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Viernes 27 de agosto de 2004


Seguridad Industrial y Prevención de Riesgos Laborales

Los héroes caídos de los Juegos

Cerca de 40 obreros se han dejado la vida en accidentes laborales durante la construcción de las instalaciones

 

Han dado literalmente su vida por estos Juegos Olímpicos. Pero su gesta no ha sido reconocida con la ovación de las multitudes ni se ha visto recompensada con ninguna medalla. Nada, ni siquiera se les ha concedido una simple corona de laurel o un pequeño homenaje en su memoria. El silencio y el olvido es lo único que han recibido los héroes caídos de estos Juegos: los varios obreros y albañiles que han muerto mientras se dejaban la piel en las tareas de construcción de las instalaciones olímpicas.

Oficialmente, el número de fallecidos asciende a 13 trabajadores. Pero esa cifra engloba únicamente a los obreros que han perdido la vida en accidentes laborales acaecidos durante la edificación de los estadios y demás instalaciones estrictamente olímpicas, sin tener en cuenta a los operarios muertos en la construcción de carreteras y otras infraestructuras relacionadas directamente con los Juegos.

El coste global en vidas humanas de este colosal acontecimiento deportivo ascendería -según Amnistía Internacional- a cerca de 40 albañiles. Y el número de obreros heridos se calcula en unos 60. «Se trata de unas cifras absolutamente intolerables», sentencia Andreas Zazopoulos, líder del sindicato griego de Trabajadores de la Construcción. «Hemos pagado estos Juegos Olímpicos con sangre», denuncia.

Para los sindicatos, las prisas angustiosas que durante los últimos meses han marcado la ejecución de los trabajos olímpicos son, en gran medida, responsables de esas muertes junto con la escandalosa falta de medidas de seguridad para los trabajadores. «Lo que les importaba a las compañías constructoras era acabar las obras cuanto antes para así cobrar la gratificación económica que los organizadores les habían prometido», nos cuenta Mehmet Kastrati, un albañil albanés de 29 años que ha sufrido tres accidentes laborales mientras trabajaba en obras olímpicas.

Lo habitual, según el testimonio de Kastrati y de algunos de sus compañeros de fatigas, era que los obreros no llevaran los preceptivos zapatos especiales requeridos en las obras, ni que protegieran sus cabezas con el casco de rigor y, mucho menos, que se pusieran los guantes exigidos por la ley para llevar a cabo determinadas tareas.

La mayoría de andamios erigidos en las obras carecerían también de las barras de protección reglamentarias. Y también ha sido frecuente que, azuzados por las prisas, los capataces ordenaran a obreros no especializados ponerse a manejar maquinaria que requiere una preparación especial. «Ha habido muchos, muchísimos accidentes», asegura Mehmet Kastrati. «Lo que ocurre es que, muchas veces, los trabajadores que los han sufrido no los han querido denunciar por miedo a ser despedidos y quedarse sin trabajo».

No en vano, el peso de las obras ha recaído sobre las espaldas de 10.0000 obreros inmigrantes (sobre todo albaneses, pero también rumanos, iraquíes, paquistaníes...) a los que las autoridades griegas han permitido la entrada en el país sólo durante el tiempo necesario para completar los trabajos olímpicos.

Dada su situación de precariedad, es fácil pensar que la mayoría de ellos no se atreviera a denunciar en caso de sufrir un accidente por miedo a pagar las consecuencias. Que se lo digan si no a Mehmet Kastrati. Estaba trabajando en las obras de edificación del estadio de Ano Liossia (donde se celebran el judo y la lucha) cuando un obrero no cualificado al mando de una grúa dejó caer sobre una de sus piernas un objeto metálico de una tonelada de peso que le dejó la extremidad hecha trizas. Mehmet se empeñó en denunciar el accidente, por lo que sus jefes le pusieron directamente de patitas en la calle. Tuvo suerte: tras recuperarse, encontró trabajo en las obras de construcción de un hotel olímpico en Zografou. Pero allí también sufrió un accidente laboral, esta vez cuando se cayó desde un andamio a cuatro metros de altura que no contaba con las barras de protección requeridas. «La factura en vidas humanas de los Juegos ha sido demasiado elevada», dictamina.«Y aunque yo he tenido suerte y estoy aquí para contarlo, también he pagado un precio demasiado alto", dice echándose la mano a su maltratada espalda.

Fuente: El Mundo
23/08/2004

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