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Jueves 10 de abril de 2003


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

El desplome de Sadam

Con la cautela propia de los mandos militares estadounidenses, que aún no dan por terminada la guerra, puede afirmarse que Bagdad fue ayer el escenario en el que se escenificó la caída del régimen de Sadam Husein.

 

Más allá del simbolismo de las estatuas derribadas, fue la deserción y desbandada de los policías y brigadistas que con mano de hierro reprimieron durante décadas al pueblo de Iraq el mejor certificado del final de la tiranía. Ha sido una victoria militar innegable, basada en el uso inteligente de una abrumadora superioridad militar, pero también en el convencimiento de que las informaciones que pintaban a un dictador en decadencia, aborrecido en el silencio obligado por buena parte de su pueblo, eran ciertas. En cualquier caso, el final de la batalla de Bagdad, por más que aún puedan producirse resistencias esporádicas en los feudos sunitas del norte, es una magnífica noticia en sí misma: supone, nada menos, que un impagable ahorro de vidas humanas, de sufrimiento gratuito, ante el hecho incuestionable de que el endurecimiento de la guerra, en una batalla casa por casa, hubiera conducido a una tragedia de grandes proporciones. Es, pues, un momento para la alegría, pero también para la reflexión. Porque con la victoria militar total al alcance de la mano, las fuerzas de la coalición anglonorteamericana deben afrontar un gran reto: convertir ese triunfo militar en una victoria política.

Muchas bazas juegan en favor de ese propósito. La primera y más importante es que Iraq es un país con un cierto desarrollo social y político, poseedor de grandes reservas de petróleo y con una clase media profesional amplia, por más que muchos de ellos se encuentren actualmente en el exilio. Es una sociedad, además, con un alto grado de tolerancia religiosa en la que, pese a la utilización oportunista del Islam llevada a cabo en los últimos años por Sadam, no parece que haya aumentado sensiblemente el integrismo. Son bazas a jugar de una manera inteligente porque los problemas son muchos y, algunos, de complicada solución. No se puede olvidar que la represión inmisericorde del régimen basista ha golpeado con virulencia a los chiitas y a los kurdos, pero también a la propia población sunita. Odios larvados, impredecibles represalias, pueden complicar la anunciada creación de un estado federal. No es un reto menor, asimismo, reconstruir una Administración civil que puede considerarse de entre las más corruptas del mundo, donde la omnipresente sombra del poder de Sadam lo contaminaba todo. Buena parte de los funcionarios del régimen tendrán que ser depurados, porque no parece, aunque es una de las principales incógnitas, que la oposición llamada a gobernar bajo la tutela norteamericana acepte un borrón y cuenta nueva después de tanta tragedia.

Hay, también, cómo no, problemas de política exterior que afectan principalmente al pueblo kurdo iraquí y sus vecinos de Turquía, Siria e Irán, países que ya han anunciado su total oposición a un cambio de estatus en el sensible territorio del Kurdistán.

Y sin embargo, el día de ayer, sin bombardeos, sin el sonido de las ambulancias, es una fecha para la esperanza. Confiemos en que las últimas ciudades que aún resisten comprendan que Sadam ya es historia y nada puede hacer. Y esperemos que Washington demuestre la misma habilidad para conducir la paz que ha tenido para dirigir la guerra. Porque todo el mundo árabe aún mira hacia Bagdad.

Fuente: La Razón
10.04.2003

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