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Martes 8 de abril de 2003


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

Las lecciones de un asedio que aprendió mi abuelo

El general George Patton, mi abuelo, ha sido muy mencionado últimamente en relación con el asombroso sprint del ejército norteamericano al atravesar más de 300 millas [482 kilómetros] en Irak en menos de una semana. Empezando por la ruptura del cerco en Normandía en agosto de 1944, el Tercer Ejército de Patton utilizó de manera parecida la velocidad y la maniobrabilidad para lanzar el ataque, alargando las líneas de abastecimiento hasta el límite mientras se tragaba enormes extensiones de territorio y tomaba miles de prisioneros enemigos.

 

Buena parte de lo que hemos visto en el plan de batalla del general Tommy Franks recuerda una de las máximas favoritas de Patton en el campo de batalla: «Un buen plan hoy es mejor que un plan perfecto mañana», y dicha máxima parece aplicable al acelerado inicio de la ofensiva terrestre después del ataque con misiles contra los dirigentes iraquíes el 18 de marzo. Está claro que este arranque, aparentemente improvisado, sorprendió a los defensores iraquíes, que esperaban, según el modelo de la Guerra del Golfo de 1991, semanas de conmoción y espanto aéreos previas a los carros de combate y a la artillería, y ayudó a las fuerzas de la coalición a proteger los campos petrolíferos del sur y los puentes sobre el Eufrates en Nasiriya antes de que pudieran ser saboteados.

Del mismo modo, el tan citado adagio de Patton «agarradlos por la nariz y dadles patadas», que en términos tácticos se traduce como inmovilizar al enemigo en el sitio al tiempo que se le flanquea con el grueso de la fuerza propia, se refleja en el «salto de la rana» de ciudades iraquíes por parte de la coalición en su marcha hacia el objetivo principal: Bagdad. «No sirve de nada capturar pueblos llenos de estiércol e inundados», dijo el general a sus hombres. «Se prohíben los ataques frontales directos a menos que no haya otra solución posible».

Sin embargo, en septiembre de 1944, Patton se desvió de su preferencia por la maniobra y recibió como consecuencia lo que denominó «el primer puñetazo que me hizo sangrar por la nariz». La ciudad fortificada de Metz, en Lorena (sudeste de Francia), bloqueaba la ruta del Tercer Ejército hacia el Rhin. Y, aunque no se puede comparar aquella ciudad de 83.000 habitantes con Bagdad y sus cinco millones, que viven en una superficie mayor que la ciudad de Nueva York, merece la pena considerar los peligros y escollos del asedio de Patton cuando el general Franks prepara a sus soldados para la última fase de la Operación Libertad Iraquí.

Dicho de manera sencilla, Metz -con su formidable red de 35 fortalezas exteriores de hormigón- «sacó de sus planes» a Patton, por utilizar una expresión del Mando Central actual. Frustrado por el mal tiempo, el insuficiente apoyo aéreo y, sobre todo, por «demasiada poca gasolina y demasiados alemanes», sondeó las defensas de la ciudad y fue rechazado; las bajas pronto aumentaron. Con los suministros y los refuerzos del Tercer Ejército desviados al norte, a la campaña Market-Garden, dirigida por los británicos, la asignación de municiones de Patton estaba limitada a siete peines por fusil y día, lo cual impedía todo avance continuado hacia Alemania.

El retraso lo atormentaba. «Cuando la gente se detiene, se vuelve cautelosa y el enemigo se prepara», dijo. Los 65 periodistas que acompañaban al Tercer Ejército lo acosaban pidiéndole noticias positivas y acción, y su ego, acostumbrado a los titulares, estaba resentido. Patton escribió a su esposa: «Me temo que de momento me he quedado fuera de la primera página, ya que no vamos muy deprisa. Metz es difícil de tomar».

Siguió atacando la ciudad con inadecuadas unidades de dimensiones de compañía y batallón, con la excusa de que estaba tratando de mantener la actitud de iniciativa agresiva de su ejército.El general Omar Bradley, su superior, lo conminó a abandonar aquella «campaña de picoteo» y a aceptar la llamada Pausa de Octubre, impuesta después de que los aliados sufrieran 12.000 bajas en Market-Garden. Pero Patton afirmó que tenía que iniciar a sus reclutas más nuevos en las realidades del combate. Como si esperara que ocurriera una de esas cosas que se acaban por cumplir a fuerza de repetirlas, proclamó en varias ocasiones la conquista de Metz, sólo para tener que retractarse de su aseveración ante la persistente resistencia alemana.

El sitio se había convertido en un asunto personal; Patton exhortó al general Jimmy Doolittle, amigo suyo de la Fuerza Aérea, a «volar ese maldito fuerte hasta que no sea más que un agujero». Pero ni siquiera una intensa campaña de bombardeos logró desalojar a los defensores, detrás de sus murallas de cinco metros de espesor.La obstinada resistencia obligó a Patton a lanzar un sangriento asedio que describió como «una recíproca crucifixión».

Los últimos defensores de Metz se rindieron por sed y hambre a mediados de diciembre de 1944, tres meses después de que Patton predijera que las murallas de la ciudad se derrumbarían en diez días. La Batalla de las Ardenas estaba a la vuelta de la esquina y él y su ejército hallarían redención en su fundamental empujón contra el flanco norte del ataque alemán. Pero el sitio de Metz ha quedado como un instructivo ejemplo de un dotado comandante que pierde de vista la fuerza de su ejército como consecuencia de presiones externas que tienen poco que ver con el enemigo.Un historiador militar escribió que, en Metz, Patton «se preocupó por problemas locales y perdió de vista otras cuestiones más generales».

El general Franks no da muestras de perder de vista la cuestión más general de todas: el sometimiento del mando iraquí en Bagdad.No podemos sino adivinar la manera en que se librará en realidad la batalla de Bagdad, posiblemente la parte más arriesgada de la campaña. Tal vez las fuerzas de la coalición se lancen sin vacilar hasta el corazón de la capital; tal vez continúen inexorablemente hasta degradar y comprimir las defensas iraquíes con la esperanza de que el régimen implosione a causa de las defecciones y rebeliones internas. Pero sea cual fuere la estrategia, confío en que el Mando Central se atenga al plan, un plan basado en la movilidad, la flexibilidad, el oportunismo y la potencia de fuego superior.

Patton, durante un breve período en el otoño de 1944, perdió de vista la demostrada capacidad de combate de su ejército y la experiencia le infligió un duro castigo. «Mi ataque continuará con los escasos medios de los que dispone actualmente», escribió en su diario, durante los pocos días que mediaron entre la caída de Metz y el comienzo de la Batalla de las Ardenas. «Sin duda depende de mí el dar un paso decisivo y creo que, Dios mediante, así ocurrirá». La Historia confirma que así fue.

Robert Patton
Autor de «The Pattons: A Personal History of an American Family»
Nieto de George Patton.
Fuente: El Mundo.
06/04/03

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