Seguridad
Industrial y Prevención de Riesgos
Laborales
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Los héroes caídos de los
Juegos
Cerca de 40 obreros
se han dejado la vida en accidentes laborales durante la construcción de
las instalaciones
Han dado
literalmente su vida por estos Juegos Olímpicos. Pero su gesta no ha
sido reconocida con la ovación de las multitudes ni se ha visto
recompensada con ninguna medalla. Nada, ni siquiera se les ha concedido
una simple corona de laurel o un pequeño homenaje en su memoria. El
silencio y el olvido es lo único que han recibido los héroes caídos de
estos Juegos: los varios obreros y albañiles que han muerto mientras se
dejaban la piel en las tareas de construcción de las instalaciones
olímpicas.
Oficialmente, el número de fallecidos asciende a 13 trabajadores. Pero
esa cifra engloba únicamente a los obreros que han perdido la vida en
accidentes laborales acaecidos durante la edificación de los estadios y
demás instalaciones estrictamente olímpicas, sin tener en cuenta a los
operarios muertos en la construcción de carreteras y otras
infraestructuras relacionadas directamente con los Juegos.
El coste global en vidas humanas de este colosal acontecimiento
deportivo ascendería -según Amnistía Internacional- a cerca de 40
albañiles. Y el número de obreros heridos se calcula en unos 60. «Se
trata de unas cifras absolutamente intolerables», sentencia Andreas
Zazopoulos, líder del sindicato griego de Trabajadores de la
Construcción. «Hemos pagado estos Juegos Olímpicos con sangre»,
denuncia.
Para los sindicatos, las prisas angustiosas que durante los últimos
meses han marcado la ejecución de los trabajos olímpicos son, en gran
medida, responsables de esas muertes junto con la escandalosa falta de
medidas de seguridad para los trabajadores. «Lo que les importaba a
las compañías constructoras era acabar las obras cuanto antes para así
cobrar la gratificación económica que los organizadores les habían
prometido», nos cuenta Mehmet Kastrati, un albañil albanés de 29
años que ha sufrido tres accidentes laborales mientras trabajaba en
obras olímpicas.
Lo habitual, según el testimonio de Kastrati y de algunos de sus
compañeros de fatigas, era que los obreros no llevaran los preceptivos
zapatos especiales requeridos en las obras, ni que protegieran sus
cabezas con el casco de rigor y, mucho menos, que se pusieran los
guantes exigidos por la ley para llevar a cabo determinadas tareas.
La mayoría de andamios erigidos en las obras carecerían también de las
barras de protección reglamentarias. Y también ha sido frecuente que,
azuzados por las prisas, los capataces ordenaran a obreros no
especializados ponerse a manejar maquinaria que requiere una preparación
especial. «Ha habido muchos, muchísimos accidentes», asegura Mehmet
Kastrati. «Lo que ocurre es que, muchas veces, los trabajadores que los
han sufrido no los han querido denunciar por miedo a ser despedidos y
quedarse sin trabajo».
No en vano, el peso de las obras ha recaído sobre las espaldas de
10.0000 obreros inmigrantes (sobre todo albaneses, pero también rumanos,
iraquíes, paquistaníes...) a los que las autoridades griegas han
permitido la entrada en el país sólo durante el tiempo necesario para
completar los trabajos olímpicos.
Dada su situación de precariedad, es fácil pensar que la mayoría de
ellos no se atreviera a denunciar en caso de sufrir un accidente por
miedo a pagar las consecuencias. Que se lo digan si no a Mehmet Kastrati.
Estaba trabajando en las obras de edificación del estadio de Ano Liossia
(donde se celebran el judo y la lucha) cuando un obrero no cualificado
al mando de una grúa dejó caer sobre una de sus piernas un objeto
metálico de una tonelada de peso que le dejó la extremidad hecha trizas.
Mehmet se empeñó en denunciar el accidente, por lo que sus jefes le
pusieron directamente de patitas en la calle. Tuvo suerte: tras
recuperarse, encontró trabajo en las obras de construcción de un hotel
olímpico en Zografou. Pero allí también sufrió un accidente laboral,
esta vez cuando se cayó desde un andamio a cuatro metros de altura que
no contaba con las barras de protección requeridas. «La factura en
vidas humanas de los Juegos ha sido demasiado elevada», dictamina.«Y
aunque yo he tenido suerte y estoy aquí para contarlo, también he pagado
un precio demasiado alto", dice echándose la mano a su maltratada
espalda.
Fuente: El Mundo
23/08/2004
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