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Martes 1 de abril de 2003


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

En busca del tanque 'inteligente'

El Pentágono ofrece un millón de dólares al inventor que logre diseñar un vehículo bélico no tripulado

 

El Pentágono acaba de lanzar el concurso The Grand Challenge (El Gran Desafío). El objetivo es diseñar un vehículo militar autónomo no tripulado, capaz de moverse por el campo de batalla a una velocidad media de 50 millas por hora (unos 80 kilómetros por hora), guiándose por GPS, para descubrir las posiciones del enemigo.


Los altos mandos de la Secretaría (ministerio) de Defensa norteamericana no ignoran que la misión está en el límite de lo posible, así que han preparado una segunda convocatoria para el año 2005.

La carrera, pues en ello consiste el gran desafío, se llevará a cabo, el 13 de marzo de 2004, en el desierto del suroeste de Estados Unidos, entre las ciudades de Los Ángeles y Las Vegas. Quinientos kilómetros a través de una de las áreas más desoladas del planeta.

Los vehículos participantes no podrán ser teledirigidos, sino que habrán de confiar en la guía por GPS y en sus propias habilidades para salvar todos los obstáculos que puedan encontrar en su camino. Además, habrán de funcionar con su propia energía.

Para complicar aún más la misión, ya de por sí difícil, el itinerario no será dado a conocer hasta el momento de la salida. El premio está a la altura del reto: un millón de dólares.

Energía eléctrica

El ingenio que gane la carrera, si es que alguno lo logra, se utilizará como modelo para desarrollar un vehículo no tripulado que servirá de avanzadilla a las unidades de combate de Estados Unidos en futuros teatros de operaciones.

Probablemente, el triunfador será un vehículo movido por electricidad suministrada por placas solares o algún tipo de pila de combustible. Su perfil será muy bajo, escasamente superior al diámetro de sus ruedas. Contará también con cámaras de vídeo e infrarrojos, sensores de contacto, además de sistemas GPS y de transmisión de datos en tiempo real.

Posiblemente, como ya ha sucedido con el avión no tripulado Predator, se acabarán por producir versiones armadas de este vehículo, que no sólo descubrirán al enemigo, sino que también lo eliminarán o, en el peor de los casos, lo ablandarán, es decir, sólo matarán a unos cuantos y aflojarán los esfínteres al resto.

En el fondo, este proyecto, como algunos otros que le han precedido (Predator, Global Hawk, Dragon's Eye o Land Warrior) son el reconocimiento implícito de dos fracasos: el primero es que el hombre es el eslabón débil de la tecnología militar. Todas las armas existentes hoy en día podrían ser muchísimo más eficaces si no estuviesen manejadas por humanos.

El segundo fracaso es que las democracias televisivas, como es el caso de la estadounidense, casan mal con las necesidades de una hiperpotencia como la norteamericana, cuyos intereses requieren librar guerras con cierta regularidad.

Dwight Eisenhower, general en jefe de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos en Europa y posteriormente presidente de aquel país, así lo entendió. Suyo es el lema Security First (Seguridad ante todo), acuñado en los días previos al desembarco de Normandía.

Desde entonces, el Ejército norteamericano ha entrado siempre en combate protegido por el paraguas de la superioridad aérea absoluta y apoyado por la devastadora potencia de fuego de sus tanques y su artillería.

Hasta ahora, esto había demostrado ser de una letal eficacia. La Operación Tormenta del Desierto fue el punto culminante de tal estrategia: el Ejército iraquí fue simplemente barrido de la faz de la tierra a cambio de un puñado de bajas propias.

Sin embargo, la actual guerra de Irak ha demostrado al mando militar estadounidense que las tornas han cambiado.

Los iraquíes no sólo se niegan a entablar combate en campo abierto, donde saben que estarían en franca desventaja, sino que recurren a las tácticas de guerrilla, a los ataques suicidas y al combate en áreas urbanas, para obligar a Estados Unidos a enfrentarse con su peor fantasma: la crueldad de la guerra retransmitida en directo.

El nuevo vehículo vendría a evitar que en el futuro esto pueda repetirse. El robocar, como ya lo definen algunas fuentes, tendría por misión localizar al enemigo. Luego sería cuestión del business as usual: los helicópteros, la aviación, los misiles, las bombas inteligentes, la artillería y los tanques tomarían el relevo.

El precedente de los aviones sin piloto

Aún no se sabe si algún profesor chiflado será capaz de desarrollar un vehículo robótico autosuficiente como el que busca el Pentágono, pero los grandes éxitos tecnológicos que ya han conseguido los ingenieros estadounidenses en el campo de la aviación inteligente sugieren que este objetivo podría estar al alcance de sus manos. En estos momentos, las Fuerzas Aéreas de EEUU cuentan entre sus filas con varios aviones espía que son capaces de volar sin piloto. El llamado Global Hawk (Halcón Global), por ejemplo, es capaz de permanecer en el aire de forma ininterrumpida durante día y medio, e inspeccionar con sus sensores una superficie de unos 150.000 kilómetros cuadrados. Otro aparato aún más sofisticado es el Dragon's Eye (Ojo de Dragón) un avión espía sin piloto y desmontable, que puede ser transportado y manejado a distancia por cualquier combatiente. A pesar de que tan sólo pesa dos kilos, el Dragon's Eye transporta en su interior una videocámara en color, un sistema de transmisión de imágenes y un navegador GPS. Con una envergadura de poco más de un metro y una longitud similar, el aparato se transporta en una maleta, dividido en cinco piezas: morro, tronco, cola y dos alas. Una vez montado y accionados sus dos motores electrónicos, basta que un marine lance el aparato, como si fuera un velero de aeromodelismo. Mientras vuela, las imágenes captadas por la videocámara pueden ser vistas en una pantalla atada a la muñeca de cualquier soldado o en la pantalla de un ordenador portátil. Gracias a este aparato, los marines pueden localizar las posiciones del enemigo sin tener que exponer sus vidas.

Fuente: El Mundo
31/03/2003

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