Seguridad Pública y Protección Civil
 |
|
| |
 |
|
|
1.300 héroes anónimos
para una tragedia
Policías, guardias
civiles, bomberos, sanitarios, psicólogos y ciudadanos voluntarios se
volcaron en ayudar a las víctimas
 |
En la
primera fila y de izquierda a derecha, la guardia civil
destinada al Ministerio de Agricultura Antonia Guillamón
Campos; el inspector del Cuerpo Nacional de Policía, Antonio
Ayuso Jiménez, y el enfermero del Samur-Protección Civil,
Antonio Cabezas Muñoz. En la fila de abajo, el agente de la
Policía Municipal de Madrid, Manuel Caballero Díaz; el
operador de teléfono de emergencias 112 de la Comunidad
de Madrid, Fernando Nicolás Pastrana, y la psicóloga
voluntaria
de teléfono 112, Rosa Martínez Bonilla. |
Hacen
su trabajo diario, sin que salten a los medios de comunicación.
Salvo en contadas excepciones. Una de ellas, la que ha marcado un antes
y un después en la atención de catástrofes se vivió el pasado jueves en
Madrid. Fueron más de 1.300 policías, guardias civiles, bomberos,
sanitarios y voluntarios que funcionaron como un reloj. Al frente de
todos ellos estuvo Alfredo Prada Presa, vicepresidente segundo del
Gobierno regional y consejero de Interior y Justicia, que desde que
ocurrió el atentado coordinó a todos los efectivos. Ayer ni había
dormido. Este es un pequeño relato de lo que un puñado de héroes
anónimos vivieron en esas trágicas horas.
Antonia Guillamón Campos
Guardia
Civil
Antonia
Guillamón, de 30 años y sólo uno de servicio en el instituto armado, se
encontraba en el aparcamiento del Ministerio de Agricultura, justo
enfrente de la estación de Atocha. Quedaban pocos minutos para que
terminara su turno. De repente oyó un estruendo, pero no le dio mucha
importancia. Pensó que se trataba de las obras de reforma de la
estación. El susto le llegó cuando vio salir a la gente despavorida.
"Me pilló desprevenida. Venía gente herida de metralla, sin ropas o con
ellas quemadas. Unos eran auténticos sonámbulos que no sabían ni a dónde
iban, mientras que otros eran presas del pánico y la histeria",
recuerda esta guardia, hija y nieta de guardias civiles.
Los sótanos del edificio ministerial se convirtieron en un hospital
improvisado. Curaban las heridas con el pequeño botiquín que tenían en
las dependencias. Como tampoco tenían mantas para arropar a las
víctimas, cogieron sus propios chaquetones y les taparon. "En esos
momentos, tienes que llenarte de entereza, guardarte toda tu rabia y
empezar a ayudar a la gente que te necesita", explica. "Jamás pensé
que en mi primer año de servicio vería cosas tan duras y dolorosas como
las del jueves", añade esta vecina de Valdemoro.
Antonio Ayuso Jiménez
Inspector de policía
Cuando
estallaron las primeras bombas en la estación de Atocha, el inspector
del Cuerpo Nacional de Policía Antonio Ayuso, 41 años y 21 en el cuerpo,
estaba en su puesto de trabajo, en la comisaría de Arganzuela,
preparando el trabajo de su grupo de agentes. La emisora de la policía
dio un aviso a todos los patrullas que estuvieran en los alrededores de
la estación: "Aviso de bomba en Atocha". Cuando se confirmó, Antonio
Jiménez se subió en un coche camuflado y se dirigió al lugar de los
hechos. "Por mi trabajo, he vivido otros cuatro atentados, pero como
éste ninguno. Fue un desastre impresionante. Cuando vi los boquetes de
los vagones, me di cuenta de la que se nos venía encima", recuerda.
"En ese momento uno se olvida de que es policía. El instinto de
supervivencia y de ayuda a los demás te obliga a trabajar más y más. No
paramos de subir heridos y cadáveres a la zona donde eran atendidos por
el Samur", añade este mando policial. "He podido dormir malamente.
El destrozo que ves, con trozos de personas por todas las partes, es sin
duda el peor recuerdo que he visto en mi carrera profesional. Todavía
recuerdo que mucha gente salía a rastras de la estación intentando huir
de esa barbarie", añade. Reconoce que hacía mucho que no lloraba, pero
el jueves no pudo aguantarlo: "He puesto un gran punto negro ese día en
el calendario". "Las imágenes pueden cambiar, pero jamás se olvidará el
olor. Una mezcla de humo eléctrico, de cosas calcinadas. Es tan denso
que por la noche seguía con el metido en la cabeza", concluye.
Antonio Cabezas Moreno
Enfermero del Samur
El
enfermero Antonio Cabezas, de 42 años, iba en su coche, camino de su
trabajo, cuando le empezó a sonar el teléfono móvil. Eran su compañeros
del Samur-Protección Civil que le avisaban de que habían comenzado a
estallar bombas en trenes de la línea C-2 de Cercanías (Alcalá de
Henares-Atocha). Nada más cambiarse de ropa en la base del Samur, en la
madrileña plaza de Legazpi, corrió a la estación del Pozo del Tío
Raimundo, donde un convoy de dos pisos había sufrido dos explosiones.
"Siempre recordaré cuando entré en la estación y vi el número de
cadáveres que se amontonaban en los dos vagones siniestrados. Unos
estaban encima de otros. Las víctimas también habían quedado esparcidas
por los andenes, sin que pudiéramos hacer ya nada por muchos de ellos.
