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Jueves 17 de julio de 2003


Seguridad Medioambiental y Protección del Entorno

Unas bacterias que absorben el dióxido de carbono ayudarán a combatir el recalentamiento de la atmósfera

Craig Venter, el científico y empresario norteamericano que descodificó el genoma humano, quiere que la ingeniería genética termine con el efecto invernadero. Venter está investigando bacterias que absorben dióxido de carbono -el gas responsable del calentamiento de la atmósfera- y producen hidrógeno, que a su vez puede ser utilizado en los automóviles en lugar de la gasolina. "No es un proyecto caro", insiste Venter. "Con un 1% del presupuesto español en I+D sabríamos si esa estrategia funciona o no".

 

El plan de Craig Venter para combatir lo que denomina "la crisis energética mundial" es tan audaz como el que siguió en la secuenciación del genoma. La clave está en recolectar bacterias que obtienen su energía del dióxido de carbono (CO2) y producen hidrógeno. El hidrógeno puede ser utilizado como un combustible alternativo para los automóviles en sustitución de los derivados del petróleo -gasolina y gasoil- que, al arder, liberan a la atmósfera dióxido de carbono. "Eso supone combatir el efecto invernadero en dos frentes: secuestrando dióxido de carbono de la atmósfera y reduciendo las emisiones", señala el hombre que humilló a los gobiernos de EEUU y el Reino Unido y a la comunidad científica al secuenciar el genoma en el año 2000, siguiendo un método heterodoxo descubierto por él mismo.

El problema es que las bacterias que quiere Venter no se encuentran en cualquier parte. Algunas viven a una profundidad de 2.500 metros en el Océano Pacífico, en zonas de actividad volcánica en las que el agua está a 400º C. Así que su Instituto para las Energías Biológicas Alternativas (IBEA) ha tenido que hacerse con un submarino de bolsillo, el Alvin, con el que capturarlas.

Bajar a semejantes profundidades y luego mantener con vida a las bacterias es sólo la parte fácil del proyecto. Lo complicado es alterar la secuencia genética de los microorganismos para aumentar su capacidad de absorber CO2 y de generar hidrógeno. Por ahora, la eficiencia de las bacterias en el proceso es de sólo el 1%, "aunque en teoría podría llegar hasta el 27%". El descubridor del genoma se conforma con que la productividad de los organismos oscile entre el 1,1% y el 10%.

Y ahí es donde la ingeniería genética interviene, ya que, para convertir a las bacterias en devoradoras de CO2 y productoras de hidrógeno, es necesario alterar su secuencia genética y producir una nueva generación de microorganismos. Venter insiste en que eso no es imposible, y recuerda que los investigadores de la química estadounidense Du Pont de Nemours ya han alcanzado un éxito considerable modificando el mapa genético de ciertas bacterias.

El plan de Venter es complicado, pero encaja en la mentalidad americana. Si en Europa se persigue el control del efecto invernadero con la limitación de las emisiones de gas, el enfoque en EEUU es que debe ser la actividad privada la que se encargue de combatir el CO2. Eso sí, con ayuda del Estado, como los 1.200 millones de dólares que Bush anunció que el Gobierno federal destinará a la investigación del uso de hidrógeno como combustible.

Desde su cuartel general en Rockville, cerca de Washington, Venter dirige el proyecto. Cree que en tres años sabremos si las bacterias podrán combatir el efecto invernadero y, de paso, "acabar con los petroleros y las gasolineras". "Si eso pasa, yo, desde luego, no voy a echarlos de menos", asegura.

 

El guerrero de la genética

Sacar bacterias del fondo del mar, modificarlas genéticamente y utilizarlas para combatir el efecto invernadero puede sonar a descabellado. Y probablemente lo sea. Pero ése es el estilo de Craig Venter. Este genetista, que por su estilo informal y su brutalidad al hablar -sobre todo, de sus competidores- recuerda más a un empresario de Internet que a un científico, ha ganado una fortuna con sus ideas heterodoxas, su desprecio a la autoridad y su fanática confianza en sí mismo. Hace 30 años arruinó una prometedora carrera en la Armada por su hábito de insultar a los oficiales a la cara. Ahora, acusa tranquilamente de "soberbia intelectual" a la multinacional Monsanto, cuyos cultivos transgénicos la han hecho blanco de la ira de los grupos antiglobalización.Venter no deja títere con cabeza y, desde luego, hace honor al titular con el que el The New Yorker le bautizó hace tres años, tras el descubrimiento del código genético humano: 'El guerrero del genoma'.

 

Fuente: El Mundo
14.07.03

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