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Viernes 21 de marzo de 2003


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

La guerra: tragedia, fracaso y esperanza

Cuando el 11 de septiembre de 2001 los aviones de pasajeros tripulados por terroristas de Al Qaeda se estrellaron contra las Torres Gemelas en Nueva York y contra el Pentágono, en Washington, no sólo provocaron varios miles de muertos y el derrumbamiento de emblemáticos símbolos del poder económico y militar del país más poderoso del mundo, sino que pusieron en cuestión el pilar fundamental sobre el que se apoyaba el orden internacional: la seguridad.

Aquel atentado abrió las puertas a un nuevo escenario, hasta entonces oculto. Ante la creencia generalmente aceptada de que la desintegración de la URSS y el fin de la Guerra Fría habían disipado los temores a una gran amenaza mundial, aparecía en el escenario un nuevo enemigo, el terrorismo, que demostraba que, en pleno siglo XXI, en el mundo seguimos siendo vulnerables.

Esta amenaza se hizo aún más patente cuando se recordó que, desde la caída del Telón de Acero, los países con armas nucleares y de destrucción masiva, muchos de ellos gobernados por auténticos tiranos, se habían multiplicado.

La percepción de la amenaza

Si el terrorismo es por sí solo una amenaza, su combinación con las armas de destrucción masiva proporcionaba un cóctel realmente peligroso. Desde entonces, Estados Unidos ha intentado liderar una gran coalición para combatir a ese nuevo enemigo.

Finalmente, distintos factores, tales como la diferente percepción de la amenaza, las discrepancias sobre los métodos a utilizar o los propios intereses personalistas de los líderes que tenían la capacidad de decisión, han acabado por truncar la posibilidad de una solución consensuada y multilateral.

El tiempo ha venido a demostrar que la solidaridad que muchos países comunicaron a Estados Unidos en las horas posteriores al 11-S no era un cheque en blanco. Habría que preguntarse cuál hubiese sido la respuesta de los dirigentes y de la opinión pública de los diferentes países si los terroristas hubiesen estrellado los aviones en los Campos Elíseos de París, en la Plaza Roja de Moscú o en la moderna Shanghai.

Caen las bombas

Las primeras bombas cayeron ayer sobre Irak. Desde el punto de vista humano, la guerra es una tragedia extraordinaria. El coste en términos de vidas y de sufrimiento siempre es espantoso. Ni siquiera el potencial consuelo de un conflicto corto basta para aliviar la turbación.

Winston Churchill, con autoridad moral para hablar del tema, dijo en cierta ocasión: “Nunca jamás creáis que una guerra puede ser tranquila o fácil”. Desde el punto de vista internacional, el ataque es la prueba palpable de un monumental fracaso.

El fracaso que supone que la comunidad internacional se haya mostrado incapaz de desarmar al régimen de Sadam Husein por medios pacíficos. Fracaso es también el hecho de que la iniciativa de la guerra no cuente con el respaldo de la ONU. La imposibilidad de arbitrar un modelo consensuado para hacer frente a la amenaza ha quebrado los cimientos de algunos organismos en los que se ha basado tanto la seguridad como el orden mundial en los últimos años.

En cualquier caso, parece un anacronismo que sólo cinco países, con capacidad de veto, puedan dirigir los destinos de una organización como Naciones Unidas.

La posición de España

Mucho se ha discutido en los últimos meses sobre los intereses que han llevado al presidente Aznar a implicar a España en una guerra, apoyando a la Administración Bush. Hay varias razones que avalan la posición de Aznar. La primera de ellas es una razón de principios.

Aznar percibe el terrorismo como una amenaza. El millar de muertos que soporta la sociedad española es una buena razón para no inhibirse. Implicar a la comunidad internacional en general y a Estados Unidos en particular en la lucha contra el terrorismo puede ser un elemento fundamental para acabar con uno de los problemas que más han preocupado a los españoles durante las últimas décadas: ETA.

Este apoyo de Estados Unidos no tiene por qué poner en peligro la buena colaboración con Francia, ya que este país ha asumido desde hace varios años que el problema del terrorismo vasco también es suyo.

La presencia en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha sido otro de los elementos que ha determinado la posición de Aznar. Después de muchos años sin pronunciarse en la escena internacional, España se ha encontrado en el momento oportuno en un lugar en el que era preciso retratarse.

Tenía que optar por convertirse una vez más en comparsa de Alemania y Francia o jugar en la primera división de la política tomando una posición activa. Y fue esta segunda opción la que eligió Aznar en su momento, convencido no sólo de que era la más adecuada sino de que contaría al final con un amplio respaldo. En cualquier caso, no sería justo decir que Bush, Blair y Aznar están solos en esta causa. Hay una treintena de países que apoyan el ataque.

Consecuencias económicas

Las consecuencias económicas que tendrá el conflicto son difíciles de evaluar. Todos los analistas coinciden en que un desenlace rápido del conflicto despejaría incertidumbres e inyectaría una buena dosis de confianza, no sólo en los mercados, sino en los inversores, lo que podría traducirse en una búrbuja positiva de estabilidad.

Sin embargo, la guerra no será la solución si el mundo no es capaz de hacer frente a los problemas de fondo que perduran. El déficit público y comercial de Estados Unidos y los problemas por los que atraviesa Alemania son cuestiones que la mejora del clima de confianza por sí sola no puede resolver.

Un mundo mejor

En el actual escenario de guerra y caos queda, sin embargo, margen para la esperanza. El principio de la guerra es el final de un régimen detestable. Es seguro que sin Sadam el mundo será más seguro.

Pero para ello será preciso cerrar las enormes brechas abiertas en la comunidad de países. Todas las partes deberán cooperar para recomponer en lo posible los platos rotos del orden internacional y las instituciones. Gran parte de las esperanzas de que el mundo, después de esto, sea un lugar más justo, más tolerante y pacífico están depositadas en la capacidad que tengan todos los países de articular un modelo representativo de relación que establezca las prioridades y los métodos para construir un nuevo orden.

Naciones Unidas no debiera ser sólo un argumento para legitimar un ataque, sino un organismo eficaz capaz de poner orden en el territorio sin levantar crispación. En este sentido, será necesario que Estados Unidos haga una evaluación sobre lo que significa en la zona el conflicto árabe-israelí y ponga todos los medios a su disposición para resolver una guerra que durante décadas ha sembrado el odio en Oriente Próximo.

En el campo nacional, Gobierno y oposición deberán hacer un esfuerzo adicional para reconducir su relación y reducir la crispación que parece empapar a la sociedad española. Sólo si hay una verdadera cooperación de todos se podrá desterrar el viejo axioma de que más vale un arma cargada que un buen informe jurídico. Y las víctimas de esta última guerra, que ojalá sean las menos posibles, no habrán caído en vano.

Fuente: Expansión
21/03/03

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