Seguridad Colectiva
y Defensa Nacional
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Cumplir una misión
España y los
españoles hemos vivido una terrible jornada de luto y de tremendo dolor.
El cruel y cobarde asesinato de siete servidores públicos del Centro
Nacional de Inteligencia debe hacernos reflexionar acerca del importante
papel que en una democracia seria juegan los servicios de Inteligencia.
Por otra parte, conviene analizar lo que está ocurriendo en Irak y
Oriente Próximo. La consternación por la pérdida no debe nublar
nuestra lucidez y desde la serena indignación debemos guardar la
necesaria calma para no caer en la tentación de conclusiones
precipitadas.
En una
sociedad moderna y democrática los servicios de Inteligencia y de
Información cumplen un cometido de esencial importancia. Son un
instrumento más de la defensa de los derechos y libertades fundamentales
de los ciudadanos. Prestan sus servicios en condiciones difíciles y
de riesgo, pero esa realidad cotidiana sólo le llega a la opinión
pública cuando se produce una tragedia como el asesinato del sargento
Bernal en Bagdad el pasado mes de octubre o los terribles atentados del
pasado sábado. Los servicios de Información de la Guardia Civil, del
Cuerpo Nacional de Policía y el Centro Nacional de Inteligencia cumplen
una delicadísima y trascendental misión de investigación y análisis de
las principales amenazas que se ciernen sobre una democracia como la
nuestra, especialmente la lucha contra el terrorismo y la gran
criminalidad, la proliferación de armas no convencionales o la amenaza
que representan los estados fallidos y criminales.
Otro de
sus cometidos más importantes es la prevención de los riesgos. Decía el
lema del antiguo Cesid Saber para vencer, y en el complejo y peligroso
mundo del siglo XXI, en el que esos nuevos riesgos y nuevas amenazas
están alcanzando una creciente capacidad desestabilizadora, eso es más
cierto que nunca. Cuando se produce la tragedia, unos pocos se preguntan
qué hacían en su puesto. La respuesta es tan evidente que la pregunta
resulta hiriente: cumplir con su deber y con la misión de correr riesgos
para que otros muchos, y los ciudadanos en general, no sean víctimas de
esas nuevas amenazas que, con creciente audacia y eficacia, acechan a
nuestras sociedades democráticas. Por el contrario, la mayoría sólo
puede sentirse orgullosa de esos eficaces y abnegados servidores de la
tranquilidad de los ciudadanos. Estas líneas pretenden ser un sentido y
rendido homenaje a los hombres y mujeres que son, por definición, los
más anónimos de los héroes de las sociedades modernas: los miembros de
los servicios de Información y de Inteligencia democráticos.
La segunda
reflexión que a mi juicio debemos hacer debe dirigirse a la situación de
Irak y a lo que significan estos atentados, mal calificados por algunos
como «ataques de la resistencia».¿Puede alguien seguir haciendo a
estas alturas la diferencia entre actos de resistencia y actos
terroristas, en función de su autoría? Para algunos sólo son
atentados los primeros cometidos por islamistas radicales, mientras que
los segundos, cometidos por los miembros del antiguo régimen, son
considerados actos de resistencia. ¿Habrá aún alguien que piense que
esos actos son legítimos esfuerzos para liberar Irak? En España
resolvimos hace años la polémica sobre el carácter inocente de las
víctimas del terrorismo y resolvimos entre todos que tan inocente era un
miembro de las Fuerzas Armadas, un policía o un guardia civil como el
ciudadano que nada tiene que ver con la lucha contra el terrorismo. La
distinción que algunos plantean es reabrir ese debate superado.
El
compromiso de la comunidad internacional con Irak y con Oriente Próximo
está recogido en las resoluciones 1483, 1500 y 1511 del Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas y se resume en la pacificación y
estabilización del país, el diseño de una transición pacífica a la
democracia y la pronta recuperación de la soberanía plena, cuando Irak
tenga un gobierno internacionalmente reconocido. Este proceso tiene sus
ritmos y sus plazos, y no se trata de acelerarlos por intereses
políticos coyunturales, como sugieren ahora algunos de los sectores más
conservadores del Partido Republicano estadounidense.
