Seguridad
Colectiva y Defensa Nacional
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El nuevo rostro de las
Fuerzas Armadas
Suman setenta mil,
aunque deberían ser treinta mil más para cubrir la plena operatividad
del Ejército profesional. Las nuevas Fuerzas Armadas ya están logrando
acompasarse, no sin dificultades, a las expectativas de la clase de
tropa.
Disponibilidad, vocación de servicio. Jerarquía. Lo del deber, la patria
y el honor sigue vigente. Y, claro, la obediencia. Grabado a cincel en
el mármol, un lema: «No hay más grande hazaña que la de obedecer».
Esta declaración de principios se puede leer cerca de otras proclamas
más tópicas o manidas («Vencer o morir»), en la sede de la Bripac
(Brigada Paracaidista) del Ejército de Tierra, en la localidad madrileña
de Alcalá de Henares. Este año le corresponde a la Segunda Bandera
desfilar hoy ante el Rey en La Castellana, en el Día de la Fiesta
Nacional, y las sesiones preparatorias están siendo extenuantes. Los
nuevos tiempos son ahora los que marcan el paso de los soldados, los
soldados de profesión. Otra España, otras Fuerzas Armadas. Setenta mil
ciudadanos ejercen de tropa o marinería a cambio de un sueldo (plus
arriba, plus abajo, según el destino) de poco más de 600 euros al mes.
Nuestro recorrido para tratar de acercarnos a sus sentimientos, sus
motivaciones y sus expectativas culminó en ese mastodóntico
acuartelamiento en el que trabajan dos mil quinientos soldados pero
había arrancado antes, por la mañana, en la Facultad Politécnica de la
Universidad de Alcalá de Henares, donde el teniente Carmona había
recalado con su equipo en una misión itinerante de captación. Es
asunto sobado que si el óptimo para nuestro Ejército es disponer de
100.000 efectivos, aún faltan 30.000 y hay que afanarse en la tarea de
convencer a los jóvenes. Como el Campus celebraba un Foro de Empleo,
las FAS estaban presentes, para competir en igualdad de condiciones con
otras empresas e instituciones en la recluta de personal, después de
fenecida la leva obligatoria de los quintos; o sea, la mili, enterrada
en 2001 con los últimos soldados de reemplazo. El «stand» no era de los
que más público atraía, pero tampoco dejaba paso a la espera
desesperante o al bostezo. Dos chicas se acercaron con timidez exagerada
al cabo mayor («imponéis con el uniforme», adujeron después de roto el
hielo) mientras unos chavales aprovechaban la pequeña melé para
esquilmar, por el otro flanco, el cestillo de los caramelos.
Carmona explicaba que la estrategia de información se adecuaba al lugar
y que por eso la información más demandada estaba siendo la de las
salidas que tiene en el Ejército un ingeniero técnico. Para licenciados,
obviamente, los sueldos son otros. Aunque la presencia de la marinero
Carballeda también cobijaba las aspiraciones modestas de la clase de
tropa y el sargento Ortega estaba allí para explicar a quien lo
demandara otro camino posible sin titulación superior, el de los
suboficiales. El teniente y los suyos practicaban con soltura el don de
gentes y dejaban patente que este Ejército profesional es ya otro
Ejército, aunque no renuncie a sus esencias. «Y es otro para bien -decía
Carmona- porque quien está con nosotros hace de ello su modo de vida, y
así todo funciona mejor. Ahora tenemos la obligación de mimar al
empleado, que es el soldado». Considera que con no pocos alicientes,
pese a la modestia de las retribuciones: «Aquí obtienes formación y
sueldo desde el primer día. Yo he sido ingeniero en la vida civil y los
sueldos hoy no andan tan boyantes ni son tan diferentes de éstos como
pretenden hacernos creer». El sargento primero Ortega aprovechaba para
reflexionar sobre el componente vocacional: «Lo tengas o no lo tengas
de entrada, se va forjando en el día a día». Tanto el vértice como
la base de esta gran pirámide se van acercando progresivamente a la
sensibilidad civil, aunque los militares sean aún vistos por algunos
como rareza o compartimento estanco.
