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Lunes 9 de febrero de 2004


Seguridad de la Información y Protección de Datos

 

Un chip del tamaño de un grano de arena está sustituyendo al código de barras

 Ventajas: el cajero podrá leer su compra al acercarse a la caja. Peligros: adiós a su privacidad si el sistema no se desactiva; podrían seguirle sus pasos durante kilómetros

 

El código de barras de los productos tiene los días contados y algunos piensan que el derecho a la intimidad de las personas también. Una nueva forma de etiquetar las cosas, pero también a los animales y los seres humanos, se está colando en nuestras vidas. Las empresas de tecnología, las que lo están fabricando, lo llaman RFID, identificación por radiofrecuencia. El resto de sectores, los que las compran y pegan a sus productos, las denominan etiquetas inteligentes. Los defensores de los derechos civiles prefieren llamarlos chip espías. Millones de diminutos Grandes Hermanos adheridos a cada cosa que se compre.

La expresión más aséptica que hay para definir esta tecnología es la de codificación electrónica del producto. Las etiquetas llevan un chip del tamaño de un grano de arena con un número de identificación único, no hay otro igual en el mundo. Una antena pegada al chip emite la información por radio. La señal la capta un lector que interpreta los datos de la etiqueta. En un pantalón, por ejemplo, los datos incluidos pueden ser el fabricante, la marca, la talla o el color.

Parece una versión moderna del código de barras. Pero no, es mucho más. La diferencia es que el escáner puede leer el chip sin tenerlo delante. El alcance medio de la señal es de siete metros. Pero con la tecnología adecuada puede ampliarse a centenares, incluso kilómetros de distancia. Y si se conecta el lector a Internet, no hay límites.

Tanques etiquetados

Uno de los primeros en usar este sistema fue el ejército estadounidense. El reto logístico de la guerra de Irak supuso un duro examen para la RFID. Los generales querían saber en todo momento dónde estaban sus tanques. El éxito fue tal que el Departamento de Defensa estadounidense ha obligado a todos sus proveedores a usar las nuevas etiquetas.

Pero es en el sector del comercio donde está el futuro. En nuestro país, el grupo vasco Eroski ha implantado un sistema de etiquetaje electrónico que asegura a los compradores del hipermercado de Usúrbil, en Guipúzcoa, que el precio que se les cobra al pasar por caja coincide siempre con el precio que han visto en las estanterías. El sistema gestiona 27.000 etiquetas electrónicas que reemplazan a miles de papel.

Wal-Mart, primera empresa del sector de las grandes superficies en el mundo, ha anunciado a sus suministradores que en 2005 todo lo que le envíen debe llevar las etiquetas inteligentes.

La francesa Carrefour, la alemana Metro y la británica Tesco ya lo están ensayando. Para las grandes empresas de supermercados supone llevar un mejor control de las existencias, una reposición más ágil y además, evita los robos.

Para los compradores, la comodidad parece la única ventaja. A medida que nos acerquemos con el carrito, el lector hará la cuenta. Y en el futuro también la cargará en la tarjeta de crédito.

Los activistas en defensa de la privacidad no ponen pegas hasta el momento de pasar por caja. El problema viene después, cuando, una vez fuera de la tienda, los chip sigan mandando información. Con un lector que vale unos 1.000 euros, cualquiera podría pasar delante de una casa y saber qué tabaco fuman sus moradores, si compran revistas porno o la marca de su televisor.

Esto abre las puertas a la curiosidad pero también a nuevas campañas de publicidad individualizadas. De la misma manera que en las películas la policía saca mucha información del cubo de la basura, alguien puede obtenerla de la cesta de la compra.

Ya se han detectado casos de este espionaje aunque en el interior de una tienda. Un centro comercial que Wal-Mart tiene en Oklahoma, en el medio oeste norteamericano, hizo un seguimiento de las compradoras del pintalabios Lipfinity. Cuando el sistema detectaba que una cliente cogía uno y lo probaba, emitía una señal que activaba una cámara oculta. Las imágenes eran enviadas a la sede de Procter & Gamble, a miles de kilómetros, donde sus responsables de marketing observaban las reacciones a su nuevo producto.

