Seguridad Pública y Protección Civil
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La trastienda de las
Barranquillas, el mayor mercado de la droga en Madrid
Siete familias se
reparten el mayor hipermercado de la droga en Madrid, por el que pasan a
diario 3.000 personas.
Es el
mayor mercado de droga de la capital. Un microcosmos dedicado a la
venta de heroína y cocaína, un feudo dominado por clanes que se reparten
el espacio y luchan, de forma sigilosa y macabra, por hacerse con los
clientes. Ajustan la oferta a la demanda y a sus propios intereses
mezclando la sustancias e incluso lanzado «promociones». Leyes de
márketing para un mercado en el que entre chabola y chabola se van
perdiendo vidas. Facturan más de 70.000 euros diarios, cerca de doce
millones de las antiguas pesetas, y venden más de cuatro kilos de droga.
Las Barranquillas es, según la Policía, el mercado de abastos de la
capital, ya que de allí sale el 70 por ciento de la droga que se mueve
en Madrid. Actualmente quedan 120 chabolas, aunque hace unos años
rondaban las 300. Todas ellas pertenecen a clanes gitanos. Según los
investigadores, hay siete familias «importantes» en el trapicheo de
droga, lo que supone unos 30 puntos de venta en todo en el asentamiento.
De ellos, cinco suministran cocaína y heroína las 24 horas del día
ininterrumpidamente y durante todo el año.
Por este
poblado pasan diariamente entre 2.500 y 3.000 personas. Sin embargo, la
afluencia aumenta sensiblemente los jueves y viernes porque son los días
en los que acuden más «camellos» a comprar su mercancía para tener
«liquidez» durante el fin de semana, droga que luego venden a un precio
superior en discotecas y pubs. Pero es que además, Las Barranquillas
también suministra a proveedores de las provincias limítrofes porque es
un mercado siempre abierto y con una ubicación estable. La Policía, que
actualmente sólo cuenta con seis efectivos para vigilar todo el
asentamiento y el movimiento de droga, sabe que en cada punto de venta
no suele haber más 300 gramos de droga. Con esa cantidad van
suministrando a sus cliente la sustancia que necesitan. Cuando se les
acaba introducen más. Ese momento se convierte en una pugna entre
policías y traficantes. Se conocen entre ellos y las artimañas de unos y
otros para lograr sus respectivos objetivos se convierten en un derroche
de ingenio e imaginación. Los agentes de la comisaría del distrito
han hecho todo lo posible para conseguir información y pillar «in
fraganti» a los traficantes.

Se han disfrazado, han utilizado todo tipo de vehículos o se han
mezclado entre los toxicómanos. «Lo malo es que nos conocen a todos,
pero aún así hemos conseguido bastante éxitos en los últimos meses»,
asegura Pablo Torras, inspector jefe del MIP-2 de la comisaría de Villa
de Vallecas, que lleva años dedicado a controlar Las Barranquillas. Por
su parte, los clanes, para reponer mercancía, utilizan vehículos que no
conozca la Policía, envían señuelos para entretener a los agentes e
introducir la droga con todoterrenos por accesos inhóspitos, usan
drogodependientes para que pasen las sustancias, las esconden en
bombonas de butano ¬quitan la tapa del fondo e introducen la cocaína
dentro¬, en la rueda de repuesto, en el chasis del coche y un largo
etcétera.
Los
clanes tienen «afiliados» vigilando todas las entradas del poblado, y
cuando se acerca la Policía o cualquier elemento sospechoso dan la voz
de alarma: «¿Agua, agua!». Es el momento de cerrar las chabolas y,
si llega el caso, de deshacerse de la droga. Por muy rápidos que sean
los agentes, la picardía de los gitanos del lugar, y la experiencia, les
hacen ganar cierta ventaja. «En verano tienen barreños con agua y lejía
y en invierno una estufa. Cuando ellos dan la voz de alarma cierran las
puertas, que son de hierro y con barras atravesadas por dentro. Mientras
conseguimos acceder a la chabola, ellos, dependiendo de la época del
año, tiran al agua o al fuego la droga que tengan en ese momento y así
eliminan las pruebas», explica Torras.
Controlar al «cliente».
