La
tragedia presentida
Se ha escrito que
«las verdades que hacen a los hombres libres son para la mayor parte
aquellas que no quieren escuchar». Sobre los peligros que acechan al
mundo, el terrorismo con sus métodos más sofisticados es el más
destructor, no sólo por la materialidad de sus crímenes y destrozos,
sino también por el derrumbe moral que provoca socialmente. Los
ciudadanos tendemos a suponer que el terror siempre está en otro sitio,
lejos de nuestro entorno y que, en ocasiones, se convierte en la
coartada de políticos agresivos. Pero el terrorismo es una verdad
trágica que hay que enfrentar para combatirlo y, así, ganarnos la
libertad.
Los
escándalos intelectuales sobre la tesis que propugna anticipar la acción
proporcional y legal a los planes terroristas es una muestra inequívoca
de la debilidad en la creencia de la superioridad de nuestra propia
forma de vida, de nuestro modo de civilización, de nuestra concepción
general de los valores individuales y colectivos. Es un error
verdaderamente terrible cuartear con esteticismos argumentales los
factores -ideológicos y materiales- que defienden y amparan nuestro
progreso moral y cívico. Y, hoy por hoy, en este nuevo ciclo histórico
que comenzó el 11 de septiembre de 2001, el terrorismo como nueva e
inédita forma de guerra contra Occidente se constituye como la gran
amenaza. Se trata de un terrorismo tecnológico que se activa mediante
mecanismos poco conocidos para los Servicios de Inteligencia, que golpea
estratégicamente, que se financia por procedimientos novedosos y opacos,
que parasita regímenes antidemocráticos y que se nutre de la dinámica
fanática, distorsionada y totalitaria que le proporciona el
fundamentalismo religioso, el odio acendrado al diferente, el
entendimiento pétreo y hermético de un sistema de funcionamiento social
determinado y la visión medieval que enhebra la dominación civil con la
añagaza de verdades trascendentes.
Irak y
otros países de la zona han alimentado este monstruo. Posiblemente lo
han financiado o alentado -al menos, contemplado con indiferencia-
quienes ahora lo padecen, como los sauditas, o los ciudadanos de
Marruecos, Turquía, Siria o Irán. La acción bélica contra el régimen
de Sadam Husein fue, entre otras cosas, una decisión de desafío a un
terrorismo agazapado en la soberanía de un Estado sin más ley que la del
dictador y su familia. Ganada la guerra, el terrorismo pretende vencer
en la postguerra. En su intento no ha reparado en provocar tantas
cuantas masacres le han convenido: en Casablanca, en Riad, en Estambul
y, por supuesto, en Irak. Han caído, víctimas de una extrema y gratuita
crueldad, decenas, cientos de árabes, de norteamericanos, de británicos,
de italianos.
Y ayer,
también, españoles. Siete agentes del Centro Nacional de Inteligencia,
todos ellos españoles, han sido asesinados a treinta kilómetros de
Bagdad. La tragedia que anegó Italia hace apenas diez días nos toca
ahora a nosotros. No es el momento de exaltaciones, pero sí para el
dolor y la determinación. España quiso contribuir, como una gran Nación
occidental, en la histórica y decisiva lucha contra el terrorismo
internacional. Se sabía y se presentía que esta aportación tendría el
coste de la venganza de los terroristas; se sabía y se presentía que los
riesgos eran inmensos; se sabía y se presentía que si la tragedia se
había cernido sobre nuestros vecinos, terminaría por alcanzarnos de
manera brutal y colectiva. Así ha sido. Tampoco es la primera vez que
ocurre.
Si el
terrorismo etarra -más de treinta años azotando las espaldas de este
país- no ha quebrado la perseverancia social y del Estado, no habrá de
ser la siniestra tarde de ayer en la capital iraquí la que deba hacernos
prestar oídos al desistimiento. Porque, aun en el supuesto de que se
abdicara del protagonismo actual pretendiendo una retirada que amansase
a la fiera, el peligro no se diluiría y se haría realidad antes o
después, en etapas calculadas y letales que alcanzarán sin duda a los
que ahora, desde el borde del conflicto, creen que su alejamiento
táctico les privará de sufrimientos. No será así, y por eso, estar en la
vanguardia de los padecimientos es estarlo en la de la libertad. Es
encarar la «verdad que hace a los hombres libres» aunque la mayor parte
de ellos «no la quiera escuchar». Una verdad que ya atruena aunque no
pueda sofocar el sollozo, íntimo y desgarrado, por los compatriotas que,
en el servicio a la libertad, quedaron ayer tendidos, yertos, en una
cuneta al sur de Bagdad.