Seguridad Colectiva
y Defensa Nacional
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El Ejército de EEUU, un
grupo selecto
Un soldado medio
estadounidense cuesta 99.000 dólares al año, de los que el 43% es
sueldo. Eso sin contar entrenamiento, equipo ni paga extra por ir a la
guerra.
Su máximo
responsable, el secretario de Defensa de EEUU, Donald Rumsfeld, ha
llamado al departamento que dirige «el último bastión de la economía
planificada en el mundo». Cada año, las Fuerzas Armadas de Estados
Unidos dan empleo a millones de personas, compra anualmente bienes y
servicios por valor de más de 150.000 millones de dólares al sector
privado, subvenciona -y, en ocasiones, directamente paga- la educación
de sus miembros y hasta garantiza sus pensiones. Todo con dinero
público.
Y el
monstruo sigue creciendo. Según el general Peter Schoomaker, jefe de
personal del Ejército de Tierra, las Fuerzas Armadas de EEUU van a
incrementar el número de uniformados en 30.000 personas en los próximos
cuatro años. Esa cifra más que triplica los 9.000 funcionarios
civiles que Rumsfeld ha anunciado que va a despedir. En cualquier caso,
no es un número de despidos elevado: el Pentágono tiene a 671.000
civiles en nómina, que se suman a los 1,4 millones de soldados en el
Ejército, la Fuerza Aérea, los marines y la Marina.
Por si no está clara además la función asistencial de las Fuerzas
Armadas, el 40% de sus efectivos proceden del sureste del país, una de
las zonas más deprimidas de EEUU.
A esa
cifra hay que sumar el aproximadamente millón y medio de empleos
directos en el sector de la defensa, según la Oficina de Estadísticas
Laborales del Departamento de Trabajo. En total, un 2,3% de la población
de Estados Unidos trabaja en o para el Pentágono. Si contamos los
empleos indirectos, la proporción puede fácilmente duplicarse. Porque
los gastos del Pentágono van más allá de las compras de aviones,
ametralladoras y comida.
El año
pasado, por ejemplo, ExxonMobil vendió combustible a las Fuerzas Armadas
de EEUU por 750 millones de dólares. Las mutuas sanitarias Healthnet
y Humana suministraron servicios médicos por 1.756 y 2.362 millones de
dólares, respectivamente. Y el Instituto Tecnológico de Massachusetts
realizó investigaciones que le valieron 514 millones de dólares. Toda la
economía estadounidense, de arriba a abajo, está traspasada por el
Departamento de Defensa.
El
impacto económico de esta tremenda maquinaria es abrumador. Sólo la
compra de nuevo material por las Fuerzas Armadas supone alrededor del
2,2% de la demanda interna de Estados Unidos. De no haber invadido Irak,
el crecimiento de EEUU en el segundo trimestre del año pasado habría
sido un punto porcentual inferior al 3,1% que registro en tasa
intertrimestral anualizada.
Pero las
Fuerzas Armadas estadounidenses no sólo miman a las empresas. También a
sus empleados. Ser militar en Estados Unidos supone algo más que pasar
unos años vestido de verde y, con suerte, aprender a conducir un camión.
Los soldados de EEUU son trabajadores altamente cualificados. Si no lo
son al llegar, lo son cuando se van.
Cuando se examina el currículo de los generales más famosos de EEUU,
como Schwarzkopf, Powell, Abizaid, o Clark, siempre aparece un master en
alguna de las escuelas más prestigiosas del país (en el caso de Abizaid,
Harvard). Esos programas son pagados por completo por el Ejército,
que además mantiene el sueldo al militar mientras éste estudia. Como
señala un mayor de los boinas verdes al que el Pentágono le pagó un
curso cuya matrícula es de 30.000 dólares en la Universidad Johns
Hopkins, «es normal que me paguen. Mi trabajo consiste en estudiar».
Ese sistema no se reserva sólo a los oficiales más destacados.Muchos
soldados estadounidenses se han alistado simplemente para obtener
facilidades económicas y créditos para estudiar la carrera.Eso,
paradójicamente, se ha convertido ahora en un problema, puesto que
muchos reservistas y miembros de la Guardia Nacional que estaban en las
Fuerzas Armadas por esa razón se han encontrado de pronto patrullando
Bagdad en una guerra de verdad.
Claro que un viaje de un año a Bagdad con los gastos pagados también
puede tener sus ventajas. Por ejemplo: encontrar esposa (o marido).
Las Fuerzas Armadas de EEUU incentivan de hecho los matrimonios de sus
soldados ofreciendo alojamiento a las familias con militares. La
consecuencia ha sido un tremendo incremento de los matrimonios de
soldados muy jóvenes: el 31% de los militares estadounidenses se casan
antes de cumplir los 21 años de edad, frente a tan sólo el 7,5% de los
civiles.
A ello se suman las ayudas del Ejército para la educación y la
asistencia sanitaria a las familias de uniformados. La consecuencia
es que, por ejemplo, un soldado estadounidense casado le sale al
contribuyente 12.000 dólares más caro que si está soltero.Si está
destinado en Hawai, la cifra alcanza los 15.000 dólares.Sólo el capítulo
de la vivienda de los soldados le costó al Pentágono 16.000 millones de
dólares el año pasado, según datos de la Oficina Presupuestaria del
Congreso. Con ese dinero, se podrían construir tres portaviones
nucleares.
