Seguridad Medioambiental
y Protección del Entorno
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¿Puede hundirse la isla
de La Palma?
Es una situación
que tiene de todo cuanto uno pudiera pedirle a una película de
catástrofes naturales. Una maravillosa isla volcánica en pleno Océano
Atlántico está a punto de sufrir un colapso de dimensiones catastróficas
y amenaza con originar unas olas tan gigantescas que causarían
verdaderos estragos por todo el globo en el transcurso de tan sólo unas
cuantas horas. Mientras la comunidad científica intenta, en vano, hacer
oír sus preocupaciones a este respecto, los gobiernos de todo el mundo
se dedican a mirar hacia otra parte.
Sin
embargo, el lunes pasado, un destacado experto en la materia declaraba
que este escenario, tan cargado de terribles presagios, no sólo es real
sino que, además, también está siendo absolutamente ignorado por las
autoridades políticas actualmente en el poder.
Bill McGuire, director del Centro de Investigaciones de Acontecimientos
Peligrosos Benfield Grieg, perteneciente al University College de
Londres afirmaba que una enorme roca, del tamaño aproximado de la isla
de Man (53 por 31 kilómetros), está a punto de desprenderse de la isla
volcánica de La Palma, en las Islas Canarias.
Cuando esta gran roca -el profesor McGuire asegura que no procede
contemplar esta situación en condicional, es decir, plantearse si
ocurrirá o no- se hunda bruscamente en las aguas del océano, levantará
con su impacto toda una serie de olas gigantes, una clase de olas
comúnmente conocidas bajo el nombre de mega tsunamis.
Tras desplazarse a velocidades que llegarían a alcanzar los 800
kilómetros por hora, estos enormes muros de agua viajarían a través de
todo el océano y golpearían contra islas y continentes, dejando detrás
de sí un espantoso reguero de destrucción.
Los mega tsunamis son de una longitud muy superior a la que tienen las
olas que todos estamos acostumbrados a ver. «Cuando una de esas olas
se acerque a algún lugar determinado, tardará en llegar hasta ese sitio
entre 13 y 15 minutos», asegura el profesor McGuire. «Una ola de
esta clase es como una enorme pared de agua».
Los modelos informáticos sobre el posible colapso de la isla demuestran
que las primeras regiones en verse golpeadas por las enormes olas -que
llegarían a medir hasta 100 metros de altura- serían las Canarias. Al
cabo de unas cuantas horas, la costa oeste de Africa también se vería
batida por olas de un tamaño muy similar.
Entre nueve y 12 horas después de que se produjera el hundimiento de
La Palma, olas de entre 20 y 50 metros de altura habrían cruzado 6.500
kilómetros de océano para reventar contra las islas del Caribe y en la
costa Este de los Estados Unidos y Canadá.
Los peores estragos los causarían en puertos y estuarios, que, a su vez,
servirían para canalizar estas gigantescas olas hacia tierras del
interior. Las pérdidas de vidas humanas y la destrucción de propiedades
alcanzarían, con toda probabilidad, dimensiones inmensas, según afirma
el profesor McGuire.
Además, el investigador británico añadía que Gran Bretaña no se libraría
totalmente de sus efectos. Lo más probable es que olas de unos 10
metros, aproximadamente, chocaran contra su costa sur entre cuatro y
cinco horas después del colapso de la isla canaria, causando graves
daños en puertos e instalaciones turísticas.
Los científicos reconocen que es bastante raro que se produzcan esta
clase de desastres naturales, de una naturaleza tan devastadora. Como
promedio, se produce uno cada 10.000 años. Pero la isla de La Palma
podría hundirse mucho antes. «Lo importante es que sabemos que ya se
está moviendo», argumenta el investigador McGuire.

La Palma
ya despertó la atención de los científicos allá por 1949, cuando su
volcán principal, llamado Cumbre Vieja, entró en erupción, dando lugar a
que, posteriormente, se desprendiera del flanco occidental de la isla
una enorme porción de roca y que ésta penetrase hasta cuatro metros en
las aguas del océano.
Los científicos creen que el trozo de tierra que podría desprenderse en
esta ocasión, está todavía deslizándose muy lentamente hacia el agua.
Aseguran, además, que es muy probable que una nueva erupción del volcán
haga que colapse el flanco occidental de la isla en su totalidad.
«Cuando comience el fenómeno, es muy probable que todo el proceso se
produzca en unos 90 segundos, aproximadamente», añadía el profesor
McGuire.
A pesar del riesgo, se está haciendo muy poco para tratar de monitorizar
la actividad geológica de la isla de La Palma. Lo único que se ha hecho,
hasta ahora, ha sido instalar unos cuantos sismógrafos en el precario
flanco occidental de la isla. Pero son unos aparatos que no proporcionan
la suficiente información como para poder predecir cuándo tendrá lugar
una nueva erupción volcánica.
«Es una situación realmente preocupante», comenta McGuire. El
fenómeno se producirá, casi con total certeza, en el transcurso de una
nueva erupción. El problema es que, con unos cuantos sismógrafos
instalados en la isla, no nos es posible obtener los datos que
necesitamos».
El científico hace una seria llamada para lograr que se haga un esfuerzo
internacional y se instalen en la isla sensores mucho más sofisticados,
así como el posicionamiento adecuado de algunas unidades de satélites,
con el objetivo de poder detectar la velocidad de la masa de tierra que
caiga en el océano. «Necesitamos disponer de mejores dispositivos para
la monitorización de fenómenos como éste, de tal manera que podamos ser
capaces de saber exactamente cuándo está a punto de producirse una nueva
erupción del volcán», dice el profesor McGuire.
Por lo que se refiere a las inversiones, un sistema de estas
características costaría sólo unos cuantos cientos de miles de euros.
