrarse en eso”. 

“Cuando nos demos cuenta de esto, las empresas deben hacer una consideración ética y determinar cuáles son sus obligaciones hacia los habitantes de Nueva Orleáns”, opina Thomas W. Dunfee , profesor de Estudios Legales y de Ética empresarial de Wharton.  “Yo haría una distinción entre las empresas que disponer de recursos cruciales, como una clínica, y el resto de las empresas”.  Las compañías que no disponen de recursos cruciales, como un fabricante de aperitivos, deben determinar lo que pueden permitirse económicamente y hacer un balance entre las necesidades de la gente de Nueva Orleans y sus obligaciones con los accionistas, empleados y clientes. Dunfee añade que “otras empresas deberán redirigir los recursos que dan normalmente a la filantropía hacia este desastre”. 

La perspectiva europea

El mes de octubre de 1998 es una fecha que Juan Carlos Martínez Lázaro nunca olvidará. El profesor de Economía del Instituto de Empresa de Madrid se encontraba en Guatemala, en un viaje privado, cuando el huracán Mitch arrasó varios países de Centroamérica. Los más afectados fueron Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador, donde el huracán dejó un saldo de aproximadamente 10.500 muertos y casi 10.000 desaparecidos. En total, se estima que hubo siete millones de afectados. 

Además de la tremenda tragedia humana, el huracán fue un auténtico desastre económico para la región. “El PIB cayó aproximadamente un 20%”, señala Martínez Lázaro. “Al tratarse de economías pequeñas el impacto económico es mucho mayor”, dice al compararlo con los posibles efectos del huracán Katrina en Estados Unidos. Mientras Katrina puede darle un poquito de fiebre a Estados Unidos, comenta, “Mitch destrozó la economía de todos estos países en todos los sectores y no sólo el turístico. Fue algo absoluto y global y, además, produjo una ola de emigración enorme”. En su opinión, “Estados Unidos podrá reconstruir las zonas devastadas, sin embargo, Centroamérica dependía de la ayuda exterior. En EEUU habrá refugiados, pero serán desplazados temporales, tarde o temprano volverán a sus casas. No se van a producir las mismas olas de migración que hubo en Centroamérica”. 

“Todo el mundo está sorprendido por la magnitud de la tragedia. Si hubiera ocurrido en otro sitio, en un país en vías de desarrollo, no nos hubiera sorprendido tanto. Sin embargo, se ha roto esa imagen. Todo el mundo pensaba que el país podría controlar la situación y que no necesitaba ayuda. Y, por último, parece que las autoridades han pecado de autosuficiencia. A día de hoy, sólo han pedido ayuda a la Unión Europea”. 

Respecto a los efectos de Katrina en el resto del mundo, dice, “los costes van a ser muy elevados, tendrá un fuerte impacto sobre la economía americana y de ahí se irá extendiendo al resto del mundo. Frenará la escalada de los tipos de interés en EEUU y subirá el precio del crudo y eso afectará a Europa. Además, llega en un mal momento, después de quince meses de continuo aumento de los precios del petróleo y a punto de comenzar la temporada invernal en el hemisferio norte, justo cuando más se utilizan las calefacciones”. Según explica, el aumento del precio del petróleo significará un repunte de la inflación, algo que ya preocupa a toda Europa.

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Fuente: Wharton University
Fecha: 07/09/05

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