Nuevas Tecnologías Aplicadas a la Seguridad
Seguridad Pública y Protección Civil
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Siete cárceles españolas ya
disponen de inhibidores de móviles para evitar contactos clandestinos
Instituciones
Penitenciarias aceleró la medida a raíz del intento de asesinato del
teniente fiscal Antidroga, Javier Zaragoza, a manos del «narcoabogado»
Pablo Vioque
A finales de 2002
Instituciones Penitenciarias llevaba meses dando vueltas a la idea de
poner cortapisas a los teléfonos móviles que algunos internos lograban
colar en las cárceles, pese a las medidas de seguridad. Para entonces ya
se había sorprendido a varios delincuentes hablando desde sus celdas
y, en algún caso, se sospechaba que estaban planificando
un golpe tras las rejas. El detonante que aceleró los inhibidores
de frecuencia fue el intento del «narcoabogado» Pablo Vioque de
asesinar al teniente fiscal Antidroga, Javier Zaragoza (en diciembre de
ese año), si bien la lucha contra el terrorismo también fue un factor
determinante en la adopción de la medida.
Comenzó así la instalación de inhibidores para enmudecer teléfonos
personales y evitar que los internos prepararan delitos o dieran
instrucciones concretas desde los centros penitenciarios. Hoy los
«escudos» existen en siete prisiones, entre ellas la madrileña de
Valdemoro.
Equipo sencillo
Como era de esperar la iniciativa no ha contado con el beneplácito de
los reos, pero las quejas han llegado también de algunos vecinos de
las cárceles en las que se han instalado por las interferencias que
provocan en otras radiofrecuencias. De ahí, que las operadoras de
telefonía hayan tenido que modificarlos en más de una ocasión e incluso
darlos de baja por una temporada, según las fuentes consultadas. Ésta es
una de las razones de que no se hayan extendido a todos los centros
penitenciarios aparte de la nada despreciable cuestión económica.
El equipo técnico que precisan es sencillo: pequeñas antenas
emisoras que saturan el espectro de frecuencias en un determinado
espacio, de forma que es imposible emitir o recibir llamadas. En
España su uso está prohibido, excepto por cuestiones de seguridad
como es el caso. No obstante, ministerios, empresas privadas, embajadas,
algunas universidades y otros organismos cuentan ya con este tipo de
perturbadores.
El avance de los móviles está poniendo contra las cuerdas a los
responsables de la seguridad en casi todos los países. En Colombia la
situación ha llegado a ser tan asfixiante que las autoridades se han
visto obligadas a interceptar vía satélite las llamadas para evitar
el diseño de miles de secuestros a la carta, todos ordenados desde la
cárcel.En Noruega, directores de centros penitenciarios han pedido la
intervención del Gobierno después de varias fugas de reclusos
planificadas con móviles de última generación. Los presos habían
utilizado teléfonos dotados de cámaras para enviar imágenes con la
situación del edificio y la de los equipos de vigilancia a sus
compinches en libertad.
En el caso de Vioque, que activó la alarma, existía la sospecha fundada
de que el móvil fue uno de los instrumentos que utilizó para ordenar el
asesinato de Javier Zaragoza. Llegó a ofrecer cincuenta mil dólares, tal
y como consta en una conversación telefónica interceptada, por eliminar
al hombre que iba a forzar su primera condena.
El crimen, que incluía a otras cuatro personas, se fraguó durante meses
en la prisión de Soto del Real, donde el antiguo abogado fue tejiendo
con paciencia de araña una red de matones dispuestos a seguir sus
instrucciones. Dos funcionarios se pusieron presuntamente a sus órdenes
para facilitarle llamadas a horas intempestivas y hacer la vista gorda.
Zaragoza salvó la vida gracias a las sospechas que despertaron entre los
investigadores las visitas carcelarias que recibía Vioque en 2002 y los
mensajes encriptados que deslizaba en sus comunicaciones telefónicas,
que habían sido interceptadas con permiso judicial.
Al capo gallego José Ramón Prado Bugallo, alias «Sito Miñanco», no se le
ha probado la planificación de ningún crimen tras las rejas, pero el
teléfono le ha delatado en más de una ocasión cuando al calor de la
tecnología pretendía continuar sus negocios de la droga sin que la falta
de libertad se lo impidiera. En julio de 1997, mientras cumplía una de
sus condenas en la cárcel de Alcalá-Meco, se le implicó en una operación
de descarga de casi seis toneladas de hachís en la Ría de Vigo. Miñanco
llamó desde un móvil a un antiguo colaborador y la comunicación fue
interceptada. Poco después el subdirector de la cárcel lo sorprendió «in
fraganti»en su celda.
Desde hacía tiempo se sospechaba que el capo no se separaba de su móvil,
aunque solía utilizarlo algún «hombre de paja» en su nombre. El narco
fue absuelto en este caso, pero meses después cedía su asiento en el
banquillo de los acusados de la Audiencia Nacional a otro histórico del
narcotráfico gallego: Laureano Oubiña, con el que nunca antes había
colaborado. Oubiña fue juzgado en 2002 por estos hechos, tras cuatro
suspensiones de la vista.
Las comunicaciones de los presos orales y escritas son secretas,
si bien este derecho tiene limitaciones. En caso de pertenecer a banda
armada, se produce una intervención administrativa de oficio con la
única obligación de comunicarlo al juez y notificarlo al interno. Éste
tiene la posibilidad de recurrir ante la autoridad judicial, práctica
común entre los internos de ETA.
Si se trata de penados comunes la situación es distinta. «Es muy difícil
que un juez te autorice la intervención de las comunicaciones de un
preso. Aunque las pruebas no tengan validez judicial a veces puede ser
una herramienta de trabajo excelente para la investigación», explica un
mando policial. Se autorizaron este tipo de escuchas, por
ejemplo, cuando Anabel Segura fue secuestrada por si se obtenían pistas
en la cárcel, pero los jueces lo han negado casi de forma sistemática.
Fuente: ABC
27.12.04
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