Seguridad Colectiva
y Defensa Nacional
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¿Irak? ¿Napoleón?
Estamos hablando de
Irak. De como los iraquíes, una vez comprobado que Sadam Hussein no
tiene futuro, se rebelarán contra sus opresores y recibirán con júbilo y
como liberadoras a las tropas anglo-americanas. Al fin y al cabo, el de
Sadam es un régimen terrible y nada más lógico que los ciudadanos
sientan una gran alegría al desembarazarse de ese yugo. ¿Seguro?
No
hace falta ir demasiado lejos para darse cuenta de que los pueblos no
tienen por qué reaccionar necesariamente de esa manera. En realidad,
para encontrar el mejor ejemplo no tenemos por qué salir de casa, de
nuestros campos y ciudades.
En 1808
Napoleón entró en la península con ánimo de subyugar Portugal y
completar así su cerco al Reino Unido. Sin embargo y dándose cuenta de
la inestabilidad de la Corona borbónica, el Emperador decidió
asegurar la colaboración española sustituyendo el sistema vigente,
sumido todavía en los usos y costumbres del barroco y en un absolutismo
inoperante, por uno más moderno y más civilizado.
Napoleón tenía mucho que ofrecer. Educación, un sistema legal
igualitario y homogéneo, reformas económicas, fin de la Inquisición, un
estado plenamente seglar, supresión de la servidumbre, sufragio
universal (masculino)... Era una oferta que, en principio, debía
entusiasmar a una población sumida todavía en condiciones feudales. Pero
no fue así. Todos lo hemos aprendido en el colegio.
Los
españoles, en vez de agasajar a los franceses como liberadores, los
rechazaron como invasores que incluso habían traicionado la legalidad
internacional al saltarse el Tratado vigente entre sus respectivos
monarcas. Una gente cuyas intenciones nadie creía tan filantrópicas
como se presentaban.
Napoleón había subestimado en primer lugar los sentimientos religiosos
del pueblo español. Su «sociedad atea» no era algo que el pueblo
católico fuera aceptar de pronto, menos aún por imposición. Entre las
masas no se manejaba al principio el concepto moderno de «Nación»,
pero esta idea calaría rápidamente desde los círculos afrancesados
(buena paradoja) que trataban de utilizarla como una palanca para
conseguir la democratización del país.
Lo
cierto es que Napoleón se equivocó, no solo al valorar los sentimientos
de un pueblo, sino sobre las fuerzas necesarias para vencer su
resistencia. La superioridad técnica del Ejército galo era
abrumadora, pero se vieron envueltos en todo el país por las guerrillas
y las ciudades resultaban difíciles de tomar si no era con bajas
tremendas o tras cercos de varios meses. Una resistencia que no remitía
con el tiempo sino que fue creciendo incluso cuando José había sido
re-entronizado como nuevo Rey, bastante más liberal y amable que los
exilados Borbones.
Lo que
sucedió hace doscientos años no tiene por qué repetirse ahora. Pero
nunca ha sido un buen consejo creer que los demás piensan y sienten como
uno mismo. Los pueblos suelen resistirse a las «liberaciones» impuestas
por armas ajenas. Es lo que dice nuestra historia.
José Manuel Costa
Fuente: ABC
30/03/2003