Seguridad Colectiva
y Defensa Nacional
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Karen Armstrong:
«La
limpieza étnica de los Reyes Católicos en España funcionó como la
avanzadilla de la modernidad»
DAVOS/LONDRES.-
Karen Armstrong es una mujer bajita e intensa que adora el buen vino y
la conversación inteligente. Detrás del maquillaje y la voz rotunda se
adivinan, sin embargo, los atributos de la monja que fue: «Aunque no
pertenezco a la Iglesia, y disfruto de las cosas buenas de la vida, como
los viajes y el dinero, me paso los días escribiendo, pensando, hablando
sobre Dios y sobre la espiritualidad. Además, nunca me casé, y vivo sola
y en silencio la mayoría del tiempo». ¿En silencio? «Así es como hay que
leer teología. Como la poesía o la música clásica.No se puede leer a
Rilke o escuchar a Beethoven en una fiesta.Para ello, hace falta un
estado de reflexión tal que permita a las ideas no quedarse en la
cabeza, sino ir directas al corazón» .
Hija
única de una familia católica de Birmingham, a los 17 años decidió
ingresar en un convento de la Sociedad del Sagrado Niño Jesús: «Era
completamente idealista. Quería deshacerme de la confusión que
arrastraba de la adolescencia. Pensé que me convertiría en una persona
sabia y serena». Corrían los años 60, los Beatles hacían furor, y
ésa fue su particular forma de rebelión personal: «La Gran Bretaña de la
posguerra era un lugar deprimente. La gente como yo, nacida en los
últimos años de la II Guerra Mundial, sentía una enorme necesidad de
cambio. Para unos fue el rock and roll, para otros la religión.
Queríamos un mundo diferente».Se equivocó: «En el convento, me
resultó imposible establecer una relación con Dios, hablar con él como
las demás. Mucho más tarde, he logrado encontrar el sentido de lo
sagrado a través del estudio».
Los
siete años pasados en el convento están contados en Through the Narrow
Gate (A través de la puerta estrecha), una autobiografía que escandalizó
a muchos católicos: «Me enviaban excrementos por correo». Durante
años arrastró el peyorativo apodo de la monja arrepentida (the runaway
nun). El fracaso la perseguía. Estudió Literatura en Oxford, pero no
logró doctorarse para seguir dando clases en la Universidad. Tuvo que
conformarse con un colegio de niñas en Londres: «Me pasaba el fin de
semana temiendo la llegada del lunes, y de lunes a viernes, deseando que
viniera el fin de semana». Sufría fuertes depresiones. Varias veces
pensó en suicidarse: «No sabía cómo organizarme fuera del rígido
régimen de vida impuesto en el convento». Le diagnosticaron
epilepsia.A mablemente, en la escuela le pidieron que se marchara:
«Esa primera parte de mi vida fue un desastre».
Para
mantenerse, empezó a hacer documentales religiosos. Hasta bien pasados
los 30 no comenzó a escribir libros: «Ganaba muy poco dinero. Llevaba
una existencia muy frugal». La medicación empezó a hacer su efecto
y, con la epilepsia bajo control, cesaron las depresiones: «Ahora
estoy perfectamente. Tengo que cuidarme, tomar mis medicinas y llevar
una vida ordenada. No puedo pasarme la noche de copas. ¡Pero estoy
llegando a una edad en la que debería de llevar una vida tranquila de
todas formas!» Por fin, en 1993, rondando ya los 50, llegó su annus
mirabilis con la publicación de Historia de Dios. El libro, de 500
páginas, «es la historia de la forma en la que los hombres y las mujeres
han percibido a Dios desde Abraham hasta hoy día». Se trata de un
fascinante recorrido que comienza en Oriente Próximo, «donde emergió
la idea de Dios hace 14.000 años». Con tristeza, hoy, tras el expolio de
los tesoros arqueológicos de Irak, Armstrong nos transporta al año 4000
a.C., a Sumeria y a su capital, Babilonia «una supuesta réplica del
cielo», y a Marduk, el «Dios Sol, el más perfecto de la línea
divina». Así hasta nuestros días, cuando denuncia el crecimiento del
fundamentalismo en EEUU y la ausencia de Dios en Europa: «Si queremos
construir una fe para el siglo XXI, deberíamos de recorrer la historia
de Dios para extraer lecciones».
