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Jueves 13 de octubre de 2003


Seguridad Corporativa y Protección del Patrimonio

El plan del Real Madrid reduce la agitación de Ultras Sur

Los incidentes provocados por los violentos casi han desaparecido en las tres últimas temporadas con la estrategia actual del club

 

Ultras Sur durante un partido contra el Barcelona

El estadio es grande, le sobran puertas, pero los ultras del Real Madrid sólo pueden entrar por la 28. Son aproximadamente 700. En otros tiempos, cuando Ultras Sur tenían una apreciable cuota de poder en el club, cerca de 2.000 fanáticos ocupaban el mismo graderío que ahora, aunque en circunstancias muy diferentes. No encontraban obstáculos físicos para moverse en el fondo sur. En realidad, sentían que el estadio era suyo. Disponían de un cuarto de banderas y levantaban puestos de venta de parafernalia ultra dentro del Bernabéu. Eran un peligro, por supuesto, pero los dirigentes del Madrid apreciaban sus servicios como fuerza de choque, su eficacia como guardia pretoriana, el carácter disuasorio de sus actuaciones. Eran muchos y eran violentos. Se consideraban un poder fáctico y así funcionaban, con notoriedad y escasa vigilancia. Nada les detenía. De hecho, su apogeo fue el comienzo de su perdición. Ellos fueron los responsables del derribo de la portería en el partido frente al Borussia de Dortmund, en 1998, un vergonzoso borrón en la historia del Madrid. Fueron trasladados a las zonas altas del estadio y luego descendidos a la parte baja de la tribuna. No ocupaban el fondo sur, pero eran igual de temibles. Un dolor de cabeza. Un problema difícil de atajar. Con ese panorama se encontró Florentino Pérez cuando alcanzó la presidencia del Real Madrid.

Pocas semanas después de las elecciones, el club elaboró un plan de actuación y se lo dio a conocer al grupo Ultras Sur. Si había un problema, y existían buenas razones para pensarlo, el Madrid quería tratarlo a través de la escrupulosa observancia de la ley. Los ultras tendrían que cumplir las normas, aceptar los códigos que funcionan para el resto de los socios y perder algunos privilegios muy sensibles. "Queremos 400 entradas en cada partido, una subvención del club y dinero para los desplazamientos", fue la contestación al plan de los dirigentes del Real Madrid. "No", fue la respuesta, que vino acompañada de una serie tajante de medidas: nada de moverse libremente por el estadio, prohibición de consignas políticas, ninguna subvención, ninguna financiación de viajes -no es posible beneficiarse del tratamiento de peña cuando Ultras Sur no es una peña legalmente constituida-, ninguna entrada gratuita, bienvenido el apoyo desde la grada, supervisado por el club, naturalmente. Un último detalle: podían regresar al fondo sur.

El club no les quería en las gradas altas por la amenaza del lanzamiento de objetos, ni tampoco en lugares donde existiera el peligro de mezclarse con el público. El fondo sur tenía una ventaja: se podía acotar un sector para los ultras y disponía de una entrada directa desde la calle, la puerta 28. Sólo ellos acceden al estadio por esa vía.

En algunos sectores se interpretó como un signo de debilidad de la nueva directiva, pero los ultras regresaron a su edén particular en condiciones muy diferentes a las anteriores. Había que cumplir las normas, condición innegociable para el club. Una norma establece que cualquier socio envuelto en actos violentos, dentro o fuera del estadio, es expulsado inmediatamente del Madrid. Otra es de carácter vinculante: los ultras negocian su abono cada año y de forma individual, con la obligación de adjuntar su foto. Con el abono reciben un documento de siete puntos que les compromete bajo firma. Entre esos puntos figura la retirada del abono en el caso de vulnerar lo establecido por la ley del Deporte en la prevención de la violencia. También pierden su abono si ceden el documento a otra persona y ésta se involucra en acciones antideportivas. La ausencia en siete partidos deriva en la expulsión. Los ultras están informados de la media de reposición de asientos en el estadio. Si la superan, el precio de reposición se les añade a sus abonos (en los tres últimos años la zona de los ultras ha sido la mejor conservada del estadio). Con los nuevos tornos dobles se verifica que cualquier ultra que sale del estadio no puede entregar su documento a otra persona. Saben también que su zona está acotada y controlada por 14 guardias de seguridad. Ya no tienen cuarto de banderas, ni chiringuitos dentro del estadio para vender su parafernalia. El Madrid está dispuesto a ayudarles económicamente en la confección de las grandes banderas de animación, siempre y cuando no exhiban los colores de la bandera española en los partidos de Liga. Las consecuencias están a la vista: los ultras prácticamente no han viajado con el equipo en los últimos tres años, no reciben apoyo económico, ni entradas gratuitas. No hay protagonismo, ni negocio. Son menos y sólo hace falta acudir al estadio para saberlo: hay ocasiones en las que el fondo está medio vacío. Por el camino, el número de incidentes protagonizado por los ultras en el Bernabéu se ha reducido casi a cero.

 

Fuente: El País
13.10.03

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