Por
la tarde, el comandante Ruipérez y el alférez Fernando Carrasco
nos abrían las puertas de la Brigada Paracaidista, la Bripac. Carrasco
es un ejemplo de reenganche tardío, del renovado tirón de las Fuerzas
Armadas como alternativa profesional.
Estudió la
carrera de Publicidad y Relaciones Públicas y trabajó para la empresa
privada, pero hace poco más de un año ingresó en la Academia Militar.
«Está mitificado lo de que los sueldos fuera son mucho mejores. Cada vez
hay más competencia en el mundo civil y ya no es así». Ahora se le
ve como pez en el agua, aunque la escala de oficiales es, quizá, lo que
menos ha cambiado con el cataclismo de la profesionalización. Las
diferencias están, sobre todo, más abajo. Los nuevos soldados tienen la
palabra.
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Noelia Carballedo
Pardal.
Marinero. |
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«Tienes ocasión de
conocer a mucha gente»
Mecidos en
musicalidad gallega, suaves y nada marciales, los argumentos de
la pontevedresa Noelia Carballeda Pardal para explicar su
ingreso en la Marina, hace ya casi cinco años, se aproximan a
los de muchos otros jóvenes para aferrarse a cualquier trabajo
que proporciona estabilidad y, paradójicamente, sosiego. Un tío
de Noelia está en la Armada y por ahí le llegaron los ecos de la
posibilidad de ingresar. Tenía entonces veinte años.
«Mis
perspectivas en aquel momento no eran muy alentadoras. Vivía en
Pontevedra y cuando terminé la FP2 me puse a trabajar en una de
esas librerías que también vende prensa y regalos. Con un
horario partido, de nueve a dos y de cuatro a nueve, y por un
sueldo de 77.000 pesetas». Así que hizo las pruebas de
selección y, después de dos meses en el centro de instrucción de
La Graña, en Ferrol, juró bandera y se especializó como
administrativa.
Ahora tiene
destino en la Escuela Naval Militar de Marín, «muy cerquita de
casa», y trabaja de siete a dos. Firmó por tres años y ya ha
renovado por otros dos. Así que lo tiene muy claro: «Este
trabajo es intenso, pero me deja tiempo para tener vida propia.
Si quiero, me voy a Pontevedra a dormir, si no me apetece, me
quedo en la residencia». Al principio, los amigos la catalogaron
como bicho raro («dónde te vas a meter», le decían) , pero su
familia la apoyó. Considera que la profesión militar es una
excelente veta para conocer gente: «Tiene la característica de
que amplía mucho tu círculo de relación, a diferencia de lo que
ocurre si trabajas en una oficina pequeña o un comercio, por
ejemplo».
Eso, y otras
cosas: «Eres militar y te debes a la disciplina. Valoras más la
bandera y defiendes la Constitución. Lo llevas bien grabado
dentro». En el futuro no sabe qué hará, pues los «puestos rasos»
como el suyo tienen establecido un tope de 35 años de edad o 12
de servicio. Podrá intentar un curso para cabo o pasar las
pruebas para tropa permanente. Ya verá. Sin excesivos afanes de
aventura, eso sí. Y si puede ser, cerca de Pontevedra. |
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Antonio Sánchez
Moreno.
Soldado de
Infantería. |
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«La empresa se les
va a quedar vacía»
No todo va a
ser un camino de rosas en un proceso, el de profesionalización
del Ejército, que se enfrenta a inercias de siglos, a hábitos
anquilosados y a los riesgos de un marketing que no siempre deja
clara la peculiar idiosincrasia de la vida militar. Al soldado
Antonio Sánchez Moreno, voz crítica y al filo de una muy
probable expulsión (pesa sobre él un juicio militar aún no
resuelto) lo hemos localizado, trabajosamente, en el polvorín de
los foros de internet. Se presta a hablar y a ser fotografiado,
como demostración palpable de un desengaño sin vuelta atrás:
«Como sigan tratando así a la gente -dice-, dentro de un par de
años van a tener que volver a lo de antes, a la mili por
cojones». Relata Antonio, granadino, que se metió en el Ejército
atraído por la posibilidad de trabajar y poder seguir estudiando
a un tiempo: «Terminé el Bachillerato en la rama de Economía
y supe que como militar podría optar a Administrativo si seguía
un curso de nueve meses de Administración y Gestión de Empresas
en la Academia de Calatayud, cobrando desde el primer momento.
