Seguridad Pública y Protección Civil
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«Centauros»
en la noche más violenta
Una unidad especial
de la Policía Nacional, los «centauros», patrulla la noche madrileña
para atajar la espiral de violencia callejera, Garitos sospechosos,
supermercados de la droga, zonas «skin» y de movida... Ni siquiera el
Metro escapa a su vigilancia
«Le
cogieron como 15 ó 20 tíos y le arrastraron de los pelos por todo el
suelo, incluso por las escaleras, después de darle una brutal paliza.
Luego, pegaron seis tiros y se han largado corriendo. ¡Pero cuándo va a
llegar el Samur!».
Éste era el grito desesperado, preñado de nerviosismo, que un ciudadano
de nacionalidad venezolana hace cuando los efectivos policiales llegan a
la plaza de los Cármenes, en el distrito de Latina. Son las cinco y diez
de la madrugada de un sábado frío, y a sus pies yace, inconsciente, un
chico joven de rasgos latinos que no pasa de los 25 años. Pese a que a
su alrededor hay cerca de una veintena de personas, nadie conoce al
herido, que tiene la cara hinchada por la brutal paliza que acaba de
recibir. La presencia de cámaras los pone más nerviosos, por lo que
hilvanan la pregunta, a trompicones, de si el chico está vivo o muerto
con insultos.
No hay rastro de sangre. Tampoco de heridas de bala en su cuerpo, aunque
pronto se descubren varios casquillos en el suelo. De repente, uno de
los todoterrenos con los que opera la Sección Especial de Reacción y
Apoyo (SERA) de la Policía Nacional, mejor conocida como «Centauros»,
emprende la marcha por una estrecha calle. A sólo 50 metros y en menos
de tres minutos, los cuatro hombres, de raza negra, son interceptados.
No hay escapatoria posible y se entregan. En la mano del inspector jefe
de la SERA, José Luis Díaz Vega, una pistola negra, de 8 milímetros.
«¿Es buena?», pregunta un agente. La inspección es rápida: se trata de
un arma de fogueo.
Este relato no se corresponde al argumento de un capítulo de «Cancion
triste de Hill Street», sino a la más cruda realidad que afrontan,
cada noche, los «centauros», una sección policial joven de edad y que
lleva operando algo más de seis meses. Realizan batidas diarias,
especialmente de noche, para intervenir en los delitos más complicados.
En su temprano haber, 2.483 detenidos, 507 intervenciones de armas
blancas, 1.272 actos de asuntos de droga, 150 actuaciones en delitos
contra la propiedad y 140, contra las personas.
El
orden del día de sus actuaciones lo marca la actualidad
delictiva, aunque también tienen algunos puntos de partida sobre los
que confeccionan el patrón de sus intervenciones. La madrugada del
pasado sábado era sinónimo de la «Operación Alfa», en el distrito de
Tetuán, uno de los que cuenta con mayor población inmigrante. Esto no
significa que la totalidad de los delitos la cometan ciudadanos de
origen extranjero. Quienes acechan al frío nocturno para llevar a
cabo sus «palos» son también españoles y muy jóvenes. Demasiado. Tal es
el caso del grupo de grafiteros que ha vuelto a hacer de las suyas, esta
vez, en la estación de Vinateros. Son los menos peligrosos, pero también
los más escurridizos. Su «modus operandi» es sencillo: viajan en los
vagones, en grupos de seis o siete. Tiran del freno de emergencia, paran
el tren, se bajan y, mientras el conductor reacciona y los guardas de
seguridad llegan al andén, realizan sus pintadas. En esta ocasión han
tenido un máximo de seis minutos para dejar su «marca» en dos
vagones e inmortalizar su hazaña con una cámara digital. Mil doscientos
euros es lo que cuesta una gamberrada de este tipo. Así de fácil. De su
rastro, tan sólo ocho botes de espray y un corrosivo olor a acrílico por
todo el andén. Han huido una vez más; mientras, dos jóvenes son
cacheados y retenidos en el andén. El Metro, que tampoco se ha librado
del clima de inseguridad, es también escenario de las operaciones de los
«centauros».
«No parece hachís; lo es»
Juventud. Ésta es, cada vez más, una de las características que
se viene detectando en los grupos delictivos, sobre todo, los fines de
semana, cuando el alcohol y las drogas conforman un cóctel ya demasiado
recurrente. Por ello, se establece un control de tráfico junto a una
curva muy cercana al estadio Teresa Rivero, en Puente de Vallecas. No se
trata de hacer pruebas de alcoholemia, sino de captar droga y de seguir
sus intrincados hilos. Si se «caza» a un menor, se da la voz de alarma a
los padres.
Como los dos que se acercan en una moto de gran cilindrada y algo
destartalada. Obedecen la orden de parada. No hay nervios. No es la
primera vez. El agente interroga al más arrogante de ambos, mientras le
cachea: «¿Fumas algo?». El chico, que no debe de tener más de 15 años,
sabe que no se refiere a tabaco. «Sí, de vez en cuando, pero creo que no
llevo ahora encima». El agente continúa con su registro, y por fin da
con lo que busca: dos «chinas», una de mayor tamaño que la otra. «¿Y
esto qué es?». Pregunta retórica. «¿Dónde las has comprado?». «Son de mi
novia, se las estoy guardando», replica el chaval, que sabe que ha
metido la pata cuando, acto seguido, le preguntan: «¿Y cómo se llama tu
novia?». El adolescente sonríe. «Diremos que no has querido contestar a
esta pregunta», razona el policía con cierta ironía. Le caen 300 euros
de multa. Mejor dicho, le caen a sus padres, algo que, según explicó el
chico, le preocupa más que el hallazgo de la droga. «Mi vieja sabe que
fumo «petas», lo malo es el cabreo que se va a pillar por los 300
euros», comenta.
