Seguridad Pública y Protección Civil
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«Los Mellizos», el mayor
clan del narcotráfico desde Pablo Escobar
LA RAZÓN desvela
los entresijos de una de las mayores organizaciones de tráfico de
cocaína, que crearon los hermanos Mejía Munera en siete años
Víctor
y su hermano Miguel Ángel Mejía Munera, alias «los Mellizos», procesados
por Garzón junto al jefe paramilitar colombiano Carlos Castaño y otros
32 narcos, levantaron en siete años una de las mayores maquinarias
de tráfico de cocaína desde Pablo Escobar. Según el testimonio del
arrepentido García Molinares, querían un ejército propio, instruido por
rusos, y un avión Antonov para transportar la droga a Albania.
En marzo
de 2000, la organización de «los Mellizos» tenía a cientos de
personas a su cargo y «delegaciones» estables en diversos países
de Europa, en México y EE UU. Dominaban la producción de cocaína en el
norte de Colombia y acababan de establecer su base de operaciones en
Venezuela, junto al delta del río Orinoco. Su objetivo era Europa y su
propósito enviar cargamentos de 12.000 kilos de cocaína. Les habían
abierto las puertas de Albania e iban a empezar con los buques «Privilege»
y «Suerte I» adquiridos para ese fin.
José
Enrique García Molinares, mano derecha en ese momento de la organización
y ahora narco arrepentido en la cárcel del Puerto de Santa María (Cádiz)
cuenta en su declaración a Garzón cómo en ese momento los hermanos Mejía
Munera buscaron la forma de blindarse. Le ordenaron hacer gestiones a
través de los socios albaneses para conseguir instructores militares
rusos «dispuestos a entrenar a un grupo paramilitar en Colombia que
estaban creando dentro de la organización». En ese paquete había
instrucciones también para comprar un avión Antonov «que tuviera
autonomía suficiente para volar desde Venezuela a Albania», según su
testimonio.
Habían
pasado más de seis años desde que García Molinares entró a formar parte
de la organización. Según narra en el año 94 él tenía un almacén en
Barranquilla, usado par ocultar piñas con pasta de base de coca. La
organización en ese momento se estaba estableciendo en la costa
atlántica, para lo que había pedido permiso al jefe del cartel de la
costa, Alberto Orlandes Gamboa, «Caracol». El principal objetivo
en ese instante era enviar a México cocaína para la organización de
Amado Carrillo, «El señor de los cielos».
En esa
época, «los Mellizos» tienen a su cargo a unas 27 personas y una
estructura que descansa en un jefe de costa, una pequeña organización en
México, transporte en lanchas rápidas y marítimo, transportes
terrestres, suministradores de droga, guardaespaldas y colaboradores.
Trabajan desde Cali.
A lo largo
de 1994, García Molinares participó en el envío de cuatro cargamentos de
800 kilos de cocaína cada uno en lanchas rápidas hasta Cancún (México).
A finales de ese año se encarga de escoltar los fardos desde la nave a
las playas del Atlántico para luego ser cargados en las lanchas con
destino a México. Justo en ese momento, el clan decide sustituir las
lanchas por buques mercantes de bajo tonelaje. Durante más de tres años
transportan más de 10.000 kilos de cocaína en ocho operaciones a bordo
de mercantes con destino a México, Cuba y España.
A
partir de 1998, García Molinares pasa a encargarse de gestionar y
coordinar la entrega de la cocaína desde la costa hasta los barcos.
La droga, almacenada en Barranquilla, se embarcaba en lanchas que
partían de puerto Veleros, playa Mendoza y salinas de Galerasamba hasta
los barcos mercantes. «Los Mellizos» disponían de otra
infraestructura similar en Berruga (Córdoba) y en un islote de su
propiedad situado en el archipiélago de San Bernardo del Viento, bajo
control de grupos paramilitares, que cobraban una cuota por utilizar
«su» zona. Desde los depósitos de Berruga se abastecía igualmente una
finca, también de ellos, en las costas de Panamá, muy cerca del
archipiélago de Las Mulatas.
