Seguridad Colectiva
y Defensa Nacional
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Partido Este-Oeste
¿Con quién, contra
quién existimos? Los europeos, llevados por la Berezina [río que cruzó
Napoleón en retirada para evitar su derrota total] diplomática del
conflicto iraquí, no saben a qué santos encomendarse y se disputan el
demonio a exorcizar. Nada sería más calamitoso que ocultar a posteriori
la grave crisis de identidad de un Viejo Continente que ya no sabe -o no
sabe todavía- decir "yo". Ni el maravilloso logro de la unificación
monetaria, ni los remiendos institucionales de las "cumbres",
"encuentros" y "convenciones" hacen olvidar la avería mental del primer
conjunto económico del mundo, a ratos cacofónico o paralizado. Es
obligado advertir hasta qué punto el banco de Francfort, los despachos
de Bruselas y el Parlamento de Estrasburgo gestionan un desierto
conceptual. Para hablar con una sola voz, se prevé para dentro de poco
la entronización de una especie de ministro de Asuntos Exteriores...
¿Qué hubiese podido hacer a comienzos de 2003, salvo quedarse callado o
vociferar en el vacío?
El
fortísimo altercado que enrabietó a nuestros ministros y movilizó a la
calle europea enfrentó a dos "bandos", que los periódicos bautizaron
apresuradamente "de la paz" y "de la guerra". En el bando de la
"paz" se alzaban una minoría de gobiernos y una mayoría de encuestados,
imágenes instantáneas de una opinión pública volátil; para ellos, fuesen
pacifistas o partidarios de una Europa-potencia, George Bush era el
principal enemigo. En el bando de la "guerra" había una mayoría de
gobiernos y un puñado de intelectuales, es decir, los fieles de la
Alianza Atlántica y de la solidaridad de las democracias occidentales;
para ellos, el principal enemigo era Sadam Husein. Lejos de ser
anecdótico y limitarse a la cuestión iraquí, este desacuerdo se anuncia
crucial; en el momento álgido de la disputa, Dominique de Villepin
consideró que se enfrentaban "dos visiones del mundo". Una fórmula así
no deja de ser enfática, tiene la intención de referirse a la suma
existencial de nuestros compromisos básicos en política, cultura,
economía y costumbres. Tras haberla utilizado de forma abusiva durante
largo tiempo, los profesores de filosofía evitan hoy invocar una "visión
del mundo", pretensión abarcadora que a menudo procede del cajón de
sastre. Digamos con más sobriedad que ambos "bandos" divergen en su
evaluación de la situación mundial, de los riesgos que amenazan y de los
desafíos a los que hacer frente. De ahí que haya dos estrategias en
competición y a menudo antinómicas sobre el futuro de nuestro
continente.
Francia y Alemania, a las que se han sumado Bélgica y Luxemburgo,
proponen un esquema sencillo y claro de autoafirmación de Europa, que
equivale a una declaración de independencia. Los europeos se definen por
oposición, deben romper con el "Imperio Americano" y convertirse en
paladines de una "multipolaridad" que equilibraría a la única
superpotencia. Rusia, China y el "mundo árabe" supuestamente amigo,
India y Latinoamérica se sumarían a esta coalición antihegemónica que
mantendría en jaque la voluntad de poder estadounidense. Resulta inútil
entrar en detalles. Tras dicho programa se encuentra un análisis que no
puede ser más tradicional, el nuevo equilibrio mundial "multipolar" no
es más que la copia certificada del viejo modelo del equilibrio europeo
dirigido mal que bien por algunas grandes capitales de 1648 a 1914.
El credo antiamericano de esta Europa-potencia combina los lemas
antiimperialistas de la Internacional Comunista de antaño con los
sentimientos de hostil rivalidad que el Quai d'Orsay
cultiva desde siempre contra la pérfida Albión y el acaparador Tío Sam.
