Seguridad Pública y Protección Civil
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Grave aumento de
los delitos violentos cometidos por jóvenes
Un
estudio policial advierte que desde el año 1992 hasta 2002, la cifra se
ha duplicado - La mitad de estos menores vive con sus padres

Que la
delincuencia en España es una de las grandes preocupaciones actuales de
los responsables políticos no es novedad. Pero sí que durante los
últimos años, especialistas en analizar la realidad de la violencia en
las calles han constatado ya que se ha producido un fuerte incremento en
cuanto a la participación de menores en la comisión de delitos
violentos.
Según los
datos recogidos por el Instituto de Estudios de Seguridad y Policía
(dependiente del Sindicato Unificado de la Policía), este fenómeno es
uno de los más destacados, además de que, según este organismo, se ha
producido una leve disminución en los índices generales de delincuencia
con respecto a los mismos periodos del pasado año.
Según
este informe, durante el 2002, los diferentes cuerpos policiales
(estatales y autonómicos) practicaron en España un total de 28.025
detenciones de jóvenes menores de 18 años como presuntos autores de una
infracción penal. Esta cifra supone el 11% de todas las detenciones
practicadas durante ese mismo periodo, algo más de 255.000.
La
criminalidad juvenil ha subido casi un 2% con respecto al año anterior.
Pese a que lo que más aumenta son los hurtos, los analistas han
constatado el importante incremento en el conjunto de delitos violentos.
Así, aumentan significativamente los delitos de lesiones (9,1%) y de
homicidios (69 casos, que representan un incremento del 11,3% sobre
2001).
Según
el Observatorio de la Seguridad Pública, el conjunto de delitos
violentos aumentaron significativamente en un 6,4% respecto al año
anterior.
En
cuanto al perfil del joven delincuente -obtenido a partir de los
registros estadísticos policiales del año 2002- sus características
principales son: varón (90,6%), español (79%), sólo el 6,5% declara
consumir sustancias estupefacientes prohibidas, el 30% cuenta con
antecedentes, el 35,4% es analfabeto o sólo sabe leer y escribir y el
64% vive en el domicilio familiar.
Pero
los analistas quieren extraer más conclusiones sobre el crecimiento de
los delitos violentos perpetrados por menores de edad. Así, analizan los
datos y realizan una comparativa desde 1992. A finales de ese año,
siempre referencia porque los índices de criminalidad fueron los más
bajos de la historia de la democracia, el número de detenidos por cada
10.000 jóvenes era de sólo 43.4.Diez años después, esta tasa ha conocido
un fortísimo incremento de casi 40 puntos. Se ha situado en 83.2
detenciones por cada 10.000 jóvenes a finales de 2002.
En
esta trayectoria se observa un primer periodo de incremento moderado
entre los años 1992 y 1996. Pero desde entonces y hasta finales de 2000,
la subida fue vertiginosa.
Según
los datos del Observatorio de la Seguridad Pública, la tasa de delitos
violentos atribuida a menores de 18 años también da muestra de cómo ha
evolucionado este fenómeno desde 1992 hasta el pasado año. Así, en
el año emblemático de la seguridad, el 92, el número de delitos
violentos por cada 10.000 jóvenes estaba situado en ocho. Diez años
después, esta cifra se ha situado en 20,4; más de 12 puntos en 10 años.
En 1997 se produjo un leve descenso en las cifras, pero fue un episodio
casi imaginario ya que al año siguiente los índices de delincuencia de
los menores de 18 años siguieron creciendo.
La
media anual de criminalidad del último quinquenio supone un notable
incremento del 28,7% sobre el quinquenio anterior. Estas cifras dejan
clara la idea del importante cambio cuantitativo que se ha producido
durante los años 1998-2002.
Ese
incremento es también muy elocuente en la tasa de criminalidad. En el
primer periodo fue de 49.1 infracciones por cada 10.000 jóvenes,
mientras que en el segundo la media se elevó hasta las 76.4.
Los
especialistas policiales que han elaborado este informe indican que el
empleo cada vez más frecuente de la violencia física y psíquica en la
actividad delictiva presenta una progresión especialmente alarmante en
el caso de la criminalidad juvenil.
La
progresión expuesta significa que el impacto real de la criminalidad
violenta juvenil fue en 2002 un 155% superior al que hubo en 1992.
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Cuando el fuego
se combate con fuego |
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Antes
que nada, y sin negar la gravedad del fenómeno, hay que
contextualizar. En primer lugar, desde la injustamente vilipendiada
y poco dotada Ley Penal del Menor, se incluye en la cifra de la
llamada delincuencia juvenil a los menores de 18 años. Antes, el
límite era los 16 años de edad. Es decir, se han incrementado los
«menores» en un tramo de edad, 16-18, de especial prevalencia
criminógena. En segundo lugar, no se puede pretender que la
delincuencia de menores siga una trayectoria diferenciada de la de
los adultos.
Hoy
nuestros niños están rodeados de tecnología punta y ropa de marca
pero están sin padre y sin madre, más solos y huérfanos que nunca.
Los adultos sólo aparecen en su vida tarde y mal.Así, crecidos en
una sociedad que presenta el consumo o la autorrealización
individualista en despiadada competencia con el prójimo, madurados
sin seguridades y ayunos de toda suerte de límites, se ven abocados
a comportamientos violentos que a todos nos aterrorizan.
Se
pretende que la escuela y sus sufridos maestros suplan lo que la
familia no pudo o no supo hacer, en unos casos por precariedad
personal o social y en otros por simple comodidad, que en esto no
influye la clase social. Y así, adolescentes sin un duro en el
bolsillo con todo el día por tormento, criados en el consentimiento
de todo, sin capacidad para resistir la más mínima frustración o
diferir gratificación alguna, «aquí, todo ahora ya» parece ser su
lema, son invitados a la gran fiesta del consumo y con los únicos
referentes que presenta la televisión y el cine. Los adultos nos
infantilizamos, renunciando a ser responsables de la educación de
nuestros cachorros y, al tiempo, adultizamos a los niños
pretendiendo que respondan ante las leyes penales cual si de adultos
se tratase.
La
respuesta de una necesaria regeneración moral no ha de venir por la
vía de la ética individualista (competitividad, crecimiento,
autosuficiencia), sino por la recreación de los valores solidarios y
los proyectos comunitarios compartidos, en definitiva, por
reilusionar la sociedad. Ello exige un nuevo modo de hacer política,
de derechas y de izquierdas, una nueva manera de afrontar los
problemas, recreando la cohesión social en una sociedad
pluricultural, recuperando un sano concepto de la autoridad y, desde
luego, apostando por serias políticas sociales de inclusión social
que agoten la fuente de la que se nutre no poca de la delincuencia
de nuestros menores. En definitiva, ética... y presupuestos.
Mientras los niños no voten las políticas de infancia seguirán
siendo cuestión menor. Si no, habremos de resignarnos al «queredlos
cual los hacéis o hacedlos cual los queréis». Mientras sigamos
empeñados en aplicar viejas recetas violentas a nuevos problemas
seguiremos desoyendo el viejo consejo de Gandhi: «Cuando el fuego se
pretende combatir con el fuego todo puede acabar en cenizas». |
Fuente: El Mundo
22/10/2003
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