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Lunes 03 de noviembre de 2003


Seguridad Pública y Protección Civil

De California a la Luna

Los incendios han dado paso a un paisaje devastado: rocas chamuscadas y esqueletos de árboles / Los equipos de bomberos hacen turnos de 24 horas para intentar sofocar las llamas

 

No hay vida. Rocas chamuscadas, esqueletos de árboles solitarios y poco más. Si no fuera por el ruido de los coches de la autopista colindante uno sentiría la necesidad de llamar a Houston y avisar de una nueva visita humana a la Luna. El paisaje es tan desolador que impresiona. Lo que más sorprende es el silencio, y la quietud. La calma después de la tormenta. Una tormenta de fuego en este caso.

Buscar el frente activo del responsable de esta desolación no es fácil. Tras más de 45 minutos en coche rodeando las colinas quemadas aparece a lo lejos el signo inequívoco de su presencia. Una densa humareda ciega parcialmente la autopista. ¡Eureka! Casi inmediatamente un coche patrulla de la policía de autopistas adelanta por la derecha. Hay que seguirle, seguro que sabe dónde está el mogollón. Seguimos su estela fuera de la autopista y hacia el interior. No hace falta ir más allá. Cinco coches de bomberos están aparcados en batería y la carretera cortada.

Tras acercarme a dos bomberos ambos responden con lo mismo. «Tienes que hablar con el PIO [Oficial de Información Pública]». Me señalan un furgoneta aparcada a unos 100 metros. Da la sensación o de que existe un código de silencio o simplemente nadie quiere ejercer funciones que no son suyas.

Alcanzar la furgoneta resultará una tarea ardua, no por las dificultades orográficas -es todo llano-, sino por las miradas inquisitivas de los bomberos que descansan antes de volver a la actividad. Quizás sospechan que los no familiarizados con el fuego puedan empeorar la situación por negligencia o por el afán de informar.

Ayer ardía una pequeña unidad móvil de la cadena NBC en uno de los incendios y cada día se ve a los reporteros de las cadenas locales -auténticos maestros del dramatismo informativo-, codo con codo con los que luchan por controlar las llamas.

«¿Qué quieres saber?» dice Mick Meuller, también conocido como PIO, el bombero Relaciones Públicas. Se nota. Es el que lleva el disfraz más completo. Un walkie talkie atado en el pecho, gafas de sol, un casco de obrero, botas de combate y una barba de seis días para dar la impresión de que esto es duro. Sin duda lo es, aunque para Mick quizás no tanto como para el resto de bomberos. ¿Por qué nadie habla? «Están cansados», asegura Mick.«Hacemos turnos de 24 horas».

Un ruido de demolición y una polvareda cortan la conversación. A unos 200 metros de distancia en la base de una colina todavía verde, un bulldozer está destrozando el bosque creando una línea recta. «Estamos preparando un cortafuegos», afirma sonriente mientras me indica con el índice. «Es la única forma de parar un incendio de estas dimensiones». Un incendio llamado Simi/Val Verde, que de momento lleva quemados más de 110.000 acres.

Los más de 1.500 bomberos y voluntarios -aunque sólo hay dos docenas a la vista-, destinados a esta zona están esperando que las condiciones climáticas sean las idóneas para empezar unos fuegos de contención. «Es la única solución que tenemos. El agua sirve sólo para ayudar en casos concretos y es muy caro». Según Mick, se llevan gastados casi cinco millones de dólares en este incendio.

De vez en cuando, algún bombero ansioso se pasea arriba y abajo con ganas de entrar en acción. Todos tienen el rostro rojizo y lucen como medallas de guerra las manchas de ceniza y el rebozado de polvo en sus trajes. Es innegable que lo suyo es pura vocación, y más sabiendo que la mayoría gana 25.000 dólares brutos al año.«Es gente que disfruta haciendo un servicio a la sociedad», declara Mick. Los atentados del 11 de Septiembre ha elevado a los bomberos y policías a categoría de héroes nacionales, hagan lo que hagan.

Cerca del cortafuegos está estacionado otro strike team -grupo de cinco vehículos de bomberos-. Dentro se encuentran todos sus efectivos listos para entrar en acción. El humo ha cambiado de dirección y voltea provocador por encima de las cabezas. Siguiendo su atrevido viaje encontramos a dos hombres delante de un edificio curioso al otro lado de la carretera cortada.

«Es un hotel para animales domésticos», explica uno de ellos.«Hace tres días que evacuamos a todos los animales y ahora sólo nos queda esperar». Mike Lovingood es el propietario del hotel, único edificio en la zona y ya ha visto cinco incendios en los 30 años que lleva en el lugar. «No creo que nos pase nada», dice señalando dos mangueras gruesas enroscadas en las vallas de entrada de su hotel. Sin embargo, no puede esconder su preocupación.

El segundo strike team abandona el lugar camino de la acción.Lo hace de forma tranquila, sin sirenas. No hacen falta. Viendo todo esto uno se pregunta sobre el responsable que quiso ser dios y acabó creando un infierno. ¿Y si por aquella de las casualidades les entregaran al culpable? «Habría que dejar paso a la naturaleza humana», contesta Mick. «No puedes evitar que hombres y mujeres que trabajan y arriesgan su vida para evitar tragedias quieran ajustar las cuentas a alguien que no tiene respeto por nada».

Fuente: El Mundo
01/10/2003

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