Seguridad Medioambiental
y Protección del Entorno
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El tesoro negro del "Prestige"
vuelve a tierra
Se inicia la
extracción de las 13.800 toneladas de fuel hundidas a 4.000 metros de
profundidad, en una operación de tecnología punta que costará 100
millones de euros
Para hundir el Prestige
bastó con seis días y un par de decisiones precipitadas. Para reflotar
el fuel que queda en sus tanques han sido necesarios 16 meses de
intensos análisis de precisión, la mejor tecnología disponible en alta
mar, un derroche de ingenio, 500 trabajadores y 100 millones de euros.
Ley de la ingeniería: arreglar algo siempre es mucho más difícil que
estropearlo. La operación, dirigida personalmente por el vicepresidente
de Exploración y Producción de Repsol YPF, el ingeniero Miguel Ángel Remón, comenzó la semana pasada, y está consiguiendo unos resultados
espectaculares.
El
próximo septiembre, las 13.089 toneladas de fuel que ahora permanecen
atrapadas en la proa del Prestige estarán a salvo en los tanques
coruñeses de la compañía. Cuando los técnicos se hayan ido, unos cuantos
billones de bacterias seguirán trabajando a 4.000 metros de profundidad
durante 15 años más hasta dejar el buque más limpio de lo que nunca
estuvo en superficie.
La proeza técnica
no tiene precedentes en el mundo, y sus múltiples innovaciones serán
incorporadas con toda seguridad a la gestión de los futuros naufragios
petroleros (los seguirá habiendo, al menos mientras los países europeos
no acuerden una legislación marítima inteligente).
El éxito de una
operación de tal complejidad es lo más parecido a una buena noticia que
ha salido del Prestige desde el aciago 19 de noviembre de 2002, cuando
el buque se fue a pique a 200 kilómetros de la costa gallega en los
albores de una de las peores catástrofes ecológicas de la historia.
"Hemos
tenido que resolver tres problemas técnicos sin precedentes", explica
Remón. "El primero fue adaptar los robots y las máquinas de perforado
para que pudieran trabajar a 4.000 metros de profundidad. Nunca habían
pasado de 2.400. El segundo fue idear un sistema para extraer el fuel
del buque, que es tan viscoso -más parecido a una sustancia plástica que
a un líquido- que no puede succionarse con ninguna bomba a esa
profundidad. Y el tercero fue cómo transferir el fuel hasta el buque que
después ha de llevárselo a tierra".
Tras consultar
con otras cinco grandes petroleras, los ingenieros de Repsol propusieron
un plan de acción que fue aprobado por la Administración el 4 de abril
de 2003. Tras un año de mediciones y ensayos, el plan entró la semana
pasada en su fase de ejecución definitiva. Era lo previsto: hay que
aprovechar los meses de buen tiempo.
El elemento clave es
una lanzadera -un descomunal depósito cilíndrico de aluminio, con
una altura similar a un edificio de ocho pisos- que se cuelga de un
buque llamado Polar Prince,
situado
exactamente en la vertical del Prestige. La cadena que sujeta la
lanzadera mide cuatro kilómetros. La lanzadera vacía pesa 18 toneladas,
pero cuando está sumergida, el empuje de Arquímedes la impulsa hacia la
superficie como si pesara una tonelada hacia arriba. Es el peso de la
gigantesca cadena (muy superior a una tonelada) el que hace descender la
lanzadera hasta el Prestige. La distancia es larga, y la inmersión dura
de tres a cuatro horas.
El contrato para
la construcción de cinco lanzaderas, a un millón de euros la unidad, se
adjudicó a la empresa Aister, de Vigo. "Han hecho un buen trabajo, y han
cumplido los plazos", reconoce Remón con el gesto de quien no está
acostumbrado a prodigar elogios innecesarios. Ya hay una lanzadera
trabajando en el lugar del naufragio, otra estaba ayer mismo en marcha
hacia el lugar de las operaciones y las otras tres se irán incorporando
mientras progresa la operación.
Cuando la
lanzadera llega al pecio, es recibida por tres robots que también están
colgados del Polar Prince. Se llaman Innovator 1, 2 y 3. Los Innovator
son un caso claro de estajanovismo mecánico. Del 10 al 31 de mayo, por
ejemplo, trabajaron 821 horas entre los tres: como si un solo robot
hubiera trabajado 37,3 horas diarias. ¿Qué han hecho?
