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Miércoles, 13 de octubre de 2004


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

El nuevo rostro de las Fuerzas Armadas

Suman setenta mil, aunque deberían ser treinta mil más para cubrir la plena operatividad del Ejército profesional. Las nuevas Fuerzas Armadas ya están logrando acompasarse, no sin dificultades, a las expectativas de la clase de tropa.

 

Disponibilidad, vocación de servicio. Jerarquía. Lo del deber, la patria y el honor sigue vigente. Y, claro, la obediencia. Grabado a cincel en el mármol, un lema: «No hay más grande hazaña que la de obedecer». Esta declaración de principios se puede leer cerca de otras proclamas más tópicas o manidas («Vencer o morir»), en la sede de la Bripac (Brigada Paracaidista) del Ejército de Tierra, en la localidad madrileña de Alcalá de Henares. Este año le corresponde a la Segunda Bandera desfilar hoy ante el Rey en La Castellana, en el Día de la Fiesta Nacional, y las sesiones preparatorias están siendo extenuantes. Los nuevos tiempos son ahora los que marcan el paso de los soldados, los soldados de profesión. Otra España, otras Fuerzas Armadas. Setenta mil ciudadanos ejercen de tropa o marinería a cambio de un sueldo (plus arriba, plus abajo, según el destino) de poco más de 600 euros al mes.

Nuestro recorrido para tratar de acercarnos a sus sentimientos, sus motivaciones y sus expectativas culminó en ese mastodóntico acuartelamiento en el que trabajan dos mil quinientos soldados pero había arrancado antes, por la mañana, en la Facultad Politécnica de la Universidad de Alcalá de Henares, donde el teniente Carmona había recalado con su equipo en una misión itinerante de captación. Es asunto sobado que si el óptimo para nuestro Ejército es disponer de 100.000 efectivos, aún faltan 30.000 y hay que afanarse en la tarea de convencer a los jóvenes. Como el Campus celebraba un Foro de Empleo, las FAS estaban presentes, para competir en igualdad de condiciones con otras empresas e instituciones en la recluta de personal, después de fenecida la leva obligatoria de los quintos; o sea, la mili, enterrada en 2001 con los últimos soldados de reemplazo. El «stand» no era de los que más público atraía, pero tampoco dejaba paso a la espera desesperante o al bostezo. Dos chicas se acercaron con timidez exagerada al cabo mayor («imponéis con el uniforme», adujeron después de roto el hielo) mientras unos chavales aprovechaban la pequeña melé para esquilmar, por el otro flanco, el cestillo de los caramelos.

Carmona explicaba que la estrategia de información se adecuaba al lugar y que por eso la información más demandada estaba siendo la de las salidas que tiene en el Ejército un ingeniero técnico. Para licenciados, obviamente, los sueldos son otros. Aunque la presencia de la marinero Carballeda también cobijaba las aspiraciones modestas de la clase de tropa y el sargento Ortega estaba allí para explicar a quien lo demandara otro camino posible sin titulación superior, el de los suboficiales. El teniente y los suyos practicaban con soltura el don de gentes y dejaban patente que este Ejército profesional es ya otro Ejército, aunque no renuncie a sus esencias. «Y es otro para bien -decía Carmona- porque quien está con nosotros hace de ello su modo de vida, y así todo funciona mejor. Ahora tenemos la obligación de mimar al empleado, que es el soldado». Considera que con no pocos alicientes, pese a la modestia de las retribuciones: «Aquí obtienes formación y sueldo desde el primer día. Yo he sido ingeniero en la vida civil y los sueldos hoy no andan tan boyantes ni son tan diferentes de éstos como pretenden hacernos creer». El sargento primero Ortega aprovechaba para reflexionar sobre el componente vocacional: «Lo tengas o no lo tengas de entrada, se va forjando en el día a día». Tanto el vértice como la base de esta gran pirámide se van acercando progresivamente a la sensibilidad civil, aunque los militares sean aún vistos por algunos como rareza o compartimento estanco.

