Seguridad
Corporativa y Protección del
Patrimonio
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El guardaespaldas de
Arafat
Mi vida con Arafat:
Mohamed al Daya ha sido el guardaespaldas de Arafat durante doce años.
Nadie le conoce tan de cerca, ni ha compartido más noches en vela y
jornadas frenéticas. Nadie como él para contarnos que el «rais» no es
como el resto de los seres humanos
Mohamed
al Daya ha sido durante doce años la sombra de Arafat. Desde 1989
hasta 2001 ha viajado en el asiento delantero derecho del coche del
líder palestino, ha dormido junto a la puerta de su dormitorio, le ha
acompañado en todas sus entrevistas oficiales y ha compartido día a día
su enloquecedora vida. Ha sido el ángel de la guarda del líder palestino
durante todos estos años. Muy pocos pueden alardear como él de saber
cómo era el «rais» cuando se apagaban los focos de la atención
pública. Y ninguno tan cualificado como él para sentenciar que «Arafat
no tuvo ni un solo día normal en su vida».
El padre de Al Daya ya era el más cercano guardaespaldas de Arafat
durante la época en la que el líder palestino se vio obligado a vivir en
Túnez. Un ataque israelí acabó con su vida cuando Mohamed era un
adolescente de 17 años. Pidió al «rais» que le diera un fusil y le
mantuviera a su lado. Arafat le prometió que ocuparía el puesto de su
padre en cuanto terminara sus estudios. Y así fue. Durante doce años, Al
Daya ha sido el fornido y mostachudo personaje que aparecía en todas las
fotos de Arafat. Hasta que el hombre se confió, y habló con unos amigos
algo de lo que nunca tendría que haber hablado... y fue trasladado de
puesto, aunque nunca degradado.
Al Daya siente devoción por su jefe. Lo que no le impide reconocer que
la vida familiar y personal de Arafat ha sido un disparatado desastre.
«Nunca encontrará usted un hombre tan desapegado de su familia como él
-nos cuenta-. No tenía vida personal. Su vida era la de su patria...
Todos tenemos la conciencia de un deber que debemos cumplir en esta
vida. Él creía que su sentido del deber no le obligaba con su familia,
sino con su patria».
Su esposa quiso cambiarle
Su matrimonio con Suha no ha sido un matrimonio corriente. «Su esposa
enseguida se dio cuenta de que Arafat no era para ella». Y no podía
hacer nada para remediarlo. «Se quejaba y se desahogaba con nosotros,
con los guardaespaldas, pero nada más». La mujer quiso introducir algún
cambio en la espartana vida del líder, pero con escaso éxito. «Su casa
tenía dos plantas, pero Abu Ammar -alias de Arafat- vivía siempre en el
bajo, donde tenía un dormitorio con una sola cama, un despacho, un
cuarto de estar y una salita de gimnasia con una bicicleta estática».
Su esposa intentó adecentar una casita más coqueta en la segunda planta,
compró muebles extranjeros, cortinas, pero aquello, por lo visto,
horrorizó a su marido. «Se quedó como conmocionado. No le gustó nada. No
quería ni ver aquellos muebles. E insistió en seguir viviendo en la
primera planta».
La política, la causa
palestina, llenaba las veinticuatro horas de Arafat. «No le interesaba
el fútbol, ni la televisión, ni el cine... alguna vez nos veía que
estábamos disfrutando de una película y nos preguntaba muy intrigado,
como si no comprendiera lo que estábamos haciendo: ¿Pero qué estáis
mirando? Lo único que él veía en la televisión eran las noticias».
Su única ilusión
Intentamos convencer a Mohamed de que todos los hombres tienen alguna
afición, alguna ilusión fuera de la política... «No tenía aficiones.
Nada de «hobbies». Su única ilusión era ver flotar la bandera de
Palestina sobre Jerusalén», insiste.
Está
claro que, pese al desencuentro de los últimos años, Mohamed venera a su
antiguo jefe. «Ni siquiera el día en que murió mi padre me sentí tan
perdido como cuando me dijeron que Abu Ammar se estaba muriendo. Él ha
sido quien me ha criado», insiste.
Pero como la mayoría de
los palestinos cree que, si bien Arafat era un hombre para quien no
existían ni el dinero ni la comodidad material, había a su alrededor
muchos corruptos sólo interesados en medrar. ¿Por qué no se deshacía de
todos esos sinvergüenzas? Cuando le hacemos esta pregunta, Al Daya nos
repite una frase que debió de escucharle varias veces: ««Un buen jinete
nunca deja su caballo a mitad de la carrera», decía Abu Ammar».
Resulta chocante la asociación de un hombre tan olvidado de sí mismo con
otros tan interesados en su lucro personal. Tal vez por eso ni se fiaba
de nadie, ni llegó nunca a nombrar a su sucesor: «Si le hubieran
obligado a elegir a un sucesor, se habría elegido a sí mismo». De nadie
más podía exigir una vida tan ajena a la de los demás seres humanos como
la suya.
Fuente: ABC
09.11.04