Como la
organización había incrementado poderosamente sus actividades de tráfico
de drogas a gran escala, los jefes de las mismas incorporan a diferentes
grupos armados para garantizar el transporte por tierra de la cocaína y
«fichar» a varios jefes paramilitares para dar cobertura a la
recolección de la droga en el norte del país. También incorpora nuevos
colaboradores cuya misión es la de conectar con otras organizaciones
internacionales de tráfico de drogas para abrir nuevas rutas. Así mismo
abren «delegaciones» en Italia y Brasil.
De estos
contactos, surge una organización de griegos dedicados al transporte de
cocaína. Los griegos cobran cuatro millones de dólares por cada envío
independientemente de la droga que se transporte y exigen no viajar a
Estados Unidos. «Los Mellizos» aceptan, a cambio de que vayan
siempre dos hombres suyos a bordo de los barcos. Uno de ellos, con
título de capitán, para controlar la ruta y otro, siempre armado, para
custodiar la carga.
El pago
se realizará de la siguiente manera: Un millón al subir a bordo del
barco y los otros tres cuando se haya descargado la droga en Europa, una
vez descontados los gastos ocasionados por la travesía como las tasas a
la agencia marítima, combustible, comida y gastos de puerto, todos ellos
a cargo de «Los Mellizos».
Mediante
la organización en Cali, en mayo de 1998 surge una nueva ruta a Europa a
través de Holanda, quedan en llamar «ruta de los quesos». Hasta
tres barcos con 5.000 toneladas de cocaína desembarcaron en un dique
específico de Amsterdam, con la colaboración de sus dueños. Para ello
había que hacer una solicitud formal de reparación del barco. Ellos se
quedan con el 25 por ciento de la mercancía y el resto lo comercializó
la organización en Europa.
Según
García Molinares, a mediados de 1999, la organización se se había
quedado sin flota para sus actividades de tráfico de drogas. La
mitad de sus barcos habían sido aprehendidos y el resto estaban
inservibles por su deterioro. Su primera decisión es montar una
estructura de barcos en compartimentos estancos y reducir riesgos. El
objetivo es separar totalmente la actividad de los futuros barcos de
forma que no tuvieran ninguna relación ni conexión entre ellos, para
evitar el efecto dominó que acababan de sufrir. Hasta esa fecha, los
barcos de «los Mellizos» pertenecían a las mismas compañías «Off
shore», radicadas en Panamá y gestionadas por Pérez-Carrera&Co, cuyo
dueño, el abogado Roque Pérez, utilizaba las mismas agencias marítimas
en Panamá, Curaçao, México y Surinam. También las mismas tripulaciones,
compuestas por lituanos, panameños y colombianos con pasaportes
panameños falsos.
De esta
forma, se hacen con un mercante en Dinamarca a través de intermediarios,
que se encargan de su manejo, potencian los alquileres con otras
organizaciones en las mismas condiciones que trabajan con los griegos y
crean una nueva modalidad de envío a través de barcazas desplazadas por
remolcadores. Esta nueva fórmula da como resultado la compra de los
remolcadores Troley Bay y Brandon Bay en Inglaterra. EE UU había montado
una base militar cerca de Barranquilla y Cartagena de Indias con lo que
sus tradicionales sitios de carga ya no les valen, quemados por la
presión que ejercían los guardacostas norteamericanos en el área del
Caribe.
A
principios de 2000 se trasladan al delta del Orinoco, cerca de la
localidad de Upata, en Venezuela, propiedad de la familia Mafiol, que
ofrece la posibilidad de construir una pista clandestina de aterrizaje,
depósitos para almacenar y esconder grandes cantidades de cocaína y un
acceso al mar mediante una estación de pesca adquirida. La organización
compró una avioneta Cesna 206 y una aeronave «Cheyenne 3» para
transportar 40.000 kilos de droga de Colombia a Venezuela. Llegaron a
«bombardear» (lanzar desde el aire y por la noche) unos 14.000 kilos en
apenas dos semanas.
La
Policía venezolana y la DEA de EE UU intervino la droga en el verano de
2000. España apresó el buque «Privilege» y los guardacostas de Miami, el
«Suerte I». «Los Mellizos», hoy buscados por España, EE UU y
Colombia, siguen activos. Siempre han sospechado que García Molinares
tiene algo que ver con la operación policial que derribó sus proyectos
para inundar de cocaína Europa desde Venezuela.
Fuente: La Razón
08/02/2004
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