Seguridad
de la Información y
Protección de Datos
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Un chip del tamaño de un
grano de arena está sustituyendo al código de barras
Ventajas: el
cajero podrá leer su compra al acercarse a la caja. Peligros: adiós a su
privacidad si el sistema no se desactiva; podrían seguirle sus pasos
durante kilómetros
El
código de barras de los productos tiene los días contados y algunos
piensan que el derecho a la intimidad de las personas también. Una
nueva forma de etiquetar las cosas, pero también a los animales y los
seres humanos, se está colando en nuestras vidas. Las empresas de
tecnología, las que lo están fabricando, lo llaman RFID, identificación
por radiofrecuencia. El resto de sectores, los que las compran y pegan a
sus productos, las denominan etiquetas inteligentes. Los defensores de
los derechos civiles prefieren llamarlos chip espías. Millones de
diminutos Grandes Hermanos adheridos a cada cosa que se compre.
La
expresión más aséptica que hay para definir esta tecnología es la de
codificación electrónica del producto. Las etiquetas llevan un chip del
tamaño de un grano de arena con un número de identificación único, no
hay otro igual en el mundo. Una antena pegada al chip emite la
información por radio. La señal la capta un lector que interpreta los
datos de la etiqueta. En un pantalón, por ejemplo, los datos incluidos
pueden ser el fabricante, la marca, la talla o el color.
Parece una
versión moderna del código de barras. Pero no, es mucho más. La
diferencia es que el escáner puede leer el chip sin tenerlo delante. El
alcance medio de la señal es de siete metros. Pero con la tecnología
adecuada puede ampliarse a centenares, incluso kilómetros de distancia.
Y si se conecta el lector a Internet, no hay límites.
Tanques
etiquetados
Uno de
los primeros en usar este sistema fue el ejército estadounidense. El
reto logístico de la guerra de Irak supuso un duro examen para la RFID.
Los generales querían saber en todo momento dónde estaban sus tanques.
El éxito fue tal que el Departamento de Defensa estadounidense ha
obligado a todos sus proveedores a usar las nuevas etiquetas.
Pero es en
el sector del comercio donde está el futuro. En nuestro país, el grupo
vasco Eroski ha implantado un sistema de etiquetaje electrónico que
asegura a los compradores del hipermercado de Usúrbil, en Guipúzcoa, que
el precio que se les cobra al pasar por caja coincide siempre con el
precio que han visto en las estanterías. El sistema gestiona 27.000
etiquetas electrónicas que reemplazan a miles de papel.
Wal-Mart,
primera empresa del sector de las grandes superficies en el mundo, ha
anunciado a sus suministradores que en 2005 todo lo que le envíen debe
llevar las etiquetas inteligentes.
La
francesa Carrefour, la alemana Metro y la británica Tesco ya lo están
ensayando. Para las grandes empresas de supermercados supone llevar un
mejor control de las existencias, una reposición más ágil y además,
evita los robos.
Para
los compradores, la comodidad parece la única ventaja. A medida que nos
acerquemos con el carrito, el lector hará la cuenta. Y en el futuro
también la cargará en la tarjeta de crédito.
Los
activistas en defensa de la privacidad no ponen pegas hasta el momento
de pasar por caja. El problema viene después, cuando, una vez fuera de
la tienda, los chip sigan mandando información. Con un lector que vale
unos 1.000 euros, cualquiera podría pasar delante de una casa y saber
qué tabaco fuman sus moradores, si compran revistas porno o la marca de
su televisor.
Esto abre
las puertas a la curiosidad pero también a nuevas campañas de publicidad
individualizadas. De la misma manera que en las películas la policía
saca mucha información del cubo de la basura, alguien puede obtenerla de
la cesta de la compra.
Ya se
han detectado casos de este espionaje aunque en el interior de una
tienda. Un centro comercial que Wal-Mart tiene en Oklahoma, en el
medio oeste norteamericano, hizo un seguimiento de las compradoras del
pintalabios Lipfinity. Cuando el sistema detectaba que una cliente cogía
uno y lo probaba, emitía una señal que activaba una cámara oculta. Las
imágenes eran enviadas a la sede de Procter & Gamble, a miles de
kilómetros, donde sus responsables de marketing observaban las
reacciones a su nuevo producto.
