Seguridad
Corporativa y Protección del
Patrimonio
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El plan del Real
Madrid reduce la agitación de Ultras Sur
Los incidentes
provocados por los violentos casi han desaparecido en las tres últimas
temporadas con la estrategia actual del club
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Ultras Sur durante un partido contra el Barcelona
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El estadio es
grande, le sobran puertas, pero los ultras del Real Madrid sólo pueden
entrar por la 28. Son aproximadamente 700. En otros tiempos, cuando
Ultras Sur tenían una apreciable cuota de poder en el club, cerca de
2.000 fanáticos ocupaban el mismo graderío que ahora, aunque en
circunstancias muy diferentes. No encontraban obstáculos físicos para
moverse en el fondo sur. En realidad, sentían que el estadio era suyo.
Disponían de un cuarto de banderas y levantaban puestos de venta de
parafernalia ultra dentro del Bernabéu. Eran un peligro, por
supuesto, pero los dirigentes del Madrid apreciaban sus servicios como
fuerza de choque, su eficacia como guardia pretoriana, el carácter
disuasorio de sus actuaciones. Eran muchos y eran violentos. Se
consideraban un poder fáctico y así funcionaban, con notoriedad y escasa
vigilancia. Nada les detenía. De hecho, su apogeo fue el comienzo de su
perdición. Ellos fueron los responsables del derribo de la portería
en el partido frente al Borussia de Dortmund, en 1998, un vergonzoso
borrón en la historia del Madrid. Fueron trasladados a las zonas altas
del estadio y luego descendidos a la parte baja de la tribuna. No
ocupaban el fondo sur, pero eran igual de temibles. Un dolor de cabeza.
Un problema difícil de atajar. Con ese panorama se encontró Florentino
Pérez cuando alcanzó la presidencia del Real Madrid.
Pocas semanas
después de las elecciones, el club elaboró un plan de actuación y se lo
dio a conocer al grupo Ultras Sur. Si había un problema, y existían
buenas razones para pensarlo, el Madrid quería tratarlo a través de la
escrupulosa observancia de la ley. Los ultras tendrían que cumplir
las normas, aceptar los códigos que funcionan para el resto de los
socios y perder algunos privilegios muy sensibles. "Queremos 400
entradas en cada partido, una subvención del club y dinero para los
desplazamientos", fue la contestación al plan de los dirigentes del Real
Madrid. "No", fue la respuesta, que vino acompañada de una serie tajante
de medidas: nada de moverse libremente por el estadio, prohibición de
consignas políticas, ninguna subvención, ninguna financiación de viajes
-no es posible beneficiarse del tratamiento de peña cuando Ultras Sur no
es una peña legalmente constituida-, ninguna entrada gratuita,
bienvenido el apoyo desde la grada, supervisado por el club,
naturalmente. Un último detalle: podían regresar al fondo sur.
El club no les
quería en las gradas altas por la amenaza del lanzamiento de objetos, ni
tampoco en lugares donde existiera el peligro de mezclarse con el
público. El fondo sur tenía una ventaja: se podía acotar un sector para
los ultras y disponía de una entrada directa desde la calle, la puerta
28. Sólo ellos acceden al estadio por esa vía.
En algunos
sectores se interpretó como un signo de debilidad de la nueva directiva,
pero los ultras regresaron a su edén particular en condiciones muy
diferentes a las anteriores. Había que cumplir las normas, condición
innegociable para el club. Una norma establece que cualquier socio
envuelto en actos violentos, dentro o fuera del estadio, es expulsado
inmediatamente del Madrid. Otra es de carácter vinculante: los
ultras negocian su abono cada año y de forma individual, con la
obligación de adjuntar su foto. Con el abono reciben un documento de
siete puntos que les compromete bajo firma. Entre esos puntos figura
la retirada del abono en el caso de vulnerar lo establecido por la ley
del Deporte en la prevención de la violencia. También pierden su
abono si ceden el documento a otra persona y ésta se involucra en
acciones antideportivas.
La ausencia en siete
partidos deriva en la expulsión. Los ultras están informados de la media
de reposición de asientos en el estadio. Si la superan, el precio de
reposición se les añade a sus abonos (en los tres últimos años la zona
de los ultras ha sido la mejor conservada del estadio). Con los nuevos
tornos dobles se verifica que cualquier ultra que sale del estadio no
puede entregar su documento a otra persona. Saben también que su zona
está acotada y controlada por 14 guardias de seguridad. Ya no
tienen cuarto de banderas, ni chiringuitos dentro del estadio para
vender su parafernalia. El Madrid está dispuesto a ayudarles
económicamente en la confección de las grandes banderas de animación,
siempre y cuando no exhiban los colores de la bandera española en los
partidos de Liga. Las consecuencias están a la vista: los ultras
prácticamente no han viajado con el equipo en los últimos tres años, no
reciben apoyo económico, ni entradas gratuitas. No hay protagonismo, ni
negocio. Son menos y sólo hace falta acudir al estadio para saberlo: hay
ocasiones en las que el fondo está medio vacío. Por el camino, el número
de incidentes protagonizado por los ultras en el Bernabéu se ha reducido
casi a cero.
Fuente: El País
13.10.03
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