Seguridad Colectiva
y Defensa Nacional
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El final del
comienzo
La primera fase del
cambio de régimen en Irak parece culminada. La guerra para echar a Sadam
ha logrado su objetivo en menos de tres semanas de operaciones bélicas.
Es más, lo ha conseguido con un plan de guerra innovador y eficaz, a
pesar de ser, como ahora se comprueba, continuamente criticado. La
transformación de las fuerzas armadas norteamericanas impulsada por
Donald Rumsfeld no sólo no está mal orientada, sino que consolida una
forma distinta de entender el uso de la fuerza. Como dijo en general
Franks,, «esta guerra no se va a parecer a ninguna otra». Y así
ha sido. Por muchos Apocalipsis que se hayan agitado en estos días
pasados, la realidad es que se ha terminado en los plazos previstos, con
un nivel de destrucción limitado en el contexto de lo que es una
ocupación de todo un país y con un número de bajas incomparablemente
menor que en conflictos anteriores.
Ahora
bien, es un hecho natural que destruir, por complejo que pueda resultar,
es más fácil que construir. E Irak no va a ser una excepción. Se ha
podido comprobar en los dos últimos días cómo unas fuerzas capaces de
imponerse en el combate, no están necesariamente preparadas para
garantizar el orden público y gestionar el día después. Además de
asegurar una buena distribución de la necesaria ayuda humanitaria, las
fuerzas de la coalición tendrán ahora que asumir la seguridad de la
población y del país mismo, en su vertiente interior y en la protección
de sus fronteras. Al mismo tiempo, una vez creado un órgano de
gestión y administración de Irak, tendrán que colaborar, hasta que se
ponga en pie un sistema policial y judicial creíble, en la captura de
los miembros del partido Baaz y de las fuerzas y organismos vinculados a
la represión del régimen de Saddam y evaluar cuántos de sus miembros
pueden reintegrarse- y bajo qué condiciones- a la sociedad civil.
Desmantelar las estructuras de los servicios secretos y de la guardia
republicana seguramente tenga que hacerse con un cierto grado de
coerción que sólo los ejércitos pueden proporcionar.
Igualmente, se abre ahora la oportunidad de buscar metódicamente las
armas de destrucción masiva, no sólo para encontrar dichas armas, sino
para desmantelar las instalaciones y laboratorios asociados a dichos
programas, así como para mantener bajo control la masa humana de
científicos y técnicos que han trabajado en estos sistemas. No puede
haber nada más peligroso para la proliferación que ese capital humano
puesto al servicio del mejor postor. La experiencia del colapso de la
Unión Soviética y el destino de su comunidad científica y técnica de la
defensa es de enorme aplicación para el caso iraquí.
Irak
es un ejemplo. Es un caso que sirve para mostrar el grado de resolución
y compromiso de la comunidad internacional para lidiar con las amenazas
del Siglo XXI. En ese sentido ahora se abre un periodo obligado de
reflexión no sólo sobre lo que se ha hecho y cómo se ha hecho, sino
sobre los siguientes pasos a dar. No es buena cosa que a la Europa
transatlántica que hemos conocido en las últimas cinco décadas, una
Europa factor de moderación de los Estados Unidos, se oponga una Europa
de San Petersburgo, deseosa de intentar contener a Norteamérica. Como
tampoco es bueno que los europeos seamos incapaces, en medio de este
mundo turbulento que nos toca vivir, de ponernos de acuerdo sobre qué
tipo de amenazas ponen en peligro nuestra seguridad y los medios para
anularlas.
Irak
cierra un triste capítulo de la comunidad internacional, que durante 12
años se escudó en la ineficacia de la ONU para permitir que Sadam Husein
continuara ejerciendo su brutal poder. Esperemos que sirva para no
caer en los mismos errores ante las próximas crisis.
Rafael L. Bardají.
Subdirector del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales
Fuente: ABC
10/04/2003