Seguridad Colectiva
y Defensa Nacional
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Los marines «se
emocionan» ante la inminente batalla de Bagdad
«¡Eh, tío!, voy a
estar en Bagdad pegando patadas en las puertas... Me he entrenado para
esto durante siete años , y si ahora me quedo en el puesto de comando
sería como entrenarse para la Superbowl y quedarse en el banquillo»,
asegura el sargento Milees Jonson
Hoy
es un buen día para el sargento Milees Johnson. No sólo porque entre las
tropas se ha corrido el rumor, uno de tantos, de que a la guerra le
pueden quedar tres días, sino porque el mayor ha dado luz verde a su
petición de ser trasladado a primera fila de combate. «¡Eh, tío!, voy
a estar en Bagdad pegando patadas en las puertas y tomando casa por
casa», dice a sus compañeros haciendo el gesto de empuñar el fusil. La
gran batalla de Bagdad les tiene a todos emocionandos. «Me he entrenado
para esto durante siete años, y si ahora me quedo en el puesto de
comando sería como entrenarse para la Superbowl y quedarse en el
banquillo», cita Johnson.
A pesar de
sus argumentos, le ha costado mucho convencer a sus superiores de que le
trasladaran a un batallón de Infantería. En el Ejército las posiciones
son rígidas y los mandos poco dados a complacer peticiones personales.
Johnson sabe que Bagdad puede ser la parte más arriesgada de esta
guerra. A sus veintiséis años, el peligro todavía le dispara la
andrenalina, a juzgar por el brillo de sus ojos. «En ámbitos urbanos,
las expectativas de bajas aumentan hasta el 75 por ciento ó el 80 por
ciento, nos han dicho. Además está la amenaza de los NBC (Armas
Nucleares Químicas y Biológicas). Aquí en el campo, el viento favorece
su dispersión con facilidad y reduce el peligro, pero en la ciudad se
estanca». Pese a estas perspectivas el optimismo ha cundido entre
los mandos. Nadie quiere ser demasiado positivo para no elevar las
expectativas.
Tres
paisanos.
En una
carretera cercana, tres hombres avanzan con un pañuelo blanco atado a un
palo, pero eso no evita que los marines salten de las trincheras y les
apunten con sus M-16. El anciano agita su pañuelo blanco y, ante la
tensión que reina, los tres levantan las manos para demostrar que no
llevan armas y vienen en son de paz. El traductor sale a la palestra.
«Dicen que viven en la aldea que está a un par de kilómetros carretera
arriba», relata. «Anoche se quedaron en el pueblo de aquí porque
estábamos disparando y no se atrevieron a cruzar en la oscuridad, pero
ahora que es día quieren volver a casa».
El marine
escucha con atención. Se queda un par de minutos observando al anciano
de las piernas de palillo que lleva la voz cantante y coge la radio.
«Roger aquí Charly. Tengo a tres paisanos que aparentemente nos llevan
armas y quieren volver a casa. Los vamos a registrar y luego les
dejaremos pasar». Quien esté al otro lado de la radio no duda un
segundo. «Negativo, Charly, no hay autorización». El marine rebufa con
fastidio y vuelve a la carga. «No son militares, repito. Sólo tres
paisanos que quieren volver a su casas», insiste. «Negativo. La
carretera no está limpia. El combate se puede reiniciar en cualquier
momento. No podemos tener civiles cruzando. Diles que se vuelvan al
pueblo y que esperen allí ». Ésa parece ser la última palabra.
Fuente: ABC
04/04/2003