Seguridad Pública y Protección Civil
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El Ayuntamiento de Madrid
emplea seis millones de euros al año en limpiar los graffitis
Psicólogos y
sociólogos coinciden en que el graffiti es una señal inequívoca de
narcisismo. Si el importe del daño supera los 300 euros se convierte en
delito
«A mí
han estado a punto de pillarme, pero como tengo buenas piernas ...»
Carlos, un veinteañero madrileño, es de los grafiteros esporádicos. Lo
hace sólo de vez en cuando. Eso dice. Y firma como «Mose».
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En un año, se
han limpiado en Madrid
1,4 millones de metros cuadrados de
"suciedad urbana", el equivalente a 140 campos
de fútbol |
-¿De
dónde viene ese apodo?, le preguntamos.
-He sido mal estudiante. Ahora, no tanto. Todo empezó como una «coña» de
amiguetes, en el Bachillerato. Cuando estaba en clase y el profesor me
preguntaba yo, casi siempre, respondía: «No sé». Tanto no sé, no sé,
derivó en «mo-se». Y me gustó tanto que me lo adjudiqué. Queda bien. Es
original.
Carlos, como es natural, está en el bando donde opinan que el graffiti
está bien, que es una forma de expresión. No llega a utilizar la palabra
«arte» pero justifica este fenómeno que, según sus cálculos, va
en aumento. «Ahora hay más dibujos -dice- pero ya no se siente como
antes. Cualquiera, con tal de hacerse el gracioso, pinta una pared. Eso
no tiene mérito. A mí me gusta pintar pero no tengo dinero». Cada
spray vale 2,10 euros pero cunde poco.
Peor suerte que Carlos ha tenido uno de sus colegas grafiteros. Este
otro joven evita dar su nombre. Es viernes por la mañana. Ese mismo día,
a las cuatro de la tarde, el muchacho entraba en un centro penitenciario
madrileño para cumplir un arresto de fin de semana. Es el precio que ha
tenido que pagar por dejar su huella donde no debía; por no poder
reprimir esa irrefrenable forma que tienen los grafiteros de decir al
resto de los mortales «aquí estoy yo» a través de su firma.
«Pillaron a dos -nos cuentan- y les cayó una multa de 600 euros». Uno se
negó a pagarla y el otro no quiso correr con todos los gastos. Tampoco
accedieron a hacer «tareas en favor de la comunidad», otra de las formas
de «pago» que se impone a los grafiteros cuando se les pilla in fraganti
si quieren evitar el juicio y la posible pena privativa de libertad.
«Estar en la cárcel sirve como reflexión», dicen los chavales.
En honor a la verdad, para hablar del graffiti hay que andarse con pies
de plomo. Notamos muchas reticencias, muchas susceptibilidades y mucho
«tiquis-miquis». Para algunos sociólogos, no es bueno dar tanto
bombo al asunto «porque se crecen». Percibimos claramente el mensaje: no
hay mejor desprecio que no hacer aprecio.
«Se escribe con dos efes»
En el otro lado de la balanza se encuentran los que ven el graffiti como
un arte. ¿Arte? Pues sí, eso parece. De hecho, en junio de 2003 el
Pabellón de La Pipa, dentro del recinto ferial de la Casa de Campo,
acogió una muestra donde se anunciaba a «los mejores artistas» en
este terreno. Allí estuvieron «Freaklub» (Xavi Cardona y Elisa Riera), «Spok»
(Félix Reboto), «Radok» (Jordi Zaragoza), «Sixe» (Sergio Hidalgo) y
«San» (Daniel Muñoz), los cinco finalistas seleccionados previamente
en un acto celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.
En nuestro viaje al mundo del graffiti hemos tenido que escuchar cosas
como las siguientes: «¡Oye, no confundas el graffiti con las pintadas
ni con las firmas!». O «¿vas a escribir en positivo o en
negativo?». O «ten cuidado: graffiti se pone con dos «efes»;
grafitero sólo con una». Y lo mejor: «A los grafiteros se les llama
«escritores». Pues vale.
Advertido todo ello, no está de más recordar que a los graffitis -con
dos efes-, las pintadas, las firmas y al resto de esta singular forma de
adornar la urbe, el Ayuntamiento lo denomina «suciedad urbana» y
su limpieza cuesta a todos los madrileños una media de 6 millones de
euros al año, unos mil millones de las antiguas pesetas. Y eso no es
todo: en 2002, el Consistorio eliminó 1,4 millones de metros cuadrados
de esa «suciedad urbana» que equivalía a 140 campos de fútbol. Un
dato: dejar el Metro libre de esta decoración había salido por 1,3
millones de euros.
Las tareas de limpieza se realizan bajo las más estrictas normas de
seguridad, tanto para los trabajadores como para los ciudadanos y el
medio ambiente urbano. Se utiliza tecnología muy sofisticada, avanzada y
costosa. Entre ella, la granalla y el agua, fría o caliente, a presión
que se lanzan desde potentes vehículos hidrolimpiadores, así como
productos abrasivos, productos químicos, detergentes o decapantes.
Además de la vigilancia habitual por parte de la Concejalía de Medio
Ambiente, las zonas más emblemáticas de la ciudad, centros culturales,
edificios oficiales y museos, entre otros, se limpian a base de
productos químicos de protección antipintadas.
Se sancionan los daños
La «suciedad urbana» obliga, además, a tener siempre a punto un
servicio de limpieza especial los siete días de la semana, de 7 de la
mañana a 11 de la noche, en los 21 distritos de la ciudad. El distrito
más castigado es el de Centro donde, sólo en un año, se eliminan 130.000
metros cuadrados de graffitis, pintadas, pegatinas y carteles.