En esta misma vena, un gran número de obras francesas, alemanas,
italianas o estadounidenses, tanto de izquierdas como de derechas,
duermen en las bibliotecas y pueblan por oleadas sucesivas las
librerías. Las vituperaciones, ya con un siglo de antigüedad,
dirigidas contra Wall Street y Hollywood apenas se ven refrescadas con
la denuncia contra la CNN, Mc Donald's, Coca-Cola y el FMI.
Generaciones de académicos, desde Georges Duhamel hasta Maurice Druon,
rara vez han olvidado maldecir la incultura yanqui, mientras que, bajo
la batuta de Maurice Thorez y de Toni Negri, los desfavorecidos son
llamados a desfilar contra el "sistema", contra el Kapital, el
imperialismo y la globalización. ¡Corramos, el viejo mundo y los
antiguos pensamientos están delante nuestro!
¿Qué
hay de nuevo bajo el sol del siglo XXI? Nada para los pacifistas y
nada para los partidarios de una Europa-potencia rival de EE UU. Todos
rechazan la argumentación de Washington. El desafío terrorista, cuando
lo tienen en cuenta, incumbe a los medios ordinarios de represión del
gran crimen, a la economía política y a la terapéutica psicológica. A
corto plazo, la Interpol y la colaboración entre las policías nacionales
debe erradicar a los promotores de los atentados suicidas. A largo
plazo, el pauperismo, supuesta causa única del desorden mundial,
incumbe a las medicaciones rivales y complementarias elaboradas en Davos
o en Porto Alegre. Mientras tanto, deberían administrarse unas
necesarias píldoras psiquiátricas a los desgraciados estadounidenses
traumatizados por una sacudida tan grande, obsesionados, neuróticos,
incluso, dependiendo de los diagnósticos, esquizofrénicos o paranoicos.
Así, la caída de las Torres Gemelas pasa por ser un simple suceso, un
poco inflado y dramatizado por su difusión en directo en mundovisión.
Invocar este detalle dos años más tarde como si se tratase de un cambio
decisivo en la política mundial es de mala fe, propio de un "cerebro
de gorrión" caído en un nido de "halcones", o de las
alucinaciones de un país desequilibrado.
¿Y si,
por el contrario, el mayor atentado terrorista de la historia revelase
una mutación fundamental en las relaciones de fuerza, incluso una
mutación en la idea misma del fuerte y de la fuerza? En todo caso,
ésa fue la intuición inmediata del telespectador planetario, que aceptó
sin problemas que se bautizara como Zona Cero al Manhattan devastado.
Nadie objetó a la apelación, nadie reivindicó los derechos de autor, sus
padrinos fueron anónimos y difusos, se aceptaba que se estableciera un
paralelismo entre la aventura de los aviones kamikazes y la explosión de
la última carga experimental atómica unas semanas antes de Hiroshima (en
el desierto de Nuevo México, en un perímetro bautizado como "zona
cero"). El 11 de septiembre de 2001 fue vivido en todo el planeta, fuese
entre risas o entre lágrimas, en el horizonte de un Hiroshima bis, como
la aparición de una capacidad devastadora tan peligrosa como la energía
nuclear, pero ya al alcance de todos.
En
1945, cegado por la terrorífica explosión, Jean-Paul Sartre expresó un
sentimiento muy generalizado: "Hemos vuelto al año 1000, cada mañana
será la víspera del fin de los tiempos". Pero el arma apocalíptica
siguió siendo durante medio siglo el privilegio y el monopolio de un
puñado de grandes y supergrandes, y en nuestro trozo de Europa el
paraguas estadounidense protegía nuestra paz. Ahora, el poder devastador
se "democratiza", basta un cutter, unos cuantos billetes de avión y una
buena dosis de fanatismo para provocar unos daños propios de Hiroshima.