Alférez Fernando Carrasco. Foto: ABCPor la tarde, el comandante Ruipérez y el alférez Fernando Carrasco nos abrían las puertas de la Brigada Paracaidista, la Bripac. Carrasco es un ejemplo de reenganche tardío, del renovado tirón de las Fuerzas Armadas como alternativa profesional.

Estudió la carrera de Publicidad y Relaciones Públicas y trabajó para la empresa privada, pero hace poco más de un año ingresó en la Academia Militar. «Está mitificado lo de que los sueldos fuera son mucho mejores. Cada vez hay más competencia en el mundo civil y ya no es así». Ahora se le ve como pez en el agua, aunque la escala de oficiales es, quizá, lo que menos ha cambiado con el cataclismo de la profesionalización. Las diferencias están, sobre todo, más abajo. Los nuevos soldados tienen la palabra.

 

Noelia Carballedo Pardal.
Marinero.

«Tienes ocasión de conocer a mucha gente»

Mecidos en musicalidad gallega, suaves y nada marciales, los argumentos de la pontevedresa Noelia Carballeda Pardal para explicar su ingreso en la Marina, hace ya casi cinco años, se aproximan a los de muchos otros jóvenes para aferrarse a cualquier trabajo que proporciona estabilidad y, paradójicamente, sosiego. Un tío de Noelia está en la Armada y por ahí le llegaron los ecos de la posibilidad de ingresar. Tenía entonces veinte años.

«Mis perspectivas en aquel momento no eran muy alentadoras. Vivía en Pontevedra y cuando terminé la FP2 me puse a trabajar en una de esas librerías que también vende prensa y regalos. Con un horario partido, de nueve a dos y de cuatro a nueve, y por un sueldo de 77.000 pesetas». Así que hizo las pruebas de selección y, después de dos meses en el centro de instrucción de La Graña, en Ferrol, juró bandera y se especializó como administrativa.

Ahora tiene destino en la Escuela Naval Militar de Marín, «muy cerquita de casa», y trabaja de siete a dos. Firmó por tres años y ya ha renovado por otros dos. Así que lo tiene muy claro: «Este trabajo es intenso, pero me deja tiempo para tener vida propia. Si quiero, me voy a Pontevedra a dormir, si no me apetece, me quedo en la residencia». Al principio, los amigos la catalogaron como bicho raro («dónde te vas a meter», le decían) , pero su familia la apoyó. Considera que la profesión militar es una excelente veta para conocer gente: «Tiene la característica de que amplía mucho tu círculo de relación, a diferencia de lo que ocurre si trabajas en una oficina pequeña o un comercio, por ejemplo».

Eso, y otras cosas: «Eres militar y te debes a la disciplina. Valoras más la bandera y defiendes la Constitución. Lo llevas bien grabado dentro». En el futuro no sabe qué hará, pues los «puestos rasos» como el suyo tienen establecido un tope de 35 años de edad o 12 de servicio. Podrá intentar un curso para cabo o pasar las pruebas para tropa permanente. Ya verá. Sin excesivos afanes de aventura, eso sí. Y si puede ser, cerca de Pontevedra.

 

Antonio Sánchez Moreno.
Soldado de Infantería.

«La empresa se les va a quedar vacía»

No todo va a ser un camino de rosas en un proceso, el de profesionalización del Ejército, que se enfrenta a inercias de siglos, a hábitos anquilosados y a los riesgos de un marketing que no siempre deja clara la peculiar idiosincrasia de la vida militar. Al soldado Antonio Sánchez Moreno, voz crítica y al filo de una muy probable expulsión (pesa sobre él un juicio militar aún no resuelto) lo hemos localizado, trabajosamente, en el polvorín de los foros de internet. Se presta a hablar y a ser fotografiado, como demostración palpable de un desengaño sin vuelta atrás: «Como sigan tratando así a la gente -dice-, dentro de un par de años van a tener que volver a lo de antes, a la mili por cojones». Relata Antonio, granadino, que se metió en el Ejército atraído por la posibilidad de trabajar y poder seguir estudiando a un tiempo: «Terminé el Bachillerato en la rama de Economía y supe que como militar podría optar a Administrativo si seguía un curso de nueve meses de Administración y Gestión de Empresas en la Academia de Calatayud, cobrando desde el primer momento. Así lo hice. Al principio, allí, todo marchaba sobre ruedas, porque, sinceramente, dependiendo del cuartel en el que estés, las cosas son de una u otra manera». De esto, hace un par de años. Lo malo llegó cuando fue destinado a la Brigada de Infantería Mecanizada Acorazada de Cerro Muriano, en Córdoba: «Mi primera sorpresa fue que las labores que estaban destinadas a los administrativos las realizaban también soldados infantes o artilleros, que sólo han tenido dos meses de preparación y que están entrenados para la acción, no para las oficinas.

