- Menú -

HOME

Noticias...
Se busca...
Eventos...
Legislación...
Bibliografía...
Artículos...

> MAPA del WEB <

Su opinión...

Envíenos la noticia o el comentario que desee.

 

 

Noticias Profesionales

  

Noticias

Lunes, 8 de noviembre de 2004


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

“No hubo encarnizamiento terapéutico con Franco”

José Luis Palma Gámiz, cardiólogo y miembro del equipo médico que atendió a Franco

 

Los mitos sobre la muerte de Franco hablan de presiones políticas y de un alargamiento innecesario de la agonía del que fuera jefe de Estado. José Luis Palma Gámiz, miembro del equipo médico que lo trató, derriba algunos de ellos en su libro ‘El paciente de El Pardo’.

Foto: Diario MédicoA los 30 años, José Luis Palma Gámiz, acababa de regresar de Canadá de hacer la especialidad y se había incorporado al Servicio de Cardiología de la Ciudad Sanitaria de La Paz, dirigido por el doctor Cristóbal Martínez Bordiú. Cuando Francisco Franco enfermó, Martínez Bordiú convocó a cuatro cardiólogos: Vital Aza, Mínguez y Señor (los tres, jefes clínicos) y a José Luis Palma Gámiz.

 

Pregunta: ¿Cómo le anunciaron su incorporación?

Respuesta: En aquel momento España estaba instalada en el secretismo en general, y más si se trataba de la salud del jefe de Estado. Hasta el punto que Franco hace un infarto silente de madrugada, que es atendido por su médico de cabecera y que no lo interpreta como tal. Es la enfermera la que sugiere realizar un electrocardiograma. Se hace al día siguiente y el doctor Vital Aza, que había cedido el electrocardiógrafo, pide ver los resultados y comprueba que es un infarto como la copa de un pino.

P.: ¿Qué hicieron?

R.: Se dirigieron al Pardo a comunicárselo a Franco, pero él no se lo acababa de creer porque decía que no se sentía mal. Así que al día siguiente sigue con su agenda y preside un Conejo de Ministros.

P.: En contra de la opinión de sus médicos.

R.: Cierto, pero lo hace y allí estuvimos los cuatro cardiólogos. Fue la víspera cuando Mínguez vino al botiquín de reanimación a buscar medicación y, c0mo algo se rumoreaba ya, le pregunté si era para El Pardo. Me contestó que sí, y que no me podía dar más detalles, salvo que el jefe quería que fuera allí al día siguiente.

P.: ¿Le dio miedo, respeto, responsabilidad?

R.: No, quizá por la juventud que arrastraba. Estaba acostumbrado a tratar con enfermos muy graves.

P.: Era una cuestión más de gravedad política que clínica.

R.: Sí, pero miedo de ese tipo no tuvimos, porque, en contra de lo que se dijo, nunca nos sentimos presionados, tampoco por la familia, que se portó de manera extraordinaria.

P.: ¿Cómo actúo el Gobierno?

R.: No presionó realmente. Pudo haber alguna presión pero, más que por mantenerlo con vida, por un tema de la sucesión. Existía preocupación por que la transición se hiciese sin problemas, que el Príncipe fuese coronado Rey y cumpliera los principios del Movimiento. La clave era el 26 de noviembre, fecha prevista para el relevo del presidente de las Cortes. Se llegó a decir que para intentar conseguirlo incluso congelamos a Franco. Algo absurdo.

P.: ¿Por qué no se le llevó a un hospital desde el principio?

R.: Se planteó cuando hizo la primera gran hemorragia intestinal, que motivó la primera intervención. Ahí Martínez Bordiú llamó a Hidalgo Huerta, que propuso llevarlo a su hospital, el actual Gregorio Marañón. Hubo una cordial discusión entre ambos, porque Martínez Bordiú prefería llevarlo a La Paz.

P.: Pero no fue a ninguno de los dos.

R.: No, porque cuando Hidalgo cedió, apareció la figura de un jefe militar que dijo que no podía garantizar la seguridad del jefe del Estado en pocas horas y en un gran hospital. Se habló de un posible atentado. Nos quedamos perplejos, pero inexplicablemente se optó por operarle en un improvisado quirófano, que era el cuarto de curas del regimiento de El Pardo. Mientras montábamos el quirófano, Franco estaba moribundo y la familia, Hidalgo y el jefe de Gobierno discutían sobre la conveniencia de operar o no.

P.: Cuentan que las condiciones no eran las mejores.

R.: Llevamos lámparas, flexos y la luz se fue en algún momento. Pero se hizo lo que se pudo. El equipo quirúrgico asumió la responsabilidad de operar en esas circunstancias. Para entonces en el equipo ya éramos unos quince, coordinados por el doctor Pozuelo, médico personal de Franco.

P.: Uno de los debates que surgió fue si dar a conocer partes médicos.

R.: Tenga en cuenta que el primer infarto fue el día 15 de octubre y no hubo parte hasta el día 21 ó 22. El primero que se negaba a los partes era el paciente, pero llegó un momento en el que los médicos presionamos, porque teníamos un paciente de 83 años, con Parkinson y un infarto agudo en pleno deterioro. Se podía morir. Hubo tiras y aflojas y los médicos elaboramos un documento advirtiendo de la situación y exculpándonos por la falta de información.

