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Lunes 14 de abril de 2003


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

¿Qué se debe hacer para completar una gran victoria?

¿Puede haber algo más emocionante que contemplar todas esas alegres multitudes de iraquíes pululando por las calles de Bagdad? A la vista de semejante espectáculo, se nos vienen a la memoria acontecimientos tales como la caída del Muro de Berlín y la derrota de Milosevic en Belgrado.

 

La liberación es un poderoso bálsamo que justifica los sacrificios más dolorosos, que despeja las más persistentes dudas y que impulsa enérgicamente las acciones más audaces. Pero, ahora, ya se puede percibir en el aire el aroma de la victoria. Y, sin embargo, todavía hay que emprender algunas tareas más y llevar a cabo un cuidadoso reconocimiento de algunas necesidades que es preciso solventar antes de celebrar nuestro triunfo.

En primer lugar, es necesario asegurar el éxito militar definitivo. Cualquiera que sea la causa del súbito colapso del régimen de Irak, aún nos sigue llegando información sobre la existencia de focos de resistencia en Bagdad. Es posible que los últimos defensores del régimen iraquí desaparezcan pronto de allí, pero no lo harán sin lucha. Y en el norte, en Tikrit sigue aún ocupada por fuerzas que antes eran leales al régimen. Y también podría hacerse precisa alguna clase de persuasión armada para que depongan las armas. Finalmente, hay que decir que los miembros del partido Baaz y de otros servicios de seguridad aún permanecen sin ser debidamente identificados y desarmados.

Además, está la cuestión de la vuelta al orden y a la seguridad. Los saqueos tienen que acabar. Las instituciones que representaban la ley y el orden en el país se han visto hechas añicos. Y las fuerzas norteamericanas y británicas son demasiado escasas como para poder mantener el orden, resolver posibles diferencias y prevenir asesinatos fundamentados en la venganza que siempre marcan el final de los regímenes autocráticos.

El comandante en jefe interino de EEUU debe encargarse de distribuir rápidamente toda la ayuda humanitaria que le sea posible y restablecer un gobierno para un país de 24 millones de habitantes y que tiene el tamaño de California. Y, por otro lado, ya están comenzando a producirse serias asperezas en las relaciones entre los grupos de exiliados políticos iraquíes, EEUU, Gran Bretaña y la población local.

A pesar de todo ello, los objetivos inmediatos a alcanzar en Irak no deben oscurecer en absoluto el significado de este momento.El régimen iraquí parece haberse desmoronado -algo que era, precisamente, el primer objetivo militar- y, una vez cumplida esta tarea, tanto ministros de defensa como generales, soldados y fuerzas aéreas deben sentirse orgullosos de su actuación. Norteamericanos y británicos diseñaron un plan de guerra sumamente austero y, para alcanzar sus objetivos, en esta oportunidad han empleado tan sólo un tercio de la capacidad de combate terrestre que utilizaron en la Guerra del Golfo. Si la alternativa a atacar en marzo, con el equivalente de cuatro divisiones, era esperar hasta el mes de abril para hacerlo con cinco, yo creo que la decisión que se tomó en su momento fue la más correcta. El general Tommy Franks y su equipo han hecho las cosas perfectamente.

Cualquiera que haya servido alguna vez en el Ejército sabe muy bien que las batallas se ganan siempre al final y por medio de hombres y mujeres escudriñando por todos lados, apretando el gatillo, cargando los cañones y llevando a cabo los planes de guerra previstos. Los generales pueden perder batallas y también pueden establecer condiciones en caso de alcanzar el éxito, pero no son ellos quienes ganan las guerras. Eso lo hacen las tropas.

Y, a este respecto, no puede haber nada más revelador que esos combates entre blindados que han librado un puñado de carros de combate de EEUU, una y otra vez y normalmente sin sufrir ni la menor baja, mientras que, en el sur, las tropas británicas se abrían camino a través de Basora con la habilidad propia de quienes han sido convenientemente entrenados y demuestran una férrea disciplina y siendo capaces, a la vez de minimizar la cifra de bajas por fuego amigo, las pérdidas de vidas entre la población civil y logrando evitar la completa destrucción del lugar.

Debemos la mayor de las gratitudes a todos esos hombres y mujeres que han venido luchando a lo largo de unas áridas autopistas, de unas calles de ciudades atiborradas de gentes y de unos cielos superpoblados. Los voluntarios han arriesgado sus vidas, como hombres y mujeres libres que son, porque creían en sus países y, en consecuencia, respondieron a su llamada. Abandonaron a sus propias familias y a sus amigos para involucrarse en una misión de resultados inciertos. Y no lo hicieron por alcanzar la gloria o por el botín de guerra. Tristemente, algunos de ellos nunca volverán y, por lo tanto, es preciso que honremos y recordemos a la mayoría de ellos.

Por lo que se refiere a la diplomacia, lo mejor que se puede decir es que tener unas convicciones profundas a menudo supone tener que pagar un alto precio por ellas. A pesar de la infatigable energía de sus ministerios de Asuntos Exteriores, es probable que ni Gran Bretaña ni Estados Unidos se hayan visto tan aislados como lo están actualmente. Fue la propia diplomacia la que nos metió en esta campaña, pero sin lograr aquella unidad de propósitos que caracterizó a la primera Guerra del Golfo.