«El Gobierno de los Estados Unidos debería estar muy atento a la amenaza
que supone para su país la isla de La Palma. Los estadounidenses
deberían estar realmente preocupados por este asunto», afirma.
Al igual que ellos, también deberían estar preocupadas las autoridades
de las islas del Caribe, que son las que tendrían que soportar realmente
la parte más dura de las consecuencias del colapso de la isla canaria.
«Pero no se lo están tomando con ninguna seriedad. Los gobiernos cambian
cada cuatro o cinco años y generalmente no están interesados, en
absoluto, en este tipo de cosas», denuncia.
Incluso con un nuevo equipo de monitorización que ya estuviera instalado
en la isla, La Palma presentaría un problema muy difícil de resolver
para quienes estuvieran encargados de mitigar, en la medida de lo
posible, los efectos de los desastres naturales.
Una hipótesis sin fecha
Es que es muy poco lo que se puede hacer para proteger a la isla de los
efectos que se deriven de su propio hundimiento. Las barreras que se
podrían colocar no serían capaces de aguantar la presión que se
produciría con tan tremendo oleaje y una posible división de la isla en
dos partes antes de su colapso sería, además de muy peligrosa, una
pérdida de tiempo que entrañaría muchos problemas.
Los nuevos sensores que el profesor reclama podrían advertir de una
inminente erupción con dos semanas de anticipación. Pero no hay nadie
que pueda saber si la isla colapsará durante la próxima erupción o en
las siguientes, algo que podría no ocurrir en varios siglos.
Por otra parte, ordenar una serie de evacuaciones masivas de la
población podría suponer un impacto financiero que, a su vez, podría
originar un resentimiento social si, finalmente, resultara ser una falsa
alarma. Un desastre de semejantes dimensiones podría afectar a una
población de hasta 100 millones de personas, desde la costa de Africa a
las Islas Canarias y a lo largo de toda la costa este de Norteamérica.
«El futuro presidente de EEUU deberá hacer, en algún momento y un
serio llamamiento a toda la comunidad internacional. Porque, cuando
entre en erupción la isla de La Palma, ¿qué es lo que van a hacer?»,
se preguntaba el profesor McGuire. «¿Va a ordenar el nuevo presidente
norteamericano la evacuación de las principales ciudades de la costa
este? Porque si lo hace y se equivoca, nadie le va a volver a prestar
atención nunca más y, en las siguientes elecciones, le echarán del
cargo», se cuestionaba el investigador británico.
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Una fantasía de
Hollywood |
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Cuatro años
despúes vuelve a ofrecernos la prensa británica la alarmante
especulación sobre un colapso en la isla canaria de La Palma,
seguido de maremotos e inundaciones en medio mundo. Se trata de
los mismos científicos de entonces, que reiteran los mismos
computer models (modelos de ordenador), puramente especulativos.
La historia
geológica de la isla de La Palma comenzó hace millones de años y
se prolongará otros millones de años. Esta historia, como la
de cualquier otra isla volcánica, está llena de episodios
constructivos y destructivos que se suceden al ritmo del tiempo
geológico, con periodos generalmente bien definidos, aunque tan
dilatados que no pueden extrapolarse al modesto calendario que
utilizamos a escala humana.
Ciñéndonos a los episodios destructivos, la mejor -o única-
información se encuentra en los depósitos del material
movilizado. Una gran parte de este material se encuentra en los
fondos marinos y puede corresponder a la acumulación de grandes
o pequeñas avalanchas, cuya área madre pudo ser en parte
subaérea, pero mayoritariamente submarina, del talud insular.
Este tipo de depósitos se asocia a la fase inicial del
crecimiento insular (entre cuatro y 2,6 millones de años para la
isla de La Palma). Tres episodios destructivos subaéreos,
definidos por depósitos que afloran en superficie, indican que
hace más de medio millón de años ya se había completado el
último de estos procesos de deslizamiento que, aunque pudo ser
de gran magnitud, ni destruyó la isla, ni fue unitario o
repentino, ni hay porqué asociarlo a perturbaciones oceánicas
catastróficas.
De acuerdo con unos principios básicos, a los que se atienen los
especialistas, es lógico suponer que los procesos geológicos que
se desarrollarán en la isla los próximos siglos, serán similares
a los que vienen sucediendo en los últimos centenares o miles de
años, y, en ningún caso, remontándonos a lo que pudo ocurrir
hace millones de años en un periodo evolutivo insular totalmente
distinto al actual.
En este marco, los procesos destructivos previsibles serán
puramente erosivos, enmarcados en la red de barrancos y escarpes
costeros. Cualquier modificación de este criterio, tendría que
basarse en la aparición de nuevos síntomas, que tampoco
ocurrirían de una manera súbita.
Por otra parte, la actividad volcánica actual en la isla de La
Palma es bien conocida y no ofrece motivos de especial
preocupación, aunque requiere una vigilancia. En la alarmista
especulación se alude como posible desencadenante del teórico
colapso a unas fallas aparecidas en la erupción del volcán
Nambroque o San Juan del año 1949.
Tras la alarma surgida hace cuatro años, se tomaron medidas que
permitieron comprobar la estabilidad de las laderas que podrían
verse afectadas. En su momento, los especialistas españoles ya
emitieron unos informes.
La difusión de alarmas injustificadas, es una vía frecuentemente
utilizada por determinados investigadores para llamar la
atención sobre sus trabajos y conseguir financiación. En el
caso de los colegas extranjeros, sus fantasías hollywoodienses
eligiesen otras regiones de las que tengan mejores datos que
introducir alegremente en sus especulativos computer models. |
Fuente: El Mundo
11/08/2004
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