En el mismo control, un coche que, en su maletero, esconde en bolsas
oscuras de basura decenas de prendas y relojes falsificados. Fumándose
un cigarrillo, los dos ocupantes del vehículo responden a la pregunta de
la autoridad de a qué se dedican con un «a trabajar» cargado de rutina.
Les dejan ir.
Después de 45 minutos de control, los «centauros» marchan a otro
punto de la enorme ciudad. Por línea interna, llegan los avisos.
«H-50 a H. En calle Campomanes, tres personas con aspecto «skin» están
quemando una bandera». Y es que la violencia neonazi, que antaño campara
a sus anchas por ciertos distritos de la capital, está volviendo a dar
quebraderos de cabeza a las fuerzas del orden. Al cabo de un rato, otra
alerta: «Detenidos dos «skins» en las inmediaciones del Puente de
Ventas». En efecto, son los «pelaos», que en los últimos meses han
generado episodios de violencia que inquietan especialmente a las
autoridades. En la zona, un coche de alta gama despierta las sospechas
de los agentes, ya que los últimos alunizajes en comercios se han hecho
con vehículos de esa clase.
Brutal paliza en plena «movida»
Las grandes ingestas de alcohol y la muchedumbre en las zonas de
«movida» provocan situaciones como la de dos jóvenes, desconocidos entre
sí, que acaban de ser literalmente linchados en un local de la calle de
la Victoria. Uno de ellos llora casi en silencio. El otro, con las ropas
destrozadas y la cara rota, vocifera, preso de una crisis de ansiedad al
ver el estado en que le han dejado. Un centenar de personas, entre
polícías y curiosos, se apelotona en torno a él. De repente, comienza a
gritar de nuevo, intenta autolesionarse y aporrea con sus puños la tela
metálica de un comercio cerrado. Enseguida, es interceptado por los
agentes. Una de ellos logra calmarle. El chico se agacha y llora de
impotencia. Llora.
El capítulo juvenil se cierra con el intento de agresión de un grupo de
adolescentes, alguno de ellos, muy «pasado», y no precisamente de
alcohol, a tres chicos, que se han tenido que refugiar en un bingo de
O´Donnell. Alguno se encara a los agentes, que, tirando más de
psicología que de fuerza bruta, consiguen que los chavales se vayan por
donde han venido.
Es la antesala del epicentro de la «Operación Alfa». El escenario
cambia: estamos en el distrito de Tetuán, concretamente, en el número 9
de la calle del Doctor Santero, donde se encuentra un garito frecuentado
por personas de origen suramericano llamado La Hamaquita Latina.
Los agentes, alrededor de una veintena y con los cascos puestos -«en
este tipo de redadas no nos libramos de que vuelen dos o tres botellas
por el aire», afirman-, entran por sorpresa en el local, en el que en
ese momento hay unas setenta personas. Los primeros momentos transcurren
con extrema rapidez. Todos obedecen al unísono a la orden y se ponen
contra la pared, hombres y mujeres, con los brazos en alto y las piernas
abiertas. Comienza el cacheo y la petición de la documentación en regla.
El abanico de reacciones es tan amplio como llamativo. Los hay que
protestan por la irrupción policial; otros se niegan al registro, por lo
que los agentes recrudecen su actitud; otra mujer grita: «Soy española y
conozco mis derechos. ¡Fuera esas cámaras de aquí!», y los más
habituados permanecen tranquilamente consumiendo sus bebidas en la mesa,
como si la redada no fuera con ellos. Seis personas no tienen «los
papeles» encima, las mismas seis que son llevadas a la comisaría de
Tetuán a efectos de identificación. El local queda vacío y el resto
circula por la estrecha calle, para volver, más tarde, al bar. Se lo
toman con mucha ironía. Mientras, los agentes se dan órdenes los unos a
los otros: «Pasa éste por Manila», o lo que es lo mismo, «Consúltale a
Extranjería si los DNI y las tarjetas de residencia son auténticas y
están en vigor», porque «Manila» es el indicativo en esa materia, al
igual que «Halcón» es el que se refiere a la información sobre los
grupos de cabezas rapadas.
Barranquillas: Infierno las 24 horas
Cae el relente en esa zona de Madrid que no es olímpica y jamás lo será,
porque ni siquiera lo quiere. Son las cinco menos cuarto de la madrugada
y una gran fogata nos anuncia que el «mercadillo» está abierto. En Las
Barranquillas nunca se duerme, a no ser que sea por efecto del
«caballo». A lo largo de un camino sin asfaltar, estrecho, las estrechas
figuras de quienes, aunque su corazón aún lata, se olvidaron la vida -y
con ella, la de sus familias- hace ya tiempo, la primera vez que
quemaron «plata» o compraron una «papela».
El espectáculo es dantesco. Decenas de figuras humanas casi
arrastrándose o dentro de desvencijados coches, con un espejo en una
mano y la jeringa en la otra, pendiente de un trozo de carne, que bien
puede ser el de un brazo, el cuello o, incluso, sus propios genitales.
En este cementerio de «zombies» todo vale y nadie se da cuenta de nada.
No hay flashes. No puede haberlos si queremos salir de allí intactos. El
silencio es atronador, y una chica joven, preciosa, tan vieja como su
adicción, nos mira desde un coche. Sus ojos la delatan: quiere, pero no
puede. Aquí ya no se puede hacer nada.
Fuente: ABC
26.09.04
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