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Viernes, 31 de mayo de 2002


Seguridad Pública y Protección Civil

12 cámaras de vigilancia comenzarán a grabar en 20 días las esculturas del madrileño Museo al Aire Libre

Las cámaras fijas grabarán durante las 24 horas del día
las imágenes, que deberán ser destruidas en una semana

 

Las doce cámaras de videovigilancia que el Ayuntamiento de Madrid ha instalado en el Museo de Escultura al Aire Libre del Paseo de la Castellana, bajo el puente de Eduardo Dato, comenzarán a grabar en tres semanas.

Las cámaras, fijas y de enfoque directo a cada una de las 17 esculturas, funcionarán día y noche y se pondrán en funcionamiento dentro de unos 20 días, cuando el alcalde reinaugure el museo, que ha estado en obras. Desde la promulgación de la Ley de Videovigilancia, el 4 de agosto de 1997, es la primera vez que se instala en la región este tipo de vigilancia electrónica en la vía pública.

El concejal de Vivienda y Rehabilitación Urbana, Sigfrido Herráez, área de la que depende el museo, solicitó en agosto de 2000 permiso al delegado del Gobierno, Francisco Javier Ansuátegui, para colocar las cámaras y preservar así a la colección de la Castellana de los continuos actos vandálicos que sufre.

La autorización al Ayuntamiento de Madrid es la primera de este tipo que concede la Comisión de Videovigilancia, ya que en 1999 denegó el permiso al Ayuntamiento de Majadahonda, gobernado por el PP, que pretendía instalar doce cámaras en la Gran Vía majariega.

Condiciones

No obstante, la Comisión de Videovigilancia, que encabeza el presidente del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, ha puesto una serie de condiciones al montaje: las cámaras serán fijas, enfocarán directamente a las 17 esculturas que tiene el museo y no podrán grabar sonido. Además, la Comisión exige que las grabaciones sean destruidas en el plazo de una semana (la Ley de Videovigilancia de 1997 y el posterior reglamento que lo desarrolla autorizan un plazo máximo de un mes), salvo que estén relacionadas con infracciones penales graves o muy graves. La destrucción será inmediata en el caso de grabaciones ilegales (esto es, en caso de que en las imágenes en las que aparezcan personas en actitudes que puedan afectar a su intimidad, como besándose o acariciándose).

La Ley de Videovigilancia contempla también la posibilidad de que cualquier persona que "considere razonablemente que figura en grabaciones efectuadas con videocámaras podrá ejercer el derecho de acceso a las mismas, mediante solicitud dirigida a la autoridad encargada de la custodia" de las cintas.

Otra de las condiciones que ha impuesto la Comisión de Videovigilancia es que el Ayuntamiento tiene que poner ocho placas informativas en el museo para avisar a los peatones de que están entrando en una zona vigilada por cámaras de la policía.

Las imágenes que capten las cámaras irán a un puesto de control situado en un local que hay debajo del puente y que ahora está desocupado, donde habrá un policía municipal durante las 24 horas del día.

El concejal de Rehabilitación explicó que "las cámaras no van a vulnerar el derecho a la intimidad de nadie. Ojalá no tuviésemos que ponerlas, pero en el museo hay esculturas de un valor cultural y económico importantísimo y continuamente están sufriendo agresiones'. Dentro de un año, el Ayuntamiento tendrá que solicitar la renovación del permiso, por otros doce meses, a la Delegación del Gobierno.

Actos vandálicos

Las esculturas del Museo al Aire Libre del Paseo de la Castellana han sufrido múltiples agresiones a lo largo de los años. En 1999, unos vándalos dañaron el 'homenaje a la hoz y el martillo', de Julio González. En 1993, la obra 'Un món per a infants' (Un mundo para niños), del artista valenciano Andreu Alfaro, fue objeto de otro ataque: de las trece piezas de acero que la integran, los ladrones sólo dejaron una. Alfaro, autor también de los arcos que hay en la avenida de la Ilustración, restauró la obra con una ayuda simbólica del Ayuntamiento y ésta volvió a exponerse en el paseo de la Castellana.

Aparte de las pintadas y de los actos vandálicos, las esculturas tienen otro problema añadido: los chavales que, de vez en cuando, patinan en la plaza y que, al girar, se cuelgan de las obras para tomar más impulso. Además, muy cerca del museo hay bares y discotecas, lo que hace que, a ciertas horas de la madrugada, algunos trasnochadores usen el museo como aliviadero improvisado para eliminar los excesos de alcohol.

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Fuente: El País (Edición Madrid)
30.05.02

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