Sangre
y lágrimas
La victoria de
la civilización sobre el terrorismo sólo es posible pagando un alto
precio en sangre y lágrimas. Ahora le ha tocado el turno a España,
nación que no ignora lo difícil de la lucha ni la dureza del coste del
triunfo. Nada importante se consigue sin esfuerzo. Y la libertad es
importante, algo por lo que, como afirmó el sabio y cuerdo hidalgo
cervantino, los hombres deben arriesgar sus vidas. Y así lo hicieron los
ocho funcionarios del Centro Nacional de Inteligencia español que
sufrieron el ataque terrorista y traidor -son términos equivalentes y
sinónimos- al sur de Bagdad. Sólo uno salvó la vida; todos la
arriesgaron. Han sido víctimas del terrorismo, es decir, testigos de la
libertad y la civilización. No era un sacrificio anunciado e inevitable,
pero sí probable y presentido. Todos los españoles y todos los
defensores de la civilización deben saber que han muerto por la libertad
y el bienestar de todos. Sobra decir que no es un sacrificio inútil.
Es un
episodio de la guerra de Irak, pero es algo, mucho, más. La guerra de
Irak es sólo una batalla en la guerra declarada a Occidente por el
terrorismo fundamentalista islámico. Es la cuarta guerra mundial. La
tercera enfrentó a la democracia liberal con el totalitarismo comunista.
Sólo los ignorantes, los cómplices o los resentidos siguen hablando de
una guerra imperialista de intereses petroleros. La naturaleza del
conflicto es muy otra. Basta con atender a las declaraciones de quienes
lo desencadenaron. Nadie mejor que el agresor para explicitar la
naturaleza de sus intenciones. Y es que tendemos a pensar que el terror,
como la muerte que anuncia y provoca, es siempre cosa ajena. Sólo cuando
tritura las propias carnes desvanece todas las dudas. El terror no es
sólo el medio que utilizan los canallas para lograr sus fines. Es
también su verdadero, su único fin. Es el camino y la meta. Los medios
no justifican el fin; simplemente lo proclaman. Son la misma cosa.
Las
ocho víctimas españolas del terrorismo, sólo una escapó a la muerte, no
eran miembros de unas fuerzas militares de ocupación ilegítima, puros
invasores, sino representantes y ejecutores de la legalidad
internacional. Pertenecen a la misma estirpe de las víctimas
anteriores: soldados de Estados Unidos, Gran Bretaña, Italia, Polonia y
otras naciones, José Antonio Bernal, funcionarios de Naciones Unidas,
miembros de Cruz Roja, voluntarios, cooperantes, diplomáticos,
ciudadanos iraquíes y de tantos otros lugares. Y conviene, lo exigen la
verdad y la justicia, no sucumbir a las trampas del lenguaje. No han
sido víctimas de la resistencia iraquí sino del terrorismo de los
partidarios de Sadam Husein y del fundamentalismo islámico. Los
terroristas no son resistentes sino puros criminales. Nada más urgente
que proclamar la legalidad, la importancia y la legitimidad de quienes
se oponen a él. Nada más imprescindible que oponerse a todos los
intentos falaces de desvirtuar la realidad y devaluar el alto valor de
su misión. El sacrificio no es nunca inútil. La claudicación y la
imposible neutralidad son algo peor que inútil. Para lo último que
debería servir la tragedia sería para argumentar en favor de la
ilegitimidad e inutilidad de la presencia internacional en Irak. Los
crímenes no alteran el diagnóstico y la valoración de la guerra; los
corroboran. Han podido existir, han existido, errores en la política de
información a las opiniones públicas occidentales. Han podido existir,
han existido, errores en la gestión de la situación que siguió a la
ocupación del territorio iraquí. Pero los errores no son argumentos en
favor del desestimiento y la retirada, sino razones e incentivos para
evitarlos y corregirlos. La solución para lo que se hace mal no consiste
en dejar de hacerlo, sino en hacerlo bien.
La actitud
de la oposición española ante la tragedia ha sido dual, buena y mala.
Buena por la parte del Partido Socialista. En esta ocasión, Zapatero ha
estado a la altura de las circunstancias. No cabe decir lo mismo de la
que han exhibido Izquierda Unida y el PNV, pidiendo la dimisión del
ministro de Defensa y el regreso de las tropas españolas. Los riesgos
que corrían eran conocidos por todos. A nadie le otorga la tragedia una
razón que no tuviera de antemano. Es triste, mas no extraño, que la
izquierda radical, que siempre buscó una posición intermedia entre la
libertad y el terror, cuando no abrazó directamente a este último, la
misma izquierda que llegó a condescender y a pactar con Hitler y a
bendecir a Stalin, reitere sus errores tradicionales. Para ella, el
mal absoluto reside siempre en Estados Unidos y Occidente. Lo demás
pueden ser, si acaso, errores o excesos. Pero sólo faltando a la verdad
es posible sostener que la presencia de las tropas españolas en Irak no
cuenta con el aval de la legalidad internacional. El Gobierno no ha
hecho sino lo que debía hacer: anunciar que la colaboración española en
favor de la libertad y la civilización y en contra de la tiranía y la
barbarie continuará hasta permitir la transición de Irak hacia un
régimen de libertades, respetuoso con la legalidad internacional. Se
trata de la misma historia de siempre. Quienes terminarán por
beneficiarse de las consecuencias de la acción que deploran, pregonan el
valor del aislamiento mundial y de la neutralidad entre la razón y la
sinrazón. Además no tienen que pagar un alto precio, ni siquiera bajo,
por defender sus posiciones. Como afirmaba ayer Michael Ignatieff, en
una entrevista publicada en estas páginas, el coste de decir «no» a
Estados Unidos no está creciendo sino que se está abaratando. Ante un
terrorismo dispuesto al asesinato masivo, como se comprobó al menos
desde el 11 de septiembre, no es posible sentarse tranquilamente a
esperar el próximo zarpazo. Dicen las encuestas que los españoles
somos los menos favorables a la intervención aliada en Irak. Las
opiniones públicas de los países con un mayor nivel de bienestar son
poco receptivas a las demandas de sangre y lágrimas. Siempre ha sido
así. También lo fue en el caso del nazismo. Pero, tarde o temprano,
la perspectiva histórica pone las cosas en su sitio y las opiniones
públicas modifican sus dictámenes y terminan por ensalzar a quienes un
día supieron oponerse a ellas y convencer.
Los
servicios de información e inteligencia prestan en Irak un servicio
imprescindible en la lucha por la libertad y la dignidad. Ésta es la
misión que tenían encomendada los españoles que fueron atacados a
traición al sur de Bagdad. Trabajaban, por lo tanto, para el bienestar y
la seguridad de todos. Y para ello tenían que arriesgar los suyos
propios. No dudaron en hacerlo y por eso merecen la admiración de todos
los ciudadanos. La consigna y la terapia son las mismas que hubo que
aplicar contra Hitler y contra los herederos de Stalin. Ahora, contra
los promotores del terrorismo islamista: sangre y lágrimas. Es el precio
de la libertad. Si no se está dispuesto a pagarlo, no se merece la
libertad, aquello por lo que los hombres deben arriesgar sus vidas.