P.: Era tal el afán de dulcificar la situación que llegaba a ser casi cómico. Como la palabra infarto parecía muy gruesa, se optó por “insuficiencia coronaria aguda con zona electrocardiográfica eléctricamente inactivable y confirmación enzimática”. ¿A quién se le ocurrió?

R.: Entre todos, es una definición de libro sobre qué es un infarto. Luego la prensa se metió mucho con los partes y ya casi los hacíamos rebuscados a propósito. Otros partes irritaban porque no había noticia. Y era verdad, hasta que llegó la hemorragia digestiva.

P.: ¿Se informaba al paciente?

R.: No mucho. Se le informó tras el primer infarto, aunque tampoco se habló de infarto. Pero Vital Aza le dijo que tenía un problema coronario grave, tanto que podía morirse. Pero al día siguiente había Consejo de Ministros y lo presidió. Así que se habló con Arias Navarro y, sin citar el infarto, se le explicó que la situación era grave. La reunión duró 15 minutos.

P.: Y usted se quedó de guardia.

R.: Primero fui con unos militares a La Paz para cargar material y medicamentos. Al regresar, Martínez Bordiú me acompañó a la habitación de Franco. Me presentó y Franco me tendió la mano. Me instalaron en una habitación contigua y antes de dormir le examiné. Era un paciente muy sumiso.

P.: ¿Tomaron las decisiones según criterios estrictamente clínicos?

R.: Es verdad que hicimos cosas extraordinarias, pero no por la singularidad política del personaje, sino por lo extraordinario que era desde un punto de vista patológico. Es que no es normal que un paciente de 83 años con un infarto de miocardio agudo, que hace una hemorragia digestiva masiva y al que se le transfunden más de 5 litros de sangre, remonte la situación, se espabile y se estacione. No lo había visto en mi vida. Eso es lo que nos obligaba a seguir trabajando.

P.: ¿Alguna vez manifestó Franco su voluntad de que le dejaran morir o, por el contrario, de que agotaran todas las posibilidades?

R.: Lo único que había dicho al salir de un ingreso hospitalario unos años antes era que no le gustaría volver a un hospital y que prefería morir en El Pardo. Ese espíritu fue el que guió la decisión de atenderle allí. Después ya se manifestó poco, entre otras cosas porque llegó un momento en el que se le tuvo que mantener sedado. Pero yo sí puedo atestiguar que lo pasó muy mal, porque se estaba desangrando, vomitando sangre a chorro... Llegó a manifestar, cuando le trasladábamos al quirófano improvisado: “¡Qué duro es morir!” y “Déjenme en paz”.

P.: Muchas veces se ha puesto la agonía de Franco como ejemplo de encarnizamiento terapéutico.

R.: En absoluto fue así. A lo largo de mi vida me he encontrado con otros francos desde el punto de vista patológico. Y yo siempre he estado moralmente obligado a aferrarme al mínimo porcentaje de supervivencia posible. ¿Usted sabe lo angustioso que es ver morir a alguien desangrado, vomitando sangre?

P.: Usted no parece compartir la imagen de Cristóbal Martínez Bordiú como responsable de ese supuesto encarnizamiento.
-R.: Para nada. Adoraba a su suegro. Era más franquista que Franco, pero no pretendía mantenerle vivo a cualquier precio. Tuvo la sagacidad de no entrar en el equipo médico y jamás firmó un parte.

P.: Las polémicas fotos...

R.: Unos días antes de la muerte estaba aspirándole flemas, escuché un flash y ahí estaba Martínez Bordiú. Recuerdo que le dije en broma: “jefe, ¿qué hace? Nos van a llevar a la trena. Siguió y luego hizo entrar a sus hijos para que posaran alrededor de la cabecera. Ésa fue una de las sesiones que no ha aparecido. Tras morir Franco, me aseguró que se le habían velado todas, y cuando se publicaron algunas me dijo que se las habían robado.

P.: Hoy día trataría igual al paciente de el Pardo?

R.: Repetiría todos los pasos uno por uno.

La tensión anterior al 20-N

El 20 de noviembre de 1975, los tres grandes periódicos españoles del momento se unieron unánimemente al anuncio hecho por el presidente del Gobierno Arias Navarro: “Franco ha muerto”. Había pasado un mes desde el primer parte médico sobre la situación del jefe del Estado. La salud de Franco se había resentido unos días antes, el 1 de octubre, después de su último discurso en la Plaza de Oriente. Debido a las bajas temperaturas, contrajo una gripe.

Por encima del amor y del odio, el país había vivido durante un mes, día a día, la agonía del Caudillo a través de los partes médicos que informaban de la situación, que se complicaba por la sucesión de hemorragias gástricas e insuficiencias cardiacas. El rumor constante inundaba las calles, se detenía en los círculos políticos y se intensificaba en los medios de comunicación, donde algunos doctores actuaban de intermediarios entre el gran público y los partes. La tensión llegó al límite el día 19, cuando los partes hablaban del empeoramiento de la situación crítica de Franco. Según la versión oficial, a las 5.25 horas de la madrugada del día 20, el encefalograma emitió una línea plana.

 

Fuente: Expansión
06.11.04

© BELT.ES  Copyright. Belt Ibérica, S.A. Madrid - 2004. belt@belt.es