Seguridad Colectiva
y Defensa Nacional
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Las lecciones de un
asedio que aprendió mi abuelo
El general George
Patton, mi abuelo, ha sido muy mencionado últimamente en relación con el
asombroso sprint del ejército norteamericano al atravesar más de 300
millas [482 kilómetros] en Irak en menos de una semana. Empezando por la
ruptura del cerco en Normandía en agosto de 1944, el Tercer Ejército de
Patton utilizó de manera parecida la velocidad y la maniobrabilidad para
lanzar el ataque, alargando las líneas de abastecimiento hasta el límite
mientras se tragaba enormes extensiones de territorio y tomaba miles de
prisioneros enemigos.
Buena parte de lo que hemos visto en el plan de batalla del general
Tommy Franks recuerda una de las máximas favoritas de Patton en el campo
de batalla: «Un buen plan hoy es mejor que un plan perfecto mañana»,
y dicha máxima parece aplicable al acelerado inicio de la ofensiva
terrestre después del ataque con misiles contra los dirigentes iraquíes
el 18 de marzo. Está claro que este arranque, aparentemente
improvisado, sorprendió a los defensores iraquíes, que esperaban, según
el modelo de la Guerra del Golfo de 1991, semanas de conmoción y espanto
aéreos previas a los carros de combate y a la artillería, y ayudó a las
fuerzas de la coalición a proteger los campos petrolíferos del sur y los
puentes sobre el Eufrates en Nasiriya antes de que pudieran ser
saboteados.
Del
mismo modo, el tan citado adagio de Patton «agarradlos por la nariz y
dadles patadas», que en términos tácticos se traduce como
inmovilizar al enemigo en el sitio al tiempo que se le flanquea con el
grueso de la fuerza propia, se refleja en el «salto de la rana»
de ciudades iraquíes por parte de la coalición en su marcha hacia el
objetivo principal: Bagdad. «No sirve de nada capturar pueblos llenos
de estiércol e inundados», dijo el general a sus hombres. «Se
prohíben los ataques frontales directos a menos que no haya otra
solución posible».
Sin
embargo, en septiembre de 1944, Patton se desvió de su preferencia por
la maniobra y recibió como consecuencia lo que denominó «el primer
puñetazo que me hizo sangrar por la nariz». La ciudad fortificada de
Metz, en Lorena (sudeste de Francia), bloqueaba la ruta del Tercer
Ejército hacia el Rhin. Y, aunque no se puede comparar aquella ciudad de
83.000 habitantes con Bagdad y sus cinco millones, que viven en una
superficie mayor que la ciudad de Nueva York, merece la pena considerar
los peligros y escollos del asedio de Patton cuando el general Franks
prepara a sus soldados para la última fase de la Operación Libertad
Iraquí.
Dicho de manera sencilla, Metz -con su formidable red de 35 fortalezas
exteriores de hormigón- «sacó de sus planes» a Patton, por
utilizar una expresión del Mando Central actual. Frustrado por el mal
tiempo, el insuficiente apoyo aéreo y, sobre todo, por «demasiada
poca gasolina y demasiados alemanes», sondeó las defensas de la
ciudad y fue rechazado; las bajas pronto aumentaron. Con los suministros
y los refuerzos del Tercer Ejército desviados al norte, a la campaña
Market-Garden, dirigida por los británicos, la asignación de municiones
de Patton estaba limitada a siete peines por fusil y día, lo cual
impedía todo avance continuado hacia Alemania.
El
retraso lo atormentaba. «Cuando la gente se detiene, se vuelve
cautelosa y el enemigo se prepara», dijo. Los 65 periodistas que
acompañaban al Tercer Ejército lo acosaban pidiéndole noticias positivas
y acción, y su ego, acostumbrado a los titulares, estaba resentido.
Patton escribió a su esposa: «Me temo que de momento me he quedado
fuera de la primera página, ya que no vamos muy deprisa. Metz es difícil
de tomar».
Siguió atacando la ciudad con inadecuadas unidades de dimensiones de
compañía y batallón, con la excusa de que estaba tratando de mantener la
actitud de iniciativa agresiva de su ejército.El general Omar Bradley,
su superior, lo conminó a abandonar aquella «campaña de picoteo»
y a aceptar la llamada Pausa de Octubre, impuesta después de que los
aliados sufrieran 12.000 bajas en Market-Garden. Pero Patton afirmó que
tenía que iniciar a sus reclutas más nuevos en las realidades del
combate. Como si esperara que ocurriera una de esas cosas que se acaban
por cumplir a fuerza de repetirlas, proclamó en varias ocasiones la
conquista de Metz, sólo para tener que retractarse de su aseveración
ante la persistente resistencia alemana.
El
sitio se había convertido en un asunto personal; Patton exhortó al
general Jimmy Doolittle, amigo suyo de la Fuerza Aérea, a «volar ese
maldito fuerte hasta que no sea más que un agujero». Pero ni
siquiera una intensa campaña de bombardeos logró desalojar a los
defensores, detrás de sus murallas de cinco metros de espesor.La
obstinada resistencia obligó a Patton a lanzar un sangriento asedio que
describió como «una recíproca crucifixión».
Los
últimos defensores de Metz se rindieron por sed y hambre a mediados de
diciembre de 1944, tres meses después de que Patton predijera que las
murallas de la ciudad se derrumbarían en diez días. La Batalla de las
Ardenas estaba a la vuelta de la esquina y él y su ejército hallarían
redención en su fundamental empujón contra el flanco norte del ataque
alemán. Pero el sitio de Metz ha quedado como un instructivo ejemplo de
un dotado comandante que pierde de vista la fuerza de su ejército como
consecuencia de presiones externas que tienen poco que ver con el
enemigo.Un historiador militar escribió que, en Metz, Patton «se
preocupó por problemas locales y perdió de vista otras cuestiones más
generales».
El
general Franks no da muestras de perder de vista la cuestión más general
de todas: el sometimiento del mando iraquí en Bagdad.No podemos sino
adivinar la manera en que se librará en realidad la batalla de Bagdad,
posiblemente la parte más arriesgada de la campaña. Tal vez las fuerzas
de la coalición se lancen sin vacilar hasta el corazón de la capital;
tal vez continúen inexorablemente hasta degradar y comprimir las
defensas iraquíes con la esperanza de que el régimen implosione a causa
de las defecciones y rebeliones internas. Pero sea cual fuere la
estrategia, confío en que el Mando Central se atenga al plan, un plan
basado en la movilidad, la flexibilidad, el oportunismo y la potencia de
fuego superior.
Patton, durante un breve período en el otoño de 1944, perdió de vista la
demostrada capacidad de combate de su ejército y la experiencia le
infligió un duro castigo. «Mi ataque continuará con los escasos
medios de los que dispone actualmente», escribió en su diario,
durante los pocos días que mediaron entre la caída de Metz y el comienzo
de la Batalla de las Ardenas. «Sin duda depende de mí el dar un paso
decisivo y creo que, Dios mediante, así ocurrirá». La Historia
confirma que así fue.
Robert
Patton
Autor de «The Pattons: A Personal History of an American Family»
Nieto de George Patton.
Fuente: El Mundo.
06/04/03