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Jueves 13 de noviembre de 2003


Seguridad Pública y Protección Civil

Grave aumento de los delitos violentos cometidos por jóvenes

Un estudio policial advierte que desde el año 1992 hasta 2002, la cifra se ha duplicado - La mitad de estos menores vive con sus padres

Que la delincuencia en España es una de las grandes preocupaciones actuales de los responsables políticos no es novedad. Pero sí que durante los últimos años, especialistas en analizar la realidad de la violencia en las calles han constatado ya que se ha producido un fuerte incremento en cuanto a la participación de menores en la comisión de delitos violentos.

Según los datos recogidos por el Instituto de Estudios de Seguridad y Policía (dependiente del Sindicato Unificado de la Policía), este fenómeno es uno de los más destacados, además de que, según este organismo, se ha producido una leve disminución en los índices generales de delincuencia con respecto a los mismos periodos del pasado año.

Según este informe, durante el 2002, los diferentes cuerpos policiales (estatales y autonómicos) practicaron en España un total de 28.025 detenciones de jóvenes menores de 18 años como presuntos autores de una infracción penal. Esta cifra supone el 11% de todas las detenciones practicadas durante ese mismo periodo, algo más de 255.000.

La criminalidad juvenil ha subido casi un 2% con respecto al año anterior. Pese a que lo que más aumenta son los hurtos, los analistas han constatado el importante incremento en el conjunto de delitos violentos. Así, aumentan significativamente los delitos de lesiones (9,1%) y de homicidios (69 casos, que representan un incremento del 11,3% sobre 2001).

Según el Observatorio de la Seguridad Pública, el conjunto de delitos violentos aumentaron significativamente en un 6,4% respecto al año anterior.

En cuanto al perfil del joven delincuente -obtenido a partir de los registros estadísticos policiales del año 2002- sus características principales son: varón (90,6%), español (79%), sólo el 6,5% declara consumir sustancias estupefacientes prohibidas, el 30% cuenta con antecedentes, el 35,4% es analfabeto o sólo sabe leer y escribir y el 64% vive en el domicilio familiar.

Pero los analistas quieren extraer más conclusiones sobre el crecimiento de los delitos violentos perpetrados por menores de edad. Así, analizan los datos y realizan una comparativa desde 1992. A finales de ese año, siempre referencia porque los índices de criminalidad fueron los más bajos de la historia de la democracia, el número de detenidos por cada 10.000 jóvenes era de sólo 43.4.Diez años después, esta tasa ha conocido un fortísimo incremento de casi 40 puntos. Se ha situado en 83.2 detenciones por cada 10.000 jóvenes a finales de 2002.

En esta trayectoria se observa un primer periodo de incremento moderado entre los años 1992 y 1996. Pero desde entonces y hasta finales de 2000, la subida fue vertiginosa.

Según los datos del Observatorio de la Seguridad Pública, la tasa de delitos violentos atribuida a menores de 18 años también da muestra de cómo ha evolucionado este fenómeno desde 1992 hasta el pasado año. Así, en el año emblemático de la seguridad, el 92, el número de delitos violentos por cada 10.000 jóvenes estaba situado en ocho. Diez años después, esta cifra se ha situado en 20,4; más de 12 puntos en 10 años. En 1997 se produjo un leve descenso en las cifras, pero fue un episodio casi imaginario ya que al año siguiente los índices de delincuencia de los menores de 18 años siguieron creciendo.

La media anual de criminalidad del último quinquenio supone un notable incremento del 28,7% sobre el quinquenio anterior. Estas cifras dejan clara la idea del importante cambio cuantitativo que se ha producido durante los años 1998-2002.

Ese incremento es también muy elocuente en la tasa de criminalidad. En el primer periodo fue de 49.1 infracciones por cada 10.000 jóvenes, mientras que en el segundo la media se elevó hasta las 76.4.

Los especialistas policiales que han elaborado este informe indican que el empleo cada vez más frecuente de la violencia física y psíquica en la actividad delictiva presenta una progresión especialmente alarmante en el caso de la criminalidad juvenil.

La progresión expuesta significa que el impacto real de la criminalidad violenta juvenil fue en 2002 un 155% superior al que hubo en 1992.

Cuando el fuego se combate con fuego

Antes que nada, y sin negar la gravedad del fenómeno, hay que contextualizar. En primer lugar, desde la injustamente vilipendiada y poco dotada Ley Penal del Menor, se incluye en la cifra de la llamada delincuencia juvenil a los menores de 18 años. Antes, el límite era los 16 años de edad. Es decir, se han incrementado los «menores» en un tramo de edad, 16-18, de especial prevalencia criminógena. En segundo lugar, no se puede pretender que la delincuencia de menores siga una trayectoria diferenciada de la de los adultos.

Hoy nuestros niños están rodeados de tecnología punta y ropa de marca pero están sin padre y sin madre, más solos y huérfanos que nunca. Los adultos sólo aparecen en su vida tarde y mal.Así, crecidos en una sociedad que presenta el consumo o la autorrealización individualista en despiadada competencia con el prójimo, madurados sin seguridades y ayunos de toda suerte de límites, se ven abocados a comportamientos violentos que a todos nos aterrorizan.

Se pretende que la escuela y sus sufridos maestros suplan lo que la familia no pudo o no supo hacer, en unos casos por precariedad personal o social y en otros por simple comodidad, que en esto no influye la clase social. Y así, adolescentes sin un duro en el bolsillo con todo el día por tormento, criados en el consentimiento de todo, sin capacidad para resistir la más mínima frustración o diferir gratificación alguna, «aquí, todo ahora ya» parece ser su lema, son invitados a la gran fiesta del consumo y con los únicos referentes que presenta la televisión y el cine. Los adultos nos infantilizamos, renunciando a ser responsables de la educación de nuestros cachorros y, al tiempo, adultizamos a los niños pretendiendo que respondan ante las leyes penales cual si de adultos se tratase.

La respuesta de una necesaria regeneración moral no ha de venir por la vía de la ética individualista (competitividad, crecimiento, autosuficiencia), sino por la recreación de los valores solidarios y los proyectos comunitarios compartidos, en definitiva, por reilusionar la sociedad. Ello exige un nuevo modo de hacer política, de derechas y de izquierdas, una nueva manera de afrontar los problemas, recreando la cohesión social en una sociedad pluricultural, recuperando un sano concepto de la autoridad y, desde luego, apostando por serias políticas sociales de inclusión social que agoten la fuente de la que se nutre no poca de la delincuencia de nuestros menores. En definitiva, ética... y presupuestos. Mientras los niños no voten las políticas de infancia seguirán siendo cuestión menor. Si no, habremos de resignarnos al «queredlos cual los hacéis o hacedlos cual los queréis». Mientras sigamos empeñados en aplicar viejas recetas violentas a nuevos problemas seguiremos desoyendo el viejo consejo de Gandhi: «Cuando el fuego se pretende combatir con el fuego todo puede acabar en cenizas».

Fuente: El Mundo
22/10/2003

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