Vosotros sois eternos
Gracias,
Alberto. Es la única palabra que fluye tenazmente de mi pensamiento
en estas horas después de tu muerte, que aún me resisto a creer, en una
mañana fría y gris. Me dirijo a ti porque te conocía personalmente y,
cuando iba a An Najaf, me gustaba hablar contigo, gran conocedor de la
situación de este país que se llama Irak. Pero esta palabra de
agradecimiento también va dirigida a tus compañeros, que se han unido
irremediablemente a tan desolada tragedia.
Gracias
por tu esfuerzo personal en tus contactos y acuerdos para asegurar la
presencia de las tropas españolas sin ataques terroristas. Por
proteger nuestras vidas has dado la tuya. Cuánta razón tenías cuando me
explicabas con argumentos basados en tu experiencia lo que podía ocurrir
en Irak y que se estaba cumpliendo. Tu ausencia va a ser muy difícil
entre nosotros e imposible de llenar para tu familia y amigos, que en
los próximos días te esperaban con los brazos abiertos al finalizar tu
difícil y arriesgada misión aquí. La Navidad se avecina triste, muy
triste para ellos y para los que tenemos el privilegio de haberte
conocido.
Reconozco que al escribir sobre alguien después de su muerte se tiende a
ensalzar sus virtudes y capacidades personales y profesionales, pero
intento aparcar mis sentimientos cuando escribo estas líneas. Esta
mañana, cuando he hablado con tu amigo José Luis, que continúa en An
Najaf en tareas de apoyo al gobierno local, me decía, desolado, que eras
como un padre para la promoción de Caballería a la que pertenecíais, que
siempre estabas pendiente de los demás compañeros con tus consejos y
actitudes de protección y ayuda desinteresada, y que cuando al comenzar
su misión supo que tú estabas en An Najaf, se sintió muy tranquilo al
volverte a tener como ese hermano mayor que necesitamos en situaciones
arriesgadas e inciertas.
Sé con qué
facilidad te movías entre la población local, entre sus calles y
mercados, hablando su mismo idioma, pero también comprendía cuán
arriesgada, comprometida y peligrosa era tu misión. Y por todo ello te
doy las gracias, porque has pagado con tu vida un servicio a los demás,
y eso te honra, Alberto. Uno a uno, todos somos mortales, pero vosotros
siete juntos sois eternos.
Gracias, Alberto, por todo lo que nos ofreciste y que permanecerá entre
nosotros. No es más grande quien más ocupa, sino quien más vacío deja
cuando se va. Gracias por tu generosa, abnegada y ya concluida vida
entre nosotros. Ahora, desde la Eternidad, echarnos una mano los siete
para llevar a buen término nuestra tarea aquí e implora, Alberto, al
apóstol Santiago, nuestro patrón, para que cabalgando sobre el viento
del desierto con su blanco corcel proteja a sus tropas en su misión
encomendada. Desde Al Hillah y envuelto en una mañana húmeda y gris, del
mismo color de la tristeza, te recuerdo emocionado y agradecido.
Cuando nos invade la pena, un día dura tanto como tres otoños.
¡Gracias, Alberto!