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Lunes 31 de marzo de 2003


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

Sólo los cuerdos van a la guerra

Un equipo de psicólogos vela en el frente para que el estrés y los ataques de pánico no afecten a los soldados

 

Pilota un Bradley, el blindado que utiliza la infantería para llevar a las tropas al combate cuerpo a cuerpo. Pero ha llegado, en medio de la tormenta, hasta el tanque ambulancia algo fuera de sí mismo. Se le están acabando las pastillas de Zyban y le pide al practicante que le consiga más dosis cuanto antes. «Ya sabe, el tabaco...», dice justificando su premura.

La facultativa Casmear asiente. «Seguro. Mañana, trataré de conseguirlo. Ahora no tengo». El tipo da un gracias de contrariedad. La teniente comprende el mal humor. En el frente, Zyban es la palabra código para antidepresivo. «Nadie quiere admitir que los toman y piden la marca con la que se vende para los que tratan de dejar de fumar», explica. El fármaco contiene dosis pequeñas de seratonin, el mismo componente del Welbutrin, una marca popular en las farmacias civiles.

«Te sorprenderías de cuántos individuos toman antidepresivos aquí», asegura el capitán Thomas Longo. Las depresiones, las crisis de pánico y el estrés se hacen especialmente comunes cuando la ofensiva militar toma un respiro como el actual.

Longo es el jefe del equipo de psiquiatras encargado de velar por el buen estado mental de las unidades de combate. En la primera semana de guerra ya ha tratado a siete individuos. Algunos llegaron hasta aquí con un historial de problemas psicológicos.

La batalla ha disparado los niveles de estrés y Longo reexamina como puede a los soldados para asegurarse de que sean funcionales para la próxima contienda. «Por cada herido en combate, se produce también un caso de estrés grave», asegura.

En el frente, los facultativos son más generosos con los niveles recomendables de estrés. Funcionalidad es la palabra. «Mi misión es asegurarme de que puedan cumplir con la misión, pero también evitar que ésta se vea afectada por un excesivo nivel de bajas psiquiátricas».

Después de cada batalla, Longo realiza sesiones de terapia; entrevistas con los soldados. «Es importante que liberen sus sentimientos y que verbalicen lo que han visto. Cuanto más hablen ahora, menos lacras arrastrarán para el futuro».

Antes de la invasión, el equipo de psicólogos realizó terapias de grupo entre los grupos de infantería y caballería. «Aunque el entrenamiento con fuego real endurece su resistencia al estrés, ninguno de ellos se ha visto jamás en una situación con víctimas reales».

El cansancio y los ataques de pánico también se han convertido en carta común. La larga marcha emprendida por la Tercera División en los primeros días de la ofensiva ha provocado agotamiento mental y fue la causa de múltiples accidentes en la carretera, la principal causa de bajas para los norteamericanos. Longo ha tenido que devolver a dos personas a casa por problemas severos de pánico.

El equipo de psicólogos teme especialmente las largas pausas en el combate. «Estos momentos son más peligrosos. La gente empieza a darle vueltas a lo que ha visto y crece además la incertidumbre. Una vez termine la guerra, la situación puede ser peor si nos quedamos estacionados mucho tiempo».

El 5% de los combatientes de esta guerra arrastrarán problemas psicológicos de por vida. «Otro porcentaje muy alto tendrá las llamadas reacciones normales para una situación anormal». De vuelta a casa habrá más casos de alcoholismo y abusos.

Para ayudar a matar la ansiedad el Ejército confía en la nicotina. Las reglas sobre el tabaco son altamente permisivas. Junto a las toallas húmedas, el paquete de Marlboro Rojo es el bien más codiciado. Y empieza a escasear. «No hay problema. Estamos bien aprovisionados de Zyban».

Fuente: El Mundo
29/03/2003

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