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Sábado 29 de marzo de 2003


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

Grandeza y servidumbre de la democracia

El recurso a Platón para conocer la génesis de la democracia

La democracia es la forma de gobierno existente en todos los países del mundo, puede parecer una paradoja, porque desde la personal percepción de cada uno hay estados que tienen un régimen, como por ejemplo Irak, que se aleja mucho del concepto existente de democracia. Pero para Sadam Hussein y el partido Baas, su país es una democracia. La España de Franco era una democracia orgánica, con elecciones y referendum.

En estos tiempos que corren, con manifestaciones violentas, gritos, improperios, amenazas, y un largo etcétera, en aras de la paz, parece cuanto menos un contrasentido. En esa espiral de violencia colectiva que rodea al mundo alrededor de la desgraciada crisis de Irak -me atengo a la consideración de que la guerra no ha sido declarada, por lo que jurídicamente no hay guerra-, se increpa al adversario político que no tiene su mismo pensamiento con respecto a la contienda y se llena la boca del concepto democracia para asentar firmemente unas ideas.

Muchas veces he recurrido a Platón, sí, el filósofo griego de antes de Cristo, para buscar una respuesta coherente. Compré sus obras completas en 1969, y de sus libros “La república, o de la justicia” bebí muchas nociones de derecho político, y me hicieron ver, que la democracia orgánica no era tal democracia por mucho que así se le dijese. El profesor, José Antonio Míguez, prologó estas obras completas, y certeramente resumió casi el libro octavo de “La república” con estas palabras sobre la democracia: “El mayor peligro de la democracia radica, al decir de Platón, en su misma debilidad interna; es indulgente y benigna y permite que la exceisva libertad prepare el campo a los demagogos y a los tiranos”. España vive una democracia como nunca la ha vivido, existe el derecho a discrepar, pero se disponen de una reglas de convivencia que es obligado respetar, como decía Platón: “Vaya, pues, quien quiera a un régimen democrático, donde podrá elegir, como en un bazar, el sistema que más le agrade. Una vez que lo haya elegido, se asentará en él y se adaptará a sus leyes".

Hay una reflexión española, muy tradicional, que dice “que el que grita pierde la razón”. Es bueno discrepar y más cuando se está en contra de esta cruda contienda, en donde se difumina de alguna manera de qué parte está la razón, aceptado por casi todos que Sadam Hussein es un tirano y no merece gobernar, pero las imágenes del sufriente pueblo iraquí nos hace estremecer y pensar si no son demasiados los medios que se han puesto para derrocar al dictador. También habla Platón del tirano y dictador, concretamente en su libro noveno de “La república”.

Esta pasión española por las ideas, esa confrontación permanente con el “otro yo”, con el hermano, es una constante en la historia de nuestro país. Esa misma dicotomía permanente en los pueblos, principalmente del sur y levante, de los “blanquillos y los negrillo”; “azules y morados”; incluso de la “Cruz de arriba y la Cruz de abajo”; o del “Cristo y la Virgen”, llegando hasta no hablarse un hermano de otro por pertenecer al bando contrario.

Unamuno y Ortega y Gasset, dos grandes pensadores españoles del siglo XX, trataron en algunos de sus artículos esa disposición española hacia la controversia violenta, cuando, como columnistas de diarios nacionales y locales, opinaban sobre la Primera Guerra Mundial. También ellos se sorprendían de esa violencia verbal y física, de ese intento de anulación del adversario y la consideración de que cada uno de los españoles llevaban la razón, aunque su pensamiento fuera diametralmente contrario al de otro.

Los líderes políticos y en general toda la clase política, que pretende representar las ideas de todos los españoles, deben atemperar sus expresiones y deben conseguir en las Cortes y en las urnas, la aprobación de sus pensamientos, pero nunca la democracia debe pasar por la violencia de la calle, porque entonces nos encontrariamos en las prácticas leninistas, que preconizan que con un puñado de agitadores se hace caer al más firme régimen. Un partido que gobierna, cuando no está seguro de algunas de sus decisiones tenga la anuencia de la mayoría de la población, debe recurrir a las urnas, bien al referendum por una decisión, como fue la entrada en la OTAN del partido socialista, o a la elección de nuevos representantes que sigan el rumbo fijado o lo modifiquen. Pero la democracia no se merece las escenas que vivimos.

Rafael Vidal Delgado
Coronel de Artillería en la Reserva
Diplomado de Estado Mayor y de Estados Mayores Conjuntos
Doctor en Historia
Director de I+D+i. BELT IBÉRICA S.A.
rvidal@belt.es

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