Seguridad Colectiva
y Defensa Nacional
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La industria militar de
EEUU pasa al ataque
La era de los
recortes en gastos de Defensa ha concluido y las corporaciones militares
se preparan para el nuevo escenario. El 11-S y los pactos para la
modernización de la OTAN han desatado una gran ofensiva comercial. Por
Carlos Segovia
Alas 14.56 horas de
aquel 22 de abril de 1999, el general Wesley K. Clark tuvo noticia de
que por fin había sido destruido el estratégico puente serbio Zezljev de
Novi Sad. El mal tiempo había impedido un bombardeo eficaz con la
munición habitual, pero las tres bombas inteligentes -con el sistema
Joint Direct Attack Munition (JDAM)- fabricadas por Boeing habían
logrado concluir el trabajo.
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Reciente despliegue
de soldados estaunidenses en alguna zona de Irak |
Ahora, cuatro años y
medio después, con Slobodan Milosevic en prisión y la Unión Europea
financiando la reconstrucción del puente, Thomas C. McLean Jr., director
de Relaciones Internacionales de este grupo aeronáutico estadounidense,
exhibe orgulloso la precisión de sus bombas sobre aquel puente en las
presentaciones comerciales que realiza de sus productos en su local, en
Wilson Boulevard, en Washington, próximo al Pentágono.
Boeing, como el resto
de gigantes de la industria militar de EEUU, se encuentra inmerso en una
ofensiva comercial para aprovechar el fin de los recortes en gastos de
defensa. No sólo los atentados del 11 de Septiembre, sino los
acuerdos del pasado año en la Cumbre de Praga de modernizar la OTAN,
están impulsando al alza los presupuestos de Defensa. Según el último
informe del Banco Mundial, los países del mundo gastaron en defensa el
pasado año 800.000 millones de dólares, que contrastan con los 56.000
invertidos en ayuda al desarrollo. Y la tendencia es al alza. El
presidente de EEUU, George W. Bush, ya ha impulsado un incremento para
2004 de un 4,2%. Los analistas de JP Morgan han estimado que el
Pentágono dispondrá hasta 2009 de 483.600 millones de dólares, si se
mantiene la misma política.
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El mercado europeo
también promete, aunque las obligaciones de control presupuestario
plantean problemas. «La economía europea está estancada, salvo casos
remarcables como el de España. De Alemania, por ejemplo, lo mejor que se
puede decir es que aún no ha llegado al desastre de Japón», comenta
el provocador analista de la conservadora fundación Heritage, John C.
Hulsman. Pero los pactos en la OTAN implican que la defensa debe figurar
entre las prioridades de gasto de los próximos años para que Estados
Unidos no esté obligado a realizar aportaciones hegemónicas a toda
operación internacional y para que los europeos puedan desarrollar una
defensa autónoma.
«Europa dispone de
millones de soldados que no puede movilizar por su falta de medios para
proyectarlos en misiones fuera de zona. La diferencia en capacidades
entre EEUU y Europa sigue siendo muy amplia y es necesario un mayor
equilibrio», señala el almirante británico Sir Ian Forbes desde su
privilegiado observatorio en la cúpula del cuartel general aliado de
Norfolk (Virginia), responsable de estrategia y transformación de la
OTAN.
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«Estamos en un punto
de inflexión para nuestra industria con el cambio en la evolución de los
presupuestos de defensa; se necesitan nuevos productos militares y
nosotros los podemos ofrecer», afirma Mark Clark, de Raytheon. La
presidenta de la división internacional de este gigante de la
electrónica, Sue Baumgarten, subraya que el mercado de la OTAN «es muy
importante para nuestra compañía» y se muestra «orgullosa» de la
eficacia de algunos de sus productos «en la operación Libertad para
Irak». La industria militar estadounidense muestra sus actividades con
la naturalidad de empresas comerciales cualesquiera.
El presidente de Raytheon,
William H. Swanson, sostiene como máxima que su misión es «el éxito de
nuestros clientes». Y ese lema acompaña a todas las imágenes de misiles
Amraan o Patriot, aviones Predator u otros productos con efectos letales
equipados por el grupo. «No queremos que nuestro país y nuestros aliados
se embarquen en batallas equilibradas. Queremos que nuestros productos
sirvan para destruir en situación de superioridad a todo lo que nos
amenace y después irnos», explica sin tapujos Jon Waldrop, director de
programas internacionales de Lockheed Martin, en su despacho del
edificio Jefferson Davis Highway, en Washington, que la empresa comparte
con oficinas oficiales del Pentágono.