Así lo hice. Al principio, allí, todo marchaba sobre ruedas,
porque, sinceramente, dependiendo del cuartel en el que estés,
las cosas son de una u otra manera». De esto, hace un par de
años. Lo malo llegó cuando fue destinado a la Brigada de
Infantería Mecanizada Acorazada de Cerro Muriano, en Córdoba:
«Mi primera sorpresa fue que las labores que estaban destinadas
a los administrativos las realizaban también soldados infantes o
artilleros, que sólo han tenido dos meses de preparación y que
están entrenados para la acción, no para las oficinas.
Me tocó en la
Tercera Sección, que se ocupaba de todos los papeleos, y allí
sufrí tener que soportar las órdenes y el desprecio de dos
soldados -dos iguales míos, ni más ni menos- que ya llevaban
tiempo y eran los protegidos del comandante. Luego me cambiaron
de sitio y me pusieron de secretario del Estado Mayor, a las
órdenes de un brigada muy retorcido. Un día llamé por teléfono a
mi casa -todo el mundo lo hacía- y ocupé la línea justo en el
momento en que quería usarla el comandante. Ahí llegó mi ruina.
Me cayó tal bronca que me asusté y mentí: dije que me habían
llamado a mí desde fuera y no al revés. Pero como me buscaban
las cosquillas comprobaron que había llamado yo y me arrestaron
16 días. Después de eso tuve un encontronazo con el brigada. Me
levantó la mano hasta cuatro veces y consiguió que yo mismo
amenazara con pegarle. Era lo que pretendía. Resultado: me
abrieron parte de amenazas y ando metido en juicio militar
pendiente de resolución. Eso me puede suponer cárcel de 3 a 6
meses o incluso de un año. Ahora estoy de baja psicológica,
después de haber sido examinado por un Tribunal Médico». Comenta
también Antonio que veía en el Ejército algo más que una mera
salida: «Al año de ingresar se me ponía el vello de punta al
escuchar el himno». Pero en vista del panorama se ve ya en
la calle y, dice, «yo qué sé qué haré. Volver a estudiar,
supongo. Estoy decepcionado. Nada es como te lo cuentan. Te
pongo un ejemplo: lo de que puedes conseguir todos los carnés. A
la hora de la verdad, en mi caso, resultó que no. Como éramos
pocos oficinistas no podíamos faltar de nuestro puesto para
obtener esos permisos». «Con un trato como el que se me ha dado
a mí -opina- la empresa se les va a quedar vacía». |
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Francisco Quijada
Turpín.
Cabo mayor
del Ejército de Tierra. |
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«Empleo seguro,
para toda la vida y a gusto»
El
atleta Quijada (pocas cosas le producen más satisfacciones que
correr cualquier media maratón que se le ponga a tiro) es cabo
mayor del Ejército de Tierra con base en Cartagena, aunque vive
en Murcia. Ha llegado a su tope profesional antes de los
cuarenta y no le importa: «Cabo mayor es lo más a lo que
puedes aspirar como tropa permanente. He tenido ocasión de optar
a la oposición de suboficial, pero no me ha interesado. Tengo un
trabajo estable, cómodo y seguro. He podido compatibilizarlo con
los estudios de graduado social y eso me permite, además, dar
cursos específicos en Institutos. Entro a las ocho y a las
cuatro y media he terminado. Las dos primeras horas, además,
hago deporte dentro de mi horario, como parte del propio trabajo
y en las instalaciones que te proporciona el Ejército. Eso lo
considero un privilegio».
Lo malo, un
sueldo muy justito de 200.000 pesetas al mes, en catorce pagas,
«que no me supone un problema grave porque mi mujer trabaja y
eso nos da más desahogo, aunque tenemos dos críos». Además, se
remite a las ventajas económicas de las que un militar disfruta
«en especie»: «El acceso a la vivienda a precios que no tienen
nada que ver con los de mercado, los viajes mucho más baratos
con Renfe o Enatcar, la asistencia sanitaria...». «Mi empleo
-dice convencido- es seguro, para toda la vida, y estoy a gusto
en él. Como militar me siento más protegido y más compensado que
en cualquier trabajo para la empresa privada. Aquí ha habido
gente que ha entrado sólo para conseguir gratis los carnés
especiales, los que sirven para conducir tráilers o vehículos de
mercancías peligrosas, y luego se han matado en la carretera
como transportistas. Recuerdo dos casos». Estos días Quijada
acompaña al teniente Carmona en el equipo de captación y detecta
que «se nos empieza a ver de otra manera, desde luego más
positiva.
