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Martes 22 de junio de 2004


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

Las líneas aéreas repatrían "sin papeles" con escoltas privados

Agentes de seguridad utilizan medios como atar a los inmigrantes para devolver a su país a los pasajeros sin documentación

 

Las compañías aéreas contratan servicios privados de seguridad para dar escolta a ciudadanos extranjeros extracomunitarios que son rechazados en los puestos fronterizos de los aeropuertos. Este proceder, cada vez más extendido, no invade la ilegalidad, pero presenta numerosas dudas. La persona expulsada es custodiada como si se tratara de un delincuente -a veces, esposada-, al tiempo que los profesionales de la seguridad asumen responsabilidades para las que la ley no les da amparo del todo.

Las fuerzas de seguridad tienen muy claro que si un ciudadano de fuera de la Unión Europea llega a un aeropuerto español con una documentación dudosa o manifiestamente manipulada es culpa de las compañías aéreas y de falta de control. Por ello, son estas firmas las que deben responsabilizarse de devolver a su destino al extranjero y de su manutención hasta el momento en que produzca el retorno, que suele producirse en las primeras 24 horas tras el aterrizaje.

La intervención de vigilantes en la custodia de algunos de los repatriados es una cuestión de la que las aerolíneas prefieren no dar demasiados datos. Por ejemplo, una portavoz de Iberia explicó a este periódico que «son cuestiones de seguridad interna de la compañía cuyos detalles no se divulgan».

La no admisión de un ciudadano en el control de pasaportes de un aeropuerto se conoce con el nombre de rechazo en frontera. Técnicamente, el pasajero no llega a penetrar en territorio español y permanece en una zona de tránsito internacional.

En lo que llevamos de año, en el aeropuerto del Prat de Barcelona se han realizado casi 400 rechazos de estas características. Mientras no se les asigna vuelo y se les deja en el avión, quedan bajo la custodia del Cuerpo Nacional de Policía.

Dos tipos de reacción

En estos casos, los ciudadanos de los países extracomunitarios a los que no se deja entrar reaccionan de dos maneras, según explicaron fuentes aeroportuarias. Una de ellas es de carácter pacífico y de cierta resignación; la otra, la de resistirse a aceptar la situación y rebelarse activamente.

En el primero de los casos, el rechazado es llevado por la policía hasta el avión y regresa a su país de origen sin otro problema que la frustración y los inconvenientes de no haber podido cumplir con los objetivos de su viaje. Es en el segundo de los casos cuando las compañías contratan los servicios de compañías privadas de seguridad.

Según las fuentes consultadas, la contratación de estos servicios responde a la voluntad de las compañías de asegurar la tranquilidad del pasaje y del vuelo en general. Los vigilantes se encargan de garantizar que la repatriación se desarrolle sin contratiempos para la aerolínea.

Según explica un miembro de una compañía de seguridad que ha realizado numerosas custodias de estas características, el momento más complicado es el del traslado desde la terminal del aeropuerto hasta el avión, y los momentos previos al despegue. Hasta la entrada en el aparato, es la policía la que se encarga de que el rechazado entre en la aeronave por las buenas o por las malas.«Es cuando la persona se pone más nerviosa. En ocasiones hay que obligarla a entrar en el avión», señala este profesional de la seguridad.

Hace varias semanas realizó uno de estos servicios. Se trataba de devolver a un matrimonio árabe a su país de origen, después de que el pasaporte del marido presentara irregularidades. La mujer aceptó con cierta resignación, pero él se negaba a ser embarcado de nuevo. Le inmovilizaron las manos y le taparon la boca para evitar que gritara. «Una vez realizado el despegue se suelen quedar más tranquilos, porque su repatriación es ya inevitable», explica este vigilante. Entonces suelen levantarse las limitaciones de movimientos y, como ocurrió en este caso, se le libera la boca. Todos estos manejos suelen pasar desapercibidos para el resto de pasajeros, ya que los vigilantes y los repatriados suelen ocupar los asientos traseros de los aviones.

Cuando el avión llega a su destino, los vigilantes no llegan a cruzar la frontera y se quedan en esa misma tierra de nadie de los aeropuertos de donde proceden los extranjeros que acaban de repatriar. En ocasiones, disponen sólo de minutos antes de coger el vuelo de retorno a España. El vigilante carece de potestad para erigirse en interlocutor de los agentes policiales que, a menudo, recibe a pie de pista a los retornados.

Fuente: El Mundo
21/06/2004

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