Seguridad Pública y Protección Civil
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Seguridad 'amable' y
constante
La chica es
pequeñita y rubia. Pronuncia su nombre varias veces -en griego-, pero no
consigue hacerse entender. En ese momento, la voluntaria pasa al plan B.
«¿A que se ve bonito?», pregunta. Se refiere al centro de prensa (MPC),
que muestra con esmero a quien lo pide, y al margen del lío que supone
ir de un sitio para otro tiene razón. Se ve bonito. Atenas, la ciudad
que esta tarde (19.40 h., TVE1) inaugura los Juegos de la XXVIII
Olimpiada, ha despejado todas las dudas existentes.
Por las
calles hay incluso un gesto de reproche. Se dirigen al forastero, a
veces sólo con la mirada: «¿Lo veis? Todo está listo».Quizá a partir de
mañana, cuando comience la competición, se desvelen fallos ahora
ocultos, pero un paseo por las instalaciones olímpicas, por el centro de
la ciudad, enseña que los prejuicios fueron más que las certezas. Cierto
que el impulso último ha sido brutal, pero hoy, cuando faltan horas para
que lleguen las primeras medallas, no hay muchas pegas pendientes. Los
trabajos continúan, y lo harán posiblemente hasta esta noche, pero casi
todo es una mera cuestión estética.
El sol
derrama un calor soportable para los obreros que ayer, por ejemplo,
tejían el césped y las flores que rodean el pabellón donde se disputará
la esgrima a partir de mañana. A pocos metros está el pabellón donde se
jugarán las preliminares del baloncesto, el Indoor Hall. Ambos están
en Helliniko, un espectacular complejo pegado al mar, que reluce estos
días con fuerza, su silueta sólo salpicada por un barco de guerra varado
frente al puerto de El Pireo. A ese pabellón -el Indoor Hall- lo están
acicalando por fuera, pero dentro todo está listo, como todas las
instalaciones. El encargado de probar la megafonía -al grito de «Dino
Radja»- levanta el pulgar al técnico. Todo bien. Las zorras rojas del
CSKA de Moscú han terminado su ensayo y se van a cambiar mientras una
delegación de la FIBA corrobora que el pabellón reúne todas las
condiciones. Todos ellos llevan a su lado a, de momento, los
protagonistas de los Juegos: los voluntarios. Everything is ok?
Es la frase más escuchada para quien aterrice en Atenas estos días. A
nada que alguien se quede pensando, mirando o simplemente ojeando un
mapa, uno de ellos se acerca. Están en todas las calles, las estaciones
de metro, de tren, en las villas e instalaciones, en las plazas, en los
parques... Siempre con una sonrisa.
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La
organización ha dejado a Grecia sin autobuses. La mayor parte de la
flota es para la familia olímpica. Las distancias se atenúan gracias a
las innumerables conexiones por carretera. El mejor ejemplo de la
brutal transformación de esta ciudad es el viaje desde el centro hasta
el complejo de Helliniko, al sur: se baja por una muy larga avenida
paralela al mar. A finales de marzo no había nada de lo que hoy se
exhibe.
La tierra removida y las máquinas han dejado paso a un paseo coqueto,
con el tranvía terminado y césped incluso en las vías.A su vera han
nacido los nuevos locales chic de la noche ateniense.
El más espectacular de los nuevos pubs, el Kitchen Bar, luce recién
estrenado e invita al visitante a sentarse y tomar un café mirando a la
playa, llena de gente.
«Bienvenido a casa». «En ningún lugar mejor que en casa». Son
mensajes impresos en las miles de banderas que adornan un lugar
orgulloso de su historia, honrado por fin para completar el ciclo de la
era moderna de los Juegos Olímpicos, implicado hasta el extremo en que
todo salga bien, en que nada falle, evitando de antemano los riesgos en
el mayor despliegue de seguridad conocido jamás en una cita deportiva.
Para entrar a cualquier sitio hay que pasarlo todo por el escáner. Una y
otra vez. Una y otra vez. Policías, militares y guardia nacional se
cuentan por decenas en cada recinto. Son simpáticos, y se han aprendido
algunas frases en inglés para dar sensación de amabilidad, aunque el
tono de voz mitigue esa percepción.
El viaje por las instalaciones se detiene en la piscina. Joan Fortuny,
entrenador de un grupo de nadadores españoles, no cambia su semblante ni
en el penúltimo entrenamiento. Ayer, mientras tomaba los tiempos a Erika
Villaécija, en la sala de prensa se instalaba el último monitor y se
limpiaba la barra del bar, colapsada hasta entonces por cajas de cartón.
