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Martes, 8 de junio de 2004


Seguridad Pública y Protección Civil

La trastienda de las Barranquillas, el mayor mercado de la droga en Madrid

Siete familias se reparten el mayor hipermercado de la droga en Madrid, por el que pasan a diario 3.000 personas.

 

Es el mayor mercado de droga de la capital. Un microcosmos dedicado a la venta de heroína y cocaína, un feudo dominado por clanes que se reparten el espacio y luchan, de forma sigilosa y macabra, por hacerse con los clientes. Ajustan la oferta a la demanda y a sus propios intereses mezclando la sustancias e incluso lanzado «promociones». Leyes de márketing para un mercado en el que entre chabola y chabola se van perdiendo vidas. Facturan más de 70.000 euros diarios, cerca de doce millones de las antiguas pesetas, y venden más de cuatro kilos de droga. Las Barranquillas es, según la Policía, el mercado de abastos de la capital, ya que de allí sale el 70 por ciento de la droga que se mueve en Madrid. Actualmente quedan 120 chabolas, aunque hace unos años rondaban las 300. Todas ellas pertenecen a clanes gitanos. Según los investigadores, hay siete familias «importantes» en el trapicheo de droga, lo que supone unos 30 puntos de venta en todo en el asentamiento. De ellos, cinco suministran cocaína y heroína las 24 horas del día ininterrumpidamente y durante todo el año.

Por este poblado pasan diariamente entre 2.500 y 3.000 personas. Sin embargo, la afluencia aumenta sensiblemente los jueves y viernes porque son los días en los que acuden más «camellos» a comprar su mercancía para tener «liquidez» durante el fin de semana, droga que luego venden a un precio superior en discotecas y pubs. Pero es que además, Las Barranquillas también suministra a proveedores de las provincias limítrofes porque es un mercado siempre abierto y con una ubicación estable. La Policía, que actualmente sólo cuenta con seis efectivos para vigilar todo el asentamiento y el movimiento de droga, sabe que en cada punto de venta no suele haber más 300 gramos de droga. Con esa cantidad van suministrando a sus cliente la sustancia que necesitan. Cuando se les acaba introducen más. Ese momento se convierte en una pugna entre policías y traficantes. Se conocen entre ellos y las artimañas de unos y otros para lograr sus respectivos objetivos se convierten en un derroche de ingenio e imaginación. Los agentes de la comisaría del distrito han hecho todo lo posible para conseguir información y pillar «in fraganti» a los traficantes.

Se han disfrazado, han utilizado todo tipo de vehículos o se han mezclado entre los toxicómanos. «Lo malo es que nos conocen a todos, pero aún así hemos conseguido bastante éxitos en los últimos meses», asegura Pablo Torras, inspector jefe del MIP-2 de la comisaría de Villa de Vallecas, que lleva años dedicado a controlar Las Barranquillas. Por su parte, los clanes, para reponer mercancía, utilizan vehículos que no conozca la Policía, envían señuelos para entretener a los agentes e introducir la droga con todoterrenos por accesos inhóspitos, usan drogodependientes para que pasen las sustancias, las esconden en bombonas de butano ¬quitan la tapa del fondo e introducen la cocaína dentro¬, en la rueda de repuesto, en el chasis del coche y un largo etcétera.

Los clanes tienen «afiliados» vigilando todas las entradas del poblado, y cuando se acerca la Policía o cualquier elemento sospechoso dan la voz de alarma: «¿Agua, agua!». Es el momento de cerrar las chabolas y, si llega el caso, de deshacerse de la droga. Por muy rápidos que sean los agentes, la picardía de los gitanos del lugar, y la experiencia, les hacen ganar cierta ventaja. «En verano tienen barreños con agua y lejía y en invierno una estufa. Cuando ellos dan la voz de alarma cierran las puertas, que son de hierro y con barras atravesadas por dentro. Mientras conseguimos acceder a la chabola, ellos, dependiendo de la época del año, tiran al agua o al fuego la droga que tengan en ese momento y así eliminan las pruebas», explica Torras.

Controlar al «cliente».