Llevo muchos años en las emergencias y he vivido muchos atentados, pero
nunca ni con la brutalidad ni con la cantidad de fallecidos de esta vez",
confiesa este sanitario.
Cuando creía que ya había terminado su trabajo, se dieron cuenta que en
el tejado de la estación, estaba el cadáver número 68 hallado en esa
estación. La onda expansiva lo lanzó por los aires, y los facultativos
del Samur no pudieron determinar siquiera si era hombre o mujer. "El
muro de la estación contuvo la onda expansiva y, al rebotar, abrió el
resto del vagón como si fuera una lata de sardinas. Seguro que esta
víctima estaba en ese punto", señala Cabezas.
Su trabajo no terminó cuando acabaron de atender a los heridos de
Vallecas. Antonio se marchó después al pabellón 6 de los recintos
feriales de IFEMA, donde se montó un tanatorio improvisado. Al final se
marchó hacia las 22.00 a su casa. "En el coche ya me encontré agotado.
Llamé a mi esposa y le dije que no acostara a mi hija, de cuatro años.
Quería darle un fuerte abrazo después de todo lo que había visto.
Después me duché, pero no sólo para asearme, sino también para intentar
limpiarme el ánimo. No pude dormir", concluye.
Carlos Manuel Caballero Díaz
Policía
municipal
"Cuando mi
mujer me llamó y me dijo que estaba dentro de un tren parado en
Villaverde, supe que algo no iba bien". Así comenzó Carlos Manuel
Caballero, un policía municipal de Madrid de 32 años, el trágico 11-M.
Después se enteró de que una cadena de atentados habían causado un
auténtico caos en la capital. Cogió su coche, llevó a su mujer al
trabajo y se dirigió a su unidad de Tráfico, tras llamar a sus jefes y
ofrecerse voluntario para trabajar. Allí acabó su día de descanso
semanal. "Llegué a la unidad sobre el mediodía y enseguida me subí a la
moto. Fui a la estación del Pozo del Tío Raimundo y vi una escena
especialmente dura. Todo estaba destrozado", explica Caballero, que
lleva tres años en el cuerpo. "Lo que ve allí una persona, en la
estación, supera lo que pueda pensarse", añade.
Este agente destaca, al igual que el resto de los entrevistados por EL
PAÍS, "la extraordinaria coordinación" que existió entre todos los
servicios que intervinieron en paliar los efectos de la masacre
terrorista. "Todos los recursos que había trabajaron al máximo de sus
posibilidades. Me impresionó mucho y en esas ocasiones uno se siente
orgulloso de servir a los madrileños", afirma.
Como es motorista, Caballero tuvo que escoltar los 16 furgones fúnebres
que trasladaron los cadáveres a IFEMA. "La escena resulta casi
indescriptible en el pabellón 6. Había un rastro de personas fallecidas
una junto a otra. Ahí se pasa muy mal", concluye. Tampoco pudo dormir
duante la noche.
Fernando Nicolás Pastrana
Telefonista del 112
La madre
de Fernando Nicolás, un vecino de Móstoles de 26 años, fue quien le dio
la mala noticia de los atentados. "Me quedé helado. No me lo podía
creer", recuerda este operador del teléfono de emergencias 112, que ese
día estaba librando. "Me di cuenta de que era muy grave lo que había
sucedido y que seguro que necesitaban mi ayuda, por lo que llamé a la
sala y me ofrecí", comenta Nicolás. Antes de dirigirse a la sede del
112, se pasó por el hospital de su localidad y donó sangre: "Tardé
muy poco. Merecía la pena perder ese tiempo para ayudar a más gente".
La primera imagen que recuerda es "el gran desconcierto" que había
entonces en la sala del 112, sobre las 10.30 del jueves. "Cuando
atiendes tantas llamadas, no te lo puedes creer. No hay ningún caso más
dramático que otro. Todos son especialmente duros", explica Nicolás. El
112 de la Comunidad de Madrid recibió en las primeras 24 horas unas
22.000 llamadas. "Recuerdo muchos nombres, porque los familiares estaban
muy angustiados y no paraban de llamar por si teníamos noticias. Hubo
mucha insistencia y gente que lo pasó muy mal", confiesa. "Al llegar a
casa lo tienes que contar a tu familia, como terapia. Así poco a poco te
lo vas creyendo", termina.
Rosa Martínez Bonilla
Psicóloga voluntaria
Cuando
Rosa Martínez Bonilla, de 30 años, vio la masacre de los trenes, llamó
al Colegio de Psicólogos de Madrid y se ofreció voluntaria para atender
las llamadas de familiares de fallecidos. La frase que más ha repetido
estas últimas horas es: "siento mucho comunicarle que la persona por la
que me pregunta ha fallecido". "No hay fórmulas para dar estas noticias.
Tampoco valen los rodeos. Tienes que evitar tus sentimientos de horror,
frustación o impotencia para atender a la otra persona que está
sufriendo", comenta Martínez. La empresa donde trabaja ella (en el
departamento de recursos humanos de una multinacional) le ha dado
permiso durante estos días.
"Lo que peor que existe es la desinformación. La gente nos llama y,
cuando no aparece en la lista de fallecidos, sigue sufriendo. La
desesperación a veces les ciega", explica esta especialista. "Me ha
sorprendido la entereza y la fuerza de una mujer católica que tiene a
tres hermanos y dos hijos desaparecidos. Dice que aceptará lo que tenga
que venir", señala Martínez, "en general, los familiares prefieren
comunicarse entre ellos la noticia de que ha fallecido un allegado".
Fuente: El País
13/03/2004
Noticias relacionadas:
*
Noticias relacionadas del 11-M