Seguridad Colectiva
y Defensa Nacional
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Grandeza y servidumbre de la democracia
El recurso a
Platón para conocer la génesis de la democracia
La democracia es la forma de gobierno existente en todos los países
del mundo, puede parecer una paradoja, porque desde la personal
percepción de cada uno hay estados que tienen un régimen, como por
ejemplo Irak, que se aleja mucho del concepto existente de democracia.
Pero para Sadam Hussein y el partido Baas, su país es una democracia.
La España de Franco era una democracia orgánica, con elecciones y
referendum.
En estos tiempos que corren, con manifestaciones violentas, gritos,
improperios, amenazas, y un largo etcétera, en aras de la paz, parece
cuanto menos un contrasentido. En esa espiral de violencia colectiva que
rodea al mundo alrededor de la desgraciada crisis de Irak -me atengo a
la consideración de que la guerra no ha sido declarada, por lo que
jurídicamente no hay guerra-, se increpa al adversario político que no
tiene su mismo pensamiento con respecto a la contienda y se llena la
boca del concepto democracia para asentar firmemente unas ideas.
Muchas veces he recurrido a Platón, sí, el filósofo griego de antes de
Cristo, para buscar una respuesta coherente. Compré sus obras completas
en 1969, y de sus libros “La república, o de la justicia” bebí
muchas nociones de derecho político, y me hicieron ver, que la
democracia orgánica no era tal democracia por mucho que así se le
dijese. El profesor, José Antonio Míguez, prologó estas obras completas,
y certeramente resumió casi el libro octavo de “La república” con estas
palabras sobre la democracia: “El mayor peligro de la democracia
radica, al decir de Platón, en su misma debilidad interna; es indulgente
y benigna y permite que la exceisva libertad prepare el campo a los
demagogos y a los tiranos”. España vive una democracia como
nunca la ha vivido, existe el derecho a discrepar, pero se disponen de
una reglas de convivencia que es obligado respetar, como decía Platón:
“Vaya, pues, quien quiera a un régimen democrático, donde podrá
elegir, como en un bazar, el sistema que más le agrade. Una vez que lo
haya elegido, se asentará en él y se adaptará a sus leyes".
Hay una reflexión española, muy tradicional, que dice “que el que
grita pierde la razón”. Es bueno discrepar y más cuando se está en
contra de esta cruda contienda, en donde se difumina de alguna manera de
qué parte está la razón, aceptado por casi todos que Sadam Hussein es un
tirano y no merece gobernar, pero las imágenes del sufriente pueblo
iraquí nos hace estremecer y pensar si no son demasiados los medios que
se han puesto para derrocar al dictador. También habla Platón del tirano
y dictador, concretamente en su libro noveno de “La república”.
Esta pasión española por las ideas, esa confrontación permanente con el
“otro yo”, con el hermano, es una constante en la historia de nuestro
país. Esa misma dicotomía permanente en los pueblos, principalmente del
sur y levante, de los “blanquillos y los negrillo”; “azules y
morados”; incluso de la “Cruz de arriba y la Cruz de abajo”;
o del “Cristo y la Virgen”, llegando hasta no hablarse un hermano
de otro por pertenecer al bando contrario.
Unamuno y Ortega y Gasset, dos grandes pensadores españoles del
siglo XX, trataron en algunos de sus artículos esa disposición española
hacia la controversia violenta, cuando, como columnistas de diarios
nacionales y locales, opinaban sobre la Primera Guerra Mundial. También
ellos se sorprendían de esa violencia verbal y física, de ese
intento de anulación del adversario y la consideración de que cada uno
de los españoles llevaban la razón, aunque su pensamiento fuera
diametralmente contrario al de otro.
Los líderes políticos y en general toda la clase política, que
pretende representar las ideas de todos los españoles, deben atemperar
sus expresiones y deben conseguir en las Cortes y en las urnas, la
aprobación de sus pensamientos, pero nunca la democracia debe pasar por
la violencia de la calle, porque entonces nos encontrariamos en las
prácticas leninistas, que preconizan que con un puñado de agitadores se
hace caer al más firme régimen. Un partido que gobierna, cuando no está
seguro de algunas de sus decisiones tenga la anuencia de la mayoría de
la población, debe recurrir a las urnas, bien al referendum por una
decisión, como fue la entrada en la OTAN del partido socialista, o a la
elección de nuevos representantes que sigan el rumbo fijado o lo
modifiquen. Pero la democracia no se merece las escenas que vivimos.
Rafael Vidal Delgado
Coronel de Artillería en la Reserva
Diplomado de Estado Mayor y de Estados Mayores Conjuntos
Doctor en Historia
Director de I+D+i. BELT IBÉRICA S.A.
rvidal@belt.es