Seguridad de la Información y Protección de Datos
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La Brigada de
Investigación Tecnológica de la Policía rastrea las "huellas" delictivas
en la red
Todos los delitos
menos la violación se pueden cometer a través de Internet
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Aunque su
arma reglamentaria
es el ordenador, se desplazan
por toda España para practicar
detenciones |
Internet ha cambiado nuestras vidas en todos los aspectos. De hecho, se
puede subsistir teniendo el saldo suficiente en una cuenta corriente y
sabiendo manejar el PC con soltura. Tan sólo hay que salir unos
segundos al rellano de la escalera para recoger los pedidos que hayamos
encargado a una de las cada vez más numerosas empresas que ofertan sus
productos a través de la red. Pero no sólo tenemos la posibilidad de
realizar nuestras compras y transacciones, ya que el ciberespacio
permite a muchos asalariados no tener que pasar por el engorro de
soportar atascos cada jornada y evitar la mirada escrutadora del guardia
de seguridad a la hora de fichar. ¿A quién no le importaría perder un
poco de dinero de su nómina a cambio de poder trabajar en su propio
hogar sin horarios y sustituyendo la corbata por un cómodo chándal?
Pero
Internet también tiene su revés, una cara sombría en la que tratan de
pasar desapercibidos una serie de delincuentes que, de forma más o menos
sofisticada, utilizan la red para causar daño en su beneficio. Por
suerte, como el crimen perfecto, la impunidad en el ciberespacio no
existe, y de ello se encargan los 28 funcionarios del Cuerpo Nacional de
Policía que integran la Brigada de Investigación Tecnológica.
El germen
de la Brigada se remonta a 1995. Ese año, tres agentes comenzaron a
trabajar utilizando como «armas reglamentarias» las mismas que
usaban los delincuentes a los que trataban de poner cara y nombre: los
ordenadores.
Por
entonces, Internet ya era una realidad que iba extendiéndose
espectacularmente en los hogares de todo el mundo. Lo mismo que la
proliferación de delitos relacionados con las nuevas tecnologías. Por
ello, la plantilla inicial de agentes se fue ampliando hasta llegar a
los 28 que actualmente desempeñan sus funciones en el complejo policial
de Canillas. Ahí tienen su centro de operaciones y es desde donde
estrechan el cerco hasta asfixiar al ciberdelincuente. Pero lo cierto es
que la red no tiene fronteras y es frecuente que se tengan que desplazar
de forma sincronizada a numerosos puntos de España para, por ejemplo,
desarticular a una red de pederastas que intercambian material
pornográfico en el que los protagonistas son menores de edad.
Cualquier delito.
Aparte de que es el lugar en el que trabajan los funcionarios de la
Brigada, Madrid es uno de los puntos neurálgicos de las investigaciones
que llevan a cabo. En primer lugar porque raro es el operativo a gran
escala en el que no esté involucrado algún residente de nuestra
Comunidad. Además, los juzgados de Plaza de Castilla soportan el grueso
de denuncias de este tipo de delitos hasta que, con las investigaciones
avanzadas y el esclarecimiento del lugar desde donde operan los
delincuentes, se remiten los casos a las dependencias judiciales
correspondientes.
A priori,
Internet parece inofensivo, pero nada más lejos de la realidad. Según
Carlos Lobato, comisario jefe de la Brigada de Investigación
Tecnológica, con esta herramienta se puede cometer «cualquier tipo de
delito menos una violación». Incluso se puede perpetrar un
homicidio, accediendo a los expedientes médicos y cambiando la
medicación de los pacientes.
Por todo
ello, la Brigada se divide en tres secciones que, a su vez, se
subdividen en una serie de grupos especializados en «protección al
menor», «fraude en el uso de las telecomunicaciones»,
«fraudes en internet», «propiedad intelectual» y
«seguridad lógica». En este epígrafe están incluidos los tan temidos
«hackers», que Lobato divide en éticos delinquen para demostrar
que pueden hacerlo y los no éticos que lo hacen para lucrarse.
