Seguridad Colectiva
y Defensa Nacional
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Una guerra en
familia
Primos, hermanos,
padres y esposos destinados en Irak con las tropas de EEUU comparten el
frente de batalla
Para
Raymond Colliard la invasión de Irak es un asunto muy familiar. No
porque esta sea la segunda vez que recorre el desierto camino de Bagdad.
El capitán, veterano de la Operación Tormenta del Desierto, tiene buena
parte de su sangre invertida en esta campaña.
Mientras se prepara para la siguiente ofensiva a este lado el río
Eufrates, su hijo Raymond junior, avanza con la Primera División de la
Fuerza Expedicionaria de los Marines en la otra orilla. Su mujer,
Margaret, mayor en una unidad médica, les sigue en la retaguardia.
Posiblemente, a estas alturas de la operación esté en las cercanías de
Basora. «Pero quién sabe. No tengo ni idea. Mejor no tener noticias
hasta que no acabe todo esto, porque la única noticia a estas alturas
sería una notificación de Cruz Roja».
Primos, cuñados, hermanos, padres... El frente de batalla iraquí es una
verdadera gran familia. Colliard está acostumbrado. En el conflicto de
Afganistán compartió misión con su hija Brandy.«Estuvo a punto de venir
aquí, pero justo antes se tomó una baja en la Fuerza Aérea», asegura.
Casi que le habría gustado haber batido el récord de su compañía en
presencia familiar sobre el teatro de operaciones. «Me hace sentir
orgulloso de todos ellos. No por estar en la guerra, sino por ser parte
de la misión de defender los principios y libertades de nuestro país».
«Estamos preparados para esto, pero el compartir este destino incrementa
la posibilidad de que uno de los dos se convierta en viudo»,
reconoce Michelle Chávez. Acaba de saber hace dos días que su esposo,
policía militar, puede ser destinado a controlar el cerco de una ciudad
cercana. Antes de que se iniciase la operación, parecía una misión
segura. Eso era cuando se esperaba que los estadounidenses fuesen
recibidos como liberadores. Pero ahora que las ciudades se han
convertido en núcleos de resistencia y cualquier civil representa una
amenaza, Chávez se muestra intranquila.
La
sargento Granados está presa de la inquietud, aunque en público echa las
culpas a la sobredosis de pastillas para la malaria. Su marido acaba de
ser enviado a Kandahar, en Afganistán. Sus dos hijas, de cinco y nueve
años, se han quedado en manos de una hermana. «Me siento frustrada.
Me gustaría volver a casa. Sé que están acostumbradas a que nos
movilicemos, pero no a que los dos estemos ausentes por tanto tiempo».
Se
habría acogido al Capítulo Cinco, que permite a los soldados excusarse
si demuestran que no hay nadie que cuide de los hijos. Pero en el
Ejército está muy mal visto. Carecer de «arreglos familiares» es
considerado poco menos que una violación de las reglas.
Para
evitar que familias enteras se vean afectadas por la tragedia, existe la
Ley Sullivan, nombrada así por los hermanos que perecieron en un mismo
barco. Desde entonces, no se permiten lazos de sangre en la misma
unidad. «Pero al fin y al cabo aquí estamos todos en el mismo barco:
luchar contra Sadam», comenta Colliard.
Su
pequeño Raymond, de 24 años, podría haberse librado por la ley del hijo
único, que exime a los vástagos varones. Pero justo cuando los marines
fueron movilizados a Irak su mujer dio a luz a un niño. «La sangre y
el apellido de la familia ya está preservado, así que no puede acogerse
a ninguna normativa», explica el orgulloso padre.
«Mi
madre tiene a su pequeño Tony cerca de casa. Así se queda algo
tranquila», bromea el sargento Cliff Brown. La señora Brown tendrá a
tres de sus cuatro varones en el frente, uno de ellos, Jeff, está con
las unidades de elite, las Fuerzas Especiales.«Es el que más nos
preocupa». El tercero se sumará a la invasión la próxima semana. «Hace
un año coincidí con uno de ellos en Kandahar. Estamos acostumbrados a
esto, porque crecimos con un padre militar».
«Es
difícil sacar a tu familia del Ejército. Entra por las venas», asegura
el capitán William Vanasse, cuarta generación de militares. «Desde que
llegamos a América todos los Vanasse hemos luchado en una guerra. Y no
seré el último».
Fuente:
El Mundo
31/03/2003