Seguridad
Colectiva y Defensa Nacional
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“No hubo encarnizamiento
terapéutico con Franco”
José Luis Palma
Gámiz, cardiólogo y miembro del equipo médico que atendió a Franco
Los mitos sobre la
muerte de Franco hablan de presiones políticas y de un alargamiento
innecesario de la agonía del que fuera jefe de Estado. José Luis Palma
Gámiz, miembro del equipo médico que lo trató, derriba algunos de ellos
en su libro ‘El paciente de El Pardo’.
A
los 30 años, José Luis Palma Gámiz, acababa de regresar de Canadá de
hacer la especialidad y se había incorporado al Servicio de Cardiología
de la Ciudad Sanitaria de La Paz, dirigido por el doctor Cristóbal
Martínez Bordiú. Cuando Francisco Franco enfermó, Martínez Bordiú
convocó a cuatro cardiólogos: Vital Aza, Mínguez y Señor (los tres,
jefes clínicos) y a José Luis Palma Gámiz.
Pregunta: ¿Cómo le
anunciaron su incorporación?
Respuesta: En aquel
momento España estaba instalada en el secretismo en general, y más si se
trataba de la salud del jefe de Estado. Hasta el punto que Franco hace
un infarto silente de madrugada, que es atendido por su médico de
cabecera y que no lo interpreta como tal. Es la enfermera la que sugiere
realizar un electrocardiograma. Se hace al día siguiente y el doctor
Vital Aza, que había cedido el electrocardiógrafo, pide ver los
resultados y comprueba que es un infarto como la copa de un pino.
P.: ¿Qué hicieron?
R.: Se dirigieron al
Pardo a comunicárselo a Franco, pero él no se lo acababa de creer porque
decía que no se sentía mal. Así que al día siguiente sigue con su agenda
y preside un Conejo de Ministros.
P.: En contra de la
opinión de sus médicos.
R.: Cierto, pero lo
hace y allí estuvimos los cuatro cardiólogos. Fue la víspera cuando
Mínguez vino al botiquín de reanimación a buscar medicación y, c0mo algo
se rumoreaba ya, le pregunté si era para El Pardo. Me contestó que sí, y
que no me podía dar más detalles, salvo que el jefe quería que fuera
allí al día siguiente.
P.: ¿Le dio miedo,
respeto, responsabilidad?
R.: No, quizá por la
juventud que arrastraba. Estaba acostumbrado a tratar con enfermos muy
graves.
P.: Era una cuestión
más de gravedad política que clínica.
R.: Sí, pero miedo de
ese tipo no tuvimos, porque, en contra de lo que se dijo, nunca nos
sentimos presionados, tampoco por la familia, que se portó de manera
extraordinaria.
P.: ¿Cómo actúo el
Gobierno?
R.: No presionó
realmente. Pudo haber alguna presión pero, más que por mantenerlo con
vida, por un tema de la sucesión. Existía preocupación por que la
transición se hiciese sin problemas, que el Príncipe fuese coronado Rey
y cumpliera los principios del Movimiento. La clave era el 26 de
noviembre, fecha prevista para el relevo del presidente de las Cortes.
Se llegó a decir que para intentar conseguirlo incluso congelamos a
Franco. Algo absurdo.
P.: ¿Por qué no se
le llevó a un hospital desde el principio?
R.: Se planteó cuando
hizo la primera gran hemorragia intestinal, que motivó la primera
intervención. Ahí Martínez Bordiú llamó a Hidalgo Huerta, que propuso
llevarlo a su hospital, el actual Gregorio Marañón. Hubo una cordial
discusión entre ambos, porque Martínez Bordiú prefería llevarlo a La
Paz.
P.: Pero no fue a
ninguno de los dos.
R.: No, porque cuando
Hidalgo cedió, apareció la figura de un jefe militar que dijo que no
podía garantizar la seguridad del jefe del Estado en pocas horas y en un
gran hospital. Se habló de un posible atentado. Nos quedamos perplejos,
pero inexplicablemente se optó por operarle en un improvisado quirófano,
que era el cuarto de curas del regimiento de El Pardo. Mientras
montábamos el quirófano, Franco estaba moribundo y la familia, Hidalgo y
el jefe de Gobierno discutían sobre la conveniencia de operar o no.
P.: Cuentan que las
condiciones no eran las mejores.
R.: Llevamos lámparas,
flexos y la luz se fue en algún momento. Pero se hizo lo que se pudo. El
equipo quirúrgico asumió la responsabilidad de operar en esas
circunstancias. Para entonces en el equipo ya éramos unos quince,
coordinados por el doctor Pozuelo, médico personal de Franco.
P.: Uno de los
debates que surgió fue si dar a conocer partes médicos.
R.: Tenga en cuenta que
el primer infarto fue el día 15 de octubre y no hubo parte hasta el día
21 ó 22. El primero que se negaba a los partes era el paciente, pero
llegó un momento en el que los médicos presionamos, porque teníamos un
paciente de 83 años, con Parkinson y un infarto agudo en pleno
deterioro. Se podía morir. Hubo tiras y aflojas y los médicos elaboramos
un documento advirtiendo de la situación y exculpándonos por la falta de
información.
