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Martes 15 de julio de 2003


Seguridad Corporativa y Protección del Patrimonio

Escoltas a tiempo completo

El 70% del millar de escoltas en el País Vasco son andaluces.

 

 A Pedro (nombre supuesto) le salen las cuentas: “Van engañados. Prometen un sueldo de 3.000 euros al mes y no cuentan con que cuando llegan tienen que pagar un piso, comer en la calle, soportar un nivel de vida mucho más alto, trabajar 31 días al mes y descontar dinero cuando están enfermos”. Penurias económicas que añadir a las físicas y emocionales que se desprenden de un trabajo en el que el estrés y la tensión están a la orden del día.

Lo que relata este malagueño que desde 2001 protege a políticos y empresarios del País Vasco amenazados por ETA, es justo lo que le pasó a él. Pedro trabaja desde hace 22 años en seguridad, pero decidió dejar Málaga y la Costa y “subir” al norte después de leer una oferta de trabajo publicada en un periódico. “Ofrecían 4.200 o 4.800 euros. Me pareció mucho dinero y no me lo pensé. Contacté con una empresa y me instalé allí”, comenta, para a continuación resumir la vertiente económica de su profesión: “No compensa. Quizás a los solteros sí, Pero si dejas a la familia en Málaga, ni de lejos. Te cuesta el dinero”.

En los dos años que lleva en el País Vasco ha pasado por más de una empresa de seguridad. “En la primera te daban un sobre cerrado y ahí se incluía el sueldo, las horas, las pagas extras ... si descansabas un día te descontaban 162 euros”, prosigue. También ha visto ofertas de 2.700 euros más tres pagas al año “por 31 días de trabajo mensuales”. “Te obligan a coger vacaciones cuando se va tu protegido, con lo que ese mes cobras el salario base y vuelves a acumular deudas”, concluye.

De su trabajo se puede extraer una conclusión: agotador. Las 14, 15 y hasta 19 horas son habituales. “Me levanto hora y media antes de recoger al VIP (person protegida). Luego voy a su domicilio medio hora antes para hacer la CV (contravigilancia) y después, le acompaño a donde vaya”, explica. Eso incluye estancias interminables apostados en la calle, en los organismos públicos, en las empresas, en los restaurantes (donde se ve obligado a consumir y, por tanto, a gastar) ... Hasta que el VIP vuelve a su domicilio para no salir más no acaba la jornada laboral del escolta privado.

Y todo ese tiempo pendiente de los movimientos de la gente, de cualquier suceso sospechoso –un coche sobrecargado, una cerradura forzada ...-

“También hay que ver si el VIP colabora, porque como no lo haga se duplica el peligro”. Pedro ha tenido protegidos que no querían que les acompañara, no le avisaban cuando iba a salir “o simplemente me citaban a la ocho de la mañana y no salían hasta las nueve”. Para una persona ajena a este mundo puede parecerle una espera no demasiado larga, pero Pedro lo explica así: “Todo ese tiempo eres una diana humana. Hay que tener en cuenta que la gente te ve ahí parado, esperando o caminando, pero sin moverte de la zona”.

Su experiencia le ha hecho ver los buenos servicios. Los juzgados, por ejemplo, una vigilancia muy distinta a la de un político o un empresario al que tiene que acompañar todo el día, incluso sábados y domingos. También tiene sus preferencias respecto al organismo del que tiene que depender. Preferencias que resume en que “el Gobierno Vasco funciona mucho mejor que el Ministerio del Interior en cuanto al estado y la calidad del material o a la sincronización de servicios”.

Durante el tiempo en que este malagueño ha permanecido en el País Vasco ha visto a su familia muy pocas veces. Ahora ha vuelto a Málaga, obligado por una baja laboral que diagnostica: “estrés y agotamiento”. Dos consecuencia de un trabajo que pone a prueba la resistencia humana.

Dos coches bombas y la vida en juego todo el día.

En los dos años que lleva Pedro en el País Vasco ha sobrevivido a dos coches bombas. “Yo no sé si iban dirigidos a mi o a mi protegido, porque una bomba nunca tiene nombre hasta que pilla a alguien. Si hay un muerto, dicen que iban a por él, pero lo cierto es que en Bilbao, por ejemplo, pasan a diario por la misma calle decenas de políticos con su escolta detrás”. Sea como fuere, uno de los coches estalló a cincuenta metros de donde él se encontraba y el otro, muy cerca del piso que compartía con varios compañeros.

Este malagueño explica que su trabajo le lleva a jugarse la vida constantemente, tanto si está con el VIP como solo o con otros compañeros. Porque la relación social que establecen los escoltas en el País Vasco casi siempre se circunscribe a otros colegas de profesión. “Nadie puede saber en que trabajamos, así que fingimos ser informáticos, fontaneros, industriales, hasta buzos”, comenta.

El acento también los delata; por no hablar de las costumbres, que hacen que Pedro recuerde una anécdota: “Entré en un bar y pedí gin-tonic. El camarero me preguntó qué ginebra quería y yo le dije que Larios. Automáticamente todo el mundo me miró y el camarero, que me conocía, me llevó aparte y me dijo que en otra ocasión pidiera cualquier marca, ya que Larios sólo la prefieren los policías o los guardias civiles”. Después de ejemplos como éste, queda claro que el objetivo de los escoltas que no son del País Vasco es parecer que no son de otra parte.

Sin embargo su constante exposición al peligro hace que se jueguen la vida cada minuto del día. Siempre están al acecho y, por tanto, lo mismo que ellos vigilan también pueden ser vigilados por los miembros de ETA o por sus informadores.

Fuente: SUR de Málaga
12.07.03

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