Seguridad Colectiva
y Defensa Nacional
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Sólo los cuerdos
van a la guerra
Un equipo de
psicólogos vela en el frente para que el estrés y los ataques de pánico
no afecten a los soldados
Pilota
un Bradley, el blindado que utiliza la infantería para llevar a las
tropas al combate cuerpo a cuerpo. Pero ha llegado, en medio de la
tormenta, hasta el tanque ambulancia algo fuera de sí mismo. Se le están
acabando las pastillas de Zyban y le pide al practicante que le consiga
más dosis cuanto antes. «Ya sabe, el tabaco...», dice
justificando su premura.
La
facultativa Casmear asiente. «Seguro. Mañana, trataré de conseguirlo.
Ahora no tengo». El tipo da un gracias de contrariedad. La teniente
comprende el mal humor. En el frente, Zyban es la palabra código para
antidepresivo. «Nadie quiere admitir que los toman y piden la marca
con la que se vende para los que tratan de dejar de fumar», explica.
El fármaco contiene dosis pequeñas de seratonin, el mismo componente del
Welbutrin, una marca popular en las farmacias civiles.
«Te
sorprenderías de cuántos individuos toman antidepresivos aquí», asegura
el capitán Thomas Longo. Las depresiones, las crisis de pánico y el
estrés se hacen especialmente comunes cuando la ofensiva militar toma un
respiro como el actual.
Longo
es el jefe del equipo de psiquiatras encargado de velar por el buen
estado mental de las unidades de combate. En la primera semana de
guerra ya ha tratado a siete individuos. Algunos llegaron hasta aquí con
un historial de problemas psicológicos.
La
batalla ha disparado los niveles de estrés y Longo reexamina como puede
a los soldados para asegurarse de que sean funcionales para la próxima
contienda. «Por cada herido en combate, se produce también un caso de
estrés grave», asegura.
En
el frente, los facultativos son más generosos con los niveles
recomendables de estrés. Funcionalidad es la palabra. «Mi misión es
asegurarme de que puedan cumplir con la misión, pero también evitar que
ésta se vea afectada por un excesivo nivel de bajas psiquiátricas».
Después
de cada batalla, Longo realiza sesiones de terapia; entrevistas con los
soldados. «Es importante que liberen sus sentimientos y que verbalicen
lo que han visto. Cuanto más hablen ahora, menos lacras arrastrarán para
el futuro».
Antes de
la invasión, el equipo de psicólogos realizó terapias de grupo entre los
grupos de infantería y caballería. «Aunque el entrenamiento con fuego
real endurece su resistencia al estrés, ninguno de ellos se ha visto
jamás en una situación con víctimas reales».
El
cansancio y los ataques de pánico también se han convertido en carta
común. La larga marcha emprendida por la Tercera División en los
primeros días de la ofensiva ha provocado agotamiento mental y fue la
causa de múltiples accidentes en la carretera, la principal causa de
bajas para los norteamericanos. Longo ha tenido que devolver a dos
personas a casa por problemas severos de pánico.
El
equipo de psicólogos teme especialmente las largas pausas en el combate.
«Estos momentos son más peligrosos. La gente empieza a darle vueltas
a lo que ha visto y crece además la incertidumbre. Una vez termine la
guerra, la situación puede ser peor si nos quedamos estacionados mucho
tiempo».
El 5%
de los combatientes de esta guerra arrastrarán problemas psicológicos de
por vida. «Otro porcentaje muy alto tendrá las llamadas reacciones
normales para una situación anormal». De vuelta a casa habrá más casos
de alcoholismo y abusos.
Para
ayudar a matar la ansiedad el Ejército confía en la nicotina. Las reglas
sobre el tabaco son altamente permisivas. Junto a las toallas húmedas,
el paquete de Marlboro Rojo es el bien más codiciado. Y empieza a
escasear. «No hay problema. Estamos bien aprovisionados de Zyban».
Fuente: El Mundo
29/03/2003