Me tocó en la Tercera Sección, que se ocupaba de todos los papeleos, y allí sufrí tener que soportar las órdenes y el desprecio de dos soldados -dos iguales míos, ni más ni menos- que ya llevaban tiempo y eran los protegidos del comandante. Luego me cambiaron de sitio y me pusieron de secretario del Estado Mayor, a las órdenes de un brigada muy retorcido. Un día llamé por teléfono a mi casa -todo el mundo lo hacía- y ocupé la línea justo en el momento en que quería usarla el comandante. Ahí llegó mi ruina. Me cayó tal bronca que me asusté y mentí: dije que me habían llamado a mí desde fuera y no al revés. Pero como me buscaban las cosquillas comprobaron que había llamado yo y me arrestaron 16 días. Después de eso tuve un encontronazo con el brigada. Me levantó la mano hasta cuatro veces y consiguió que yo mismo amenazara con pegarle. Era lo que pretendía. Resultado: me abrieron parte de amenazas y ando metido en juicio militar pendiente de resolución. Eso me puede suponer cárcel de 3 a 6 meses o incluso de un año. Ahora estoy de baja psicológica, después de haber sido examinado por un Tribunal Médico». Comenta también Antonio que veía en el Ejército algo más que una mera salida: «Al año de ingresar se me ponía el vello de punta al escuchar el himno». Pero en vista del panorama se ve ya en la calle y, dice, «yo qué sé qué haré. Volver a estudiar, supongo. Estoy decepcionado. Nada es como te lo cuentan. Te pongo un ejemplo: lo de que puedes conseguir todos los carnés. A la hora de la verdad, en mi caso, resultó que no. Como éramos pocos oficinistas no podíamos faltar de nuestro puesto para obtener esos permisos». «Con un trato como el que se me ha dado a mí -opina- la empresa se les va a quedar vacía».

 

Francisco Quijada Turpín.
Cabo mayor del Ejército de Tierra.

«Empleo seguro, para toda la vida y a gusto»

Foto: ABCEl atleta Quijada (pocas cosas le producen más satisfacciones que correr cualquier media maratón que se le ponga a tiro) es cabo mayor del Ejército de Tierra con base en Cartagena, aunque vive en Murcia. Ha llegado a su tope profesional antes de los cuarenta y no le importa: «Cabo mayor es lo más a lo que puedes aspirar como tropa permanente. He tenido ocasión de optar a la oposición de suboficial, pero no me ha interesado. Tengo un trabajo estable, cómodo y seguro. He podido compatibilizarlo con los estudios de graduado social y eso me permite, además, dar cursos específicos en Institutos. Entro a las ocho y a las cuatro y media he terminado. Las dos primeras horas, además, hago deporte dentro de mi horario, como parte del propio trabajo y en las instalaciones que te proporciona el Ejército. Eso lo considero un privilegio».

Lo malo, un sueldo muy justito de 200.000 pesetas al mes, en catorce pagas, «que no me supone un problema grave porque mi mujer trabaja y eso nos da más desahogo, aunque tenemos dos críos». Además, se remite a las ventajas económicas de las que un militar disfruta «en especie»: «El acceso a la vivienda a precios que no tienen nada que ver con los de mercado, los viajes mucho más baratos con Renfe o Enatcar, la asistencia sanitaria...». «Mi empleo -dice convencido- es seguro, para toda la vida, y estoy a gusto en él. Como militar me siento más protegido y más compensado que en cualquier trabajo para la empresa privada. Aquí ha habido gente que ha entrado sólo para conseguir gratis los carnés especiales, los que sirven para conducir tráilers o vehículos de mercancías peligrosas, y luego se han matado en la carretera como transportistas. Recuerdo dos casos». Estos días Quijada acompaña al teniente Carmona en el equipo de captación y detecta que «se nos empieza a ver de otra manera, desde luego más positiva.