El
poblado tiene un par de largas calles. Son los ejes para situar patios y
barracas: sus puntos de venta. Los clanes distribuyen sus chabolas
alrededor de cada patio que son más fáciles de vigilar al tener un solo
acceso. Las estructuras de las chabolas, que en el 90 por
ciento sólo se usan para vender droga, es similar y responde a unos
criterios de seguridad: a todas se accede tras sortear una puerta
de hierro, en la entrada suele haber una mesa tras la que una persona de
la familia permite o deniega la entrada al cliente; después de un
pequeño pasillo se alcanza una sala donde suelen colocarse unas sillas
para que los toxicómanos se sienten a administrarse la dosis que acaban
de comprar y no tengan necesidad de salir de la chabola. En esa misma
sala se abre una pequeña ventana, similar a las de las farmacias de
guardia, por la que se suministra la droga; dentro de la sala, a la que
se suele acceder por una puerta de hierro desde el exterior, están las
personas que manipulan las sustancias y preparan las dosis. El hecho de
que los clanes habiliten un espacio en la misma chabola para que los
toxicómanos se pinchen también responde a las leyes de este singular
mercado. Es una comodidad para el cliente ya que, si sale de la barraca,
pueden robarle la mercancía. Seguridad y comodidad.
Las
Barranquillas es un miserable mercado que genera a su vez todo tipo
de trueques y negocios. En este poblado muchas familias
alquilan sus chabolas a otras que quieren ejercer como vendedores. Y
el precio del metro cuadrado en ese asentamiento está mucho más caro que
en la misma calle Serrano. Una barraca en Las Barranquillas cuesta entre
600 y 1.200 euros a la semana. El transporte también es negocio. Hasta
Las Barranquillas llegan las famosas «cundas»: personas que acercan en
su vehículo a los toxicómanos hasta el poblado a cambio de unos seis
euros por persona o por parte de una dosis. En ocasiones son los clanes,
codiciosos de clientes, los que acuerdan con el conductor una comisión
si les lleva compradores a la puerta de su chabola. Macabras estrategias
de este marginal mercado que aún van más allá, ya que durante la noche,
para que los drogodependientes sepan qué chabola les puede suministrar
mercancía, se hacen hogueras en la puerta de la barraca: la que tiene
fogata en la puerta «está de guardia» y vende; si no hay lumbre, está
cerrada.
Formas de pago.
A
la hora de la venta y el cobro también existe una idiosincrasia
especial. Los clanes tiene su recuento de caja y su lista de
clientes. A cada uno se le apunta lo que debe y si es o no de
confianza, a quién se le puede fiar y al que no. Las formas de pago son
variadas, desde los favores que se pagan con una dosis al dinero
contante y sonante o mediante objetos robados. Los agentes de la
comisaría de Villa de Vallecas son los que más vehículos robados
recuperan, con una media de tres coches diarios. Los seis agentes
dedicados a Las Barranquillas, pese a la dificultad de conseguir
información y acceder a las chabolas, realizan unas 30 intervenciones
anuales y ha habido años que han detenido a 111 personas.
El ilícito
negocio de Las Barranquillas impone otras artimañas para burlar la ley.
La Policía se ha encontrado con madres gitanas de avanzada edad que, sin
saber leer ni escribir, tienen a su nombre hasta cuatro escopetas, o
niños de tres o cuatro años que son propietarios de varios coches
Mercedes o BMW. Pero no todo es tan fácil para los traficantes. Ese
submundo tiene sus luchas cainitas y sus mafias. Los que conocen «el
negocio» saben que los gitanos, además de burlar la ley, no recurren a
ella para buscar amparo. Por esto, para extorsionar a esos clanes, por
ajustes de cuentas o para obtener dinero, otros grupos se han dedicado a
secuestrar a miembros de las familias vendedoras para pedir un rescate.
Renegando de antemano de la ayuda policial, esos clanes no tienen más
remedio que pagar. En Las Barranquillas se han llegado a abonar hasta
140 millones de pesetas por la liberación de un familiar, y no ha sido
un caso aislado.
Atrapados por la heroína.
Pero las
verdaderas víctimas de todo esa desidia son los drogodependientes. Sus
historias son dramáticas: María del Mar, 15.000 pesetas diarias en
heroína. Domingo, 20.000 pesetas diarias. Francisco, 40.000 diarias.