Tenemos la
necesidad de hacer entender nuestra propuesta profesional
especialmente en los núcleos urbanos, donde los jóvenes no
suelen pensar en el Ejército como salida». «Mira -dice
satisfecho- ahora somos gestores de recursos humanos, tenemos
que amoldarnos a eso. Hace poco he convencido a una chavala con
estudios de Mecánica. Estaba trabajando en una casa de repuestos
de coches por dos perras y con un horario salvaje. Ahora cobra
más, 800 euros, con un horario de 8 a 3. A mucha gente le
compensa». |
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Rosa Eulalia
Parada.
Dama
Legionaria Paracaidista. |
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«Me siento
orgullosa de llevar la boina negra»
Los
ojos se le encienden: «Mi primer salto fue lo mejor de mi
vida». Y ya lleva once, desde el vértigo del avión. Soldado
de España, a pesar de haber nacido en Guayaquil, en Ecuador, la
dama legionaria paracaidista (DLP) Rosa Eulalia Parada, de
veintitrés años, lleva uno en la Bripac con sede en Alcalá de
Henares y hoy tomará parte en el desfile de la Fiesta Nacional:
«Este año nos ha tocado a los de la Segunda Bandera». Así que
los últimos días han resultado agotadores. El suyo es un
cometido muy exigente en el apartado físico («vengo de dar 22
vueltas a un campo de fútbol») y aunque a las mujeres se les
suelen asignar las tareas de menos desgaste, «cuando faltan
fusileros o alguno de mortero tenemos que estar disponibles».
Por ese motivo acaba de llegar de la base de Alcantarilla y se
ha tenido que sumergir, sin apenas respiro, en la preparación de
la parada militar. Aunque, añade, «el esfuerzo lo compensa el
orgullo de llevar la boina negra». Nos ofrece una sólida
reflexión sobre si es posible el patriotismo que se supone a un
soldado en alguien que, como ella, tan sólo lleva cuatro años en
España: «Es una reacción natural por el afán de superación.
En este trabajo cuesta todo tanto sacrificio y es necesario
tanto compañerismo que acabas sintiendo la bandera como los que
son de aquí». Vive habitualmente en el cuartel porque no le
compensa desplazarse todos los días de Madrid a Alcalá. Su
jornada de trabajo empieza a las siete y media de la mañana
(«para formar a las 8») y acaba a las cuatro de la tarde.
Cuenta que en la Segunda Bandera, por su dureza, sólo hay una
veintena de mujeres, casi todas extranjeras: «Tengo compañeras
de Ecuador, colombianas y dominicanas...». Señala sus botas: «Si
yo peso 50 kilos, con todo el equipo a cuestas igual son doce o
catorce kilos más». Rosa Eulalia llegó a Madrid «como todos, de
«turista»» y empezó a trabajar en el servicio doméstico: «No
tuve ningún problema, porque la señora que me empleó me arregló
los papeles en cuanto pudo. Pero de niña me llamaba mucho la
atención cómo desfilaban las mujeres policías, allá en Ecuador,
y no resultó raro que me interesara por la posibilidad de
ingresar en el Ejército cuando empezaron a admitir a
extranjeros». Ahora, cuando envía a Guayaquil fotos uniformada
de DLP, su padre rebosa orgullo: «No hay ningún conflicto en el
amor a las dos naciones, al contrario».
A lo mejor las
circunstancias inmediatas la llevan lejos: «La Tercera
Bandera está en Afganistán y los siguientes seríamos nosotros.
Ya tuvimos que dormir varios días en las vías del tren cuando
nos tocaron labores de vigilancia después del 11-M. Me
encantaría una misión en el extranjero. Eso sí, mejor después de
Navidad, porque tengo previsto visitar a mi familia en Ecuador.
¡Hace tres años que no les veo!». |
Fuente: ABC
12/10/2004
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