El poblado tiene un par de largas calles. Son los ejes para situar patios y barracas: sus puntos de venta. Los clanes distribuyen sus chabolas alrededor de cada patio que son más fáciles de vigilar al tener un solo acceso. Las estructuras de las chabolas, que en el 90 por ciento sólo se usan para vender droga, es similar y responde a unos criterios de seguridad: a todas se accede tras sortear una puerta de hierro, en la entrada suele haber una mesa tras la que una persona de la familia permite o deniega la entrada al cliente; después de un pequeño pasillo se alcanza una sala donde suelen colocarse unas sillas para que los toxicómanos se sienten a administrarse la dosis que acaban de comprar y no tengan necesidad de salir de la chabola. En esa misma sala se abre una pequeña ventana, similar a las de las farmacias de guardia, por la que se suministra la droga; dentro de la sala, a la que se suele acceder por una puerta de hierro desde el exterior, están las personas que manipulan las sustancias y preparan las dosis. El hecho de que los clanes habiliten un espacio en la misma chabola para que los toxicómanos se pinchen también responde a las leyes de este singular mercado. Es una comodidad para el cliente ya que, si sale de la barraca, pueden robarle la mercancía. Seguridad y comodidad.

Las Barranquillas es un miserable mercado que genera a su vez todo tipo de trueques y negocios. En este poblado muchas familias alquilan sus chabolas a otras que quieren ejercer como vendedores. Y el precio del metro cuadrado en ese asentamiento está mucho más caro que en la misma calle Serrano. Una barraca en Las Barranquillas cuesta entre 600 y 1.200 euros a la semana. El transporte también es negocio. Hasta Las Barranquillas llegan las famosas «cundas»: personas que acercan en su vehículo a los toxicómanos hasta el poblado a cambio de unos seis euros por persona o por parte de una dosis. En ocasiones son los clanes, codiciosos de clientes, los que acuerdan con el conductor una comisión si les lleva compradores a la puerta de su chabola. Macabras estrategias de este marginal mercado que aún van más allá, ya que durante la noche, para que los drogodependientes sepan qué chabola les puede suministrar mercancía, se hacen hogueras en la puerta de la barraca: la que tiene fogata en la puerta «está de guardia» y vende; si no hay lumbre, está cerrada.

Formas de pago.

A la hora de la venta y el cobro también existe una idiosincrasia especial. Los clanes tiene su recuento de caja y su lista de clientes. A cada uno se le apunta lo que debe y si es o no de confianza, a quién se le puede fiar y al que no. Las formas de pago son variadas, desde los favores que se pagan con una dosis al dinero contante y sonante o mediante objetos robados. Los agentes de la comisaría de Villa de Vallecas son los que más vehículos robados recuperan, con una media de tres coches diarios. Los seis agentes dedicados a Las Barranquillas, pese a la dificultad de conseguir información y acceder a las chabolas, realizan unas 30 intervenciones anuales y ha habido años que han detenido a 111 personas.

El ilícito negocio de Las Barranquillas impone otras artimañas para burlar la ley. La Policía se ha encontrado con madres gitanas de avanzada edad que, sin saber leer ni escribir, tienen a su nombre hasta cuatro escopetas, o niños de tres o cuatro años que son propietarios de varios coches Mercedes o BMW. Pero no todo es tan fácil para los traficantes. Ese submundo tiene sus luchas cainitas y sus mafias. Los que conocen «el negocio» saben que los gitanos, además de burlar la ley, no recurren a ella para buscar amparo. Por esto, para extorsionar a esos clanes, por ajustes de cuentas o para obtener dinero, otros grupos se han dedicado a secuestrar a miembros de las familias vendedoras para pedir un rescate. Renegando de antemano de la ayuda policial, esos clanes no tienen más remedio que pagar. En Las Barranquillas se han llegado a abonar hasta 140 millones de pesetas por la liberación de un familiar, y no ha sido un caso aislado.

Atrapados por la heroína.

