Seguridad
Corporativa y Protección del
Patrimonio
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Escoltas a tiempo
completo
El 70% del millar
de escoltas en el País Vasco son andaluces.
A
Pedro (nombre supuesto) le salen las cuentas: “Van engañados. Prometen
un sueldo de 3.000 euros al mes y no cuentan con que cuando llegan
tienen que pagar un piso, comer en la calle, soportar un nivel de vida
mucho más alto, trabajar 31 días al mes y descontar dinero cuando están
enfermos”. Penurias económicas que añadir a las físicas y emocionales
que se desprenden de un trabajo en el que el estrés y la tensión están a
la orden del día.
Lo que relata este malagueño que desde 2001 protege a políticos y
empresarios del País Vasco amenazados por ETA, es justo lo que le pasó a
él. Pedro trabaja desde hace 22 años en seguridad, pero decidió dejar
Málaga y la Costa y “subir” al norte después de leer una oferta de
trabajo publicada en un periódico. “Ofrecían 4.200 o 4.800 euros. Me
pareció mucho dinero y no me lo pensé. Contacté con una empresa y me
instalé allí”, comenta, para a continuación resumir la vertiente
económica de su profesión: “No compensa. Quizás a los solteros sí, Pero
si dejas a la familia en Málaga, ni de lejos. Te cuesta el dinero”.
En los dos años que lleva en el País Vasco ha pasado por más de una
empresa de seguridad. “En la primera te daban un sobre cerrado y ahí
se incluía el sueldo, las horas, las pagas extras ... si descansabas un
día te descontaban 162 euros”, prosigue. También ha visto ofertas de
2.700 euros más tres pagas al año “por 31 días de trabajo mensuales”.
“Te obligan a coger vacaciones cuando se va tu protegido, con lo que ese
mes cobras el salario base y vuelves a acumular deudas”, concluye.
De su trabajo se puede extraer una conclusión: agotador. Las 14, 15 y
hasta 19 horas son habituales. “Me levanto hora y media antes de recoger
al VIP (person protegida). Luego voy a su domicilio medio hora antes
para hacer la CV (contravigilancia) y después, le acompaño a donde
vaya”, explica. Eso incluye estancias interminables apostados en la
calle, en los organismos públicos, en las empresas, en los restaurantes
(donde se ve obligado a consumir y, por tanto, a gastar) ... Hasta que
el VIP vuelve a su domicilio para no salir más no acaba la jornada
laboral del escolta privado.
Y todo ese tiempo pendiente de los movimientos de la gente, de cualquier
suceso sospechoso –un coche sobrecargado, una cerradura forzada ...-
“También hay que ver si el VIP colabora, porque como no lo haga se
duplica el peligro”. Pedro ha tenido protegidos que no querían que
les acompañara, no le avisaban cuando iba a salir “o simplemente me
citaban a la ocho de la mañana y no salían hasta las nueve”. Para una
persona ajena a este mundo puede parecerle una espera no demasiado
larga, pero Pedro lo explica así: “Todo ese tiempo eres una diana
humana. Hay que tener en cuenta que la gente te ve ahí parado, esperando
o caminando, pero sin moverte de la zona”.
Su experiencia le ha hecho ver los buenos servicios. Los juzgados, por
ejemplo, una vigilancia muy distinta a la de un político o un empresario
al que tiene que acompañar todo el día, incluso sábados y domingos.
También tiene sus preferencias respecto al organismo del que tiene que
depender. Preferencias que resume en que “el Gobierno Vasco funciona
mucho mejor que el Ministerio del Interior en cuanto al estado y la
calidad del material o a la sincronización de servicios”.
Durante el tiempo en que este malagueño ha permanecido en el País Vasco
ha visto a su familia muy pocas veces. Ahora ha vuelto a Málaga,
obligado por una baja laboral que diagnostica: “estrés y agotamiento”.
Dos consecuencia de un trabajo que pone a prueba la resistencia
humana.
Dos coches bombas y la vida en juego todo el día.
En los dos años que lleva Pedro en el País Vasco ha sobrevivido a dos
coches bombas. “Yo no sé si iban dirigidos a mi o a mi protegido, porque
una bomba nunca tiene nombre hasta que pilla a alguien. Si hay un
muerto, dicen que iban a por él, pero lo cierto es que en Bilbao, por
ejemplo, pasan a diario por la misma calle decenas de políticos con su
escolta detrás”. Sea como fuere, uno de los coches estalló a cincuenta
metros de donde él se encontraba y el otro, muy cerca del piso que
compartía con varios compañeros.
Este malagueño explica que su trabajo le lleva a jugarse la vida
constantemente, tanto si está con el VIP como solo o con otros
compañeros. Porque la relación social que establecen los escoltas en
el País Vasco casi siempre se circunscribe a otros colegas de profesión.
“Nadie puede saber en que trabajamos, así que fingimos ser informáticos,
fontaneros, industriales, hasta buzos”, comenta.
El acento también los delata; por no hablar de las costumbres, que hacen
que Pedro recuerde una anécdota: “Entré en un bar y pedí gin-tonic. El
camarero me preguntó qué ginebra quería y yo le dije que Larios.
Automáticamente todo el mundo me miró y el camarero, que me conocía, me
llevó aparte y me dijo que en otra ocasión pidiera cualquier marca, ya
que Larios sólo la prefieren los policías o los guardias civiles”.
Después de ejemplos como éste, queda claro que el objetivo de los
escoltas que no son del País Vasco es parecer que no son de otra parte.
Sin embargo su constante exposición al peligro hace que se jueguen la
vida cada minuto del día. Siempre están al acecho y, por tanto, lo
mismo que ellos vigilan también pueden ser vigilados por los miembros de
ETA o por sus informadores.
Fuente:
SUR de
Málaga
12.07.03
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