Los robots han guiado y
acoplado al Prestige varios tipos de sensores y máquinas enviadas al
fondo marino. Uno de esos sensores, basado en haces de neutrones,
permitió a los ingenieros calcular exactamente cuánto fuel quedaba en el
pecio, y su lugar exacto en el laberinto de compartimentos del malogrado
buque. El Prestige está partido en dos. La mayor parte del fuel (13.089
toneladas) está repartida en cuatro de los 10 compartimentos de la mitad
de proa. La mitad de popa sólo conserva 711 toneladas. Total: 13.800
toneladas.
Esta medición,
por cierto, aclara definitivamente el volumen del vertido ocurrido hace
un año y medio. Puesto que, antes del incidente, el Prestige cargaba
77.000 toneladas de fuel, se infiere que expulsó 63.000 toneladas, casi
todas durante el remolque y el hundimiento.
Los cuatro
principales tanques del buque, que ocupan el eje central de proa a popa,
están casi vacíos, pese a que sólo uno de ellos se quebró al romperse el
barco en dos (véase gráfico). Ramón Hernán, director general de
Exploración y Producción de Repsol YPF -un buscador de petróleo-
interpreta que los tabiques que separaban estos compartimentos se
rompieron también durante el naufragio, permitiendo al fuel escaparse
por la gran rotura central.
Una vez
localizados los escondrijos del fuel en el Prestige, los robots situaron
en los lugares adecuados del buque unas máquinas perforadoras (hot
tapping, o pinchado en caliente) que hacen en el casco un agujero del
tamaño de una boca de alcantarilla. "No servía nada más pequeño", dice
Remón. "El fuel es tan viscoso que, con un hueco convencional de unos 30
centímetros, no hubiera salido de forma eficaz".
Los agujeros no
se dejaron abiertos, naturalmente, sino que se les acoplaron de
inmediato unas válvulas especiales. Es a ellas a las que se acoplan
ahora las lanzaderas.
El fuel del
Prestige tiene una densidad muy cercana a 1,00 kilogramos por litro,
como la del agua dulce. El agua marina, debido a la sal, es más densa
(1,03 kilogramos por litro en superficie, y más aún en el fondo). Por
esta razón, en cuanto la lanzadera se acopla al casco y se abre la
válvula, el fuel sube hacia el interior de la lanzadera (y el agua
marina entra en el buque). El fuel no se extrae del Prestige por
succión, sino por flotación.
Una de las cosas
que más ha sorprendido a los responsables de la operación es la
extraordinaria nitidez de las imágenes de vídeo en la zona del pecio. A
4.000 metros de profundidad no hay corrientes, y el fondo del mar
permanece tranquilo, sin perturbar la transparencia del agua.
En los vídeos se
ve perfectamente cómo sale el fuel hacia la lanzadera, y no parece
precisamente un "hilillo de plastilina", en la popular expresión acuñada
por Mariano Rajoy en plena crisis. Más bien parece un pulpo negro y
monstruoso asomando la cabeza en busca del almuerzo. Pero esta vez la
presa es él.
Pese a que el
agujero del casco tiene el tamaño de una alcantarilla, el fuel tarda de
6 a 12 horas en subir hasta llenar la lanzadera, que tiene una capacidad
de 300 metros cúbicos (es decir, 300 toneladas de fuel). Las 13.000
toneladas precisarán 43 viajes.
Los ingenieros han
tenido que resolver aún otro problema grave. Cuando la lanzadera vuelve
a superficie, hay que sacarle el fuel y transferirlo a un petrolero, el
Odín, que más tarde lo transportará a A Coruña para almacenarlo y
procesarlo. Lo primero que se le ocurre a uno es extraer el fuel de la
lanzadera con una bomba de succión, pero de nuevo la gran viscosidad del
producto lo hace imposible: haría falta una bomba con una presión de
succión de 170 bares, y las bombas existentes no pasan de 10 o 12 bares.

Los técnicos de
Repsol han tenido que adaptar una técnica ensayada en los años ochenta
por la compañía Petróleos de Venezuela, que consiste en inyectar agua
junto a la pared interna de la lanzadera. El agua gira y envuelve al
fuel como la tripa al chorizo, y sólo entonces puede extraerse el
contenido. Gracias a esta técnica, las primeras lanzaderas cargadas con
fuel del Prestige ya se han descargado en el petrolero Odín.