Pero, sin
duda, son los delitos relacionados con la pederastia los que más
inquietan a la opinión pública. La sensibilidad en este sentido es tal
que cada día llegan al correo electrónico de los agentes de Canillas
aproximadamente 200 denuncias de ciudadanos, la mayoría de forma
anónima, que, navegando por la Red, han encontrado páginas web
relacionadas con la pornografía infantil.
A
partir de este aviso, los policías comienzan una laboriosa investigación
que, debido a su complejidad, se puede prolongar durante meses. Y es
que el intercambio de material pornográfico de estas características
trasciende nuestras fronteras, por lo que la colaboración con los
cuerpos y fuerzas de seguridad de otros países es vital para llevar a
buen puerto las pesquisas. Tirando del hilo, los agentes pueden llegar a
conclusiones que muestran una bajeza extrema: en muchas ocasiones son
los propios padres los que «alquilan» a sus hijos a los
productores del material que, posteriormente, se intercambiarán los
«amantes del género». Según Lobato, en España no hay constancia de
que se esté produciendo este tipo de material que, en su mayoría,
proviene de países del este de Europa, centro y sur de América y Asia,
donde la miseria se convierte en el caldo de cultivo ideal para que los
menores caigan en estas redes. Por desgracia, aunque más tarde o más
temprano el «consumidor» acaba en manos de la Policía, lo difícil
es detener al que filma o fotografía las imágenes, o lo que es lo mismo,
al que se lucra económicamente con las aberraciones cometidas sobre
niños.
Para el
comisario jefe de la Brigada no existe un perfil de consumidor de
pornografía infantil. «Aunque en alguna ocasión hemos detenido a
alguien importante, hay de todo. Muchos tienen mujeres e hijos y a veces
no son conscientes de que estaban cometiendo un delito», afirma.
Cuando la Policía se presenta en sus casas y les informan del motivo de
la detención no suelen oponer resistencia, pero uno de los agentes no se
va a separar del sospechoso mientras se registra la vivienda para evitar
así que pueda quitarse la vida, quizás al plantearse que la sanción
social de su entorno familiares y amistades al conocer lo que ha hecho
puede ser aún más dura que la penal.
Pero ésta
es sólo una de las vertientes en las que trabaja la Brigada. Otra de sus
funciones es poner fuera de juego a los tan temidos «hackers».
Uno de los más osados, según José Manuel, inspector de la Brigada, ha
sido un joven de 25 años que, desde Badajoz, ha tenido en jaque a
Wanadoo Francia, que ha valorado las pérdidas ocasionadas por este
pirata informático en millones de euros y la puesta en peligro de 60
empleos. Empezó conformándose con entretenerse gratis con uno de los
juegos de Internet más populares del mundo, el «Dark Age of Camelot».
Sin embargo, acabó robando el programa, accediendo a las bases de datos
de otros usuarios, creando cuentas gratuitas para nuevos jugadores y
utilizando tarjetas de crédito ajenas.
Mucha
gente es reticente a comprar a través de la red o a realizar algún tipo
de transacción, al tener miedo de que sus datos bancarios caigan en
manos de algún delincuente sin cara. Francisco, también inspector de
Investigación Tecnológica, afirma que este miedo es infundado. Aunque
reconoce que no es del todo descartable la comisión de un delito de
estas características, considera que el riesgo es el mismo que cuando
pagamos con tarjeta de crédito en un restaurante. Y es que nadie sabe
que uso se hace del plástico durante los segundos que el camarero la
retira para pasarla por la terminal que carga la factura en nuestra
cuenta.
Cebos falsos.
Según él, lo que está de moda hoy en día es enviar correos masivos que
advierten de que la página web de nuestro banco esta en obras. Así,
remiten a las potenciales víctimas a otra página falsa creada por los
delincuentes con el fin de conocer las claves de acceso de los más
confiados y poder hacer uso de los fondos de sus cuentas corrientes.
Ésta es
una pequeña muestra de la labor que llevan a cabo cotidianamente los
agentes del Cuerpo Nacional de Policía que integran la Brigada y
que, debido a la frenética evolución de los avances tecnológicos,
reciben constantes cursos con el fin de seguir demostrando que, como en
cualquier otro delito, todo ordenador deja las huellas del delincuente
que lo utiliza en el lugar del crimen.
Fuente:
La Razón
23/02/2004
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