Más
allá de la tragedia
Lo que hace trágica
la guerra es que convierte en normalidad la violencia, la destrucción y
la muerte. Pero la acumulación de adjetivos de repulsa de esa trágica
normalidad que el sábado llenó de luto al país en nada ayuda a entender
lo que está pasando en Irak, a comprender el significado de esas
muertes.
El
rechazo de la guerra como método para resolver disputas o lograr
objetivos políticos es una de las grandezas de la civilización moderna.
Ese admirable pacifismo es también su talón de Aquiles cuando encubre
apocamiento, indiferencia, pasotismo o adquiere tonos fundamentalistas.
El logro de la paz no es tan sencillo como su deseo. Si se renuncia a
luchar por ella nos entregamos atados de pies y manos a los que
firmemente creen en la violencia como método para alcanzar sus
objetivos. Nada vale aquello por lo que en ningún caso estamos
dispuestos a luchar.
No
parecen compartir ese fundamentalismo los españoles y ciudadanos de
otros países que arriesgan y sacrifican su vida en Irak. Forman una
avanzada estratégica de nuestra seguridad y un primer baluarte en la
defensa de nuestros valores, la paz en primer lugar. Lo hacen aportando
su granito de arena a la creación de las condiciones en las que la
inmensa mayoría de los iraquíes puedan rescatar su soberanía de una
asociación gansteril llamada partido baasista, que dominó durante
treinta años por el más ilimitado terror y intenta recuperar un poder
que consideran de su propiedad por el más desenfrenado terrorismo.
Han
conseguido expulsar del país casi completamente a Naciones Unidas y a
las ONGs humanitarias. Han matado muchos más civiles iraquíes que
soldados extranjeros. Han bombardeado embajadas de países vecinos que no
cuentan con un solo militar sobre el terreno. Asesinan a venerados
líderes religiosos de la mayoría de la población. Atentan contra los que
trabajan en la reconstrucción de las infraestructuras del país
arruinadas por treinta años de malgobierno y agresividad exterior.
Su
fuerza está en los que los ennoblecen atribuyéndoles la representación
del pueblo iraquí y legitimando sus acciones. Mientras abriguen la
esperanza de que esos aliados objetivos, acreditados merecedores de la
gran media luna sadamista, puedan imponer su entreguismo en sus
respectivos países, seguirá siendo altamente rentable para ellos matar
cooperantes extranjeros, sean civiles o militares. Evitarlo es de lo que
se trata.