Pero las verdaderas víctimas de todo esa desidia son los drogodependientes. Sus historias son dramáticas: María del Mar, 15.000 pesetas diarias en heroína. Domingo, 20.000 pesetas diarias. Francisco, 40.000 diarias. Manuel, 14 millones de pesetas en ocho años... Esta es la rutina y la vida de la mayoría de los toxicómanos de Las Barranquillas. Centenares de personas que peregrinan a este mercado abierto y libre a conseguir su dosis diaria. Roban, se prostituyen, trafican, venden jeringuillas, e incluso ayudan a otros a pincharse, favor que se cobran agenciándose una parte de la dosis que van a inyectar.
 

El MAPI ,Unidad Móvil de Atención en Proximidad Integral

Es uno de los dispositivos que se enfrenta cada día a esta realidad y que luchan para lanzar a los drogadictos una oferta más atractiva que la de los traficantes. Son las cuatro y media de la tarde de un día cualquiera. En los aledaños del poblado se instala el MAPI, los aceptados en el programa de metadona comienzan a acercarse al camión que la distribuye. «Yonkis», putas, delincuentes, «machacas», traficantes... En dos horas atienden a 400 personas. Algunos caminan resueltos, muchos arrastran los pies y se dejan llevar por ellos. Otros no pueden andar y son los trabajadores de la Agencia quienes van a buscarlos y los traen en furgonetas. Se sientan, agotados, hastiados y casi ausentes, al lado del furgón. Uno de cada tres está infectado por el VIH. Dos de cada tres tiene hepatitis C. El 100 por 100 está enganchado a la heroína y el 95 por ciento a la cocaína.

«El caballo engancha muchísimo. No puedes pasar sin él». El rival de la gente del MAPI es fuerte. «Tienes que venir a Las Barranquillas y ofrecerles algo que les motive tanto que quieran renunciar a esto: un mercado libre de heroína donde nadie te molesta y donde tienes toda la droga que quieras», explica Carlos, un asistente social de la Agencia Antidroga. Por el programa, que comenzó en junio de 2002, han pasado más de 1.200 usuarios, y han conseguido salir hasta ahora unos 250 enfermos. Sin embargo, también han tenido una veintena de muertos.

Sin embargo, los señores de Las Barranquillas también tienen sus armas. Tras el avance del consumo de cocaína, cuya dependencia puede controlarse con más facilidad, los traficantes de Las Barranquillas comenzaron a distribuir «rebujito», también conocido como «francés» o «speed-ball», que es la mezcla de heroína y cocaína. Un producto que ofertan más barato que la cocaína y que a la larga crea una fuerte adicción fruto de la heroína. Así vuelven a poner en circulación el caballo que se les podía acumular.
Los profesionales de la Agencia están registrando una mutación en la procedencia de sus pacientes. «Las víctimas de esto siempre son los marginados, y ahora son los inmigrantes los que peor están», dice Carlos. De sus chicos, el 17% es extranjero, esencialmente de Europa del Este, seguidos de portugueses y africanos.

Reventa de jeringuillas.

Cada uno de ellos arrastra una historia. Jesús es un viejo conocido de los trabajadores de la Agencia. Vive en el poblado. Trafica con jeringuillas. Lleva una «chuta» ¬jeringuilla¬ en la oreja como quien lleva un lápiz. «Él pincha a los que no saben o no se atreven. A cambio, antes de inyectarles, con la jeringuilla que él lleva recoge un poco de la dosis que les va a administrar y así, poco a poco, completa la suya», narra Carlos.

María del Mar y Domingo son matrimonio. Cada uno se gastaba entre 15.000 y 20.000 pesetas diarias en heroína. María del Mar reconoce, tímida, que tuvo que prostituirse para conseguir dinero. «No puedes con ello, te arrastra y sólo piensas en meterte. Se apodera de ti». Así describe María del Mar el «mono». Antes de consumir caballo, esta chica pesaba 110 kilogramos; cuando los chicos del MAPI dieron con ella rondaba los 48 kilos y tenía neumonía. Ahora ambos siguen el programa de metadona. Ella trabaja, toda su ilusión son sus cuatro hijos y está radiante.
 

Fuente: La Razón
31.05.04

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