Alguno
de los institutos de pensamiento más prestigiosos de Estados Unidos
participaron en una intensa y sólida reflexión sobre el futuro de Irak
después de la intervención militar. En ese sentido todos los ámbitos
de la vida de un país fueron tenidos en cuenta: la recuperación
económica, el reflotamiento del dinar iraquí, la reconstrucción de su
red de infraestructuras, la recuperación de su maltrecho sistema
hospitalario, dotar de un nuevo impulso a su comercio interior y
exterior y una reestructuración de la Administración, la policía y el
Ejército.
Hay que
concentrar los esfuerzos en pacificar y estabilizar el país y dotar a
Irak de un sólido Ejército y Fuerzas de Seguridad del Estado que sean
los principales y únicos garantes de la paz, la seguridad, la
independencia y la soberanía territorial del país.
Una vez
consolidada la pacificación de Irak, y diseñada una Constitución
democrática con instituciones sólidas y creíbles, se podrán celebrar
elecciones de las que surja un Gobierno independiente y democrático que
pueda recuperar íntegramente la soberanía para su país. Para ello se
tendrá que poner especial cuidado en el diseño constitucional de Irak y
tener en cuenta las positivas experiencias que tanto en la región como
en países descentralizados han logrado gestionar con éxito la diversidad
y heterogeneidad para formar un conjunto capaz de vivir en paz y en
armonía, desde el pleno respeto de los derechos de las libertades
fundamentales y a las minorías étnicas y religiosas iraquíes.
Se han
sugerido modelos federales como el canadiense, autonómicos como el
español, combinados con la experiencia libanesa de reparto confesional
de algunas Magistraturas del Estado y el sistema jordano de reserva de
escaños para algunas minorías que, en consecuencia, tendrían una
representación política en las Cámaras muy superior a su peso
demográfico.
La
coalición internacional debe hacer los máximos esfuerzos para que el
proceso sea rápido sin perder eficacia. Las prisas y la
precipitación dejarían la tarea a medias y, por consiguiente, al país
sumido en el caos, demasiado cerca del abismo como para no caer
nuevamente en la inestabilidad absoluta o en otra dictadura. Ni España
ni otras democracias del mundo han cedido nunca ante la presión, la
amenaza o el chantaje de la amenaza terrorista. Replantearnos nuestros
compromisos ahora sería tanto como conceder una victoria a quienes han
recurrido al abyecto recurso del terror.
Desistir ahora
condenaría a los iraquíes y a la región en su conjunto a una
inestabilidad estructural y quizás permanente.
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El fracaso
sería, además, colectivo, por lo que sería realmente necesario que
algunos países con notable experiencia en operaciones de imposición y
mantenimiento de la paz se implicasen de manera decidida en Irak. La
legitimidad de la Fuerza multinacional está garantizada adecuadamente
por la resolución 1511, lo que permite que más países se integren y
participen del esfuerzo estabilizador y pacificador. La presencia de
países como la India, Pakistán, Bangladesh o alguna nación árabe sería
más que deseable por su experiencia y por ser naciones musulmanas que
además conocen el terreno y son sensibles a las particularidades de
países tan complejos como Irak.
La acción
de leales al régimen de Sadam Husein y de islamistas radicales sólo
pretende revolver las aguas y forzar así la salida precipitada de las
fuerzas internacionales para llenar el vacío y dominar Irak. Si eso
llegase a ocurrir, volveríamos a tener una dictadura sadamista o
islamista radical, con agua, dinero y población, amenazando una vez más
a la zona más delicada del planeta. En conclusión, transición rápida
sí, pero no a costa de la calidad y de la solidez de la misión que
tenemos que cumplir y sin ceder ante el terror. Claudicar sería una
derrota para los principios y valores democráticos, cuya defensa es la
razón principal que nos mueve.
Gustavo de Arístegui
Diplomático y portavoz del PP en la Comisión de Exteriores
del Congreso de los Diputados
Fuente: El Mundo
01/12/2003
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