Más cooperación contra
el terrorismo
Se cumple
hoy el segundo aniversario de los trágicos atentados contra las Torres
Gemelas de Nueva York, y si algo han asumido las democracias
occidentales es que aquel ataque contra el corazón financiero de EEUU,
que provocó más de tres mil víctimas, no fue un mero crimen masivo
perpetrado por el fundamentalismo islámico.
El
ya tristemente conocido como 11-S, definido por la propia OTAN como un
acto de guerra, ha puesto de manifiesto que el terrorismo global ha
emergido como la principal amenaza para la civilización occidental y su
sistema de valores. Ha quedado patente con toda su crudeza que el
terrorismo es la guerra del siglo XXI, una guerra no convencional, cuyos
primeros capítulos ya se han escrito en Afganistán, con la disolución
del régimen talibán, y en Irak, con la expulsión del dictador Sadam
Husein. ¿Vivimos, pues, en un mundo mucho más inseguro? No es fácil
responder a esa pregunta pero, al margen del simbolismo de las fechas,
la amenaza fantasma que ahora atenaza el mundo se fraguó mucho antes del
fatídico 11-S. El terrorismo fundamentalista lleva tras de sí un
sangriento historial de muchos años de atentados con el objetivo de
desestabilizar la sociedad occidental. Ésa es la inspiración del
terrorista religioso, convencido de actuar en coherencia con un mandato
trascendental contra los valores occidentales y los proyectos
democratizadores en el mundo musulmán. En estos postulados se basa
precisamente la declaración de guerra a escala mundial de Bin Laden en
agosto de 1996, la denominada 'epístola ladenesa'.
De
hecho, ya en 1999, durante la Administración Clinton, se produjo un
encarnizado debate entre EEUU y Europa para redefinir el nuevo documento
estratégico de referencia de la OTAN una vez fenecida la guerra fría.
Los democrátas elevaron a la categoría de graves amenazas el terrorismo
internacional, las armas de destrucción masiva y los estados fallidos,
al tiempo que defendieron las denominadas acciones fuera de área, esto
es, atacar donde se genera el terrorismo y no donde se produce. Pero
entonces hubo una férrea oposición de Francia y Alemania a tales
planteamientos, y Clinton se quedó solo con el apoyo de Solana y de
Aznar, a quien se le puede cuestionar sus decisiones pero no su falta de
coherencia. Así pues, tuvo que llegar el 11-S para sacudir las
conciencias. El concepto tradicional de seguridad y defensa en el mundo
occidental se desmoronó al mismo tiempo que las Torres Gemelas. Con el
auspicio de Bush -que en esto recibe la herencia de Clinton- y el firme
respaldo de Blair y de Aznar, en los últimos dos años se ha avanzado más
en cooperación internacional contra el terrorismo global que en todo el
siglo XX. Pero aún queda un largo camino por recorrer, porque una vez
atenuado el efecto psicológico de los atentados, hay gobiernos -Alemania
y Francia, fundamentalmente- que titubean a la hora de abordar la lucha
antiterrorista internacional. El nuevo terrorismo representa una grave
amenaza para la seguridad de EEUU, pero también para Europa. Los socios
comunitarios están obligados a incrementar su cooperación, como España -sensibilizada
por el endémico terrorismo etarra- viene proponiendo desde hace años. Es
necesario armonizar las legislaciones nacionales, establecer el
reconocimiento mutuo de las resoluciones judiciales, potenciar la
colaboración operativa y hacer efectiva la cláusula de solidaridad
antiterrorista. La cooperación antiterrorista con otros países,
particularmente con Estados Unidos y con los países árabes, es
indispensable, y la proyección exterior de fuerza puede resultar
necesaria en ciertos casos. Nos enfrentamos a un enemigo desconocido,
que obliga a replantear los ejércitos, la policía y los servicios de
inteligencia. A largo plazo, también la cooperación al desarrollo
representa un elemento básico para combatir el caldo de cultivo del
terrorismo transnacional. Bush, Blair y Aznar -el trío de las Azores-
han sido contundentes al advertir que no podemos quedarnos impasibles.
Puede que el mundo no sea ahora más inseguro que hace unos años, pero lo
será si las democracias occidentales no unen sus fuerzas contra el
enemigo invisible. De momento, a través de la cadena Al Yazira, Bin
Laden conmemoró ayer su particular 11-S con una inquietante amenaza: "la
auténtica batalla no ha comenzado".