Nuestra legislación -estatal, regional o municipal- no se refiere
expresamente a todo este tipo de «decoración urbana». Sí se
sancionan los «daños» al mobiliario urbano. En primer lugar, hay
que pillar al «artista» con las manos en la masa. Los vigilantes
jurados y los agentes municipales saben mucho de esto. A continuación,
se avisa a la Policía. A veces, los que ha dejado el mismo que los hizo.
El importe del daño lo establece un perito. Si oscila entre los 240 y
los 300 euros se considera una falta; si pasa de ahí puede tener entidad
de delito.
Cuando el joven también se niega a realizar trabajos en favor de la
comunidad se enfrenta a una multa -las ha habido de dos mil euros- que,
en caso de impago, le lleva directamente al arresto de fin de semana.
Los expertos consultados por ABC calculan que entre el 60 y el 70 por
ciento de las familias se enteran de que su hijo es grafitero cuando
llega la multa a casa.
La práctica totalidad de estos expertos coincide en que el graffiti es
una señal inequívoca de narcisismo. Ese afán de «aquí estoy yo»
cuando estampan su firma y sus diseños en cualquier pared, cierre
metálico, vagón de tren o de Metro, papelera, quiosco o un simple banco
para sentarse.
Javier Urra, psicólogo forense y ex Defensor del Menor de la Comunidad
de Madrid, asegura que, además, estos jóvenes tienen una característica:
la reincidencia. Por su experiencia, sabe que estos muchachos actúan en
grupo. «Algunos -dice Urra- mantienen la sensación de que lo que
hacen es arte aunque también los hay que son conscientes de que su forma
de actuar es transgresora y negativa».
«Los grafiteros se reparten la ciudad. Se trata de «territorios»
previamente pactados y delimitados donde dejan su firma, su señal de
identidad», asegura Urra quien, además, se muestra convencido de que
«la sociedad empieza a sentir cansancio ante tanta contaminación
visual».
Por su parte, Javier González, profesor del área de Comunicación de la
Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense,
opina que el graffiti se trata con mucha superficialidad. «Todo el
mundo sabe que es ensuciar las paredes con pretensiones artísticas.
Llamarlo «arte urbano» es una mistificación poco seria, pero si
lanzas acusaciones contra el graffiti te tildan de retrógrado».
¿Va a durar mucho esto del graffiti? Según González, los
grafiteros han sido excesivamente atendidos por instancias
legitimadoras; entre ellas, la Universidad. Que hablen de ellos,
legitima más a los grafiteros. Mi conclusión, bastante pesimista, es que
la publicidad y los medios de comunicación-especialmente la televisión-
están proporcionando hoy más mensajes que los que aporta la escuela y la
Universidad. Eso es muy triste».
Mensaje anónimo
La opinión de Francisco Reyes, profesor de Publicidad en la misma
facultad de la Universidad Complutense es que «se suele incluir el
graffiti entre las pintadas políticas. La pintada es un mensaje anónimo.
El graffiti lleva la firma del autor para que «hablen de mí». Creo que
es una especie de exaltación del ego, narcisimo puro y duro».
Reyes está convencido de que hoy, el graffiti está fuerte por obra y
gracia de Internet, del telegraffiti. «Un chaval puede pintar un tren
y colocar su foto en la red para que lo vean miles de personas»,
comenta. «Me parece bien hacer un mural bonito para que se vea y se
admire. Sin embargo, yo no he conocido un grafitero que pintara una
estatua o un monumento. Esa es una regla no escrita que todos respetan.
El graffiti puede ser arte en una pared de derribo, que no moleste a
nadie. Si pintan en la puerta de tu casa o en un tren, eso ya es un
delito», concluye.
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La mayor
parte de los grafiteros actúa en grupo y es reincidente |
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El graffiti
aterrizó en Madrid por la Base aérea de Torrejón |
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Todo empezó en
1983, cuando un pequeño grupo de unos cuantos "colgado"
comenzaron a contorsionarse en la calle, en el suelo, al ritmo
de una música que ellos mismos llamaban "break", música
de break, aseguraban. El "breakdance" fue el primer aviso
de lo que años más tarde sería la movida "hip-hop". En
muchos barrios los chavales bailaban "popping" y
"suelo". No eran conscientes de los que tenían en sus manos.
Tampoco sabían cómo había entrado en España aquel baile que
venía del otro lado del Atlántico, probablemente hasta Madrid,
por la base de Torrejón de Ardoz (en Estados Unidos se bailaba
"break", desde los 70), donde los soldados americanos
solían moverse por la discoteca Stone´s Seguramente fue aquí
donde aterrizó el "break", el "rap", el
"electro", que fueron gestando el movimiento "hip-hop",
un mensaje se hacía inevitablemente repetitivo en los muros y
mobiliario urbano de Madrid desde 1980: "Muelle", un
joven de la periferia, músico y mensajero, fue el primero en
estampar su firma por toda la ciudad.
Murió en 1995. Pronto surgieron
imitadores, "escritores" de pintadas o firmas ya que,
entonces, no se conocía el graffiti tal y como hoy lo vemos.
Algunos llegaron a ser tan conocidos como él: Bleck la rata,
Tifón, Glub...
Según el profesor Francisco
Reyes, "muelle" no sólo fue el primer grafitero sino el
creador de un estilo, el "flechero", desconocido en el
resto de Europa e imitado hasta la saciedad" tanto en España
como en Madrid. |
Fuente: ABC
22/02/2004
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