Seguridad Colectiva
y Defensa Nacional
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Entre la guerra y
el caos
La invasión de Irak
ha entrado en su fase más difícil. El régimen ha perdido el control y,
en su lugar, no hay nada todavía. Destruido el partido Baaz, inseparable
de las fuerzas armadas y de seguridad, toda la administración se ha
derrumbado.
Las
imágenes de los saqueos -primero en edificios oficiales y casas de altos
cargos, luego en hospitales, hoteles y bancos- reflejan una explosión de
libertinaje tras 35 años de represión y un vacío de poder que los
ejércitos estadounidense y británico no estaban preparados para llenar.
«Los
periodistas exageran», gritaba Donald Rumsfeld el viernes por la
noche. Los corresponsales en Bagdad, Basora y Mosul no exageraban nada.
Las tres ciudades principales de Irak parecían el viejo oeste. «La
situación es caótica», insistía ayer un portavoz de la Cruz Roja.
En el
día 25 de la guerra el alto mando está revisando de nuevo su plan.
Voluntarios iraquíes y unidades de la 101ª patrullaban ayer algunas
calles de Bagdad. Mal que le pese, tendrá que dedicar más fuerzas a
labores policiales o llegar rápidamente a un acuerdo con los mandos
policiales de Sadam para que se reincorporen cuanto antes al trabajo.
Ayer se iniciaron los primeros contactos en el hotel Palestine.
En
Mosul y Kirkuk, los peshmergas kurdos habrían restablecido el orden de
inmediato, pero Turquía amenazó con invadir si Estados Unidos aprobaba
ese nuevo orden kurdo. Ante el riesgo de otra guerra, los milicianos
empezaron a retirarse ayer de Kirkuk y fuerzas especiales y militares
estadounidenses intentan organizar comités locales de vigilancia,
mientras el grueso de la Brigada 173 consolida la seguridad de los
yacimientos petrolíferos y otras instalaciones estratégicas.
Las
operaciones de combate se centran ahora en Tikrit. La 4ª División,
que entró ayer en Irak desde Kuwait, se dirige hacia allí, donde los
últimos restos de la Guardia Republicana Especial, de los fedayin y de
los servicios de seguridad del régimen llevan días sometidos a intensos
bombardeos. Caerá como las demás ciudades.
En
el sur, Irán está utilizando su control del Consejo Supremo para la
Revolución Islámica y de su líder, el ayatolá Mohamed Bakir al Hakim,
para condicionar cualquier cooperación con los invasores a concesiones
importantes en el futuro gobierno de Irak. El asesinato del imam pro
británico de Nayaf el pasado jueves es el primer aviso de los ajustes de
cuentas que, como en Kosovo, se están produciendo ya en Irak.
Mientras no acaben las operaciones de combate y desaparezcan los focos
de resistencia, el general Tommy Franks no dará por terminada la guerra
ni dedicará fuerzas importantes a restablecer la seguridad en las
ciudades. «No terminará la guerra hasta que Tommy decida que se han
alcanzado todos los objetivos», declaraba anteanoche el presidente
George W. Bush tras visitas a varios heridos en el hospital Bethesda de
Maryland.
El
primero de esos objetivos era, al menos oficialmente, acabar con la
amenaza de las armas de destrucción masiva del régimen iraquí.
Controladas ya tres cuartas partes de Irak, en las que se encuentran 35
de los 40 lugares señalados por los servicios secretos de Washington y
Londres como sospechosos de albergar las pruebas de la amenaza, hasta
ayer los invasores no habían encontrado nada.
Curándose en salud, Bush, Rumsfeld y sus lugartenientes llevan semanas
repitiendo que «el objetivo fundamental es liberar a los iraquíes del
tirano».
De
confirmarse la rendición de Al Saadi, responsable iraquí de las
inspecciones en los últimos años, y el descubrimiento de cargas químicas
en misiles y/o proyectiles de artillería en una base aérea de Kirkuk
adelantado ayer por la CNN, podríamos estar ante la prueba decisiva,
pero, tras media docena de errores, habrá que esperar antes de dar por
buena la noticia. ¿Convencerán al mundo de que no las han plantado o
inventado? Las mismas dificultades tendrán para demostrar que Sadam
Husein ha muerto.
Militarmente la guerra está siendo un éxito sin paliativos, pero la
victoria, en una invasión tan cuestionada internacionalmente, depende de
la gestión de la paz y esa gestión muestra graves deficiencias.
Si se
necesitaran -esperemos que no- miles de policías o soldados de paz,
tardarían semanas. El mandato de la ONU para esas fuerzas y para la
reconstrucción no es posible sin un cuádruple acuerdo: Casa
Blanca-Congreso, Estados Unidos-frente de rechazo (Francia, Rusia y
Alemania), Pentágono-Departamento de Estado y EEUU-oposición iraquí.
De
las cuatro reuniones previstas de aquí al martes -el frente de rechazo
en San Petersburgo y el G-7 en Washington este fin de semana, el
emisario de la ONU el lunes en el departamento de Estado y, sobre todo,
la conferencia de Nasiriya el martes- deberían salir los cimientos
del nuevo orden iraquí.
No
será nunca una democracia, pues eso significaría dar el poder a la
mayoría chií y una guerra civil. Lo primero es restablecer la ley y
el orden.
Si en
las próximas semanas o meses se ha conseguido un acuerdo entre los
iraquíes sobre un gobierno que respete las libertades y los derechos
humanos, y no suponga una amenaza para sus vecinos, esta guerra
innecesaria, injusta y nada preventiva puede que no haya sido del todo
inútil.
Felipe Sahagun
Periodista especialista en estrategia
Fuente: El Mundo
13/04/2003