En abril de 1994, lo hemos olvidado, bastaron unos machetes para batir,
ante nuestros ojos, la plusmarca de genocidio (en relación
cantidad/tiempo) en Ruanda. El fin del mundo por rodajas sucesivas está
al alcance de todas las manos, de numerosas bolsas de dinero y de
innumerables chiflados. Así, el futuro de nuestra especie se decide en
la esquina de al lado, en las cafeterías de las universidades, incluso
en la penumbra de los enormes barrios de chabolas que florecen en el
planeta: "Es necesario que cada día, cada minuto, la humanidad acepte
vivir", concluía Sartre, con 55 años de antelación. Sin duda, una
inseguridad tan radical e imprevista excede el marco de los planes de
seguridad habituales.
Time is
not on our side, o dicho de otro modo, el tiempo no está de nuestro
lado. La Providencia es declarada ausente. Estas palabras no habrían
salido de los labios de un presidente estadounidense antes del 11 de
septiembre, porque entonces EE UU avanzaba "with God on our side" , como
cantaba el irónico Bob Dylan. Pasó casi inadvertido, pero Bush utilizó
la fórmula sacrílega en el discurso del estado de la nación, aquel en el
que arremetió contra el eje del mal. En efecto, ¿qué son los célebres
Estados rebeldes sino unos puntos de confluencia donde el tiempo corre
el riesgo de dar marcha atrás? Modernos centros de piratería, cultivan
1) la pasión sin ley por un terrorismo furioso y sin límites,
2) la búsqueda de arsenales de aniquilación masiva conseguidos en el
mercado mundial de la proliferación y 3) la ausencia totalitaria
de escrúpulos ante las masacres de poblaciones, tanto autóctonas como
extranjeras. A menudo rivales, en ocasiones asociados, siempre
narcisistas hasta el autismo, Bin Laden, Sadam Husein y Kim Jong Il
encabezan una lista de nuevos "poseídos" que promete ser larga. Sus
redes traspasan alegremente las fronteras geográficas, ideológicas y
religiosas. Entre el integrismo fanático, el narco-marxismo, el tráfico
de armas, el blanqueo de dinero negro y la corrupción a gran escala
existen puentes y viaductos. Nada hay aquí que autorice el regreso a un
equilibrio de tipo europeo clásico, en el que cada Estado se afirmaba
soberano tras unas fronteras consideradas infalibles.
Más
grave aún: tras los llamados Estados rebeldes se extiende la zona
gris de los Estados-padrinos, que arman y financian; tras los
grupúsculos del terror, Irán, Corea del Norte y el difunto Irak de Sadam
están Rusia, China, Arabia Saudí y Pakistán. La santa alianza de los
Estados comprometidos, sin miedo y sin tacha, en la lucha antiterrorista
proviene de un mito ingenuo: Rusia aterroriza a la población chechena y
su ejército da vía libre a sus impulsos genocidas; en el Tíbet y en el
país de los uigures China patina del mismo modo. Poco a poco, la noción
de fuerza, de su uso y de su afirmación, cambia de sentido. Las
relaciones de fuerza se han convertido en relaciones de destrucción.
Los
"bandos" que han dividido a Europa a causa de la crisis iraquí no son en
absoluto los "de la paz" y "de la guerra", sino que agrupan exactamente
a los rezagados del 10 de septiembre y a los despertados por el 11.
Los primeros, con Francia y Alemania a la cabeza, sueñan con un mundo
regido por una "multipolaridad" de potencias soberanas que, contra el nº
1, se garanticen mutuamente la facultad de hacer cualquier cosa en el
ámbito que pretenden dominar: cada uno es rey en su casa, cada carnicero
cuenta con su rebaño, y Sadam, con su pueblo. Frente a ellos, los
"coaligados", con EE UU e Inglaterra al frente, habían tomado conciencia
de una solidaridad de peligros; aprendieron que una tiranía en Kabul
puede aniquilar el corazón de Nueva York y que el poder destructor
chapucea sin fronteras. El autor de este artículo considera,
evidentemente, que el principio de realidad decide a favor de los hijos
del 11 de septiembre. No espera en absoluto convencer a sus lectores con
estas páginas, sino simplemente darles motivos para pensar, aunque sea a
costa suya.
André
Glucksman
Filósofo
francés
Fuente: El País
05-05-2003