Seguridad Colectiva
y Defensa Nacional
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La guerra: tragedia,
fracaso y esperanza
Cuando el 11 de
septiembre de 2001 los aviones de pasajeros tripulados por terroristas
de Al Qaeda se estrellaron contra las Torres Gemelas en Nueva York y
contra el Pentágono, en Washington, no sólo provocaron varios miles de
muertos y el derrumbamiento de emblemáticos símbolos del poder económico
y militar del país más poderoso del mundo, sino que pusieron en cuestión
el pilar fundamental sobre el que se apoyaba el orden internacional: la
seguridad.
Aquel atentado abrió las puertas a un nuevo escenario, hasta entonces
oculto. Ante la creencia generalmente aceptada de que la desintegración
de la URSS y el fin de la Guerra Fría habían disipado los temores a una
gran amenaza mundial, aparecía en el escenario un nuevo enemigo, el
terrorismo, que demostraba que, en pleno siglo XXI, en el mundo seguimos
siendo vulnerables.
Esta amenaza se hizo aún más patente cuando se recordó que, desde la
caída del Telón de Acero, los países con armas nucleares y de
destrucción masiva, muchos de ellos gobernados por auténticos tiranos,
se habían multiplicado.
La percepción de la amenaza
Si el
terrorismo es por sí solo una amenaza, su combinación con las armas de
destrucción masiva proporcionaba un cóctel realmente peligroso. Desde
entonces, Estados Unidos ha intentado liderar una gran coalición para
combatir a ese nuevo enemigo.
Finalmente, distintos factores, tales como la diferente percepción de la
amenaza, las discrepancias sobre los métodos a utilizar o los propios
intereses personalistas de los líderes que tenían la capacidad de
decisión, han acabado por truncar la posibilidad de una solución
consensuada y multilateral.
El tiempo ha venido a demostrar que la solidaridad que muchos países
comunicaron a Estados Unidos en las horas posteriores al 11-S no era un
cheque en blanco. Habría que preguntarse cuál hubiese sido la respuesta
de los dirigentes y de la opinión pública de los diferentes países si
los terroristas hubiesen estrellado los aviones en los Campos Elíseos de
París, en la Plaza Roja de Moscú o en la moderna Shanghai.
Caen
las bombas
Las
primeras bombas cayeron ayer sobre Irak. Desde el punto de vista humano,
la guerra es una tragedia extraordinaria. El coste en términos de vidas
y de sufrimiento siempre es espantoso. Ni siquiera el potencial consuelo
de un conflicto corto basta para aliviar la turbación.
Winston Churchill, con autoridad moral para hablar del tema, dijo en
cierta ocasión: “Nunca jamás creáis que una guerra puede ser tranquila o
fácil”. Desde el punto de vista internacional, el ataque es la prueba
palpable de un monumental fracaso.
El fracaso que supone que la comunidad internacional se haya mostrado
incapaz de desarmar al régimen de Sadam Husein por medios pacíficos.
Fracaso es también el hecho de que la iniciativa de la guerra no cuente
con el respaldo de la ONU. La imposibilidad de arbitrar un modelo
consensuado para hacer frente a la amenaza ha quebrado los cimientos de
algunos organismos en los que se ha basado tanto la seguridad como el
orden mundial en los últimos años.
En cualquier caso, parece un anacronismo que sólo cinco países, con
capacidad de veto, puedan dirigir los destinos de una organización como
Naciones Unidas.
La
posición de España
Mucho se
ha discutido en los últimos meses sobre los intereses que han llevado al
presidente Aznar a implicar a España en una guerra, apoyando a la
Administración Bush. Hay varias razones que avalan la posición de Aznar.
La primera de ellas es una razón de principios.
Aznar percibe el terrorismo como una amenaza. El millar de muertos que
soporta la sociedad española es una buena razón para no inhibirse.
Implicar a la comunidad internacional en general y a Estados Unidos en
particular en la lucha contra el terrorismo puede ser un elemento
fundamental para acabar con uno de los problemas que más han preocupado
a los españoles durante las últimas décadas: ETA.
Este apoyo de Estados Unidos no tiene por qué poner en peligro la buena
colaboración con Francia, ya que este país ha asumido desde hace varios
años que el problema del terrorismo vasco también es suyo.
La presencia en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha sido otro
de los elementos que ha determinado la posición de Aznar. Después de
muchos años sin pronunciarse en la escena internacional, España se ha
encontrado en el momento oportuno en un lugar en el que era preciso
retratarse.
Tenía que optar por convertirse una vez más en comparsa de Alemania y
Francia o jugar en la primera división de la política tomando una
posición activa. Y fue esta segunda opción la que eligió Aznar en su
momento, convencido no sólo de que era la más adecuada sino de que
contaría al final con un amplio respaldo. En cualquier caso, no sería
justo decir que Bush, Blair y Aznar están solos en esta causa. Hay una
treintena de países que apoyan el ataque.
Consecuencias económicas
Las
consecuencias económicas que tendrá el conflicto son difíciles de
evaluar. Todos los analistas coinciden en que un desenlace rápido del
conflicto despejaría incertidumbres e inyectaría una buena dosis de
confianza, no sólo en los mercados, sino en los inversores, lo que
podría traducirse en una búrbuja positiva de estabilidad.
Sin embargo, la guerra no será la solución si el mundo no es capaz de
hacer frente a los problemas de fondo que perduran. El déficit público y
comercial de Estados Unidos y los problemas por los que atraviesa
Alemania son cuestiones que la mejora del clima de confianza por sí sola
no puede resolver.
Un
mundo mejor
En el
actual escenario de guerra y caos queda, sin embargo, margen para la
esperanza. El principio de la guerra es el final de un régimen
detestable. Es seguro que sin Sadam el mundo será más seguro.
Pero para ello será preciso cerrar las enormes brechas abiertas en la
comunidad de países. Todas las partes deberán cooperar para recomponer
en lo posible los platos rotos del orden internacional y las
instituciones. Gran parte de las esperanzas de que el mundo, después de
esto, sea un lugar más justo, más tolerante y pacífico están depositadas
en la capacidad que tengan todos los países de articular un modelo
representativo de relación que establezca las prioridades y los métodos
para construir un nuevo orden.
Naciones Unidas no debiera ser sólo un argumento para legitimar un
ataque, sino un organismo eficaz capaz de poner orden en el territorio
sin levantar crispación. En este sentido, será necesario que Estados
Unidos haga una evaluación sobre lo que significa en la zona el
conflicto árabe-israelí y ponga todos los medios a su disposición para
resolver una guerra que durante décadas ha sembrado el odio en Oriente
Próximo.
En el campo nacional, Gobierno y oposición deberán hacer un esfuerzo
adicional para reconducir su relación y reducir la crispación que parece
empapar a la sociedad española. Sólo si hay una verdadera cooperación de
todos se podrá desterrar el viejo axioma de que más vale un arma cargada
que un buen informe jurídico. Y las víctimas de esta última guerra, que
ojalá sean las menos posibles, no habrán caído en vano.
Fuente: Expansión
21/03/03