Sin
pena ni gloria en Gran Bretaña, la Historia de Dios le abrió los
mercados de EEUU y de Holanda: «Inglaterra es un país de lo menos
religioso. Aquí sienten un desprecio patricio por la religión. El
catolicismo, sobre todo, es algo muy ajeno al carácter inglés: los
cristos sangrantes, las vírgenes Y también extranjero: la mayoría de los
católicos es de origen irlandés, como yo misma».
-¿Las
procesiones que estos días pueblan las calles de España?
-Los
rituales, hechos con imaginación y con belleza, son muy importantes.
Funcionan como el teatro, que en Atenas eran parte de los festivales
religiosos.
En
2000, publicó La batalla por Dios: «Llevaba tiempo escribiendo sobre el
Islam y sobre el fundamentalismo porque estaba preocupada: tenía una
mala sensación en la boca del estómago, algo que me decía que nos
encaminábamos hacia algo malo». Al año escaso, cayeron las Torres
Gemelas, el libro se convirtió en un best seller y su teléfono ya nunca
dejó de sonar. Durante tres meses, vivió en EEUU: «El icono del mal para
el siglo XX fueron los campos de exterminio de Auschwitz. En el XXI, las
Torres Gemelas en llamas. En ellos adivinamos lo que es la oscuridad del
corazón humano».
Su
vida se transformó. «Nunca pensé que me invitarían por todo lo alto al
Foro Económico Mundial, y mucho menos, que iría a Acapulco a un
lujosísimo hotel para hablar sobre las tres religiones monoteístas a un
grupo de congresistas norteamericanos. O que me invitarían al
Departamento de Estado, y a la ONU». ¿Satisfecha? «Es una sensación
rara. Me cuesta estar encantada porque las circunstancias son muy
trágicas. Al mismo tiempo, aunque es un gran privilegio, hay una parte
de mí que añora mi soledad».
Ahora vive en una buena casa en el noroeste de Londres, a un kilómetro
escaso de la Biblioteca Británica, donde pasa gran parte de su tiempo.
La conocí este invierno en Davos, y seguimos hablando durante horas por
el serpenteante camino que lleva desde esa estación alpina hasta Zúrich.
Así, hasta antesdeayer en Londres, a donde llegó de Washington tras una
de sus largas giras de conferencias y asesorías por todo EEUU. El mes
pasado le tocó Andalucía, donde llevó a un grupo de ex alumnos de
Harvard y Yale para explicarles in situ la convivencia de las tres
culturas. Ahí comienza su La Batalla por Dios y, según ella, los
problemas de los musulmanes con la modernidad, cuyo último capítulo,
dice, ha sido la guerra en Irak: «La limpieza étnica de los Reyes
Católicos en España funcionó como la avanzadilla de la modernidad. Es
una parte oscura de vuestra propia Historia, pero así fue. Parece
simplista reducirlo todo a 1492, pero es entonces cuando se vincula el
comienzo de un nuevo mundo, simbolizado en el descubrimiento de América,
y la construcción de un Estado centralizado y moderno, con consecuencias
catastróficas para la gente que, digamos, estaba en medio, como judíos y
musulmanes. Ellos han sufrido enormemente como resultado de los avances
de la modernidad de Occidente».
«La
modernidad es fantástica para los que estamos en el sitio adecuado, pero
para otros resulta amenazadora», continúa. «En el siglo XX hemos podido
comprobar que alguna de la gente que experimentó la modernidad como una
agresión es la que se hizo fundamentalista. Para los musulmanes fue
especialmente difícil: ellos la experimentaron en el contexto de
ocupación colonial, llegó en un paquete de humillante sometimiento. Se
perdieron lo mejor del espíritu moderno, como hemos podido comprobar en
Europa y en EEUU. En primer lugar, la independencia. Después, la
innovación. En el mundo musulmán, la modernidad llegó con la
dependencia, y en vez de innovar, como les llevábamos tanta ventaja,
sólo podían copiar».
Si
primero fue el 11-S, ahora la guerra en Irak, le están haciendo posponer
la entrega de su decimoquinto libro. «¡Mi vida ha sido secuestrada!»,
dice con resignación, para inmediatamente puntualizar que es mucho mejor
que volver a dar clases: «Ahora vivo apasionadamente, me gusta estar
aquí y ahora». Le preocupa que la reciente guerra, o lo que ella llama
el «experimento iraquí» derive en un incremento de la furia árabe:
«Cuanto más piensen los musulmanes que todo lo que está sucediendo forma
parte de las represalias de los occidentales por el 11-S, más peligro
habrá de que se interprete como un ataque al Islam. Todavía es pronto
para hacer un buen análisis, pero sospecho que la guerra traerá más
atentados terroristas. Una razón fundamental es el sufrimiento de la
población civil».