La pista de la ropa

El verano pasado, Benetton planeó insertar estos chips en su línea de ropa Sisley. Quería seguirle la pista a su ropa por todo el mundo. Las críticas le hicieron desistir. La británica Mark & Spencer los incorpora pero sólo en las etiquetas.

Aunque las empresas aseguran que van a imponerse un código de buenas prácticas, ni en Estados Unidos ni en España hay legislación sobre esta tecnología y el uso de los datos.

Pero el etiquetado no se limita a los productos de consumo. Cada día se conoce un nuevo uso para la identificación por radiofrecuencia. DHL, una de las empresas de paquetería más fuertes a nivel mundial, rastrea con este sistema las mercancías que transporta. Las tres grandes emisoras de tarjetas de crédito, American Express, Visa y Mastercard estudian implantarla en sus tarjetas y las estatuillas de los Oscar hace dos años que llevan dentro un chip RFID para evitar pérdidas o robos. Las entradas para el campeonato mundial de fútbol, que se disputa este verano en Alemania, contarán con esta tecnología. «Evitaremos la falsificación y se controlará mejor a los aficionados peligrosos», alegan desde la FIFA. Hasta el Banco Central Europeo estudia la posibilidad de que los billetes de euro lleven dentro del papel un chip.

No hay estimaciones pero ya se habla de un mercado de miles de millones de chip y aplicaciones asociadas a la tecnología RFID. Según la consultora IDC, solo en Estados Unidos, en 2008 las ventas ascenderán a 1.000 millones de euros frente a los 80 del año pasado.

La cifra ha despertado las apetencias de la industria informática. Desde la A hasta la Z, todos los fabricantes se han apuntado. Alien Technologies, IBM, Microsoft, Sun, Zebra quieren su parte del pastel. El primer fabricante mundial de semiconductores, Intel, cuenta ya con un nuevo cargo ejecutivo: la vicepresidencia de Investigación y Desarrollo en RFID.

Y tras los objetos, les toca el turno a los seres humanos. En 2005, la friolera de 42 millones de estadounidenses, como toda la población española, llevarán algún dispositivo de seguimiento. Algunos, como los delincuentes en libertad condicional son impuestos. Otros, como el de algunos empresarios o padres preocupados por sus hijos, son voluntarios. No todos están basados en la RFID. Pero su bajo coste, un chip vale menos de un euro, y su fácil combinación con otras tecnologías como la localización por satélite GPS, han disparado su popularidad.

Niños vigilados

En España, el Partido Popular ha incluido en su programa electoral su colocación a los condenados por malos tratos y a los hinchas violentos.

Sin duda, esta medida disuadirá a delincuentes y dará tranquilidad a sus víctimas. Pero, para muchos de sus críticos, también esconde un lado perverso. «Es el eterno dilema entre seguridad y libertad, los políticos creen que para conseguir un mundo más seguro hay que recortar las libertades», comenta un portavoz de TEPIC, una organización de derechos civiles estadounidense, muy crítica con la tecnología RFID. Las asociaciones contrarias a su uso afirman que, más tarde que temprano, las ventajas acabarán sepultadas por un alud de inconvenientes.

Pues Dolly Parton ha resuelto el dilema. La exuberante cantante estadounidense de folk es también propietaria del parque acuático Dollywood's Splash Country. Enclavado en el parque nacional de las Smoky Mountains, cuenta con un sistema con el que los niños están localizados en todo momento. Está formado por una red de antenas y estaciones de seguimiento. Los chavales llevan un brazalete con un chip RFID que emite una señal de posición.

En Dollywood, las piscinas con olas, toboganes de vértigo y cascadas hacen las delicias de los niños. Mientras, la madre puede tomar el sol despreocupada y el padre descansar tomándose una Budweiser bien fría en el bar. El ordenador central los controla por ellos.

Este mismo año, nada menos que los 40 parques temáticos que hay en Estados Unidos seguirán el ejemplo de Dollywood. ¿Un mundo feliz?

  Fuente: El Mundo
01/02/04

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