Relaciones, instituciones y tratados internacionales se han visto virtualmente hipotecados en aras de alcanzar el éxito a la hora de cambiar de régimen a Bagdad. En el mundo islámico, la guerra se ha contemplado a una luz sensiblemente diferente a la de Estados Unidos y Gran Bretaña. Además, gran parte del resto del mundo entiende que este conflicto es una guerra de agresión. Empero, todos se han mostrado atónitos tanto ante la implacable determinación por nuestra parte para utilizar la fuerza como por los súbitos y desproporcionados resultados obtenidos.

Y ahora tienen que pagar la correspondiente factura, en medio de toda esa imagen hostil que se ha creado en muchas zonas respecto de la actuación aliada. Es seguro que el bálsamo del éxito militar va a impactar seriamente sobre la diplomacia del futuro, porque siempre que se despliega un poder tan efectivo se produce una sensación de asombro y sobresalto. Muchos estados del Golfo Pérsico se apresurarán a elogiar y contemplar la posibilidad de su propia liberación. Egipto y Arabia Saudí se volverán, lenta pero perceptiblemente, hacia los valores occidentales en relación con los derechos humanos.

Alemania ya ha derivado desde una postura de oposición a la guerra a aprobarla. Francia va a buscar las vías necesarias para establecer puentes por medio de los cuales poder superar la sima de su incomprensión hacia la posición de EEUU y con la que lo único que ha logrado ha sido dividir a la Unión Europea. Rusia va a verse obligada a diseñar una nueva vía hacia el futuro, olvidándose, al menos temporalmente, de ese antiamericanismo reflejo que infecta a la totalidad de sus ministerios y ámbitos de poder.

Y Corea del Norte se estremecerá ante estos hechos, por cuanto ha podido ver desplegadas unas fuerzas mucho más poderosas de lo que se podrían haber imaginado nunca y aún cuando se muestren absolutamente resueltos a hacer lo que sea por asegurar la supervivencia de su actual régimen. Y eso sucede porque lo que se fabrica bien se vende.

Pero las cuestiones reales y más importantes se circunscriben a dos asuntos capitales: una, la guerra contra el terror y, otra, la disputa entre árabes e israelíes. Y dichas cuestiones aún están muy abiertas. Al Qaeda, Hizbulá y otras organizaciones similares van a hacer todo lo posible por poner en marcha el correspondiente reclutamiento de gente para intentar paliar la derrota árabe en Bagdad.

El que tengan éxito o no dependerá, parcialmente, de lo que parece ser una intensa oleada de alegría que actualmente recorre todo el mundo árabe. Y también dependerá de la destreza que se muestre durante la ocupación, porque, según cómo se hagan las cosas, ésta podría parecer o bien una última humillación a Irak o bien un puente para el entendimiento entre el islam y el mundo occidental.

Además, esta operación en Irak va a servir como pista de lanzamiento para otras aperturas de naturaleza diplomática, para otra clase de presiones e, incluso, para acciones de carácter militar contra otros países terceros dentro de aquella misma región y que hayan apoyado el terrorismo y se hayan aprovisionado de armas de destrucción masiva.

Y es que no hay que contemplar la estabilidad sólo como un objetivo de Occidente. Siria e Irán van a decir que ellos serán los «siguientes» si no logran satisfacer las inquietudes de EEUU.

Por otro lado, también se van a producir nuevos impulsos tanto respecto a la esencia como al calendario de unas nuevas iniciativas para la paz entre Israel y Palestina.

Cualesquiera que hayan sido las declaraciones prebélicas sobre el camino a seguir en relación con este asunto, están aún muy lejos de tener un claro planteamiento por parte de Washington y es muy improbable que se llegue a ello antes de que se resuelvan las amenazas reales que existen sobre la frontera norte de Israel. Y esto supone un problema añadido que obliga a ejercer la debida presión sobre Bashar Asad y los ayatolás de Irán.

Por cuanto respecta a los líderes políticos, hay que decir que tanto George Bush como Tony Blair deberían sentirse muy orgullosos de su actitud resuelta ante una situación que había generado tantas dudas. Y, muy especialmente, el señor Blair, un aliado increíblemente poderoso y casi irracionalmente resuelto, que tan hábilmente ha sabido moverse entre los avatares de su política interna, por un lado, y, por otro, con los derivados de las inquietudes con las que se ha encontrado en Europa. Sus oponentes, es decir, todos aquellos que se cuestionaban la necesidad o conveniencia de esta operación se mantienen, temporalmente, en silencio pero aún no se muestran convencidos.

Sin embargo, aún hay más cuestiones, y muy serias, que siguen sin resolverse. ¿Se puede decir que esto es una victoria? Los soldados y sus generales pueden decir que han alcanzado un gran éxito. Y, con total seguridad, los iraquíes están percibiendo lo que supone un nuevo sentido de la libertad. Pero hay que recordar que este conflicto ha tenido lugar a causa de las armas de destrucción masiva. Y estas, hasta ahora, no se han encontrado. Se trataba de luchar contra el terror, de llevar la democracia a Irak y de propiciar un cambio, un cambio positivo, en Oriente Próximo. Y nada de todo esto se ha comenzado a hacer y, mucho menos, se ha finalizado.

En consecuencia, celebremos cuantos desfiles sean precisos en la Alameda y en la Avenida de la Constitución, pero no desmovilicemos aún nuestras tropas. Todavía hay mucho trabajo por hacer y no sólo por parte de los diplomáticos.

Wesley Clark
Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas en Europa
entre los años 1997 y 2000.
Dirigió las fuerzas de la OTAN durante la guerra de Kosovo.
Fuente: El Mundo
12/04/2003

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