Puntualiza, sin embargo, que la mayoría musulmana está encantada con la
desaparición de Sadam: «Eso sí, la ocupación ha de terminar enseguida.
La diferencia entre europeos y americanos es que los europeos saben lo
que es la guerra. Los americanos no la han tenido desde su Guerra Civil.
También sabemos más de ocupación. Le pongo un ejemplo: los holandeses,
que son buenísimos para los idiomas, empiezan a aprender inglés y alemán
a los siete años. A pesar de que el alemán es mucho más cercano al
holandés que el inglés, tardan mucho más tiempo en aprenderlo. Están
bloqueados. Y esos niños no se acuerdan de la guerra. Pero los
efectos no se acaban cuando los soldados se van a casa. A los
europeos no nos gusta la ocupación de Irak por el mismo motivo que
entendemos mejor que ellos lo humillante que resulta la ocupación
palestina: nosotros la hemos sufrido de una forma que ellos no han
padecido. Nosotros entendemos mejor que los americanos lo humillante que
es una ocupación». Regresa Armstrong a Al Andalus: «Todavía se
refieren a su parte del mundo como si fuera su casa. Esos son los
efectos de la guerra. ¿Cómo pretender que los palestinos acepten la
pérdida de su tierra después de sólo 50 años? A nosotros nos preocupa lo
que ven nuestros hijos en televisión aquí. Imagínese lo que ven los
niños en Gaza, en Cisjordania, o estos días en Irak. No quiero ser
tremendista, pero la situación es muy, muy mala. Lo mejor, para mí, y he
vuelto a comprobarlo en este viaje, es que el pueblo americano quiere
entender lo que está pasando en el mundo musulmán. Olvídese de la
Administración Bush, le hablo de la gente corriente. Es impresionante».
En
su futuro libro se concentra en la época de las civilizaciones axiales
(700-200 a.C. según la definición de Kart Jaspers): «Es el periodo de
tiempo en el que nacieron todas las principales religiones. El él
conviven Homero, Zaratrustra, Sócrates. Intento demostrar el increíble
parecido entre griegos, judíos, chinos e indios. Me fascina la profunda
similitud entre Buda y Sócrates, por ejemplo. Esa época fue, en términos
espirituales, la más formativa de la Historia. Ahora estamos en una
época parecida a la axial. Comenzó hacia los siglos XV y XVI, y todavía
no hemos producido alguien del tamaño del Buda. El Islam y el
Cristianismo son todavía reproducciones del judaísmo original de la era
axial».
Escribir un libro de ese calibre le lleva, dice, una media de tres
monásticos años de investigación seguidos de 10 meses de escritura:
«Voy al gimnasio por la mañana, y trabajo de 9 a 6 sin interrupción. A
las 6, pongo las noticias, me sirvo un vaso de vino y, esté donde esté,
¡se acabó!»
En
su última obra habrá también una fuerte crítica de la religiosidad
contemporánea: «Muy a menudo, algunas Iglesias e instituciones están
produciendo el tipo de religiones que los sabios de la era axial estaban
intentando combatir. Buda decía: 'No te fíes de la palabra ajena hasta
que no la hayas comprobado tú mismo'».Ella se declara como «bastante
religiosa». ¿Cuál es su religión? «La compasión», según el término
anglosajón utilizado para referirse a la solidaridad: «Es la base de
todas las religiones. Cuando uno se pone al otro lado del ego, ahí es
donde está Dios. Para mí, todas las religiones son válidas, porque Dios
va más allá del concepto humano. No se puede empaquetar a Dios. Yo no
puedo ver en ninguna fe el monopolio de la verdad».
Esa
conclusión, afirma, es lo mejor del siglo XX: «Por primera vez en la
Historia, los seres humanos estamos empezando a entender los distintos
tipos de fe. Se lo debemos a la globalización.Pensar que se tiene el
monopolio de la fe queda para los fundamentalistas.Los que creemos en el
liberalismo humanista, el tesoro de la civilización occidental, tenemos
las palabras del español Ibn al Arabi: 'Dios, omipotente y omnipresente,
no puede ser confinado a una sola fe. Cada ser humano que nace en el
mundo, es una revelación única e irrepetible de uno de los nombres
ocultos de Dios'».
Fuente: El Mundo
20/04/2003