La interrelación en EEUU
entre la industria y el Departamento de Defensa es mucho más explícita
que entre empresas y gobiernos de la Unión Europea. «Nosotros no
vendemos productos sin permiso del Gobierno de EEUU», recuerda
Waldrop.
Para la industria
estadounidense, es crucial que la política no fragmente los mercados
militares. «Nos preocupa que se cree una Europa fortaleza»,
coinciden tanto Waldrop como el vicepresidente de Relaciones
Internacionales de Boeing, Tom Pickering. Hay un argumento operativo.
«Según un informe del Pentágono, no se pudo recurrir a la OTAN para una
operación de la envergadura de Afganistán por la falta de
interoperabilidad en armas y comunicaciones», lamenta el directivo de
Lockheed Martin. Y para que haya esa armonía, los aliados de uno y otro
lado del Atlántico deben pescar sus productos de defensa en las mismas
aguas.
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Por eso no ha gustado
nada a Lockheed Martin, Boeing, Raytheon o General Dynamics, la
iniciativa en el Congreso de EEUU del republicano Duncan Hunter de
obligar por ley al Pentágono a que el 65% de las armas que adquiera se
haya producido en el país.«No, estamos en contra, porque puede ser
contraproducente. Eso puede incitar a los europeos a hacer lo mismo y
cerrarnos su mercado», explica el directivo de Lockheed Martin.
Hunter, presidente del
comité de Servicios Armados en la Cámara de Representantes, quiere con
esta llamada Buy America Rule (regla de compre en América) que con el
aumento presupuestario en defensa se creen más empleos en el país. Pero
en la industria creen que la iniciativa de Hunter responde al clima
preelectoral de EEUU y que no llegará a cuajar. En cualquer caso, ha
comenzado la carrera por colocar mercancía en la vieja y la nueva Europa
y cada uno juega sus bazas:
Un avión indetectable.
El producto estrella que Lockheed Martin quiere colocar en el mercado
europeo es el llamado F-35 Joint Strike Fighter (JSF). Se trata del
primer cazabombardero del mundo indetectable -el actual F-117 es de
menor dimensión y posibilidades- y costará 40 millones de dólares cada
aparato. El Pentágono espera con mimo los primeros vuelos de prueba,
previstos para 2005, y está limitando el número de países con acceso a
esta poderosa máquina de guerra.
Reino Unido, Holanda,
Italia, Dinamarca, Australia, Turquía y Canadá son los socios escogidos
a los que se suman Israel y Singapur como participantes. Lockheed Martin
no ha podido ofrecerlo a Alemania, por las fricciones políticas
desatadas entre Berlín y Washington a raíz de la Guerra de Irak. En todo
caso, el Gobierno alemán ya optó por el Eurofighter, el modelo europeo
que, hasta que entre en servicio el JSF, es la joya área de guerra del
momento.
Lockheed Martin calcula
que el mercado de cazabombarderos en el mundo en los próximos años
supera los 2000 aparatos «y EADS no podrá aportar más de 400
Eurofighter», con lo que ve buenas perspectivas para su producto
estelar. El F-35 podrá atacar de forma simultánea a un número de
objetivos -no revelado- en aire y tierra en cualquier condición
meteorológica. «Tiene tantas posibilidades que ni siquiera sabemos
aún todo lo que podremos hacer con él», afirma el directivo
estadounidense.
Una guerra sin soldados.
Según explica Mark Clark, de Raytheon, en la Guerra de Irak se ha
seguido como sistema de ataque habitual el envío de un comando de
operaciones especiales sobre el terreno. Se señala el objetivo a
bombardear enviando la señal al satélite. Este la transmite al alto
mando que, tras confirmar la necesidad de atacar, da la orden de
destrucción a un F-18. Se hace el trabajo y un avión no tripulado, tipo
Global Hawk, se acerca para evaluar los daños.
Pero sostiene que, en el
futuro, será el satélite el que fijará el objetivo. El mando, que lo
estará viendo en tiempo real, dará la orden de disparar y el encargado
no tendrá por qué ser ya un F-18 o un avión tripulado, sino un caza
Predator sin personas en su interior. «No es que no vaya a haber
soldados, pero se trata de que haya menos gente en las operaciones para
minimizar las bajas.».
Raytheon se considera,
por supuesto, capaz de montar lo necesario para esta nueva guerra del
futuro poniendo «los ojos y oídos» para el ataque con sus sistemas
inteligentes de electrónica y comunicaciones, incluido «evitar al máximo
los daños colaterales», según Clark.