Manuel, 14 millones de pesetas en ocho años... Esta es la rutina y la
vida de la mayoría de los toxicómanos de Las Barranquillas. Centenares
de personas que peregrinan a este mercado abierto y libre a conseguir su
dosis diaria. Roban, se prostituyen, trafican, venden jeringuillas, e
incluso ayudan a otros a pincharse, favor que se cobran agenciándose una
parte de la dosis que van a inyectar.
El MAPI
,Unidad Móvil de Atención en Proximidad Integral
Es
uno de los dispositivos que se enfrenta cada día a esta realidad y que
luchan para lanzar a los drogadictos una oferta más atractiva que la de
los traficantes. Son las cuatro y media de la tarde de un día
cualquiera. En los aledaños del poblado se instala el MAPI, los
aceptados en el programa de metadona comienzan a acercarse al camión que
la distribuye. «Yonkis», putas, delincuentes, «machacas», traficantes...
En dos horas atienden a 400 personas. Algunos caminan resueltos, muchos
arrastran los pies y se dejan llevar por ellos. Otros no pueden andar y
son los trabajadores de la Agencia quienes van a buscarlos y los traen
en furgonetas. Se sientan, agotados, hastiados y casi ausentes, al lado
del furgón. Uno de cada tres está infectado por el VIH. Dos de cada tres
tiene hepatitis C. El 100 por 100 está enganchado a la heroína y el 95
por ciento a la cocaína.
«El
caballo engancha muchísimo. No puedes pasar sin él». El rival de la
gente del MAPI es fuerte. «Tienes que venir a Las Barranquillas y
ofrecerles algo que les motive tanto que quieran renunciar a esto: un
mercado libre de heroína donde nadie te molesta y donde tienes toda la
droga que quieras», explica Carlos, un asistente social de la Agencia
Antidroga. Por el programa, que comenzó en junio de 2002, han pasado más
de 1.200 usuarios, y han conseguido salir hasta ahora unos 250 enfermos.
Sin embargo, también han tenido una veintena de muertos.
Sin
embargo, los señores de Las Barranquillas también tienen sus armas. Tras
el avance del consumo de cocaína, cuya dependencia puede controlarse con
más facilidad, los traficantes de Las Barranquillas comenzaron a
distribuir «rebujito», también conocido como «francés» o «speed-ball»,
que es la mezcla de heroína y cocaína. Un producto que ofertan más
barato que la cocaína y que a la larga crea una fuerte adicción fruto de
la heroína. Así vuelven a poner en circulación el caballo que se les
podía acumular.
Los profesionales de la Agencia están registrando una mutación en la
procedencia de sus pacientes. «Las víctimas de esto siempre son los
marginados, y ahora son los inmigrantes los que peor están», dice
Carlos. De sus chicos, el 17% es extranjero, esencialmente de Europa del
Este, seguidos de portugueses y africanos.
Reventa de jeringuillas.
Cada uno
de ellos arrastra una historia. Jesús es un viejo conocido de los
trabajadores de la Agencia. Vive en el poblado. Trafica con
jeringuillas. Lleva una «chuta» ¬jeringuilla¬ en la oreja como quien
lleva un lápiz. «Él pincha a los que no saben o no se atreven. A cambio,
antes de inyectarles, con la jeringuilla que él lleva recoge un poco de
la dosis que les va a administrar y así, poco a poco, completa la suya»,
narra Carlos.
María del
Mar y Domingo son matrimonio. Cada uno se gastaba entre 15.000 y 20.000
pesetas diarias en heroína. María del Mar reconoce, tímida, que tuvo que
prostituirse para conseguir dinero. «No puedes con ello, te arrastra y
sólo piensas en meterte. Se apodera de ti». Así describe María del Mar
el «mono». Antes de consumir caballo, esta chica pesaba 110 kilogramos;
cuando los chicos del MAPI dieron con ella rondaba los 48 kilos y tenía
neumonía. Ahora ambos siguen el programa de metadona. Ella trabaja, toda
su ilusión son sus cuatro hijos y está radiante.
Fuente: La Razón
31.05.04
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