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Lunes 1 de diciembre de 2003


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

La tragedia presentida

Se ha escrito que «las verdades que hacen a los hombres libres son para la mayor parte aquellas que no quieren escuchar». Sobre los peligros que acechan al mundo, el terrorismo con sus métodos más sofisticados es el más destructor, no sólo por la materialidad de sus crímenes y destrozos, sino también por el derrumbe moral que provoca socialmente. Los ciudadanos tendemos a suponer que el terror siempre está en otro sitio, lejos de nuestro entorno y que, en ocasiones, se convierte en la coartada de políticos agresivos. Pero el terrorismo es una verdad trágica que hay que enfrentar para combatirlo y, así, ganarnos la libertad.

 

Los escándalos intelectuales sobre la tesis que propugna anticipar la acción proporcional y legal a los planes terroristas es una muestra inequívoca de la debilidad en la creencia de la superioridad de nuestra propia forma de vida, de nuestro modo de civilización, de nuestra concepción general de los valores individuales y colectivos. Es un error verdaderamente terrible cuartear con esteticismos argumentales los factores -ideológicos y materiales- que defienden y amparan nuestro progreso moral y cívico. Y, hoy por hoy, en este nuevo ciclo histórico que comenzó el 11 de septiembre de 2001, el terrorismo como nueva e inédita forma de guerra contra Occidente se constituye como la gran amenaza. Se trata de un terrorismo tecnológico que se activa mediante mecanismos poco conocidos para los Servicios de Inteligencia, que golpea estratégicamente, que se financia por procedimientos novedosos y opacos, que parasita regímenes antidemocráticos y que se nutre de la dinámica fanática, distorsionada y totalitaria que le proporciona el fundamentalismo religioso, el odio acendrado al diferente, el entendimiento pétreo y hermético de un sistema de funcionamiento social determinado y la visión medieval que enhebra la dominación civil con la añagaza de verdades trascendentes.

Irak y otros países de la zona han alimentado este monstruo. Posiblemente lo han financiado o alentado -al menos, contemplado con indiferencia- quienes ahora lo padecen, como los sauditas, o los ciudadanos de Marruecos, Turquía, Siria o Irán. La acción bélica contra el régimen de Sadam Husein fue, entre otras cosas, una decisión de desafío a un terrorismo agazapado en la soberanía de un Estado sin más ley que la del dictador y su familia. Ganada la guerra, el terrorismo pretende vencer en la postguerra. En su intento no ha reparado en provocar tantas cuantas masacres le han convenido: en Casablanca, en Riad, en Estambul y, por supuesto, en Irak. Han caído, víctimas de una extrema y gratuita crueldad, decenas, cientos de árabes, de norteamericanos, de británicos, de italianos.

Y ayer, también, españoles. Siete agentes del Centro Nacional de Inteligencia, todos ellos españoles, han sido asesinados a treinta kilómetros de Bagdad. La tragedia que anegó Italia hace apenas diez días nos toca ahora a nosotros. No es el momento de exaltaciones, pero sí para el dolor y la determinación. España quiso contribuir, como una gran Nación occidental, en la histórica y decisiva lucha contra el terrorismo internacional. Se sabía y se presentía que esta aportación tendría el coste de la venganza de los terroristas; se sabía y se presentía que los riesgos eran inmensos; se sabía y se presentía que si la tragedia se había cernido sobre nuestros vecinos, terminaría por alcanzarnos de manera brutal y colectiva. Así ha sido. Tampoco es la primera vez que ocurre.

Si el terrorismo etarra -más de treinta años azotando las espaldas de este país- no ha quebrado la perseverancia social y del Estado, no habrá de ser la siniestra tarde de ayer en la capital iraquí la que deba hacernos prestar oídos al desistimiento. Porque, aun en el supuesto de que se abdicara del protagonismo actual pretendiendo una retirada que amansase a la fiera, el peligro no se diluiría y se haría realidad antes o después, en etapas calculadas y letales que alcanzarán sin duda a los que ahora, desde el borde del conflicto, creen que su alejamiento táctico les privará de sufrimientos. No será así, y por eso, estar en la vanguardia de los padecimientos es estarlo en la de la libertad. Es encarar la «verdad que hace a los hombres libres» aunque la mayor parte de ellos «no la quiera escuchar». Una verdad que ya atruena aunque no pueda sofocar el sollozo, íntimo y desgarrado, por los compatriotas que, en el servicio a la libertad, quedaron ayer tendidos, yertos, en una cuneta al sur de Bagdad.

José Antonio Zarzalejos
Director de ABC
Fuente:  ABC
30/11/2003

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