Tenemos la necesidad de hacer entender nuestra propuesta profesional especialmente en los núcleos urbanos, donde los jóvenes no suelen pensar en el Ejército como salida». «Mira -dice satisfecho- ahora somos gestores de recursos humanos, tenemos que amoldarnos a eso. Hace poco he convencido a una chavala con estudios de Mecánica. Estaba trabajando en una casa de repuestos de coches por dos perras y con un horario salvaje. Ahora cobra más, 800 euros, con un horario de 8 a 3. A mucha gente le compensa».

 

Rosa Eulalia Parada.
Dama Legionaria Paracaidista.

«Me siento orgullosa de llevar la boina negra»

foto: ABCLos ojos se le encienden: «Mi primer salto fue lo mejor de mi vida». Y ya lleva once, desde el vértigo del avión. Soldado de España, a pesar de haber nacido en Guayaquil, en Ecuador, la dama legionaria paracaidista (DLP) Rosa Eulalia Parada, de veintitrés años, lleva uno en la Bripac con sede en Alcalá de Henares y hoy tomará parte en el desfile de la Fiesta Nacional: «Este año nos ha tocado a los de la Segunda Bandera». Así que los últimos días han resultado agotadores. El suyo es un cometido muy exigente en el apartado físico («vengo de dar 22 vueltas a un campo de fútbol») y aunque a las mujeres se les suelen asignar las tareas de menos desgaste, «cuando faltan fusileros o alguno de mortero tenemos que estar disponibles». Por ese motivo acaba de llegar de la base de Alcantarilla y se ha tenido que sumergir, sin apenas respiro, en la preparación de la parada militar. Aunque, añade, «el esfuerzo lo compensa el orgullo de llevar la boina negra». Nos ofrece una sólida reflexión sobre si es posible el patriotismo que se supone a un soldado en alguien que, como ella, tan sólo lleva cuatro años en España: «Es una reacción natural por el afán de superación. En este trabajo cuesta todo tanto sacrificio y es necesario tanto compañerismo que acabas sintiendo la bandera como los que son de aquí». Vive habitualmente en el cuartel porque no le compensa desplazarse todos los días de Madrid a Alcalá. Su jornada de trabajo empieza a las siete y media de la mañana («para formar a las 8») y acaba a las cuatro de la tarde.

Cuenta que en la Segunda Bandera, por su dureza, sólo hay una veintena de mujeres, casi todas extranjeras: «Tengo compañeras de Ecuador, colombianas y dominicanas...». Señala sus botas: «Si yo peso 50 kilos, con todo el equipo a cuestas igual son doce o catorce kilos más». Rosa Eulalia llegó a Madrid «como todos, de «turista»» y empezó a trabajar en el servicio doméstico: «No tuve ningún problema, porque la señora que me empleó me arregló los papeles en cuanto pudo. Pero de niña me llamaba mucho la atención cómo desfilaban las mujeres policías, allá en Ecuador, y no resultó raro que me interesara por la posibilidad de ingresar en el Ejército cuando empezaron a admitir a extranjeros». Ahora, cuando envía a Guayaquil fotos uniformada de DLP, su padre rebosa orgullo: «No hay ningún conflicto en el amor a las dos naciones, al contrario».

A lo mejor las circunstancias inmediatas la llevan lejos: «La Tercera Bandera está en Afganistán y los siguientes seríamos nosotros. Ya tuvimos que dormir varios días en las vías del tren cuando nos tocaron labores de vigilancia después del 11-M. Me encantaría una misión en el extranjero. Eso sí, mejor después de Navidad, porque tengo previsto visitar a mi familia en Ecuador. ¡Hace tres años que no les veo!».

Fuente: ABC
12/10/2004

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