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Miércoles 18 de agosto de 2004


Seguridad Pública y Protección Civil

Los héroes anónimos que se enfrentaron al infierno en Paraguay

Un inspector de policía rescató a un bebé de cuatro meses que yacía en medio de una montaña de cadáveres

 

El Antiguo Testamento dice que cuando muere un niño es siempre obra de Satanás. Según este proverbio, el demonio estuvo de visita el domingo en el centro comercial Ycuá Bolaños de Asunción. De los 423 fallecidos en el incendio, 172 eran menores de 16 años. Igualmente, la cuarta parte de las personas hospitalizadas son criaturas que conmueven hasta los muros de los pabellones de quemados con sus gritos de dolor.

Pero en medio de las peores tragedias interviene la mano de Dios para producir milagros. Tal es el caso de María Ester Fariña, una mujer de 25 años que dio a luz en medio de las llamas. La camarera del patio de comidas, donde estallaron las bombonas de gas, llevaba ocho meses de embarazo. En el momento en que se produjo la deflagración, se había agachado para buscar unos platos detrás del mostrador, y de esa forma evitó que la onda expansiva la despedazara como ocurrió con los comensales y la mayoría del personal que los atendía. «Todo transcurría como en un sueño: me pareció que veía volar miembros humanos descuartizados, sillas y restos de comida por encima de mi cabeza».

Un vendedor ambulante, de aquellos que tienen prohibida la entrada al supermercado, atravesó el cerco de llamas y la rescató en estado inconsciente. En la ambulancia, el doctor Antonio de León reanimó a la mujer y al hacerlo se percató de que tenía contracciones que inicialmente atribuyó a dificultades respiratorias. Sin embargo, lo que sucedía es que estaba de parto.

La mujer dio a luz en el Sanatorio Italiano, donde se le practicó una cesárea. Al despertar, María era madre de un bebé que nació pesando 2,5 kilos y en perfecto estado de salud. Ahora, sus familiares buscan a aquel héroe anónimo -uno de tantos de los que arriesgaron sus vidas para rescatar a los que estaban atrapados en el infierno- para que apadrine a la pequeña.

Entre los actos de altruismo cabe destacar el de un policía que rescató del fuego a un bebé de cuatro meses, que yacía en medio de una pila de cuerpos calcinados enfrente del restaurante donde se desencadenó la tragedia.

«Sentí que la piel se me desprendía del cuerpo y que el humo me ahogaba, pero estaba como petrificado ante la dantesca escena», relató el inspector Juan Duarte, de 26 años. Al rato descubrió que algo parecía moverse entre los cadáveres: era el cuerpo de una criatura. «No lloraba y tenía el rostro azulado [un síntoma de asfixia], así que, sin pensármelo dos veces, le apliqué la respiración boca a boca mientras lo sacaba como podía del local. No sé cuanto tiempo pudo pasar, pero, repentinamente, el pequeño comenzó a emitir unos sonoros quejidos y a vomitar. Fue cuando supe que sobreviviría».

Duarte y su jefe, el comisario Enrique Lugo, trasladaron a la criatura a un policlínico donde le diagnosticaron quemaduras leves y, tras localizar a unos parientes a través de la red de búsqueda telefónica, se le identificó como Héctor Bobadilla, de cuatro meses. Su padre murió en el siniestro y su madre está ingresada en el Hospital María Auxiliadora de Asunción.

Después de salvar la vida del pequeño, Duarte y su superior no dudaron en volver a Ycuá Bolaños, pese a que el inmueble ardía como una pira y amenazaba derrumbe. «No creo que lo que hicimos sea un acto de heroísmo, cualquiera habría actuado igual. Era imposible permanecer ajeno a los gritos de esa gente que se incineraba viva. Tengo grabados los ojos de una mujer que me miraba con mucha dulzura, aunque estaba muerta. Nunca olvidaré la experiencia que me tocó vivir. Cuando regresé a casa di gracias a Dios porque mi esposa e hijos no hubieran ido de compras ese día», concluye Duarte.

No todos los chicos que acompañaban a sus mayores en ese domingo fatídico tuvieron la suerte del pequeño Héctor ni del bebé nacido en medio de la catástrofe.

Ni las palabras de fuerza y de consuelo del párroco, de sus familiares y de los vecinos han logrado que Gustavo Noguera encuentre la calma tras haber perdido en el incendio a su esposa, Mima, y a sus tres hijos, Gustavo, de 11 años; María Paz, de ocho, y José Sebastián, de dos. Habían ido a otro supermercado cuando recordaron que habían olvidado algunas compras. Ycuá Bolaños les quedaba de camino.

Mientras su familia permanecía dentro del coche, en la planta subterránea correspondiente al aparcamiento, Fue Gustavo quien salió a buscar lo que faltaba, justo cuando estalló la vorágine de fuego. Cuando por fin regresó, encontró a sus tres pequeños sin vida, aferrados al cadáver de su madre.

Fuente: El Mundo
04/08/2004

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