El sistema de las
lanzaderas no podrá extraer todo el fuel. Varias decenas, tal vez
centenares de toneladas, se quedarán adheridas a las paredes internas de
la proa. A ello hay que añadir las 711 toneladas dispersas por los
compartimentos de la popa, que tampoco pueden extraerse. Los humanos no
podrán concluir el trabajo. Tendrán que delegar en las bacterias.
"Al principio
pensamos que no habría bacterias adecuadas allí abajo, debido a la falta
de oxígeno", dice Hernán. "La cantidad de oxígeno disuelto en el agua es
alta junto a la superficie, pero va decreciendo con la profundidad.
Suponíamos que a 4.000 metros habría muy poco, pero al medirlo nos
llevamos la sorpresa de que su concentración era casi como en
superficie".
Ese oxígeno es
suficiente para sostener una flora bacteriana diversa y capaz de comerse
el fuel, aunque muy lentamente. Los técnicos han comprobado que hay
bacterias por todas partes: en el agua, en los sedimentos y en el propio
fuel. Lo único que hay que hacer es aportarles algunos nutrientes para
que proliferen. Los expertos en biorremediación de las Universidades de
Granada y Texas han determinado que un fertilizante a base de nitrógeno,
fósforo y potasio basta para multiplicar por 10.000 el número de
bacterias (de 10.000 a 100 millones de bacterias por mililitro).
Los ingenieros
debaten todavía la forma óptima de suministrar ese fertilizante al
pecio. Tienen tiempo, porque esa operación no empezará hasta septiembre,
cuando las lanzaderas hayan extraído todo el fuel posible. Las bacterias
tardarán 15 años en rematar la faena, pero lo harán a conciencia. A
diferencia de los humanos, no cometen errores.

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Se vende
chapapote |
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El fuel
rescatado del Prestige será depositado provisionalmente en unos
tanques de la refinería de Repsol en A Coruña, pero la empresa,
por supuesto, no tiene el menor interés en conservarlo allí. Su
intención es venderlo. Ningún país europeo lo comprará -su
calidad no alcanza el mínimo legal de la UE-, pero la compañía
espera encontrar un comprador en países con normativas menos
exigentes, que tal vez puedan usarlo como combustible de uso
naval.
De ser
así, el bucle se habrá cerrado con un nudo irónico. Cuando se
hundió, el Prestige viajaba con destino a Singapur, precisamente
para vender su carga de fuel como combustible de uso naval. Es
posible que el Prestige logre, después de todo, consumar su
última transacción comercial, sólo que con un año y medio de
retraso y después de haberse dejado por el camino el 80% de su
cargamento.
"No
sabemos si será posible venderlo", dice Ramón Hernán, uno de los
directores generales de exploración de Repsol YPF. "Estamos
analizando el fuel recién extraído del fondo para ver qué
especificaciones puede tener. En el mejor de los casos, podremos
venderlo como combustible -aunque no en Europa- para propulsión
de barcos, o para hornos en fábricas de cementos".
La venta
no tiene un objetivo lucrativo, precisamente. Repsol va a pasar
a la Administración la factura de la operación (100 millones de
euros), pero no espera recuperar sus propios gastos de personal
y equipo (cerca de 2 millones de euros). "Si podemos vender el
fuel, ingresaremos entre cero y muy pocos euros", asegura
Hernán.
Si el
fuel resulta ser inservible como combustible, sólo cabrá
considerarlo un residuo. Una posibilidad es refinarlo, pero
nuevamente la gran viscosidad del chapapote genera toda clase de
problemas. "Habría que ir añadiéndolo muy poco a poco a la
cadena de refinado. La dilución tiene que ser enorme, o de otro
modo dañaría las instalaciones".
Los
quebraderos de cabeza que ha provocado el Prestige no parecen
tener límite. Ya hace un año, cuando los técnicos tuvieron que
sellar las fugas de la manera más urgente posible (el pecio
perdía 700 kilos de fuel al día), hizo falta buena cintura.
"Había exactamente 20 fugas", explica Miguel Ángel Remón, "y
cada una tenía sus peculiaridades: sellamos unas con materiales
plásticos, otras con tablas de madera, otras con sacos terreros.
Pero ahora no pierden. Los sellados han resistido un año en
perfecto estado".
Los
ingenieros tienen confianza en que el casco aguante también
mientras las bacterias acaban su largo trabajo de digestión. |
Fuente: El País
18.06.04
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