La
pista de la ropa
El verano
pasado, Benetton planeó insertar estos chips en su línea de ropa Sisley.
Quería seguirle la pista a su ropa por todo el mundo. Las críticas le
hicieron desistir. La británica Mark & Spencer los incorpora pero sólo
en las etiquetas.
Aunque las
empresas aseguran que van a imponerse un código de buenas prácticas, ni
en Estados Unidos ni en España hay legislación sobre esta tecnología y
el uso de los datos.
Pero el
etiquetado no se limita a los productos de consumo. Cada día se conoce
un nuevo uso para la identificación por radiofrecuencia. DHL, una de las
empresas de paquetería más fuertes a nivel mundial, rastrea con este
sistema las mercancías que transporta. Las tres grandes emisoras de
tarjetas de crédito, American Express, Visa y Mastercard estudian
implantarla en sus tarjetas y las estatuillas de los Oscar hace dos años
que llevan dentro un chip RFID para evitar pérdidas o robos. Las
entradas para el campeonato mundial de fútbol, que se disputa este
verano en Alemania, contarán con esta tecnología. «Evitaremos la
falsificación y se controlará mejor a los aficionados peligrosos»,
alegan desde la FIFA. Hasta el Banco Central Europeo estudia la
posibilidad de que los billetes de euro lleven dentro del papel un chip.
No hay
estimaciones pero ya se habla de un mercado de miles de millones de chip
y aplicaciones asociadas a la tecnología RFID. Según la consultora
IDC, solo en Estados Unidos, en 2008 las ventas ascenderán a 1.000
millones de euros frente a los 80 del año pasado.
La cifra
ha despertado las apetencias de la industria informática. Desde la A
hasta la Z, todos los fabricantes se han apuntado. Alien Technologies,
IBM, Microsoft, Sun, Zebra quieren su parte del pastel. El primer
fabricante mundial de semiconductores, Intel, cuenta ya con un nuevo
cargo ejecutivo: la vicepresidencia de Investigación y Desarrollo en
RFID.
Y tras los
objetos, les toca el turno a los seres humanos. En 2005, la friolera
de 42 millones de estadounidenses, como toda la población española,
llevarán algún dispositivo de seguimiento. Algunos, como los
delincuentes en libertad condicional son impuestos. Otros, como el de
algunos empresarios o padres preocupados por sus hijos, son voluntarios.
No todos están basados en la RFID. Pero su bajo coste, un chip vale
menos de un euro, y su fácil combinación con otras tecnologías como la
localización por satélite GPS, han disparado su popularidad.
Niños
vigilados
En
España, el Partido Popular ha incluido en su programa electoral su
colocación a los condenados por malos tratos y a los hinchas violentos.
Sin duda,
esta medida disuadirá a delincuentes y dará tranquilidad a sus víctimas.
Pero, para muchos de sus críticos, también esconde un lado perverso.
«Es el eterno dilema entre seguridad y libertad, los políticos creen que
para conseguir un mundo más seguro hay que recortar las libertades»,
comenta un portavoz de TEPIC, una organización de derechos civiles
estadounidense, muy crítica con la tecnología RFID. Las asociaciones
contrarias a su uso afirman que, más tarde que temprano, las ventajas
acabarán sepultadas por un alud de inconvenientes.
Pues Dolly
Parton ha resuelto el dilema. La exuberante cantante estadounidense de
folk es también propietaria del parque acuático Dollywood's Splash
Country. Enclavado en el parque nacional de las Smoky Mountains, cuenta
con un sistema con el que los niños están localizados en todo momento.
Está formado por una red de antenas y estaciones de seguimiento. Los
chavales llevan un brazalete con un chip RFID que emite una señal de
posición.
En
Dollywood, las piscinas con olas, toboganes de vértigo y cascadas hacen
las delicias de los niños. Mientras, la madre puede tomar el sol
despreocupada y el padre descansar tomándose una Budweiser bien fría en
el bar. El ordenador central los controla por ellos.
Este
mismo año, nada menos que los 40 parques temáticos que hay en Estados
Unidos seguirán el ejemplo de Dollywood. ¿Un mundo feliz?
Fuente: El Mundo
01/02/04
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