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Lunes, 4 de octubre de 2004


Seguridad Pública y Protección Civil

 «Centauros» en la noche más violenta

Una unidad especial de la Policía Nacional, los «centauros», patrulla la noche madrileña para atajar la espiral de violencia callejera, Garitos sospechosos, supermercados de la droga, zonas «skin» y de movida... Ni siquiera el Metro escapa a su vigilancia

 

«Le cogieron como 15 ó 20 tíos y le arrastraron de los pelos por todo el suelo, incluso por las escaleras, después de darle una brutal paliza. Luego, pegaron seis tiros y se han largado corriendo. ¡Pero cuándo va a llegar el Samur!».

Éste era el grito desesperado, preñado de nerviosismo, que un ciudadano de nacionalidad venezolana hace cuando los efectivos policiales llegan a la plaza de los Cármenes, en el distrito de Latina. Son las cinco y diez de la madrugada de un sábado frío, y a sus pies yace, inconsciente, un chico joven de rasgos latinos que no pasa de los 25 años. Pese a que a su alrededor hay cerca de una veintena de personas, nadie conoce al herido, que tiene la cara hinchada por la brutal paliza que acaba de recibir. La presencia de cámaras los pone más nerviosos, por lo que hilvanan la pregunta, a trompicones, de si el chico está vivo o muerto con insultos.

No hay rastro de sangre. Tampoco de heridas de bala en su cuerpo, aunque pronto se descubren varios casquillos en el suelo. De repente, uno de los todoterrenos con los que opera la Sección Especial de Reacción y Apoyo (SERA) de la Policía Nacional, mejor conocida como «Centauros», emprende la marcha por una estrecha calle. A sólo 50 metros y en menos de tres minutos, los cuatro hombres, de raza negra, son interceptados. No hay escapatoria posible y se entregan. En la mano del inspector jefe de la SERA, José Luis Díaz Vega, una pistola negra, de 8 milímetros. «¿Es buena?», pregunta un agente. La inspección es rápida: se trata de un arma de fogueo.

Este relato no se corresponde al argumento de un capítulo de «Cancion triste de Hill Street», sino a la más cruda realidad que afrontan, cada noche, los «centauros», una sección policial joven de edad y que lleva operando algo más de seis meses. Realizan batidas diarias, especialmente de noche, para intervenir en los delitos más complicados. En su temprano haber, 2.483 detenidos, 507 intervenciones de armas blancas, 1.272 actos de asuntos de droga, 150 actuaciones en delitos contra la propiedad y 140, contra las personas.

Foto: ABCEl orden del día de sus actuaciones lo marca la actualidad delictiva, aunque también tienen algunos puntos de partida sobre los que confeccionan el patrón de sus intervenciones. La madrugada del pasado sábado era sinónimo de la «Operación Alfa», en el distrito de Tetuán, uno de los que cuenta con mayor población inmigrante. Esto no significa que la totalidad de los delitos la cometan ciudadanos de origen extranjero. Quienes acechan al frío nocturno para llevar a cabo sus «palos» son también españoles y muy jóvenes. Demasiado. Tal es el caso del grupo de grafiteros que ha vuelto a hacer de las suyas, esta vez, en la estación de Vinateros. Son los menos peligrosos, pero también los más escurridizos. Su «modus operandi» es sencillo: viajan en los vagones, en grupos de seis o siete. Tiran del freno de emergencia, paran el tren, se bajan y, mientras el conductor reacciona y los guardas de seguridad llegan al andén, realizan sus pintadas. En esta ocasión han tenido un máximo de seis minutos para dejar su «marca» en dos vagones e inmortalizar su hazaña con una cámara digital. Mil doscientos euros es lo que cuesta una gamberrada de este tipo. Así de fácil. De su rastro, tan sólo ocho botes de espray y un corrosivo olor a acrílico por todo el andén. Han huido una vez más; mientras, dos jóvenes son cacheados y retenidos en el andén. El Metro, que tampoco se ha librado del clima de inseguridad, es también escenario de las operaciones de los «centauros».

«No parece hachís; lo es»

Juventud. Ésta es, cada vez más, una de las características que se viene detectando en los grupos delictivos, sobre todo, los fines de semana, cuando el alcohol y las drogas conforman un cóctel ya demasiado recurrente. Por ello, se establece un control de tráfico junto a una curva muy cercana al estadio Teresa Rivero, en Puente de Vallecas. No se trata de hacer pruebas de alcoholemia, sino de captar droga y de seguir sus intrincados hilos. Si se «caza» a un menor, se da la voz de alarma a los padres.

Como los dos que se acercan en una moto de gran cilindrada y algo destartalada. Obedecen la orden de parada. No hay nervios. No es la primera vez. El agente interroga al más arrogante de ambos, mientras le cachea: «¿Fumas algo?». El chico, que no debe de tener más de 15 años, sabe que no se refiere a tabaco. «Sí, de vez en cuando, pero creo que no llevo ahora encima». El agente continúa con su registro, y por fin da con lo que busca: dos «chinas», una de mayor tamaño que la otra. «¿Y esto qué es?». Pregunta retórica. «¿Dónde las has comprado?». «Son de mi novia, se las estoy guardando», replica el chaval, que sabe que ha metido la pata cuando, acto seguido, le preguntan: «¿Y cómo se llama tu novia?». El adolescente sonríe. «Diremos que no has querido contestar a esta pregunta», razona el policía con cierta ironía. Le caen 300 euros de multa. Mejor dicho, le caen a sus padres, algo que, según explicó el chico, le preocupa más que el hallazgo de la droga. «Mi vieja sabe que fumo «petas», lo malo es el cabreo que se va a pillar por los 300 euros», comenta.