«¡Pero los teléfonos y los monitores funcionan, eh!», intercede
una voluntaria, en un más que correcto castellano. Cierto, funcionan.
Al lado, en el pabellón que acogerá la gimnasia primero y las fases
finales de baloncesto después, un operario pasa con esmero la aspiradora
por debajo de las anillas y otro se sienta para comprobar que los jueces
tienen una visión óptima. Hay miedo, aunque no se dice en alto, al
sistema informático. Joaquín Agulla, el jefe de la expedición olímpica
española, lo confirma. «Se les nota preocupados por eso».
Hay sombras también, claro. El viaje a Olimpia, por ejemplo, donde se
celebra el lanzamiento de peso el próximo miércoles, es dificultoso,
pues está a cuatro horas de carretera, sin hotel en Olimpia -el único
disponible está reservado para las autoridades- y con problemas para el
transporte. Pero se anuncian soluciones inmediatas.
Entretanto, sigue el trasiego de técnicos, jardineros, albañiles y
operarios por el Estadio Olímpico, la joya, el único al que no se puede
acceder aún. Cuelgan los cables, se mueven las cámaras de televisión y
los palés permanecen en la entrada. Sin embargo, al caer la noche,
cuando se ilumina de un violeta tenue, luce hermoso. Se ve bonito.
Para los pesimistas, que los hay, queda el consuelo de poder echar en
cara, cuando estalle la locura de la competición, que lo que son hoy
retoques estéticos eran el anticipo de males mayores. Entre los
atenienses, nadie piensa así.
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AMBIENTE:
Una cita marcada por la armonía |
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Más allá de las medidas de seguridad, de la intensa presencia
policial o de los eternos controles, eso que llaman espíritu
olímpico sobrevive en Atenas.
Y
si no que se lo pregunten a Gordon Touw, un nadador de 100
mariposa de Surinam. Gordon salió de entrenar en la piscina e
intentó montarse en el primer autobús que vio para regresar a su
residencia. «Este es sólo para la selección japonesa. Tendrá
que esperar», le dijo un policía.
Por suerte para él, una de las chicas japonesas que iba en el
grupo le preguntó a Gordon si estaba hospedado en la Villa
Olímpica. Contestó que sí. «Pues se viene con nosotras,
¿vale?», le dijo la chica al policía. Este sonrió, se
encogió de hombros y Gordon se fue a su habitación en el autobús
de las japonesas. Lo dicho: el espíritu olímpico sobrevive en
los deportistas de las distintas naciones, más allá de los
controles y la seguridad. |
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TRÁFICO:
El
carril más olímpico |
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Funciona de forma impecable. Eso sí, impecable para la familia
olímpica, porque los atenienses no dejan de mirarlo con recelo.
Es comprensible, ya que debe fastidiar lo suyo estar en un
atasco, sudando, tardando tres cuartos de hora en recorrer una
decena de kilómetros y ver cómo en el carril de la izquierda un
autobús circula a sesenta kilómetros por hora sin obstáculo
alguno por delante.
Las miradas de
envidia -y de enfado- son más que evidentes. Sin embargo, el
miedo a la posible multa -170 euros aproximadamente- es más
poderoso que el deseo de llegar a casa con unos minutos de
adelanto.
Este carril olímpico es, de momento, lo que está mitigando las
grandes distancias que, en algunos casos, separan las
instalaciones deportivas. Además, la red de autobús pública que
se ha implantado conecta, de un modo u otro, cualquier recinto
con el resto. |
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VIGILANCIA:
Cuidado con las grapas |
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La
obsesión por la seguridad es brutal en todas las instalaciones.
Las villas donde se alojan los atletas por un lado y los
periodistas por otro son un auténtico búnker.
Ayer, por ejemplo, un voluntario que lleva 10 días en la Villa
de la Universidad introdujo su coche en el parking. A pesar
de que los militares ya le conocían, cumplieron con la
exhaustiva revisión del vehículo, inspeccionándolo de arriba a
abajo, motor incluido.
Además, los detectores de metales tienen la sensibilidad
altísima. Tanto es así que un simple paquete de grapas provoca
el sonido. Es más, los broches metálicos de los pantalones
vaqueros también.
Por eso, el paso por los arcos de seguridad tiene que hacerse
sin el reloj, sin gafas y prescindiendo de monedas o cualquier
objeto susceptible de ser disparar la alarma. Incluso unas
inofensivas grapas. |
Fuente: El Mundo
13/08/2004
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Especial: Seguridad en Eventos Deportivos.
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