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Viernes 4 de abril de 2003


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

Los marines «se emocionan» ante la inminente batalla de Bagdad

«¡Eh, tío!, voy a estar en Bagdad pegando patadas en las puertas... Me he entrenado para esto durante siete años , y si ahora me quedo en el puesto de comando sería como entrenarse para la Superbowl y quedarse en el banquillo», asegura el sargento Milees Jonson

 

Hoy es un buen día para el sargento Milees Johnson. No sólo porque entre las tropas se ha corrido el rumor, uno de tantos, de que a la guerra le pueden quedar tres días, sino porque el mayor ha dado luz verde a su  petición de ser trasladado a primera fila de combate. «¡Eh, tío!, voy a estar en Bagdad pegando patadas en las puertas y tomando casa por casa», dice a sus compañeros haciendo el gesto de empuñar el fusil. La gran batalla de Bagdad les tiene a todos emocionandos. «Me he entrenado para esto durante siete años, y si ahora me quedo en el puesto de comando sería como entrenarse para la Superbowl y quedarse en  el banquillo», cita Johnson.

A pesar de sus argumentos, le ha costado mucho convencer a sus superiores de que le trasladaran a un batallón de Infantería. En el Ejército las posiciones son rígidas y los mandos poco dados a complacer peticiones personales. Johnson sabe que Bagdad puede ser la parte más arriesgada de esta guerra. A sus veintiséis años, el peligro todavía le dispara la andrenalina, a juzgar por el brillo de sus ojos. «En ámbitos urbanos, las expectativas de bajas aumentan hasta el 75 por ciento ó el 80 por ciento, nos han dicho.  Además está la amenaza de los NBC (Armas Nucleares Químicas y Biológicas). Aquí en el campo, el viento favorece su dispersión con facilidad y reduce el peligro, pero en la ciudad se estanca». Pese a estas perspectivas el optimismo ha cundido entre los mandos. Nadie quiere ser demasiado positivo para no elevar las expectativas.

Tres paisanos.

En una carretera cercana, tres hombres avanzan con un pañuelo blanco atado a un palo, pero eso no evita que los marines salten de las trincheras y les apunten con sus M-16. El anciano agita su pañuelo blanco y, ante la tensión que reina, los tres levantan las manos para demostrar que no llevan armas y vienen en son de paz. El traductor sale a la palestra. «Dicen que viven en la aldea que está a un par de kilómetros carretera arriba», relata. «Anoche se quedaron en el pueblo de aquí porque estábamos disparando y no se atrevieron a cruzar en la oscuridad, pero ahora que es día quieren volver a casa».

El marine escucha con atención. Se queda un par de minutos observando al anciano de las piernas de palillo que lleva la voz cantante y coge la radio. «Roger aquí Charly. Tengo a tres paisanos que aparentemente nos llevan armas y quieren volver a casa. Los vamos a registrar y luego les dejaremos pasar». Quien esté al otro lado de la radio no duda un segundo. «Negativo, Charly, no hay autorización». El marine rebufa con fastidio y vuelve a la carga. «No son militares, repito. Sólo tres paisanos que quieren volver a su casas», insiste. «Negativo. La carretera no está limpia. El combate se puede reiniciar en cualquier momento. No podemos tener civiles cruzando. Diles que se vuelvan al pueblo y que esperen allí ». Ésa parece ser la última palabra.

Fuente: ABC
04/04/2003

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