En 2004 comienza el
despliegue del llamado escudo antimisiles de EEUU, en el que Raytheon
tiene importantes intereses y asegura que, pese a la polémica inicial
contra el presidente George W.Bush, «varios países europeos muestran
interés».
Este grupo ofrece
hasta 25 productos para los tres ejércitos, incluidos los misiles
Amraam, capaces de lanzarse por primera vez desde tierra, o los de
defensa naval Evolved SeaSparrow. Y, además, medios para mejorar la
seguridad interna -el 11-S los bomberos no podían hablar con los
policías porque tenían distintas frecuencias de radio- o para protección
de fronteras, como un radar de alta frecuencia que detecta
embarcaciones, aviones o icebergs inesperados en 200 millas.
Raytheon sigue
apostando por nuevos torpedos, «porque la lucha submarina seguirá siendo
importante». El lanzamiento de misiles tomahawk desde submarinos ha
sido decisivo en Irak. «Al menos un tercio de ellos ha sido lanzado
desde debajo del agua», asegura, en su escala en Norfolk, David S. Ratte,
el comandante del USS Minneapolis, un submarino de propulsión nuclear de
EEUU que acaba de regresar de una misión en el Mediterráneo.
La fuerza aérea. La
divión de sistemas integrados de defensa de Boeing ofrece un paquete
pret a porter a los ejércitos mundiales que incluye armas y fuerzas
aéreas, sistemas de inteligencia y reconocimiento y arquitectura de
comunicaciones. El grupo atraviesa una tormenta en EEUU por un presunto
escándalo de espionaje a sus competidores y de corrupción de militares
del Pentágono por aplicar un sobreprecio en el alquiler de aparatos.
Mientras se esclarecen
los hechos, su división de defensa superará por primera vez en ingresos
a la civil este año y asegura que está poniendo en marcha una decena de
sistemas de fuerza aérea. Entre ellos, los nuevos Boeing 737, la nueva
generación de vigilancia. El general Tommy Franks, máximo responsable en
Irak, pudo seguir las operaciones con el sistema de radares JSTARS,
montado sobre Boeing 727, capaces de captar lo que sucedía en tierra a
más de 150 millas.
En este capítulo,
Boeing también mantiene su apuesta por los C-17, que transportaron 2.200
soldados y 400 vehículos al norte de Irak desde Aviano (Italia) el
pasado abril. En ese terreno disputa el mercado a los nuevos A400-M
de Airbus. En el capítulo de ataque, el grupo recuerda que su sistema de
guía de bombas JDAM fue utilizado en 652 bombardeos en la guerra de
Kosovo y el 98% tuvo éxito.
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El complejo
militar-industrial |
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Siempre que
intentemos analizar la política actual de Estados Unidos debemos
tener como referente de partida al 11-S. Cuando hace dos años juró
combatir el terrorismo -«Haremos lo que haga falta, haremos lo que
cueste ... para ganar la primera guerra del siglo XXI», dijo-, el
presidente Bush sabía que el cambio de régimen en Afganistán, y a
continuación en Irak, figuraban sobre la mesa de operaciones del
Pentágono. Y sabía que el presupuesto militar de EEUU, que ya era el
equivalente de la suma de los presupuestos de los 15 siguientes
países en la clasificación de gasto de defensa, crecería
exponencialmente y con ello la exportación de armamento.
El ataque a las
Torres Gemelas marcó un antes y un después. Quienes no estaban con
EEUU estaban en contra. La primera potencia del mundo se protegería
primero a sí misma y después a sus países amigos, rearmándolos según
los casos. Y su ingente industria militar aplastaría a sus enemigos.
«Hubo alguna vez una dominación que no aparecía como algo natural
para aquellos que la ejercían», se preguntaba John Stuart Mill, el
gran liberal inglés en tiempos del súper poderío británico del XIX.
Ante esta cruda
realidad conviene recordar las palabras de despedida del Presidente
Eisenhower cuando en 1961 pasó el testigo al joven John Kennedy.
Eisenhower, general vencedor de la Segunda Guerra Mundial, puso en
boga el término «complejo militar-industrial» que describe la
colaboración entre los militares y los fabricantes de armamento para
incrementar el gasto de defensa. El viejo general advirtió sobre los
riesgos de este complejo: «Nunca deberíamos permitir que el peso de
esta combinación ponga en peligro nuestras libertades o nuestros
procesos democráticos». |
Fuente: El Mundo
09/11/2003
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