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Lunes 31 de marzo de 2003


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

¿Irak? ¿Napoleón?

Estamos hablando de Irak. De como los iraquíes, una vez comprobado que Sadam Hussein no tiene futuro, se rebelarán contra sus opresores y recibirán con júbilo y como liberadoras a las tropas anglo-americanas. Al fin y al cabo, el de Sadam es un régimen terrible y nada más lógico que los ciudadanos sientan una gran alegría al desembarazarse de ese yugo. ¿Seguro?

No hace falta ir demasiado lejos para darse cuenta de que los pueblos no tienen por qué reaccionar necesariamente de esa manera. En realidad, para encontrar el mejor ejemplo no tenemos por qué salir de casa, de nuestros campos y ciudades.

En 1808 Napoleón entró en la península con ánimo de subyugar Portugal y completar así su cerco al Reino Unido. Sin embargo y dándose cuenta de la inestabilidad de la Corona borbónica, el Emperador decidió asegurar la colaboración española sustituyendo el sistema vigente, sumido todavía en los usos y costumbres del barroco y en un absolutismo inoperante, por uno más moderno y más civilizado.

Napoleón tenía mucho que ofrecer. Educación, un sistema legal igualitario y homogéneo, reformas económicas, fin de la Inquisición, un estado plenamente seglar, supresión de la servidumbre, sufragio universal (masculino)... Era una oferta que, en principio, debía entusiasmar a una población sumida todavía en condiciones feudales. Pero no fue así. Todos lo hemos aprendido en el colegio.

Los españoles, en vez de agasajar a los franceses como liberadores, los rechazaron como invasores que incluso habían traicionado la legalidad internacional al saltarse el Tratado vigente entre sus respectivos monarcas. Una gente cuyas intenciones nadie creía tan filantrópicas como se presentaban.

Napoleón había subestimado en primer lugar los sentimientos religiosos del pueblo español. Su «sociedad atea» no era algo que el pueblo católico fuera aceptar de pronto, menos aún por imposición. Entre las masas no se manejaba al principio el concepto moderno de «Nación», pero esta idea calaría rápidamente desde los círculos afrancesados (buena paradoja) que trataban de utilizarla como una palanca para conseguir la democratización del país.

Lo cierto es que Napoleón se equivocó, no solo al valorar los sentimientos de un pueblo, sino sobre las fuerzas necesarias para vencer su resistencia. La superioridad técnica del Ejército galo era abrumadora, pero se vieron envueltos en todo el país por las guerrillas y las ciudades resultaban difíciles de tomar si no era con bajas tremendas o tras cercos de varios meses. Una resistencia que no remitía con el tiempo sino que fue creciendo incluso cuando José había sido re-entronizado como nuevo Rey, bastante más liberal y amable que los exilados Borbones.

Lo que sucedió hace doscientos años no tiene por qué repetirse ahora. Pero nunca ha sido un buen consejo creer que los demás piensan y sienten como uno mismo. Los pueblos suelen resistirse a las «liberaciones» impuestas por armas ajenas. Es lo que dice nuestra historia.

José Manuel Costa
Fuente: ABC
30/03/2003

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