La vivienda se suma a otro paquete asistencial que incluye sanidad,
seguros y hasta descuentos en muchas tiendas. El resultado, según los
datos oficiales, es que el soldado americano medio cuesta 99.000 dólares
al año, de los que sólo 44.000 dólares -el 43%- corresponden a su
salario. Todo eso sin contar entrenamiento, equipo ni paga extra en el
caso de que esté destinado en una zona de guerra.
Sin embargo, y a pesar de su gigantesco coste, esa generosa política de
recursos humanos es inevitable para atraer personal cualificado desde
que Nixon acabó con el servicio militar obligatorio. De hecho, en la
expansión económica de la Presidencia de Bill Clinton, cuando EEUU
alcanzó pleno empleo, las Fuerzas Armadas se quedaron con decenas de
miles de vacantes sin cubrir. Pero el problema es que en EEUU los
precios de la vivienda, la sanidad y la educación crecen muy por encima
de la inflación. Un ejemplo: entre 1988 y 2002 el gasto sanitario por
soldado creció un 300%, descontada la inflación.
A eso se suma que los salarios de los soldados llevan dos décadas
subiendo por encima del IPC. Entre 1988 y 2002, la remuneración salarial
media de un militar estadounidense ha aumentado un 39% más que la
inflación. Sólo en 2004, el Pentágono se ahorraría 4.000 millones de
dólares si los sueldos de sus soldados crecieran al igual que el IPC
previsto, es decir, como los de los demás funcionarios, y no dos puntos
más.
Claro que las diferencias no sólo se dan entre militares y civiles. El
personal no militar que trabaja en el Departamento de Defensa también
cobra «al menos un 50% más que sus homólogos en otros departamentos»,
según Carlton Meyer, analista militar responsable del portal de
información de temas de defensa wwwg2mil.com.
Es el precio de tener las mejores Fuerzas Armadas del mundo. Estados
Unidos no gasta en sanidad, y de hecho tiene un 13,3% de la población
-40 millones de personas, el equivalente de toda España- sin
asistencia sanitaria porque el sistema de atención es privado, lo que
explica que un varón estadounidense tenga en promedio la misma esperanza
de vida que uno de Costa Rica. Los ciudadanos de la primera potencia
mundial tienen un salario mínimo de apenas 5,15 dólares brutos -aunque
en el caso de los camareros, por ejemplo, cae hasta 2,13 dólares porque
se da por hecho que con las propinas van a igualar o superar el mínimo
legal- que, además, lleva sin revisarse desde 1997. No hay protección
social, las pensiones son mínimas y la posibilidad de tener ayudas
públicas para estudiar son muy limitadas. Salvo en el Ejército. Es una
táctica que ya descubrió Esparta: mimar a los guerreros. Veinticinco
siglos más tarde, Washington ha seguido el mismo camino.
OBSTACULOS A LA 'TRANSFORMACION'
Desde
que asumió su cargo, hace más de tres años, el secretario de Defensa de
EEUU, Donald Rumsfeld, ha convertido la 'transformación' en el eje de su
política. En esencia, este proyecto supone unas Fuerzas Armadas más
basadas en la tecnología, más flexibles y con menos soldados. En otras
palabras: aplicar criterios del sector privado al Pentágono.
Pero lo
cierto es que el plan de Rumsfeld avanza a trancas y barrancas por el
carácter estatalista no sólo del Pentágono, sino de toda la industria
militar de EEUU. Dado que los contratistas de defensa sólo tienen un
comprador -el Departamento de Defensa- las relaciones entre esa
administración y sus proveedores son frecuentemente incestuosas. Es el
famoso concepto de 'la puerta giratoria', como se le conoce en EEUU,
según el cual una misma persona pasa de desempeñar un cargo público a
ser un directivo de una empresa que mantiene grandes contratos con el
Estado. La reciente dimisión del presidente de Boeing, Phil Condit, por
un escándalo de tráfico de influencias con la Fuerza Aérea, responde al
intento del Rumsfeld de evitar esas prácticas.
Pero el secretario de Defensa tiene un enemigo mayor para llevar a
cabo su proyecto: los oficiales y los trabajadores. Los generales
rechazan las ideas de Rumsfeld de abandonar la organización del Ejército
en función de divisiones y de cambiar tanques por nuevos sistemas de
armas. Esa crítica llevó a la revista de las Fuerzas Armadas a publicar
en 2001 una portada en la que se veía a Rumsfeld con la leyenda:
«¿Por qué odia al Ejército?».
La oposición es igualmente fuerte entre la tropa y los civiles.
Porque Rumsfeld dice que quiere cerrar numerosas bases, lo que
inevitablemente ocasiona despidos. Y ahí los estados también juegan
en contra de los planes del secretario de Defensa. Y es lógico. En
California, por ejemplo, el 1% de los trabajadores ocupados son
militares o civiles que trabajan para ese Departamento. La idea de
cerrar bases no tiene ninguna popularidad en ese estado.
Fuente: El Mundo
14/03/2004
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