En el mismo control, un coche que, en su maletero, esconde en bolsas oscuras de basura decenas de prendas y relojes falsificados. Fumándose un cigarrillo, los dos ocupantes del vehículo responden a la pregunta de la autoridad de a qué se dedican con un «a trabajar» cargado de rutina. Les dejan ir.

Después de 45 minutos de control, los «centauros» marchan a otro punto de la enorme ciudad. Por línea interna, llegan los avisos. «H-50 a H. En calle Campomanes, tres personas con aspecto «skin» están quemando una bandera». Y es que la violencia neonazi, que antaño campara a sus anchas por ciertos distritos de la capital, está volviendo a dar quebraderos de cabeza a las fuerzas del orden. Al cabo de un rato, otra alerta: «Detenidos dos «skins» en las inmediaciones del Puente de Ventas». En efecto, son los «pelaos», que en los últimos meses han generado episodios de violencia que inquietan especialmente a las autoridades. En la zona, un coche de alta gama despierta las sospechas de los agentes, ya que los últimos alunizajes en comercios se han hecho con vehículos de esa clase.

Brutal paliza en plena «movida»

Las grandes ingestas de alcohol y la muchedumbre en las zonas de «movida» provocan situaciones como la de dos jóvenes, desconocidos entre sí, que acaban de ser literalmente linchados en un local de la calle de la Victoria. Uno de ellos llora casi en silencio. El otro, con las ropas destrozadas y la cara rota, vocifera, preso de una crisis de ansiedad al ver el estado en que le han dejado. Un centenar de personas, entre polícías y curiosos, se apelotona en torno a él. De repente, comienza a gritar de nuevo, intenta autolesionarse y aporrea con sus puños la tela metálica de un comercio cerrado. Enseguida, es interceptado por los agentes. Una de ellos logra calmarle. El chico se agacha y llora de impotencia. Llora.

El capítulo juvenil se cierra con el intento de agresión de un grupo de adolescentes, alguno de ellos, muy «pasado», y no precisamente de alcohol, a tres chicos, que se han tenido que refugiar en un bingo de O´Donnell. Alguno se encara a los agentes, que, tirando más de psicología que de fuerza bruta, consiguen que los chavales se vayan por donde han venido.

Es la antesala del epicentro de la «Operación Alfa». El escenario cambia: estamos en el distrito de Tetuán, concretamente, en el número 9 de la calle del Doctor Santero, donde se encuentra un garito frecuentado por personas de origen suramericano llamado La Hamaquita Latina.

Los agentes, alrededor de una veintena y con los cascos puestos -«en este tipo de redadas no nos libramos de que vuelen dos o tres botellas por el aire», afirman-, entran por sorpresa en el local, en el que en ese momento hay unas setenta personas. Los primeros momentos transcurren con extrema rapidez. Todos obedecen al unísono a la orden y se ponen contra la pared, hombres y mujeres, con los brazos en alto y las piernas abiertas. Comienza el cacheo y la petición de la documentación en regla. El abanico de reacciones es tan amplio como llamativo. Los hay que protestan por la irrupción policial; otros se niegan al registro, por lo que los agentes recrudecen su actitud; otra mujer grita: «Soy española y conozco mis derechos. ¡Fuera esas cámaras de aquí!», y los más habituados permanecen tranquilamente consumiendo sus bebidas en la mesa, como si la redada no fuera con ellos. Seis personas no tienen «los papeles» encima, las mismas seis que son llevadas a la comisaría de Tetuán a efectos de identificación. El local queda vacío y el resto circula por la estrecha calle, para volver, más tarde, al bar. Se lo toman con mucha ironía. Mientras, los agentes se dan órdenes los unos a los otros: «Pasa éste por Manila», o lo que es lo mismo, «Consúltale a Extranjería si los DNI y las tarjetas de residencia son auténticas y están en vigor», porque «Manila» es el indicativo en esa materia, al igual que «Halcón» es el que se refiere a la información sobre los grupos de cabezas rapadas.

Barranquillas: Infierno las 24 horas

Cae el relente en esa zona de Madrid que no es olímpica y jamás lo será, porque ni siquiera lo quiere. Son las cinco menos cuarto de la madrugada y una gran fogata nos anuncia que el «mercadillo» está abierto. En Las Barranquillas nunca se duerme, a no ser que sea por efecto del «caballo». A lo largo de un camino sin asfaltar, estrecho, las estrechas figuras de quienes, aunque su corazón aún lata, se olvidaron la vida -y con ella, la de sus familias- hace ya tiempo, la primera vez que quemaron «plata» o compraron una «papela».

El espectáculo es dantesco. Decenas de figuras humanas casi arrastrándose o dentro de desvencijados coches, con un espejo en una mano y la jeringa en la otra, pendiente de un trozo de carne, que bien puede ser el de un brazo, el cuello o, incluso, sus propios genitales. En este cementerio de «zombies» todo vale y nadie se da cuenta de nada. No hay flashes. No puede haberlos si queremos salir de allí intactos. El silencio es atronador, y una chica joven, preciosa, tan vieja como su adicción, nos mira desde un coche. Sus ojos la delatan: quiere, pero no puede. Aquí ya no se puede hacer nada.

Fuente: ABC
26.09.04

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