Seguridad Colectiva
y Defensa Nacional
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El desplome de
Sadam
Con la cautela
propia de los mandos militares estadounidenses, que aún no dan por
terminada la guerra, puede afirmarse que Bagdad fue ayer el escenario en
el que se escenificó la caída del régimen de Sadam Husein.
Más allá
del simbolismo de las estatuas derribadas, fue la deserción y desbandada
de los policías y brigadistas que con mano de hierro reprimieron durante
décadas al pueblo de Iraq el mejor certificado del final de la tiranía.
Ha sido una victoria militar innegable, basada en el uso inteligente
de una abrumadora superioridad militar, pero también en el
convencimiento de que las informaciones que pintaban a un dictador en
decadencia, aborrecido en el silencio obligado por buena parte de su
pueblo, eran ciertas. En cualquier caso, el final de la batalla de
Bagdad, por más que aún puedan producirse resistencias esporádicas en
los feudos sunitas del norte, es una magnífica noticia en sí misma:
supone, nada menos, que un impagable ahorro de vidas humanas, de
sufrimiento gratuito, ante el hecho incuestionable de que el
endurecimiento de la guerra, en una batalla casa por casa, hubiera
conducido a una tragedia de grandes proporciones. Es, pues, un
momento para la alegría, pero también para la reflexión. Porque con
la victoria militar total al alcance de la mano, las fuerzas de la
coalición anglonorteamericana deben afrontar un gran reto: convertir
ese triunfo militar en una victoria política.
Muchas
bazas juegan en favor de ese propósito. La primera y más importante es
que Iraq es un país con un cierto desarrollo social y político,
poseedor de grandes reservas de petróleo y con una clase media
profesional amplia, por más que muchos de ellos se encuentren
actualmente en el exilio. Es una sociedad, además, con un alto grado
de tolerancia religiosa en la que, pese a la utilización oportunista del
Islam llevada a cabo en los últimos años por Sadam, no parece que haya
aumentado sensiblemente el integrismo. Son bazas a jugar de una manera
inteligente porque los problemas son muchos y, algunos, de complicada
solución. No se puede olvidar que la represión inmisericorde del régimen
basista ha golpeado con virulencia a los chiitas y a los kurdos, pero
también a la propia población sunita. Odios larvados, impredecibles
represalias, pueden complicar la anunciada creación de un estado
federal. No es un reto menor, asimismo, reconstruir una Administración
civil que puede considerarse de entre las más corruptas del mundo, donde
la omnipresente sombra del poder de Sadam lo contaminaba todo. Buena
parte de los funcionarios del régimen tendrán que ser depurados, porque
no parece, aunque es una de las principales incógnitas, que la oposición
llamada a gobernar bajo la tutela norteamericana acepte un borrón y
cuenta nueva después de tanta tragedia.
Hay,
también, cómo no, problemas de política exterior que afectan
principalmente al pueblo kurdo iraquí y sus vecinos de Turquía, Siria e
Irán, países que ya han anunciado su total oposición a un cambio de
estatus en el sensible territorio del Kurdistán.
Y sin
embargo, el día de ayer, sin bombardeos, sin el sonido de las
ambulancias, es una fecha para la esperanza. Confiemos en que las
últimas ciudades que aún resisten comprendan que Sadam ya es historia y
nada puede hacer. Y esperemos que Washington demuestre la misma
habilidad para conducir la paz que ha tenido para dirigir la guerra.
Porque todo el mundo árabe aún mira hacia Bagdad.
Fuente: La Razón
10.04.2003