P.: Era tal el afán
de dulcificar la situación que llegaba a ser casi cómico. Como la
palabra infarto parecía muy gruesa, se optó por “insuficiencia coronaria
aguda con zona electrocardiográfica eléctricamente inactivable y
confirmación enzimática”. ¿A quién se le ocurrió?
R.: Entre todos, es una
definición de libro sobre qué es un infarto. Luego la prensa se metió
mucho con los partes y ya casi los hacíamos rebuscados a propósito.
Otros partes irritaban porque no había noticia. Y era verdad, hasta que
llegó la hemorragia digestiva.
P.: ¿Se informaba al
paciente?
R.: No mucho. Se le
informó tras el primer infarto, aunque tampoco se habló de infarto. Pero
Vital Aza le dijo que tenía un problema coronario grave, tanto que podía
morirse. Pero al día siguiente había Consejo de Ministros y lo presidió.
Así que se habló con Arias Navarro y, sin citar el infarto, se le
explicó que la situación era grave. La reunión duró 15 minutos.
P.: Y usted se quedó
de guardia.
R.: Primero fui con
unos militares a La Paz para cargar material y medicamentos. Al
regresar, Martínez Bordiú me acompañó a la habitación de Franco. Me
presentó y Franco me tendió la mano. Me instalaron en una habitación
contigua y antes de dormir le examiné. Era un paciente muy sumiso.
P.: ¿Tomaron las
decisiones según criterios estrictamente clínicos?
R.: Es verdad que
hicimos cosas extraordinarias, pero no por la singularidad política del
personaje, sino por lo extraordinario que era desde un punto de vista
patológico. Es que no es normal que un paciente de 83 años con un
infarto de miocardio agudo, que hace una hemorragia digestiva masiva y
al que se le transfunden más de 5 litros de sangre, remonte la
situación, se espabile y se estacione. No lo había visto en mi vida. Eso
es lo que nos obligaba a seguir trabajando.
P.: ¿Alguna vez
manifestó Franco su voluntad de que le dejaran morir o, por el
contrario, de que agotaran todas las posibilidades?
R.: Lo único que había
dicho al salir de un ingreso hospitalario unos años antes era que no le
gustaría volver a un hospital y que prefería morir en El Pardo. Ese
espíritu fue el que guió la decisión de atenderle allí. Después ya se
manifestó poco, entre otras cosas porque llegó un momento en el que se
le tuvo que mantener sedado. Pero yo sí puedo atestiguar que lo pasó muy
mal, porque se estaba desangrando, vomitando sangre a chorro... Llegó a
manifestar, cuando le trasladábamos al quirófano improvisado: “¡Qué duro
es morir!” y “Déjenme en paz”.
P.: Muchas veces se
ha puesto la agonía de Franco como ejemplo de encarnizamiento
terapéutico.
R.: En absoluto fue
así. A lo largo de mi vida me he encontrado con otros francos desde el
punto de vista patológico. Y yo siempre he estado moralmente obligado a
aferrarme al mínimo porcentaje de supervivencia posible. ¿Usted sabe lo
angustioso que es ver morir a alguien desangrado, vomitando sangre?
P.: Usted no parece
compartir la imagen de Cristóbal Martínez Bordiú como responsable de ese
supuesto encarnizamiento.
-R.: Para nada. Adoraba a su suegro. Era más franquista que Franco,
pero no pretendía mantenerle vivo a cualquier precio. Tuvo la sagacidad
de no entrar en el equipo médico y jamás firmó un parte.
P.: Las polémicas
fotos...
R.: Unos días antes de
la muerte estaba aspirándole flemas, escuché un flash y ahí estaba
Martínez Bordiú. Recuerdo que le dije en broma: “jefe, ¿qué hace? Nos
van a llevar a la trena. Siguió y luego hizo entrar a sus hijos para que
posaran alrededor de la cabecera. Ésa fue una de las sesiones que no ha
aparecido. Tras morir Franco, me aseguró que se le habían velado todas,
y cuando se publicaron algunas me dijo que se las habían robado.
P.: Hoy día trataría
igual al paciente de el Pardo?
R.: Repetiría todos los
pasos uno por uno.
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La tensión
anterior al 20-N |
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El 20 de
noviembre de 1975, los tres grandes periódicos españoles del momento se
unieron unánimemente al anuncio hecho por el presidente del Gobierno
Arias Navarro: “Franco ha muerto”. Había pasado un mes desde el primer
parte médico sobre la situación del jefe del Estado. La salud de Franco
se había resentido unos días antes, el 1 de octubre, después de su
último discurso en la Plaza de Oriente. Debido a las bajas temperaturas,
contrajo una gripe.
Por encima del amor y del odio, el país había vivido durante un mes, día
a día, la agonía del Caudillo a través de los partes médicos que
informaban de la situación, que se complicaba por la sucesión de
hemorragias gástricas e insuficiencias cardiacas. El rumor constante
inundaba las calles, se detenía en los círculos políticos y se
intensificaba en los medios de comunicación, donde algunos doctores
actuaban de intermediarios entre el gran público y los partes. La
tensión llegó al límite el día 19, cuando los partes hablaban del
empeoramiento de la situación crítica de Franco. Según la versión
oficial, a las 5.25 horas de la madrugada del día 20, el encefalograma
emitió una línea plana. |
Fuente: Expansión
06.11.04