El
precio de la responsabilidad
Según palabras
del presidente Aznar, el apoyo del gobierno español al cambio de régimen
en Bagdad se sustentó en dos consideraciones básicas: en la seriedad
y necesidad de hacer valer las resoluciones de Naciones Unidas y,
simultáneamente, en la convicción de que no se podía dejar a Saddam
Hussein proseguir con sus ambiciones, porque eso nos llevaría a un mundo
mucho peor en cuestión de poco tiempo. Su sentido de la responsabilidad
internacional de España, una nación emergente y con creciente
credibilidad en el escenario mundial, obligaba ahora a estar con Bush
como ya se estuvo en 1998 con Clinton. Contra viento y marea, dentro
y fuera del país, el Gobierno se mantuvo firme, como sabemos, amparado
en la conciencia de estar haciendo lo correcto.
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La Ministra de Asuntos
Exteriores, Ana Palacio,
durante la visita que realizó a las tropas españolas en
septiembre. |
Saddam
se fue pero, medio año después, no del todo. Y la situación en Irak es
más compleja de lo que la veloz campaña y victoria militar de la
coalición llevó a pensar en su momento. Dos españoles han dejado ya
su vida allí y, en ausencia todavía de confirmaciones exactas, otros
siete fallecieron ayer en Suwayrah, al sur de Bagdad, al ser atacado un
grupo de agentes del Centro Nacional de Inteligencia.
Sin datos
precisos es imposible afirmar con certitud si este ataque responde a una
agresión premeditada contra el personal español o si, por el contrario,
nuestros compatriotas cayeron víctimas en una emboscada de oportunidad,
para cualquiera que por allí pasara. En cualquier caso, eso no alivia ni
el dolor de las familias ni el grave pesar de todos nosotros, comenzando
por el propio gobierno, supongo. Ahora bien, el shock momentáneo de
enfrentarse a esta dramática situación, no debe llevarnos a perder el
sentido del esfuerzo que España está haciendo por un Irak mejor y, con
ello, por un mundo más seguro. La responsabilidad actual significa
hacer bien las cosas y eso, a su vez, exige un futuro democrático y
libre para los iraquíes e implica una estrategia y unos medios para
poder alcanzarlo en un tiempo razonable. Esto es, una estrategia de la
victoria.
En un
momento teñido por la pérdida violenta de nuestros compatriotas, es
natural sentirse ofuscado. Pero se debe combatir tanto la tendencia
pesimista que sólo ve en Irak malas o muy malas noticias como el
derrotismo, que juzga inútil nuestra capacidad de mejorar la situación.
Y, sinceramente, a pesar de todos los atentados que se recogen en
periódicos y televisiones, hay datos relevantes que permiten pensar en
una mejoría de la seguridad en breve plazo. Por ejemplo, la tasa de
criminalidad en Bagdad creció más allá de lo razonable tras la guerra
como producto, al menos, de dos factores: la puesta en libertad por
Saddam, durante la guerra, de cerca de cien mil presos comunes, y la
parsimonia en la actuación de las tropas americanas, buscando de una
manera errónea no ser percibidas como invasoras. Un despliegue más
palpable por los ciudadanos y tácticas para atajar la delincuencia están
logrando una reducción paulatina de la misma. Los homicidios en Bagdad
que se habían doblado de mayo a agosto, pasando de 462 a 872, comenzaron
a bajar en septiembre -667- y siguen descendiendo.
Por otro
lado, y a pesar de que la guerrilla formada por los seguidores de Saddam
ha conseguido organizarse de manera evidente, al menos en el llamado
triángulo sunni, y en conjunción con los terroristas de Al Qaeda
resultar más letal, también es verdad que sus tácticas y procedimientos
operativos se han estancado de manera evidente. No han dado con ataques
innovadores y si las tropas de la coalición actuaran con las lecciones
aprendidas de las bombas de Hizbolah en las carreteras, las emboscadas
de los afganos y los camiones bomba de Hamas y Al Qaeda, lograrán que su
escalada resulte del todo imposible.
De hecho,
desde septiembre, cuando las tropas americanas comenzaron a tomarse en
serio la necesidad de una autoprotección más robusta, la mayoría de los
ataques se ha cebado en la propia población iraquí. En parte porque
es más fácil para los terroristas atacar y matar a pobres indefensos.
También es
verdad que se puede especular y deducir una pauta estratégica en las
actuaciones de la guerrilla y terroristas: se ataca a los iraquíes para
exacerbar su temor y empeorar su vida de manera que culpen a los
americanos y aliados y se revuelvan contra ellos. Las encuestas de
opinión indican, no obstante, que aunque la mayoría de iraquíes piensa
que su situación actual es peor que antes de la guerra, la misma mayoría
cree que su vida y la del país habrá mejorado sustancialmente en los
próximos cinco años. La última encuesta de Gallup mantenía un 62% a
favor de haber acabado con Saddam a pesar de las dificultades presentes
y un 71% veía con buenos ojos que las tropas americanas se quedaran en
los próximos meses.
Igualmente
se puede argüir que los ataques contra los organismos internacionales,
como la ONU y contra los aliados de Washington -el cuartel de los
carabinieri, ahora los agentes españoles- están persiguiendo cercenar su
voluntad de seguir favoreciendo el nacimiento de un nuevo Irak.
Causándoles daño se buscaría su debilidad moral y se les echaría del
país. De hecho, la ONU y algunas ONGs han evacuado a sus funcionarios
internacionales y han dejado de operar. Por el contrario, el pueblo
italiano en bloque se movilizó indignado contra ese chantaje del terror
y el compromiso de su gobierno se ha visto fortalecido, como no podía se
de otra manera. Basar una política en el miedo a los terroristas, lo
sabemos muy bien en España, es un camino que sólo puede conducir a la
derrota.
Lo que
necesita Irak es el éxito de la victoria y para ello el compromiso y la
responsabilidad de todos cuantos lucharon contra el régimen de Saddam
Hussein. Es posible que otros países u organizaciones internacionales
puedan aportar tropas, dinero o ayuda de otro tipo, pero, por suerte o
por desgracia, la seguridad que necesitan los iraquíes sólo puede
dársela la coalición y, sobre todo, los Estados Unidos. Y en ese
sentido, el mensaje a dejar claro con rotundidad es el de la presencia
en Irak de las tropas por el tiempo que sea necesario. Y en el número
suficiente para mejorar de manera rápida la seguridad y la prosperidad.
A pesar de
que noviembre ha sido un mes crítico, en lo que a víctimas a manos de la
guerrilla y de los terroristas, hay que decir que muchas otras cosas se
están haciendo bien en Irak, incluso en su capital. El desempleo se está
reduciendo (en 10 puntos de septiembre aquí), los canales de irrigación
para la agricultura han sido prácticamente limpiados, el agua potable
disponible ha pasado de 13 millones de litros antes de la guerra a algo
más de 21 a mediados de este mes, la producción de crudo ya ha alcanzado
los niveles de preguerra y, por poner un último ejemplo, la
electricidad, con la excepción de Bagdad, ya está un tercio por encima,
con más de 4000 megawatios producidos, del nivel a comienzos de año.
¿Debe servirnos esto de consuelo? Indudablemente no. Pero tiene que
servir para despejar cualquier duda sobre el rumbo del país. No
permitamos que la muerte y el terror nos confundan.